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ADVIENTO, Domingo IV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 7, 10-14
2ª lectura: Rm 1,1-7
3ª lectura: Mt 1.18-24

 

Confianza en las alianzas humanas. Hipocresía redomada. El signo se cumplió (primera lectura). La realización de estas tres afirmaciones constituyen el mejor contexto para entender las dos lecturas del NT. El primero punto se refiere a lo que técnicamente se llama la guerra siro-efraimita: Siria y Efraím designan las tribus o el reino de Norte. (A veces son utilizados otros nombres de ciudades para designar la misma realidad, como Samaria). Pues bien el reino del norte se había aliado con otros diminutos reinos de su entorno  para convencer a Acaz, rey de Judá, el reino del Sur, que se aliase con ellos y, de lo contrario, derrotarlo y poner en su lugar otro rey que fuese favorable a la alianza. El enemigo común al que pretendían derrotar era la poderosa Asiria.

 

Y aquí viene el segundo punto: Acaz prefirió optar por el poder de Asiria a unirse en una alianza sin porvenir. La política del profeta Isaías  quería alejarse de Asiria porque, a última hora, los opresores terminan por ser oprimidos. El rey Acaz no quiere pedir un signo e hipócritamente lo justifica diciendo que eso sería desconfiar de Yahvé. En realidad no quiere pedir el signo ofrecido por dos razones bien distintas: primera porque sabía que dicho signo sería contrario a la política del profeta y segunda porque ya había pactado con el rey de Asiría al que había enviado una embajada de adhesión con un buen regalo.

 

El signo se cumplió. Lo protagonizaron la Virgen y el Enmanuel. La Virgen (â `alma, el hebreo) no es el término técnico para designar la virginidad; se refiere a una mujer casadera y podría tener delante a la esposa del rey, a la de Isaías o, metafóricamente, a la ciudad misma. Una doncella ya en cinta cumplirá el signo cuando dé a luz al “Enmanuel”. El entorno histórico del relato tiene una densa carga teológica. Cuando al comenzar nuestra era, una joven doncella llamada María, queda embarazada sin concurso de varón y dé a luz un hijo, síntesis de lo humano y de lo divino y en cuya vida, muerte y resurrección, se den cita cumplidamente todos lo anuncios de Isaías recogidos en estos capítulos que constituyen el llamado “Libro del Enmanuel”, ya nadie podrá negar la proyección mesiánica y salvífica de aquel Enmanuel en pañales de Isaías, cuya madurez nos ha sido revelada en Cristo.

 

El Enmanuel anunciado es Jesús que, como plenitud de la revelación, debe estar necesariamente relacionado con la preparación de la misma, con el AT. Así lo demuestra la genealogía larga, fatigosa y, aparentemente, innecesaria (Mt 1,1-17). El nombre completo con el que se inicia la genealogía, “Jesucristo”, equivale a una confesión de fe: Jesús es el Cristo, el Ungido, el Mesías. Pero la confesión cristiana de fe no puede prescindir del AT. Por eso inmediatamente se añade “hijo de David, hijo de Abrahán”. La genealogía nos introduce así tanto en el terreno de la historia como en el de la teología: el AT, la historia de la salvación, culmina con la aparición de este personaje excepcional al que apunta desde el principio la genealogía mencionada.

 

El evangelio que hoy nos presenta la liturgia nos obliga a fijarnos en el nacimiento milagroso de Jesús. María concibió a Jesús sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo.  Y  al  mencionar  al Espíritu  Santo  o  al  Espíritu de Dios -como cualquier escritor judíos-  el evangelista piensa en el poder creador de Dios. Al abordar este tema, cuestión o misterio, no debemos olvidar que los relatos de la infancia de Jesús pertenecen al género literario de las historias confesionales, fuertemente influenciadas por la fe cristiana, a cuyo servicio se pone el talento creador de sus autores. El enfoque objetivo del problema, o del misterio, debe tener en cuenta lo siguiente:

 

> En el relato tenemos dos afirmaciones: una principal, cuyo centro de gravedad es la filiación divina de Jesús. Dios encontró en María el lugar adecuado para enraizar a su hijo en la naturaleza humana. La otra es funcional: la concepción virginal, sin concurso de varón, está en función o al servicio  de la afirmación principal: Jesús, incluso por el modo de su concepción, es el Hijo de Dios y el Mesías. Jesús no está simplemente “lleno” del Espíritu Santo, como Juan (Lc 1,15), sino que debe su misma existencia al Espíritu de Dios (lc 1,35).

 

> Las concepciones “virginales” aducidas para explicar el relato evangélico, más desarrollado en Lucas, como una fantasía aplicada a muchos hombres de la antigüedad, como Sargón (el primer rey acadio, hacia el 2600 a. de C.), los reyes egipcios, Platón, Alejandro, Buda, Augusto, la leyenda del “expósito”... están fuera de lugar. La virginidad de María  no es una variante del mito del nacimiento milagroso del niño redentor. Las leyendas extrabíblicas de este tipo son radicalmente distintas del relato del nacimiento de Jesús, tanto en el vocabulario como en la morfología conceptual; la divergencia central reside en el hecho de que en los textos paganos la divinidad aparece casi siempre como una potencia fecundante, generadora, es decir, bajo un aspecto más o menos sexual. En el NT no encontramos nada de esto: La concepción de Jesús es una nueva creación, no una generación por parte de Dios. Por consiguiente, Dios no es una especie de padre biológico de Jesús.

 

La filiación divina de Jesús, tal como la entiende la fe eclesial, no se basa en el hecho de que Jesús no haya tenido padre terreno; la doctrina que afirma la divinidad de Jesús quedaría intacta si Jesús hubiese nacido de un matrimonio humano normal. Por tanto es preciso abandonar la argumentación que parte del nacimiento virginal de Jesús para probar su divinidad, tanto más cuanto que, bíblicamente, el tema de la concepción virginal entró en la teología cristiana cuando ya se había afirmado y elaborado una cristología en la que la filiación divina de Jesús era objeto de una afirmación inequívoca.

 

> El fundamento o punto de vista razonable de nuestro relato sobre el nacimiento virginal lo tenemos en el Sal 2,8: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado, y en otros textos bíblicos como Is 7, 14 (la profecía de la Virgen), o en 2Sm 7 (la profecía dirigida por Natán a David). Esto nos reenvía de nuevo al punto anterior. En los paralelos que adujimos también se habla, a veces, del Espíritu, pero cuando esto ocurre se refiere a una de las grandes fuerzas de la naturaleza, como lo son también el aire, el fuego o el agua. Más aún, la fe que se halla detrás de las representaciones y mitos aludidos, cuando habla de Dios o de lo divino estos nombres designan alguna fuerza impersonal de la naturaleza.

Por el contrario, ya en el AT se habla del Ser vivo, presente, actuante y personal de Dios; del Dios llamado Enmanuel, que nos recuerda el texto de Mateo. La “venida” de Jesús significa la presencia de Dios, su irrupción inmediata y definitiva en nuestro mundo. Cuando se afirma que “La Palabra se hizo carne”, se pone de relieve que este Hombre en persona es la presencia singularmente amorosa de Dios. Esta realidad la expondrá frecuentemente el NT cuando presenta a Jesús como portador del Espíritu de Dios. Jesús se halla determinado por el Espíritu en todo lo que él es, en todo lo que hace y en todo lo que dice.

 

> El tema nos lleva inevitablemente al desconcierto de José. La Ley judía no consideraba pecado serio la relación sexual habida entre novios desposados en el tiempo intermedio entre los esponsales o desposorios, el compromiso formal, y el matrimonio propiamente dicho. Más aún, en el caso de que naciese un hijo en dicho tiempo intermedio, era considerado por la Ley como hijo legítimo. Teniendo en cuenta dichas costumbres judías, el estado en el que se encontraba María únicamente creaba problemas a José. ¿Por qué?  No porque la considerase culpable, como veremos a continuación.

 

La actuación en la que piensa José se halla motivada porque era justo. Y este adjetivo significa fundamentalmente que alguien actúa en conformidad con la voluntad divina y en plena obediencia a ella. No se trata de la justicia “legalista”. Esta interpretación se ve confirmada por la consideración siguiente: creemos que no existe razón alguna que nos obligue a pensar que José no estuviese al corriente de todo lo ocurrido. La duda o el desconcierto está provocado no por el pensamiento de la posible culpabilidad de María, sino por el desconocimiento del papel que él debía desempeñar en aquel matrimonio singular. Y como era “justo” quiere saberlo. La revelación de Dios, que le llega a través del ángel intérprete –el ángel siempre indica el mundo de arriba, de lo divino, de la revelación- se lo aclara: deberá ser el padre legal, deberá “imponer el nombre” a Jesús, deberá inscribirlo en el registro del censo. La imposición del nombre significaba que quien lo hacía consideraba al niño recién nacido como hijo suyo. Es entonces cuando cesa la dificultad y la turbación.

 

El anuncio del ángel a José es un resumen completo de todo lo que es  y significa el NT: Jesús salvará al pueblo de los pecados. Una expresión que indica no el simple perdón de unas faltas o transgresiones concretas más o menos graves, sino toda la acción salvadora de Dios. Con la aparición de Jesús ha sido superada la separación y distancia entre el hombre y Dios.

 

El debatido tema de la virginidad debe abordar una serie considerable de factores importantes: Se trata de una cuestión abierta, en lo que respecta a su significado en la historia de la salvación y para los hombres de hoy. La fe de la Iglesia no ha encontrado aún un fundamento claro en la Escritura, pues el juicio de los exegetas sobre el testimonio del NT acerca de la virginidad de María no son concordes. Hoy se intenta hallar en la virginidad de María el sentido del misterio, ya subrayado por Ignacio de Antioquía: “Y la virginidad de María y el parto quedaron ocultos al príncipe de este mundo lo mismo que la muerte del Señor: tres misterios clamorosos (misterios que se han de proclamar en voz alta) que se realizaron en el silencio de Dios (Ver S.de Flores, María y Mariología, en el “Nuevo Diccionario de Teología”, Cristiandad, 1982, p. 968- 1020).

 

Es preciso superar la escolástica decadente, que perdió el contacto con los signos y no vio más que el prodigio físico: la virginidad de María es un misterio del  que no se tiene una prueba científica, sino un testimonio de creyentes, que también el cristiano de hoy puede experimentar mediante el Espíritu. Esto no significa que sea necesario excluir el hecho corporal, precisamente en una época en que se ha descubierto la corporalidad del hombre, sino que tal hecho debe encontrar su significado en el contexto de un valor ético personal y no en sí mismo. El significado teológico de la virginidad puede concretarse en tres perspectivas:

 

a) Perspectiva cristológica. La concepción virginal, en el procedimiento literario de los evangelios de la infancia, tiende a resaltar la personalidad de Cristo, su origen y su función. El nacimiento de Jesús no se puede explicar recurriendo al contexto biológico ni a la intervención humana, sino sólo haciendo referencia a un milagro de Dios, que hizo del hombre Jesús su realidad presente en el mundo o, mejor, el nuevo comienzo de la humanidad.

 

b) Perspectiva salvífica. La concepción virginal revela el plan de Dios, que escoge medios pobres para realizar la salvación. Ella demuestra que la salvación es un puro don que viene de arriba y no del eros humano.

 

c) Perspectiva existencial. La virginidad de María sólo es comprensible en el marco de una opción religiosa: “María concibió a Cristo en su mente (por la fe) antes que con el cuerpo”, como dicen los santos Padres. Por eso debemos insistir en la plena consagración de María a Dios, que se expresa en la respuesta del ángel (Lc 1,38) , es decir, en la virginidad espiritual, que san Agustín define como “fe integra y característica esencial de la Iglesia”. La opción por Dios adoptó en María la forma de una “elección valerosa hecha para consagrarse por entero al amor de Dios”. Una opción que afirma en la Iglesia los valores escatológicos y hace realidad presente la eficacia del futuro.

 

¿Puede afirmarse, sin más, que la creencia en la virginidad biológica de María es criterio decisivo de la aceptación o rechazo de la fe cristiana? Es claro que se trata de algo que pertenece a la revelación. La comunicación del ángel, símbolo del mundo de lo divino y de su revelación, así parece afirmarlo. Su evocación explícita en nuestro símbolo de la fe nos orienta en el mismo sentido. Pero, ¿son argumentos decisivos después de lo afirmado?

 

En la carta a los Romanos (segunda lectura), inmediatamente después del saludo, el apóstol Pablo nos ofrece una fórmula de fe (Rm 1,3-5), uno de tantos credos abreviados del pueblo de Dios como existen en las cartas paulinas. El “evangelio de Dios” es la realización de la promesa de salvación universal hecha por Dios a Abrahán. Dicho evangelio se centra en su Hijo, en quien confluye de forma plena la realidad humana: es el último eslabón en la cadena genealógica de David, y ladivina, plenamente participada por Jesús a partir de la resurrección: ella le constituye en Hijo con poder de conferir la vida  eterna (Jn 17,2).

 

El privilegio concedido a Pablo por el Señor resucitado es ofrecer a los destinatarios de su predicación oral y escrita, el mensaje de salvación, el Evangelio, al que deben responder  con la obediencia de la fe: una obediencia que nace de la fe y una fe que lleva inevitablemente a la obediencia, a la sumisión confiada en el Señor.

Felipe F. Ramos

Lectoral

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