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Biblia y Liturgia IV

Preocupación esencial del que habla.

 

Dios sale al encuentro del hombre para responder sus interrogantes más profundos. Estamos diciendo que la manifestación de Dios se halla condicionada por los interrogantes mencionados. Las preguntas que hace el niño son distintas a las que inquietan al hombre adulto. Ahora bien, la respuesta acertada es aquella que satisface a aquél que ha preguntado. De ahí que los condicionamientos impuestos al que habla sean múltiples y complejos. Hay más. Dios sale al encuentro del hombre no sólo para responder sus interrogantes, sino para abrirle nuevas posibilidades que él ni siquiera podría pensar o sospechar. Búsqueda, por parte de Dios, de una promoción humana cuyo nivel está muy por encima de lo que el hombre, a quien se intenta promover, pudiera desear o imaginar.

 

Por su misma naturaleza la Biblia es el libro de la esperanza. Los pequeños envíos que, desde el principio, descubrimos en ella, son la mejor garantía de otros que iremos recibiendo. La lectura de la Biblia produce siempre una apertura hacia el futuro. La esperanza mira hacia adelante. Notemos, además, que la esperanza despertada por la Biblia tiene su justificación en la experiencia vivida en el pasado. Lo que Dios hizo en el pasado se convierte en garantía de lo que hará en el futuro. El Dios bíblico nunca deja inacabadas sus obras. San Pablo lo expresó así: “...seguro de que el que ha comenzado en vosotros la obra buena, la llevará a feliz término para el día de Cristo Jesús” (Fil 1,6).

 

A los teólogos de la Nueva Hermenéutica les preocupa el problema de “la comunicabilidad de la revelación cristiana al hombre contemporáneo”. Si el mensaje cristiano sigue siendo válido en nuestros días, ¿en qué lengua debe ser expresado?. No le falta razón a Ebeling cuando nos habla de “una conmovedora historia de martirio secreto que se sufre en la enseñanza de la religión y en la misión pastoral, cuando no provoca más que la indolencia de los cristianos. Si desde un punto de vista puramente objetivo la predicación del cristianismo constituye hoy una tarea extraordinariamente difícil, se debe al hecho de que esta predicación en el mundo moderno se presenta en una lengua extraña... La cristiandad se ha acostumbrado a vivir en un doble habitat, el de la Iglesia y el mundano, y a mantener, una junto a la otra, sus dos lenguas: la lengua cristiana -con la honorable pátina de veinte siglos- y la lengua de la realidad actual... No se trata (en la lengua de la predicación) de la comprensibilidad de cada una de las palabras, sino del puro y simple comprender; no se trata de  hallar un medio nuevo de expresión, sino del nacimiento de una nueva lengua.

 

Es el bilingüismo de la revelación: “Todo evangelizador debe conocer a fondo dos lenguas. Por ellas entendemos los dos mundos que deben serle familiares al anunciador del Evangelio: el mundo de Dios y el mundo de los hombres; la revelación divina y los destinatarios de la misma. El desconocimiento de ambos mundos o de cualquiera de ellos da al traste con el mensaje cristiano que se intenta transmitir. Tan importante es el conocimiento de los destinatarios de la revelación divina como el origen y contenido de la misma.

 

Se requiere un esfuerzo permanente para el mejor conocimiento posible de la realidad y la adaptación dinámica, nueva, atractiva, consciente y seria del mensaje a aquellos a los que hoy va destinado. El hombre nuevo, que es el objeto de la revelación divina, surgirá como el resultado de la unión armoniosa entre el mensaje cristiano y su destinatario de hoy. No basta con propagar el mensaje tal como fue codificado una vez en la historia. La mera repetición del pasado puede tergiversar la revelación divina, por impedirla hablar a las personas en las que Dios piensa siempre. En cada momento debe analizarse la realidad, las propias búsquedas, las situaciones sociales e histórico-culturales, para que la revelación divina pueda proyectar su luz sobre ellas. ¿Cómo puede decidirse el hombre, cómo puede tomar una decisión, ante una realidad pasada y lejana que no le interesa?. ¿Cómo puede hablarse de Dios y de su manifestación si se crea en el hombre esa dicotomía o el “martirio secreto” del que habla Ebeling cuando presentamos la revelación de Dios  en nuestras predicaciones?. ¿No será necesario partir de los interrogantes humanos para poder interesar al hombre en la respuesta que Dios les da?.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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