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CUARESMA, San José

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: 2Sm , 7,4-5ª. 12-14a.16.
2ª lectura: Rm 4,13.16-18.22.
3ª lectura: Mt 1, 16.18-21,24ª.

 

Jesús, como plenitud de la revelación, debe estar necesariamente relacionado con la preparación de la misma, con el AT.  Así lo demuestra su genealogía larga, fatigosa y, aparentemente innecesaria (MT 1,1-17). El nombre completo con el que se inicia la genealogía, “Jesucristo”, equivale a una confesión de fe: “Jesús  es el Cristo, el Ungido, el Mesías”. Pero la confesión cristiana de fe no puede prescindir del AT. Por eso inmediatamente se añade “hijo de David, hijo de Abrahán”. La genealogía nos introduce así  tanto en el terreno de la historia como en el de la teología: el AT, la historia de la salvación, culmina con la aparición de este personaje excepcional al que apunta desde el principio la genealogía mencionada.

 

El evangelio que hoy nos presenta la liturgia nos obliga a fijarnos en el nacimiento  milagrosode Jesús. María concibió a Jesús sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo. Y al mencionar al Espíritu Santo o al Espíritu de Dios  -como cualquier escritor judío- el evangelista piensa en el poder creador de Dios. Al abordar este tema, cuestión o misterio, no debemos olvidar que los relatos de la infancia de Jesús pertenecen al género literario de las historias confesionales, fuertemente influenciadas por la fe cristiana, a cuyo servicio se pone el talento creador de sus autores. El enfoque objetivo del problema, o del misterio, debe tener en cuenta lo siguiente:

 

La filiación divina de Jesús, tal como la entiende la fe eclesial, no se basa en el hecho de que Jesús no haya tenido padre terreno; la doctrina que afirma la divinidad de Jesús quedaría intacta si Jesús hubiera nacido de un matrimonio humano normal. Por tanto es necesario abandonar la argumentación que parte del nacimiento virginal de Jesús para probar su divinidad, tanto más que bíblicamente el tema de la concepción virginal entró en la teología cristiana cuando ya se había afirmado y elaborado una cristología en la que la filiación divina de Jesús era objeto de una afirmación inequívoca.

 

El fundamento o punto de vista razonable de nuestro relato sobre el nacimiento virginal lo tenemos en el Sal 2,8: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado, y en otros textos bíblicos como Is 7,14 (la profecía de la Virgen), o en 2Sm (la profecía de Natán a David).

 

El tema nos lleva inevitablemente al desconcierto de José. La ley judía no consideraba pecado serio la relación sexual habida entre los novios-desposados en el tiempo intermedio entre los esponsales o desposorios, el compromiso formal, y el matrimonio propiamente dicho. Más aún, en el caso en que naciese un hijo en dicho tiempo intermedio, era considerado por la Ley como hijo legítimo. Teniendo en cuenta dichas costumbres judías, el estado en que se encontraba María únicamente creaba problemas a José.

 

¿Por qué? No porque la considerase culpable, como veremos a continuación. La actuación en la que piensa José se halla motivada porque él era justo. Y este adjetivo calificativo significa fundamentalmente que alguien actúa en conformidad con la voluntad divina y en plena obediencia a ella. No se trata de la justicia “legalista”. Esta interpretación se ve confirmada por la consideración siguiente: creemos que no existe razón alguna que nos obligue a pensar que José no estuviese al corriente de lo ocurrido. La duda o el desconcierto está provocado no por el pensamiento de la culpabilidad de María, sino por el desconocimiento del papel que él debía desempeñar en aquel matrimonio singular. Y como era justo quiere saberlo. La revelación de Dios, que le llega a través del ángel -el ángel siempre indica el mundo de arriba, de lo divino, de la revelación- se lo aclara: deberá ser el padre legal, deberá “imponer el nombre” a Jesús. La imposición del nombre significaba que quien lo hacía consideraba al niño recién nacido como hijo suyo. Es entonces cuando cesa la dificultad y la turbación.

 

El anuncio del ángel a José es un resumen completo de todo lo que es y significa el NT: Jesús salvará a su pueblo de los pecados. Una expresión que indica no el simple perdón de unas faltas o transgresiones concretas más o menos graves, sino toda la acción salvadora de Dios. Con la aparición de Jesús ha sido superada la separación y distancia entre el hombre y Dios.

 

El debatido tema de la virginidad debe abordarse teniendo en cuenta una serie de factores importantes. Se trata de una cuestión abierta, en lo que respecta a su significado en la historia de la salvación y para los hombres de hoy. La fe de la Iglesia no ha encontrado aún un fundamento claro en la Escritura, pues los juicios de los exegetas sobre el testimonio del NT acerca de la virginidad de María no son concordes. Hoy se intenta hallar en la virginidad de María el sentido del misterio, ya subrayado por Ignacio de Antioquía: “Y la virginidad de María y el parto quedaron ocultos al príncipe de este mundo, lo mismo que la muerte del Señor: tres misterios clamorosos (misterios que se han de proclamar en voz alta) que se realizaron en el misterio de Dios”.

 

¿Puede afirmarse, sin más, que la creencia en la virginidad biológica de María es criterio decisivo de la aceptación o rechazo de la fe cristiana?  Es claro que se trata de algo perteneciente a la revelación. La comunicación del ángel, símbolo de lo divino y de su revelación, así parece afirmarlo. Su evocación explícita en nuestro símbolo de la fe nos orienta en el mismo sentido. Pero, ¿son argumentos decisivos después de lo afirmado?

 

Cuando los Reyes Magos abandonaron Belén, la Sagrada Familia nos es presentada bajo la singular providencia de Dios. Su intervención-revelación, manifestada ahora en sueños, es el comienzo de la misma: “Y, advertidos en sueños por Dios para que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino” (Mt 2,12). La nueva comunicación necesaria para liberar al recién nacido le llega a José a través del ángel del Señor (2,13). El texto nos lleva de una sorpresa a otra mayor. Si cuesta trabajo aceptar el sueño como medio de la revelación, ¿qué decir de los ángeles? Ambos son utilizados frecuentemente por el evangelista Mateo para que Dios entre en contacto con el hombre. La misma sorpresa nos proporciona la estrella que guía a los Magos.

 

Los tres elementos mencionados, el sueño, los ángeles y la estrella, se hallan fuera de la influencia de recursos más o menos semejantes que encontramos en las religiones del entorno bíblico. La singularidad única en nuestro caso pone de relieve el rechazo de cualquier tipo de magia: todos los medios mencionados se hallan en relación directa con Jesús: son medios, formas o guías que conducen a Jesús. Nuestro texto refleja no sólo lo ocurrido en el momento del nacimiento de Jesús, sino también la situación que vivía la Iglesia cuando fue puesto por escrito el evangelio de Mateo. Una de las acusaciones judías contra los cristianos consistió en afirmar que Jesús había practicado la magia que aprendiera en Egipto. Nuestro relato  niega rotundamente esta acusación, reconociendo que Jesús había estado en Egipto, pero cuando esto ocurrió era un niño recién nacido. La acusación carecía, por tanto, de valor.

 

La intervención divina ordena a José que se establezca en Nazaret. A la muerte de Herodes su reino quedó dividido entre sus tres hijos: Arquelao heredó Judea, Samaría e Idumea; a Herodes Antipas le correspondió Galilea y Perea, y Filipo quedó al frente  de la parte oriental y del norte de Galilea. El más cruel entre ellos fue Arquelao. Esta situación se halla perfectamente reflejada en el relato de Mateo. La sagrada familia, por razones de seguridad, va a vivir a Nazaret. Otra razón de su establecimiento en Nazaret fue la profesión que él ejercía y que tenía asegurado el trabajo por su proximidad con Séforis, reconstruida por Herodes Antipas como una gran ciudad, que requería mucha mano de obra. Al establecerse en Nazaret se cumple también, así lo nota el evangelista, otra profecía: “Sería llamado nazareno”. Efectivamente, así fue llamado Jesús y así fueron llamados también los cristianos (Hch 24,5). La dificultad está en que el AT no contiene ninguna profecía en este sentido. Lo más probable es que Mateo identifique la palabra nossri, nazareno, con nesser, que significa el brote o vástago de una planta. Según esto, la Escritura cumplida sería la de Isaías (11,1: un renuevo... un vástago sale del tronco de Isaí. También del Siervo de Yahvé se dice: “como un retoño creció ante nosotros...” (Is 53,2). Esta referencia a la Escritura sería un argumento más a favor de la mesianidad de Jesús.

 

Fracaso del “carpintero” o del “hijo del carpintero. Que Jesús no tuviese éxito en la presentación “oficial” en su pueblo nos parece normal. Nadie es profeta en su patria. Incluso la filosofía popular admite como lo lógico el fracaso de cualquiera que destaque en medio de los suyos. Pero si Marcos, al igual que Mateo y Lucas, han aceptado esta noticia tienen que haber tenido alguna razón más profunda que la simple intención de relatar el fracaso de Jesús en su propio pueblo. ¿Cuál es la verdadera razón por la cual el evangelista nos cuenta esta anécdota sin importancia?. Al acercarnos al texto del evangelio la pregunta fundamental debe centrarse siempre en descubrir cuál es la enseñanza que el evangelista ha querido comunicar a los lectores a través del relato correspondiente.

 

a)  No basta constatar el rechazo de Jesús por parte de los suyos; se debe llegar hasta las causas del mismo. Y el presente relato las menciona con mayor claridad de la que, a primera vista, pudiera parecer. La pretensión de Jesús. Es la primera pista que nos ofrece la narración evangélica para comprender la finalidad del evangelista al contarnos este breve relato (Mc 6,1-6): al mencionar el asombro de los nazarenos, lo hace interrogándose por la causa: ¿De dónde le viene a éste todo esto? La pregunta, tal como aparece en el contexto, deja de ser un interrogante curioso para convertirse en una auténtica descripción de la situación ante la que se encuentra: se hallan ante algo radicalmente nuevo, algo totalmente diferente, ante algo poderoso y sobrecogedor que resulta sencillamente inadmisible. Téngase en cuenta que el asombro se halla provocado por la sabiduría que le ha sido dada y los milagros que hace.

b) Esta primera pista nos lleva a concluir que aquellos oyentes de Jesús habían captado sus pretensiones: la de ser el enviado de Dios, con la patente divina de los milagros. Los nazaretanos se encontraban ante el mismo Jesús con quien se encuentra el lector del evangelio: el Jesús de la buena nueva ante la cual y ante el cual -ya que en este caso, al menos, no pueden separarse la persona y el mensaje- no cabe la neutralidad; la única postura posible se resuelve en la opción por la aceptación o el rechazo.

 

c) La segunda flecha indicadora de la intención del evangelista nos la ofrecen sus palabras: Se escandalizaban de él. Escándalo explicable ante lo anteriormente dicho. Escándalo lógico desde la innata tendencia humana a medir todas las cosas según el propio rasero. Era incomprensible  que un carpintero, cuya familia era bien conocida de todos, tuviese tales pretensiones. ¿Cómo puede un hombre de nuestro pueblo hablarnos de Dios y, sobre todo, hablarnos en su nombre? Ellos se habían fabricado un Dios desde la sublimidad y magnificencia, desde la grandiosidad y la sensacionalidad, desde la disponibilidad para que se ajustase a sus planes y deseos. ¿Cómo podía Jesús de Nazaret tener la pretensión de ser el revelador del Padre; el desvelador del misterio de Dios y del hombre; el acarreador de la lluvia para cuando hiciese falta para el campo; el promotor de las buenas cosechas; el realizador de todo aquello de lo que tiene necesidad el hombre y que él no puede alcanzar? El verdadero problema es que, en muchas ocasiones, nos encontramos ante mucha gente que se fabrica a su Dios a la medida de las necesidades que hemos mencionado. El escándalo de los nazaretanos sólo podía y puede ser superado aceptando sus pretensiones desde las condiciones plenamente humanas a través de las cuales Dios quiere encontrar al hombre y comunicarse con él.

 

d) La verdadera personalidad existente en Jesús. La capacidad bienhechora de Jesús se vio limitada en Nazaret -y en todas partes- por la falta de fe. El poder divino se hace voluntariamente dependiente del querer humano. Jesús no quiso, no quiere, que su poder actúe mágicamente. Siempre quiere provocar la relación personal, la comunicación interpersonal. La voluntad y el poder divinos no se imponen por la fuerza cuando falta la adecuada respuesta humana. Lo ocurrido en Nazaret es un claro paradigma del modo como Dios actúa. Dios respeta al máximo la libertad humana. Jesús no pudo hacer allí (en Nazaret) milagro alguno, fuera de curar unos pocos enfermos imponiéndoles las manos Se ha enunciado, desde una ocasión concreta, un principio universalmente válido. La falta de fe o de obediencia levanta fronteras infranqueables. Naturalmente, en perjuicio de quienes la levantan. Ocurrió entonces en Nazaret y ocurre siempre en todas partes.

 

e) En otras ocasiones se expone incluso con mayor claridad que la consideración de la humanidad de Jesús fue un obstáculo y una dificultad insalvable para aceptarlo en toda su dimensión:¿No es éste Jesús, el hijo de José? Conocemos a su padre y a su madre ¿Cómo se atreve a decir que ha bajado del cielo? (Jn 6,41-42).

 

f) El centro de gravedad de toda la escena está sin duda en la invitación a aceptar a Jesús como quien es, sin juzgarlo según las apariencias y raseros humanos. Para ello es necesaria la fe. Sólo desde ella puede ser experimentado el poder bienhechor de Jesús. Las versiones paralelas de Mateo y Lucas confirman este punto de vista de Marcos, y el aducido texto de Juan. Mateo y Lucas acentúan más este pensamiento de que Jesús no puede ser valorado simplemente por el rasero humano. En ellos la dificultad de los nazaretanos ha sido ya solucionada desde el principio de sus evangelios respectivos al referir el misterio del nacimiento virginal de Jesús. Y no es que en el texto se aborde este misterio.

 

Lo único que se puede deducir de él es que “el carpintero” tenia una familia “numerosa” compuesta por cuatro “hermanos” y, al menos, “dos hermanas” contando, por supuesto, que el concepto de “hermano” tenía mayor extensión que el vinculado al nacido de los mismos padres. Esto nos lleva a un breve desarrollo de los diversos aspectos de la familia de José:

 

1º) Si prescindimos de la fe y de la doctrina posterior de la Iglesia y pedimos al historiador o al exegeta un juicio sobre el NT y destacados textos patrísticos, vistos simplemente como fuentes históricas, la opinión más probable es que los hermanos y hermanas de Jesús lo eran verdaderamente en el sentido estricto.            En el NT no existe ni un solo caso donde, indiscutiblemente, “hermano” signifique “primo”, ni siquiera “hermanastro”. Mientras que hay abundantes ejemplos donde tiene el sentido de hermano consanguíneo (carnal o medio hermano). Por eso, la opinión más plausible desde un punto de vista puramente filológico e histórico es que los hermanos y hermanas de Jesús eran realmente tales. Al menos algunos escritores de la Iglesia mantuvieron viva esta interpretación de los textos del NT hasta finales del siglo IV.

 

2º) El oficio de “carpintero” y su posición social. A lo largo de todo el NT la palabra “carpintero” (= técton, en griego), sólo aparece en Mc 6,3 y Mt 13,55 . La palabra es muy variada en cuanto a las tareas que realizaban los que llevaban este nombre. Era aplicado a todo trabajador que practicaba su oficio “con un material duro” que conserva su dureza a lo largo de la operación, por ejemplo madera, piedra, e incluso cuerno o marfil. Más específicamente, el término hacía referencia al carpintero de taller. Así lo entendemos nosotros. Pero es más que probable que en aquel taller no abundasen los encargos. Que los trabajadores en el mismo estuviesen dispuestos a trabajar fuera. Tenían una óptima oportunidad de encontrar trabajo en la ciudad de Séforis, una importante ciudad de Galilea, que se hallaba al noroeste de Nazaret, a sólo seis kilómetros de distancia y una hora de camino. Séforis había sido destruida durante una sublevación contra Roma el año 4 a.C. Tras ser confirmado por Roma como tetrarca, Herodes Antipas eligió Séforis como su capital y empezó a reconstruirla con grandiosidad en estilo halenístico. Si Jesús y José hubiesen trabajado en Séforis durante el periodo de su espléndida reconstrucción habrían entrado en contacto con la cultura urbana de una ciudad intensamente helenísta.

 

Probablemente José y Jesús fuesen buenos maestros de obra que acudiesen donde la mano de obra era necesaria, como Séforis u otras ciudades. Si tal fuera el caso su posición social sería aceptable. José no sería ni un pobre carpintero ni un carpintero pobre. Si esto fue así había que concluir que la renuncia a la riqueza por parte de Jesús al comenzar su ministerio público habría sido de lo más radical. José, el carpintero de Nazaret, era pobre para el nivel de vida de nuestra sociedad occidental, pero en comparación con su propia sociedad no era más pobre que la gran mayoría de los galileos. Ni puede excluirse la posesión de un pequeño huerto familiar que les proveía de no poco lo necesario para la subsistencia diaria. Esto ocurría en la mayoría de las familias.

 

3º) Por lo que se refiere a la educación judía y la alfabetización en tiempos de Jesús habrá que aceptar que José acudió a la escuela primaria, la bet ha-sefer o “escuela del libro”, escuela dedicada a la lectura de la Biblia. Y, como presuponemos que era el mayor de la familia, Jesús se preocupó de que acudiese también a la escuela secundaria o bet ha-midrash donde estudiaban la “Torá “ a los pies” de maestros de la Ley. Suponemos que, después de los doce años, en que cesaba la atención por parte de las escuelas oficiales a los que ya habían cumplido dicha edad, José siguió ilustrándose recurriendo a alguno de los maestros conocidos de su padre.

 

g) El problema creado en Nazaret no se centraba, por tanto, únicamente en que el desprecio o rechazo estuviese causado porque Jesús era el carpintero o el hijo del carpintero (como precisa Mateo tal vez para suavizar el oficio ejercido por Jesús). Lo que el evangelista quiere acentuar es que la identidad de Jesús no se agota en lo que pudieran acentuar las apariencias externas. Teniendo en cuenta la verdadera identidad de Jesús no debieran existir esas dificultades para admitir sus pretensiones.

 

El fracaso de Jesús, a todos los niveles, fue objeto de preocupación también en  la primitiva comunidad cristiana. No podían comprenderlo. ¿Cómo era posible que hubiese sido rechazado por sus contemporáneos e incluso por los de su mismo pueblo y por sus mismos hermanos? ¿Cómo podía tener el hombre un poder tan condicionante de la acción de Dios sobre él. Los mismos evangelistas han intentado mitigar el fracaso de Jesús recurriendo al enorme poder condicionante que el hombre tiene. Probablemente la frase originaria de Marcos sonaría así: Y no pudo hacer allí ningún milagro. Esto parecería inadmisible; era demasiado duro. Entonces la frase se completó, para que el fracaso de Jesús no apareciese tan rotundo, con la adición siguiente: fuera de curar unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Mateo ha mejorado notablemente el texto en esta línea que apuntamos. Basta leerlo para convencernos de ello: “Y no pudo hacer allí muchos milagros por su incredulidad” (Mt 13,58).

 

Lo último que se nos ocurre afirmar sobre José, el padre de Jesús de Nazaret, es lo siguiente: su prehistoria se remonta a lo afirmado en la profecía de Natán a David (2S 7,4-5.12-16: nos habla de la iniciativa de Dios para llevar a cabo el templo y el reino, en el que jugarían un papel decisivo Jesús, por supuesto, y cuyo anillo último de la cadena sería José, que empalmaría directamente con Jesús (primera lectura).  La segunda lectura (Rm 4,13. 16-18.22: que hace suponer en José una esperanza contra toda esperanza, realizándola en el cumplimiento de sus obligaciones paternas, bien difíciles por cierto, en relación con Jesús es sinónima de “la esperanza contra toda esperanza” en la que se realizó la vida de Abrahán).

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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