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ADVIENTO, Domingo II

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 11,1-10
2ª lectura: Rm 15,4-9
3ª lectura: Mt 3,1-12

 

Añoranza del reino justo establecido e impulsado por el Rey ideal. La conversión como condición previa para pertenecer a él. La esperanza cristiana como rúbrica necesaria.

 

Soñamos a veces con que el Rey que se ponga al frente de su pueblo debiera tener todas las cualidades concentradas en un gobernante perfecto y universal. Las limitaciones humanas hacen que esto se quede en mero sueño. Únicamente se dan en el enviado de Dios. Se trata de un descendiente de José, padre de David que, como su padre, resolviese todos los problemas que acuciaban  a su pueblo. Y sin ponerle impuestos. Tenía que ser un hijo de David, invadido por el espíritu de Yahvé, representante personal de Dios y encarnando su voluntad de forma perfecta (primera lectura).

 

Por si esto fuese poco su tarea gubernativa haría realidad la utopía cristiana de una armonía perfecta entre gentes y pueblos distanciados e incompatibles; se imagina un nuevo paraíso o el Edén recuperado. La imaginería que lo describe resulta difícilmente superable por la convivencia de los extremos que une en fantástica armonía. La paz paradisíaca, el cese de hostilidades, la convivencia amistosa más allá de la intolerancia violenta simbolizada en la cohabitación de los animales que se caracterizan por un mutuo odio mortal.

 

La expectación mesiánica descrita comienza a desarrollarse mediante la conversión como consecuencia del conocimiento adecuado de Dios. Esto nos introduce en el evangelio de hoy (tercera lectura). Aparece en escena el Bautista con su esencial tarea de predicador penitencial. El contenido esquematizado de su predicación  coincide  absolutamente  con  lo  que  después   anunciaría  Jesús (Mt 4,17). Exige la conversión. La radicalidad de las exigencias del Bautista molestaba a los piadosos de la época: los fariseos, movimiento de laicos instruidos y piadosos, que buscaban, con su conversión interna, la seguridad frente al juicio divino, y los saduceos, la nobleza sacerdotal influyente. Había entre ellos diferencias radicales; por ejemplo, los saduceos no creían en la resurrección, pero existía entre ellos un denominador común: la conciencia de su situación de privilegio por ser hijos de Abrahán.

 

A estas clases, que se consideraban privilegiadas y predilectas de Dios, les anuncia Juan:ante Dios  o existe seguridad basada en privilegios; ante Dios no hay acepción de personas; la categoría social no entra dentro de su criteriología. Él juzga según la conducta observada. Más aún, Dios puede hacer hijos de Abrahán de las piedras. Dios puede llevar a cabo una nueva creación, lo mismo que hizo al primer hombre del polvo. San Pablo lo formularía después diciendo que los que creen en Cristo son nueva criatura (2Co 5,17). Y esto es, en definitiva, lo que cuenta. El auto-afianzamiento y la seguridad propia es el medio más adecuado para caer en la ira de Dios. Evidentemente estamos ante una metáfora. La ira de Dios significa su incompatibilidad con el pecado, la separación-lejanía de Dios de aquellos que se separan de él.

 

La voz del Bautista sonaba como un trueno amenazador cuando hablaba de la ira divina que se cernía sobre todos por igual. La intervención divina aplicaría el mismo rasero para todos. La “elite espiritual”  del pueblo no tenía ningún derecho especial reconocido por Dios. Serían tratados incluso con mayor dureza que “las gentes de la tierra”, consideradas como malditas por su desconocimiento de la Ley, la gente sencilla del pueblo (Jn 7,49), precisamente por su “mejor conocimiento de Dios y su mayor responsabilidad demostrada en la dirección equivocada de su pueblo” (Mt 3,7-10). Para la inmensa mayoría de los oyentes de Juan, entre los que se contaba Jesús, era un regocijo incontenible e inevitable el oír la voz de aquel profeta singular que trataba a los más piadosos y devotos en apariencia con mayor rigor que a los que se encontraban en el grupo de los pecadores.

 

La ira de Dios se aplacaría únicamente mediante la aplicación de su poder reconciliador. Y éste suponía la decisión de  aceptar la gracia salvadora manifestada en el bautismo de penitencia que el Bautista administraba y el consiguiente cambio de vida y de conducta que exigía a cada persona teniendo en cuenta la profesión de cada uno. Además, esto era urgente. En nuestras categorías actuales la predicación de Juan equivalía a una escatología inminente: “Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles y todo árbol que no de buen fruto, será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3,10). Es Dios mismo quien tiene puesta el hacha a la raíz de los árboles.

 

Lo que más impresionaba al oír aquella predicación tan objetiva, interpelante y comprometedora era la sinceridad de aquella persona que era consciente de su papel del drama escatológico, pero que se consideraba como una figura de transición hacia alguien o hacia algo que sería el que o lo que llevase a la perfección aquello que él anunciaba. ¿Quién sería aquella persona “más fuerte que él”? El Bautista sabía que no era él, pero desconocía la identidad de la persona a la que se refería en su anuncio. Hoy, los lectores del evangelio no tienen dificultad alguna en la identificación del más fuerte. Los oyentes de Juan desconocían que se hallaba entre ellos y el mismo Jesús adquirió la plena conciencia de ser él la persona a la que Juan se refería a partir de su entrada “oficial” en el plan divino de la salvación, en  la teofanía que experimentó en su bautismo (Mt 3, 16-17).

 

El motivo de las exigencias impuestas por el Bautista era la proximidad del reino de los cielos. Mateo, al estilo judíos, evita en lo posible, por un exagerado respeto, pronunciar siquiera el nombre de Dios y recurre a sucedáneos como “el cielo”. El reino de los cielos y el reino de Dios –de que nos hablan Marcos y Lucas- son la misma realidad. El reino, o mejor, el reinado de Dios era la más alta aspiración y esperanza del AT y del judaísmo. Algo que pertenecía al más allá y que Dios concedería en el momento oportuno. Sería como el nuevo cielo y la nueva tierra donde no habrá pecado, muerte ni dolor. El Bautista anuncia que todo esto, que los judíos esperaban para un futuro impredecible, se realiza en la persona de Jesús y a través de ella. El descubrimiento de esta realidad no fue repentino sino progresivo, como ocurre siempre con la revelación. Llegamos así a descubrir la razón última de las exigencias: el hombre debe volverse a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres.

El bautismo administrado por Juan apuntaba ya a una nueva vida con auténticas exigencias de conversión verdadera. Incluso, en el judaísmo, el bautismo era utilizado como medio y signo para incorporar a un pagano, a un no judío, al pueblo de Dios. Era como sepultar el ser antiguo y revestirse de una vida nueva. Si el Bautista anuncia un nuevo bautismo, tan necesario para los judíos como para los paganos, esto significaba que, ante Dios, todos –judíos y paganos- se hallan en la misma situación de indigencia. Y esta situación la remediará el que viene, es decir, el Mesías. El que viene (Dn 7,13ss) es también el juez y, por supuesto, más poderoso que el Bautista (Is 9,1-6; 11,1-10). Pero este poderío está muy lejos de ser triunfalismo. Lo demuestra el hecho de que su poder está “en el bautismo del Espíritu”. El bautismo del Espíritu significa la presencia inmediata de Dios y la experiencia personal que de él puede tenerse, gracias a la aparición de Cristo.

 

El texto de Mateo y el paralelo de Lucas (3,18) hablan de dos bautismos: uno “con Espíritu Santo” y el otro “con fuego”. El primero sería salvífico y el segundo punitivo o castigador. Los intérpretes de los textos siguen discutiendo hasta el día de hoy sobre la diferencia entre ellos. Lo relativo al del fuego, ¿fue añadido posteriormente? De hecho Marcos no lo menciona. Parece probable que la omisión obedezca a la catalogación de ambos bautismos: el bautismo de Juan, realizado con agua, sería inferior al bautismo del Espíritu Santo. Y éste sería un buen argumento para calificar de “más fuerte” al que lo administraba. Pero esta explicación no es la única posible. De hecho, tanto en el texto de Mateo, que nos ofrece la liturgia de hoy, como en el paralelo de Lucas, el fuego apunta al castigo destructor de quien no escucha la voz del Enviado (la palabra “fuego”, aparece tres veces, Mt 3,10.11.12; y en Lucas, 3,9,17, el fuego se halla unido al castigo del árbol cortado).

 

En todo caso, el bautismo de Juan debe ser entendido como una invitación al compromiso de una vida nueva y como un acto simbólico que proclamaba, anticipaba y aseguraba la purificación del pecado que, por medio del “más fuerte”, el Espíritu Santo llevaría a cabo el último día cuando fuese derramado con el agua sobre el pecador arrepentido. La presencia de Jesús en el Jordán y el bautismo recibido fueron una iniciación profunda de la dialéctica de la alianza.

 

La aportación del apóstol Pablo (segunda lectura) se centra en ofrecer los soportes   necesarios    garantizadores    de  nuestra   esperanza:   las   Escrituras

-entiéndase el AT- que, escritas para nosotros, nos enseñan que los sufrimientos son inseparables de los elegidos de Dios. Como no hay nada perfecto, las dificultades y disidencias existentes en la comunidad no son un obstáculo, sino un medio para llegar a la gloria (Rm 15,3-5) y al fortalecimiento de la esperanza. Los ejemplos que ella nos da nos invitan a la paciencia y son al mismo tiempoconsuelo, porque si Dios pide el sacrificio es con la finalidad de que sea mayor la recompensa. La enseñanza de la escritura y el ejemplo de Cristo deben estimular a sus discípulos a vivir en un perfecto acuerdo y en una armonía estimulante. Para lograrlo necesitamos la ayuda de Dios. De ahí que la exhortación termine en una oración.

Felipe F. Ramos

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