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Biblia y Liturgia I

1º Matrimonio indisoluble.

 

Tanto la Biblia como la liturgia son los dos fustes más sólidos en los que se apoya la vida de la Iglesia y la fe de los creyentes. En ellas confluyen simultáneamente el misterio de Dios y el del hombre. El libro sagrado tiene como finalidad suprema describir la relación de Dios con el hombre y la del hombre con Dios. En él se nos ofrece la revelación., la acción de Dios (la actio Dei ad salutem) y a la acción de Dios responde la reacción del hombre (la reactio hominis in ordine ad salutem). La Biblia expresa el misterio de Dios. La respuesta del hombre al mismo se llama Liturgia.

 

La liturgia es “servicio”, servicio a Dios, servicio más o menos defectuoso en proporción a los ensayos del mismo, también más o menos defectuosos, de la presencia de Dios entre los hombres. Y al hablar de estos ensayos pensamos en los diversos modos de habitación entre los hombres, preparatorios del “habitó entre nosotros” (Jn 1,14) que significa ya, y es  al mismo tiempo, Dios presente entre los hombres.

 

La liturgia es un servicio; pero todo servicio implica un señor al que se sirve. El Señor que exige este servicio es el mismo que eligió un pueblo para este servicio. En el comienzo mismo de la historia de la salvación está el pensamiento de la elección. Elección basada en una afirmación: el conocimiento amoroso de Dios, y en una negación: la carencia absoluta de méritos en aquellos sobre los que recayó la elección. Y recae sobre todos aquellos que aceptan, de un modo o de otro, beneficiarse de ella. Es el universalismo del evangelio, que derriba fronteras y elimina privilegios y exclusivismos. Y la elección suprema, la del Mesías, la del Elegido, iba ordenada al servicio supremo, al de la entrega de la Vida donada a Aquel que es la Vida y la posee en plenitud. Una entrega que  se llama redención y que culminó en el Calvario. Así el contenido de la Biblia en cuanto Historia de la Salud se reactualiza en la Liturgia; la elección se realiza en la unión de los elegidos con el Elegido y en su unión con él prestan el servicio que el Padre espera de sus hijos. De este modo la acción de Dios se ve completada con la reacción del hombre: La presencia de la Biblia en la Liturgia se ve completada mediante  la respuesta de la Liturgia a la Biblia.

 

Prescindimos aquí de otras manifestaciones de Dios, múltiples y diversas, no contenidas en la Biblia, y de otras respuestas del hombre, tan ricas y variadas como él ha sabido hacerlo en las respectivas culturas, y no contenidas, por tanto, en nuestra liturgia. Aquí nos limitamos a nuestra Biblia y a la correspondiente Liturgia. Ahora bien, si la Biblia está en la Liturgia y la Liturgia  presencializa a la Biblia, habrá que concluir que la Biblia y la Liturgia son dos realidades que se implican mutuamente. Ambas constituyen los dos fustes más sólidos en los que se apoya la vida de la Iglesia y la fe de sus creyentes; la fidelidad a sus fundamentos les exige mantener el ritmo impuesto por la vida y el progreso constante en todos los ámbitos de su manifestación.

 

Es un principio ineludible proclamado en el Vat. II, en la constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium. En la liturgia “se ofrece la obra de nuestra redención” ; es “ejercicio del sacerdocio de Jesucristo”; es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana toda su fuerza”. “Para procurar la reforma, el progreso y la adaptación de la sagrada liturgia, hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura...” La liturgia es presentada como la vivencia y reactualización de la historia de la salud que es la Escritura Santa.

 

 

2º La interpretación de la Biblia en la Iglesia.

 

La Pontificia Comisión Bíblica, en el extraordinario documento cuyo título coincide con el que acabamos de transcribir, del año 1993, es mucho más explícita:

 

La actualización es posible, porque la plenitud de sentido del texto bíblico le otorga valor para todas las épocas y culturas (Cfr. Is 40,8; 66,18-21; Mt 28, 19-20). El mensaje bíblico puede a la vez relativizar y fecundar los sistemas de valores y las normas de comportamiento de cada generación.

 

La actualización es necesaria porque, aunque el mensaje de la Biblia tenga un valor duradero, sus textos han sido elaborados en función de circunstancias pasadas y en un lenguaje condicionado por diversas épocas. Para manifestar el alcance que ellos tienen para los hombres y las mujeres de hoy, es necesario aplicar su mensaje a las circunstancias presentes y expresarlo en un lenguaje adaptado a la época actual. Esto presupone un esfuerzo hermenéutico que tiende a discernir a través del condicionamiento histórico los puntos esenciales del mensaje.

 

La actualización debe tener constantemente en cuenta las relaciones complejas que existen en la Biblia cristiana entre el N.T. y el Antiguo, ya que el N.T. se presenta a la vez como cumplimiento y superación del Antiguo. La actualización se efectúa en conformidad con la unidad dinámica, así constituida.

 

La actualización se realiza gracias al dinamismo de la tradición viviente de la comunidad de fe. Esta se sitúa explícitamente en la prolongación de las comunidades donde la Escritura ha nacido, ha sido conservada y transmitida. En la actualización, la tradición cumple un doble papel: procura, por una parte, una protección contra las interpretaciones aberrantes, y asegura, por otra, la transmisión del dinamismo original.

 

En principio, la liturgia, y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración litúrgica es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos alrededor de Cristo para aproximarse a Dios. Cristo está entonces “presente en su palabra, porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas en la Iglesia”. El texto escrito se vuelve así, una vez más, palabra viva.

 

La homilía, que actualiza explícitamente la Palabra de Dios, forma parte de la liturgia. El leccionario surgido de las directivas del Concilio, debía permitir una lectura de la Sagrada Escritura “más abundante, más variada y más adaptada”. En su estado actual, no responde sino en parte a esta orientación. Sin embargo, su existencia ha tenido felices efectos ecuménicos. En algunos países, ha permitido, además, medir la falta de familiaridad de los católicos con la Escritura. Si en las lecturas “Dios dirige su Palabra a su pueblo” (Misal Romano, n.33), la liturgia de la Palabra exige un gran cuidado, tanto para la proclamación de las lecturas como para su interpretación. Es, pues, deseable que la formación de futuros presidentes de asambleas y de aquéllos que los acompañan, tenga en cuenta las exigencias de una liturgia de la Palabra de Dios fuertemente renovada.

 

La explicación de los textos bíblicos durante la homilía no puede entrar en muchos detalles. Conviene, pues, poner a la luz las aportaciones principales de esos textos que sean más esclarecedores para la fe y más estimulantes para el progreso de la vida cristiana, comunitaria o personal. Presentados esos aportes, es necesario hacer obra de actualización e inculturación. Para esta finalidad, son necesarios principios hermenéuticos válidos. Una falta de preparación en este campo tiene como consecuencia la tentación de renunciar a profundizar las lecturas bíblicas, contentándose con moralizar o hablar de cuestiones actuales, sin iluminarlas con la Palabra de Dios.

Felipe F. Ramos

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