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OCTAVA DE NAVIDAD, Epifanía del Señor

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 60, 1-6
2ª lectura: Ef 3,2,3ª. 5-6
3ª lectura: Mt 2,1-12

 

Luz. Gloria. Nombre. Imaginería bíblica de profundas raigambre (primera lectura). Se nos describe con el recurso a este vocabulario la liturgia de la alianza del Nuevo Año. Su infraestructura sirve para ofrecernos una admirable teofanía, mediante los términos de la luz y la gloria.. El nombre, Dios mismo, ha quedado fuera de esta unidad literaria, pero pertenece al conjunto de la misma (Is 60,9). La manifestación de Dios o teofanía sirve de predicación enumerando los actos gloriosos de Yahvé. Ante ellos se producirá la revelación de Dios, la magna peregrinación de los pueblos, la abundancia de riquezas que llevarán a Sión; los judíos dispersos volverán a su tierra. El resultado es la gloria y  prosperidad de Sión. No debe olvidarse que cuando el Redentor viene a Sión –a su pueblo- sólo se encontrará con los que estén dispuestos a recibirlo: “Mas para Sión vendrá como redentor, para los de Jacob que se convierten de sus pecados, dice Yahvé” (Is 59,20).

 

Sión, Jerusalén, el pueblo como tal, es imaginado como una mujer postrada en tierra; es invitada a levantarse. Es una preparación para la revelación. Su luz es sinónima de la gloria de Dios y de su Nombre. La nube y las tinieblas también son signo de la revelación: “El pueblo se mantuvo a distancia, pero Moisés se acercó a la nube donde estaba Dios” (Ex 20,21). “Hay en torno de El nube y calígine; la justicia y el juicio son las bases de su trono” (Sal 97,2).

 

El tema de la venida de las naciones y de los reyes con sus riquezas pertenece también al terreno de la revelación (no olvidemos que el pensamiento de la remuneración de ultratumba está todavía en ciernes). Como la reina de Saba fue al encuentro de Salomón (1R 10, 1-2: “Llegó a la reina de Saba la fama que para gloria de Yahvé tenía Salomón y vino para probarle con enigmas. Llegó a Jerusalén con muy numeroso séquito y con camellos cargados de aromas en gran cantidad, y de piedras preciosas”, así sus sucesores se unirán con las gentes del Norte de Arabia para pagar sus tributos. Lo importante es que hasta los extranjeros  proclamarán las alabanzas del Señor.

 

Todo lo imaginado en estas descripciones lo dará forma, no menos poética, el libro del Apocalipsis: “La ciudad tampoco necesita del sol ni de la luna para que la iluminen; porque la ilumina la gloria de Dios y el Cordero es su lámpara. Las naciones caminarán a su luz y los reyes de la tierra vendrán a rendirle vasallaje. Sus puertas no se cerrarán nunca, pues en ella no habrá noche. Pero nada manchado entrará en ella; nadie que cometa abominación y mentira, sino únicamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (21,23-27).

 

La misma línea poética siguen los “Reyes Magos” (tercera lectura). El episodio de los Magos tiene todas las características de una leyenda. Naturalmente con una base sólida que la dio consistencia. En todos los países donde se cultiva la ciencia astrológica –y esto ocurría en todo el entorno de Palestina- existía la firme convicción según la cual cada niño nace en la coyuntura astral: de ahí que cada hombre tenga su propia estrella. Más aún, la aparición de una nueva estrella o la conjunción de dos hacía pensar inevitablemente en un nuevo acontecimiento que determinaría un cambio en la historia humana. Puede decirse de otra manera: la regularidad en la marcha de las estrellas garantizaba la normalidad en la marcha del mundo. Por tanto, un acontecimiento importante tenía que ser señalado de algún modo en la marcha de las estrellas. Ahora bien, como el nacimiento de Jesús era el acontecimiento más importante de la historia humana necesariamente debía ser anunciado por el mundo de los astros. Es en este punto donde se unen la leyenda y la teología.

 

La base histórica para nuestro relato –supuesta la mentalidad mencionada-  es la siguiente: el año siete a. de C. tuvo lugar, según los cálculos astronómicos (Kepler, en particular), la conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación Piscis. El planeta Júpiter era considerado universalmente en el mundo antiguo como el astro del Soberano del universo. Saturno era el astro de Siria y la astrología    helenista lo designaba como el astro de los judíos. Finalmente, la constelación Piscis estaba relacionada con el fin de los tiempos. Es lógico, ante la conjunción de Júpiter y Saturno, que se pensase en el nacimiento, en Judea, del Soberano del fin de los tiempos.

 

En Qumran ha aparecido también el oráculo del Mesías. Esto nos indica que, también los judíos, mezclaban las creencias astrológicas con las esperanzas mesiánicas y especulaban acerca de  cuál sería el astro bajo el cual nacería el Mesías.

 

A pesar de todo lo dicho, no hay posibilidad alguna de identificar la estrella de los Magos con ninguna estrella del universo. Mateo pudo haberse inspirado en cuanto precede, pero el relato bíblico pretende hablarnos de una manifestación extraordinaria que, desde la oscuridad, guía a los Magos a descubrir al rey de los judíos y del universo.

 

El texto los presenta como magos. La palabra es oriunda de Persia y con ella se designaba a los dirigentes religiosos. En el griego corriente se utilizaba para referirse a los magos propiamente dichos o practicantes de artes mágicas. ¿Qué significa en nuestro texto? Por supuesto que no eran reyes. Esta creencia surgió posteriormente bajo la influencia de algunos pasajes bíblicos (Sal 72,10; Is 49,7; 60, 10: vendrán reyes y adorarán a Yahvé. “Los reyes de Tarsis y de las islas le  ofrecerán  sus dones,  y los reyes  de  Seba  y  de Saba  le pagarán tributo” (Sal 72,10). Posteriormente, en el siglo quinto, se concretó su número sobre la base de los dones ofrecidos. Finalmente, en el siglo octavo, recibieron el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar. Tampoco eran lo que hoy conocemos como sabios; tenían conocimientos de astrología. Hoy los llamaríamos astrólogos.

 

Los Magos son figuras teológicas y funcionales, que vienen a ratificar la dignidad única del protagonista del evangelio,  a quien Mateo ya ha presentado (Mt 1,1-25). De ahí que esta escena sea como el complemento de la anterior. Más aún, estos hombres –que eran paganos, no judíos, y por tanto desconocían la revelación del AT- reconocen al Mesías y no se escandalizan de su humildad. Por el contrario, los doctores de la Ley, especialmente versados en la Escritura, no lo reconocen.

 

Estamos ya ante una tesis que se hará general a lo largo del evangelio de Mateo: Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y es aceptado por los gentiles (se acerca a él un centurión para pedirle un favor, Mt 8.5ss); el cuarto evangelio nos habla de los griegos que querían ver a Jesús (Jn 12,20ss). Si los suyos y su pueblo se apartan de Jesús se produce una grave contradicción ya que la humildad de sus orígenes y, posteriormente, la de toda su vida, había sido anunciada en el AT (Mt 11,6: “Dichoso aquel que no vea en mí una ocasión de escándalo”.

 

Esta contradicción la experimentaría incluso la madre de Jesús, porque sus experiencias con el niño confirmarían, en realidad, lo predicho por el AT. ¿Es ésa la razón por la cual María conservaba todo lo que estaba oyendo y viendo en su corazón? ¿No es ésta la línea de la fe impuesta en el evangelio? La verdadera contradicción entre lo anunciado y su cumplimiento había sido introducida por las especulaciones fantásticas del judaísmo que esperaba un Mesías poderoso, que impondría por la fuerza y mediante ejércitos invencibles su señorío sobre el mundo entero. Estas especulaciones habían falseado las promesas.

 

Por otra parte, el episodio significa que, ante Dios, no hay acepción de personas. Caen las barreras del particularismo judío y se afirma el universalismo de la salvación que es ofrecida a todos sin distinción ni discriminación de ningún tipo.

 

¿Por qué el motivo teológico no ha eliminado los motivos legendarios?. Ahí sigue la estrella, los astrólogos que la siguen, la investigación basada en su descubrimiento... La explicación a este interrogante la tenemos también en razones teológicas. En Jesús se cumplen todas las esperanzas, no sólo las del pueblo judío sino las de todos los hombres. Él es el Rey que todos esperan, pero un rey humilde y oculto. Quien lo encuentra se alegra, le hace el rey de su vida y le rinde el más precioso homenaje. Como los Magos. Los regalos mencionados en el texto son los productos típicos de un país oriental, que son ofrecidos a los reyes.

 

El misterio de la revelación cristiana ha sido descubierto recientemente, a última hora, (segunda lectura) a través del Apóstol, que se considera como el doctor gentium, incluso cuando se dirige a alguna comunidad que no ha sido fundada por él (Rm 15,20). Él se presenta como el revelador de la gracia. El “misterio”, es decir, el universalismo del Evangelio ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas. A Pablo le interesa destacar –en velada diatriba frente a los que no reconocían su autoridad de apóstol- que él se cuenta entre ellos.

 

Felipe F. Ramos

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