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NAVIDAD, Natividad del Señor

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 52,7-10
2ª lectura: Hb 1,1-6
3ª lectura: Jn 1,1-18

 

El heraldo anuncia la venida de Yahvé. El gran anuncio se hizo presente. Nos comunicó la palabra definitiva. Son .los tres pensamientos concurrentes en este magnífico audio-visual. La proyección del primero (primera lectura) no procede de Sión, de la ciudad “santa”, del pueblo religiosamente soberbio, del hombre auto-suficiente. No. Se dirige a ellos. A todos. Se trata de unateofanía o manifestación de Dios que podía imaginarse como la fiesta del Año Nuevo: “Cantad a Yahvé un cántico nuevo, porque él ha hecho maravillas; han vencido su diestra y su santo brazo. Ha mostrado Yahvé su salvación, y ha revelado su justicia a los ojos de las gentes. Se ha acordado de su benignidad y de su fidelidad a la casa de Israel; todos los confines de las tierra vieron la victoria de nuestro Dios. Cantad a Yahvé con la cítara, con la cítara y con voces de canto...” (Sal 98,1-5).

 

Con motivo de una teofanía tan solemne el pueblo, los creyentes, quedaban inundados de alegría. Y tenían buena razón para ello. Volvían del destierro, de la esclavitud, de la desposesión de la tierra, a la casa paterna, al símbolo más profundo del regalo prometido por Dios.

 

La proclamación de la realeza de Yahvé: Tu Dios es Rey: “¡Cantad a Yahvé, cantadle. Cantad a nuestro Rey, cantadle! Porque es Yahvé el rey de toda la tierra, cantadle con maestría” (Sal 47,7-8), era la afirmación central de la entronización del Rey. La figura del Rey era representativa del pueblo. De ahí que el pueblo manifestase su alegría cuando contemplaba la entronización de un rey nuevo (Sal 47,8; 93,1; 97,1; 99,1). Era algo así como la confirmación de su seguridad la que le llevaba a celebrar el poderío restablecido y el futuro esperanzador: “Oyó Sión y se alegró; regocijáronse las ciudades de Judá por tus juicios, Yahvé” (Sal 98,8).

 

La presencia del gran anuncio tuvo lugar en nuestra fiesta de Navidad. La más tierna y cercana de las teofanías imaginables. El prólogo del evangelio de Juan es una pieza de valor único (tercera lectura). Como los demás evangelistas lo antepone a su obra para presentarnos al protagonista de su narración. A diferencia de ellos no se queda en el Bautista y en el bautismo de Jesús (como Marcos), ni en el nacimiento virginal (como hacen Mateo y Lucas). Él llega hasta los orígenes. Y estos orígenes se remontan, más allá del tiempo, a la eternidad misma de Dios. Sólo así la presentación es completa.

 

En la presentación de la Palabra se distinguen tres fases: su preexistencia (vv.1-5). Preexistencia real y personal. Existencia en plena comunión con el Padre (“estaba en, junto a Dios”). La eternidad, personalidad y divinidad del Logos son las tres afirmaciones del v.1. Pero no pensemos que el evangelista hace especulación filosófica. Ha querido sencillamente poner la base sólida, dar la razón última de por qué esta Palabra puede hablarnos de Dios. El poder revelador y salvador de esta Palabra tiene su fundamento en el origen y naturaleza de la misma. El evangelista utiliza categorías “esencialistas” sólo en apariencia. En realidad son categorías existenciales. Porque la Palabra tiene como función esencial hablar, dirigirse a alguien esperando ser acogida y respondida. La Palabra supone unos destinatarios a los que va dirigida. Y para ellos, para los hombres es vida y luz. Todo aquello que puede dar a la vida humana su plenitud y sentido. Incluso superando sus propias posibilidades y sueños.

 

En la segunda fase se destaca su entrada en el mundo de los hombres. La mención del Bautista, provocada por la palabra “luz”, nos sitúa en el terreno histórico. La luz para el hombre no es una idea, algo abstracto, sino Alguien, y tan concreto como el Logos o la Palabra encarnada. Testigo de ello fue el Bautista, cuya figura, en este evangelio, no se centra en ser Precursor de Cristo –como hacen los evangelios sinópticos- sino en ser testigo de la luz verdadera, que puede aclarar el misterio del ser humano. Toda la razón de ser del Bautista está en función de su testimonio.

 

La función iluminadora le compete al Logos por razón de su divinidad. Ahora se nos dice (v. 9) que esto ha ocurrido en el cuadro histórico de la presencia de Cristo. Y al entrar en la realidad humana, el Logos, la Palabra esencial de Dios, coloca al hombre ante una inevitable decisión. Esta Palabra es esencialmente interpelante. Decisión inevitable de aceptación o de  repulsa. El evangelista habla primero del rechazo, equivalente en su terminología a “no conocer”, “no recibirlo”. En el evangelio de Juan son expresiones sinónimas de  no creer. Con estas expresiones se acentúa la incredulidad judía y la de todos aquellos que se niegan a aceptar esta Palabra.

 

A continuación se nos habla de la aceptación. Recibirlo significa en este caso  la acogida favorable del Revelador divino y de sus palabras. Es sinónimo de la fe. Y la consecuencia de esta aceptación favorable es la filiación divina, que es presentada como partiendo de la iniciativa de Dios, no como posibilidad o decisión puramente humanas. El texto, originariamente, al excluir esta posibilidad humana, lo había hecho al estilo semítico con la expresión carne y sangre. Este nacimiento no procede ni de la carne ni de la sangre, es decir, de la posibilidad de una generación humana. Y una explicación añadida al texto, y que luego resultó no ser explicación sino complicación, introdujo “la sangre” en plural, y “la voluntad carnal”, que sería sencillamente la carne, y “la voluntad de varón”.

 

La tercera fase es la encarnación: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria... Es el punto culminante del prólogo. En él se habla:

 

> De la paradoja increíble que el Logos eterno de Dios -recuérdense las afirmaciones del v.1- haya entrado en la historia humana. Entrada en la historia humana como sujeto de esta historia; como mentor de la misma había entrado en su primera venida, en la creación, cuando Dios creó por la Palabra. Acontecimiento único y casi increíble. Dios mismo entra en la historia como uno más de los que hacemos esta historia. Y al mismo tiempo es el rector o mentor de la historia.

 

> La afirmación de la encarnación obedece también -dentro de la intención del evangelista- a ofrecer la razón última de esta posibilidad que se le ofrece al hombre de llegar a ser hijo de Dios.

 

> Esta culminación del prólogo habla elocuentemente del amor infinito de Dios. Esta es la razón por la cual el evangelista afirma que el Verbo se hizo carne, no hombre, aunque en realidad lo que se quiere afirmar es que se hizo hombre. La “carne” pone más claramente de relieve lo débil, lo caduco, impotente. Y es que la distancia infinita entre el Logos y la carne, unidos en Cristo, pone de manifiesto el amor infinito de Dios. Distancia infinita salvada por el puente del amor infinito de Dios.

 

> El evangelista prepara así el terreno para las afirmaciones eucarísticas, que hará posteriormente (cap.6). El Logos se hizo “carne”; es necesario comer la “carne” del Hijo del hombre.

 

> La afirmación pone de relieve la habitación de Dios entre los hombres, “plantó su tienda”, que es la traducción del verbo griego correspondiente y que acostumbramos a traducir por “habitó”. Estamos ante la culminación de todos los ensayos de esta habitación de Dios en medio de los hombres. Ensayos que recoge el AT cuando habla de la tienda, del templo, el tabernáculo...

 

> Como consecuencia, en Cristo puede verse la gloria de Dios. Una visión muy próxima a la fe. De hecho esta visión de la gloria sólo es asequible a los creyentes. Hemos visto su gloria.

 

> Para poner más de relieve todo el acontecimiento se contrapone a Jesús, el Verbo hecho carne, con Moisés. Por Moisés vino la Ley, que era considerada como la garantía de la gracia y de la fidelidad de Dios para con su pueblo. Por Jesús vino la gracia, pero una gracia incalculable, “gracia sobre gracia”.

 

> En oposición a las religiones paganas, que hablaban de  “ver” a Dios, afirma Juan que esto es imposible, pero, a través de Jesús, tenemos su revelación. Jesús nos manifiesta a Dios, nos lo da a conocer, nos lo comunica.

 

La carta a los Hebreos (segunda lectura), sobre la base del concepto bíblico de Palabra o de palabra de Dios, contrapone la gracia y el poder de la misma en la antigua alianza y en la nueva. He aquí la presentación que nos hace de ambas:

 

a) Las palabras de Dios y las distintas formas en que fueron transmitidas por los profetas justifican que el autor de la carta a los Hebreos las defina, por su misma naturaleza, como palabras “fragmentarias y parciales.  La Palabra de Dios, por el contrario, nos coloca ante un cuadro de excepcional belleza pintado por el Artista por excelencia para transmitir su personalidad, su mentalidad, su forma de pensar y de sentir, su valoración del mundo y del hombre. Es su autorretrato.

 

b) “En otro tiempo”, con referencia al AT, fue definido y cerrado por la venida y el acontecimiento del Hijo, que da lugar a una alianza nueva destinada a permanecer para siempre (Hb 8,8; 9,15; 12,24). Lo ocurrido “últimamente” se refiere claramente a la era mesiánica. El momento en el que Dios comenzó a hablar por su Hijo significa que ha tenido lugar el comienzo de la nueva alianza, la alianza última y definitiva.

 

c) Frente a “los padres”, es decir, el pueblo de la antigua alianza, aparece otro pueblo, que somos “nosotros”, es decir, todos aquéllos que aceptan la palabra de Dios comunicada por su Hijo y que es verdaderamente constitutiva de la alianza nueva. Los creyentes en Cristo, herederos legítimos de los “padres” y de las promesas que a ellos les habían sido hechas, constituyen el nuevo pueblo de Dios.

 

d) Contraposición entre los profetas y el Hijo. Los profetas son los hombres de la palabra. Transmiten la palabra de Dios al pueblo, pero primero deben recibirla ellos. El Hijo, por estar siempre en la casa, por ser de arriba, por pertenecer a la familia, por ser uno con el Padre... puede hablar por sí mismo, sin que previamente deba recibir las instrucciones oportunas y la información necesaria para poder hablar. El Hijo no es simplemente portador de la palabra de Dios, sino la Palabra misma.

 

El Hijo es imagen de Dios, es decir, continuación de la Sabiduría personificada (Pr 8,30; Sb 7,22);resplandor, “apaugasma” en griego, es decir, radiación (sentido activo de la palabra) o reflejo (sentido pasivo). Optamos por el segundo sentido, por razón de la mayor probabilidad, sin excluir el primero;impronta, es decir, semejanza, eikon o ikono de la Sabiduría (Sb 7,26).

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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