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PASCUA, Domingo VI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Hch 8,5-8. 14-17
2ª lectura: 1Pe 3,15-18
3ª lectura: Jn 14,15-21

 

La actividad misional de Felipe en Samaría fue el primer paso serio e importante para que el evangelio rompiera las fronteras estrechas del particularismo judío y se abriese al mundo con su esencial universalismo. En este avance decisivo del evangelio no podía estar ausente la Iglesia madre. Por eso envía a Samaría a sus dirigentes más representativos: Pedro y Juan. (primera lectura).

 

Los apóstoles de Jerusalén sienten la responsabilidad de la instauración del evangelio en nuevos territorios. En este caso, además, se daban dos circunstancias especiales, que hacían particularmente necesaria su presencia. Se trataba de una región intensamente sospechosa para toda mentalidad judía. Los samaritanos eran considerados como apóstatas de la religión judía. Era necesario, particularmente en aquella región, velar por la ortodoxia de la doctrina. Un nuevo agravante lo constituía el misionero que les había llevado la Buena Nueva. Felipe pertenecía al grupo de los helenistas, caracterizados por su “progresismo”.

 

Tal vez lo más importante era acentuar la unidad de la Iglesia. Las Iglesias que iban surgiendo debían estar en contacto y comunión con la Iglesia madre de Jerusalén. De hecho lo ocurrido con Samaría se repite en otras ocasiones. Pedro visita Lida con la misma finalidad que Samaría (Hch 9,32) y Cesarea (cap. 10-11); en otra ocasión envían a Bernabé a Antioquía (11,22-23).

 

La introducción de Simón Mago en la escena tiene como objeto demostrar que, en efecto, se trataba de las manifestaciones extraordinarias y espectaculares del Espíritu Santo. Él quería obtener el poder para realizar esta clase de actos. En resumen, que estaríamos ante lo que ha sido llamado el Pentecostés “samaritano”, lo mismo que, más tarde (10,44), se nos narrará el Pentecostés “pagano”. Esta misión de Pedro y Juan no debe imaginarse al estilo de la visita actual del obispo para “confirmar” a los bautizados. Esta visión carece de fundamento en el texto.

 

Lo que “confirman” los enviados por la Iglesia de Jerusalén es la extensión del evangelio en Samaría, la predicación de Felipe, el helenista, la participación de los samaritanos en el mismo Espíritu que anima a la Iglesia, la solidaridad e identificación de la Iglesia de Jerusalén con los samaritanos recientemente evangelizados. Esta “confirmación” era bastante más importante que cualquier otra. La imposición de manos simbolizaba dicha solidaridad y la participación en la misma gracia. Los samaritanos, excluidos de la comunidad judía, entran a formar parte de la comunidad cristiana.

El evangelio del presente domingo explica la eficacia de la palabra de Dios, la extensión y profundización de la misma. Para ello pone ante nuestros ojos el primer proverbio o sentencia sobre el Paráclito o el Defensor, como es llamado el Espíritu Santo por el texto bíblico reproducido en la lectura evangélica. Diríamos que tiene tal belleza y densidad que el evangelista lo ha considerado como digno de ser enmarcado. Ha recurrido al principio literario de la inclusión: repetición al principio y al fin de un relato más o menos largo de la misma frase. Es como una llamada de atención para que el lector se de cuenta dónde se halla lo más importante. Un marco bello y artístico se pone a un cuadro que sea digno de él. En este caso el marco es el mandamiento del amor (tercera lectura).

 

En dicho marco se establece como criterio del amor a Jesús la observancia de los mandamientos. En realidad se trata de algo más profundo de lo que normalmente entendemos por esta expresión. Cuando la observancia de los mandamientos se relaciona y se considera como el criterio del amor a Jesús, de lo que se trata es  de la misma orientación de la vida desde las enseñanzas o desde la palabra de Jesús. Eso es lo que está en juego. Dicho de otro modo: laaceptación de Jesús comporta un nuevo modo de vida, una novedad radical en el comportamiento, en la conducta moral y, sobre todo, una nueva obediencia de la vida, lo que Pablo llamará la obediencia de la fe (Rm 1,5; 16,26). Ante esta exigencia o novedad radical era lógico que surgiese la pregunta: ¿Cómo será o se hará posible esta realidad nueva?

 

La respuesta nos la da este primer proverbio sobre el Paráclito. Esto se hará posible gracias a la presencia permanente del Espíritu después que Jesús se haya ido. Tengamos en cuenta que, a continuación del proverbio, vuelve el evangelista a recoger el pensamiento de la presencia de Jesús:No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros (14,18). Jesús se refiere a su vuelta en la Pascua y en el Espíritu Santo, a la parusía joánica. La Pascua, la resurrección de Jesús, consuela y supera la orfandad de los discípulos.

 

Este primer proverbio sobre el Paráclito insiste en este punto desde otra perspectiva distinta a la habitual. La presencia ininterrumpida de Jesús por medio del Espíritu Paráclito sustituye a la representación tradicional-apocalíptica de la vuelta-parusía de Cristo al fin de los tiempos. El retorno del Hijo, del Enviado, al Padre y su vuelta-venida a los suyos en el Espíritu Paráclito significa la superación de las fronteras históricas. Él siempre se halla presente, a nivel directamente personal, por su promesa incondicional hecha a sus discípulos.

 

Debemos explicar el vocablo paráclito, porque en este comentario lo utilizaremos con frecuencia. Es una palabra griega (= parákletos). En el griego helenístico y en Filón de Alejandría se emplea en el sentido de “defensor de una causa” (es llamada parákletos a aquella persona a la que se acude para salir de una dificultad o resolver un problema; algo así como su asistente o abogado). En el lenguaje profano, parácletos significa lo mismo que ad-vocatus –el que es llamado por alguien o, más exactamente, hacia alguien-, el abogado, el intercesor. Deriva del verbo parakalein y tiene dos sentidos fundamentales: llamar hacia sí, del que derivan otros, como “pedir la ayuda de alguien”, invocar o suplicar a alguien, por ejemplo a los dioses, “llamar a uno como testigo ante un tribunal”, lanzar un SOS ante la dificultad o el problema en que uno se ve envuelto y exhortar o dar ánimo, del que derivan otros como “consolar”.

 

El Paráclito es una figura paralela a Jesús. Una especie de “alter ego” en relación con Jesús. Por eso no podía existir el Espíritu antes de la glorificación de Jesús (7,39). El Paráclito necesariamente tiene que ser posterior a Jesús, puesto que es un modo de presencia de Jesús mientras éste se halla ausente. Jesús está en el cielo con el Padre (1Jn 2,1) ; el Paráclito está en la tierra con los discípulos. En lugar de Jesús, comparece otro paráclito. Se supone, por tanto, la marcha de Jesús, que era “un” Paráclito.

 

El Paráclito es “otro” Jesús, distinto de él. En la duración de su presencia, que es definitiva, y en su modo de obrar, que no se centra en pronunciar palabras que sean como el eco de las palabras de Jesús de Nazaret. El Paráclito actúa por medio de evidencias, es decir, “interpretando y descubriendo el sentido profundo de las palabras de Jesús” a las que, arrancándolas del tiempo pasado, las actualiza en una adaptación adecuada al tiempo de los creyentes de cada momento.

 

El Paráclito, que es Espíritu de vida, generador de vida, vivificador, como lo confesamos en el credo, tiene como finalidad esencial “vivificar” las palabras de Jesús, hacer que no envejezcan, que mantengan su poder vivificador de forma actual, atractiva e incluso seductora, que conserven el inicial frescor del momento en que salieron de la boca de Jesús, que sigan tan vivas como el espíritu del que brotaron y que no pasen nunca a ser letra muerta. Es el Espíritu el que vivifica; la letra mata. Matamos al Paráclito y eliminamos a Jesús cuando nos convertimos en meros repetidores, en epígonos reprobables vestidos de gran aparato y solemnidad, de unas palabras que, escritas en un libro, se convierten en letra muerta; en un “texto antiguo”, que sería únicamente útil para los análisis lingüísticos de los escolares, sin la acción vivificadora del Espíritu.

 

De los cinco proverbios o sentencias sobre el Espíritu Paráclito que nos ofrece el evangelio de Juan, en tres de ellos es llamado “el Espíritu de la verdad” (14,17; 15,26; 16,123). El Espíritu de la verdad es el que actúa en los creyentes, en vosotros, y les hace comprender toda la dimensión del hecho cristiano, todo el significado del ser y quehacer de la persona de Jesús. Esto lo entienden los creyentes porque es la realidad de la que viven como tales creyentes; es la verdad en la que creen; la verdad que les estimula, que les impulsa manteniendo su fe y esperanza. Ellos lo pueden entenderporque mora en ellos, es decir, porque es como la atmósfera que respiran, la filosofía que los configura, la convicción esencial en la que se apoyan.

 

Es sencilla y llanamente el mundo de la fe que surge gracias a la acción del Espíritu de la verdad. Aquello no existiría sin la acción de esto. Una acción constante, habitual, permanente, sin la cual desaparecería la vida de la fe. Como desaparecería la vida humana sin la acción del espíritu humano en ella. La comunidad cristiana, el discipulado de Jesús, el “vosotros”, se constituye por la presencia del Espíritu, porque el Paráclito está en medio de vosotros.

 

Esta acción del Espíritu de la verdad es inasequible al mundo: a quien el mundo no puede recibir ni le conoce. El “mundo” es la contrapartida, el polo opuesto a la comunidad creyente. Al “mundo”, en el sentido peyorativo en que es utilizada aquí la palabra, le caracteriza la lejanía de Dios y, por tanto, la negación del Espíritu de la verdad. No se puede recibir aquella realidad contra la cual alguien se manifiesta desde el convencimiento de su inexistencia. De ahí la imposibilidad, por parte del mundo, de recibir el Espíritu de la verdad. Si lo recibiese, si estuviese siquiera abierto a él, a la posibilidad de su existencia y operatividad, automáticamente dejaría de ser mundo. Estaría insertándose en la comunidad creyente, al menos de forma incipiente. La esencial funcionalidad del Paráclito cumple su objetivo en el desvelamiento de la revelación divina. Como el mundo se opone a ella, negándola rotundamente, excluye al Paráclito.

 

Se hace a propósito del Espíritu Paráclito la misma afirmación con la que se define la misión de Jesús, que fue dado (Jn 3,16), entregado, enviado por el Padre. Pues bien, el Paráclito es dado por el Padre. Esto nos introduce en el terreno exacto en el que debe moverse la acción del Espíritu:tiene su centro de interés en el campo de las relaciones entre Dios y el hombre. Se trata, por tanto, de ahondar  en la nueva relación entre Dios y el hombre, iniciada con la presencia de Dios en nuestro mundo. Gracias a la acción del Espíritu, el hombre, -el discipulado cristiano, por supuesto- tomará conciencia del nuevo modo de presencia de Dios en él. Dios ha quedado al alcance del hombre.

 

La presencia actuante del Paráclito presupone la presencia reveladora de Jesús y se desarrolla a partir de ella y sobre ella. Por supuesto, dentro de una esencial inseparabilidad, ya que el Paráclito sigue haciendo presente a Jesús. Es como el Jesús glorificado que actúa en la comunidad cristiana, ya que el contenido fundamental y permanente de la instrucción del Paráclito es el propio Jesús y su palabra.

 

El Espíritu, el Espíritu Paráclito, el Espíritu de la verdad es enviado para que esté con vosotros para siempre, para que la obra de Jesús, limitada por el tiempo y por la geografía, trascienda todos los momentos y lugares. La vida y obra de Jesús, en cuanto que es la gran revelación, la comunicación y la presencia de Dios estará siempre con vosotros gracias a la presencia del Paráclito. Según las esperanzas judías, Dios derramaría el Espíritu en los corazones cuando llegase la alianza definitiva que, desde siempre, quiso sellar con los hombres. Hasta este momento, el Espíritu había sido concedido temporalmente a determinadas personas: jueces, reyes, profetas, sacerdotes... Ahora será dado a todos los miembros del pueblo y los animará desde dentro.

 

El texto de Juan anuncia que, a diferencia de la presencia terrena de Jesús, el Paráclito estará con los discípulos y “en” ellos para siempre. El don del Espíritu caracterizará en adelante la existencia de los creyentes; su presencia en ellos para siempre significa que se ha cumplido la alianza. El apóstol Pablo reflexionó profundamente en esta realidad y ahondó en ella con tanta claridad que, traduciendo su misma experiencia, pudo formularla así: Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rm 8,14).

 

¿Cómo llegó la comunidad joánica a descubrir este tesoro, todo el significado y dimensión de la persona y de la palabra de Jesús? Sin duda alguna desde una profunda experiencia del Espíritu. La comunidad cristiana y sus dirigentes “eran  y estaban movidos por el Espíritu de Dios”. Esta experiencia profunda del Espíritu fue la causa última que permitió al evangelista y a la comunidad descubrir la nueva imagen de Jesús y su “alta” cristología. ¿No sería un profeta, especialmente accionado por el Espíritu, quien reformuló esta doctrina del Espíritu  Paráclito sobre la base de la doctrina de Jesús y la reflexión profunda de la Iglesia sobre el Espíritu? Quienquiera que haya sido -y no queremos limitarnos al singular- presuponemos un grupo de personas particularmente dotadas para percibir las ondas profundas de la divinidad, captar perfectamente la fe de la Iglesia y la experiencia del Espíritu en ella.

 

La segunda carta de Pedro insiste en que el cristiano debe saber dar razón de su fe a través de su conducta y de sus palabras. El cristiano no puede ser asimilado por la sociedad en que vive hasta el extremo de pasar totalmente desapercibido. Más aún, esto iría en contra de su misma existencia cristiana. Esto llega a complicar, a veces seriamente, la vida. ¿Cuál debe ser la actitud ante las complicaciones y persecuciones originadas por la práctica de la fe? (segunda lectura)

 

La respuesta no era difícil porque había sido anticipada por Jesús en el evangelio. (Mt 5,12). El premio prometido por Jesús a aquellos  que sufren por la justicia debe ser un estímulo para permanecer en la práctica de la misma a pesar de las dificultades que de ellos se deriven. Ante la persecución resulta fácil que el hombre, por miedo a los hombres, se olvide o reniegue de Dios. Porque piensa en quien le hace sufrir y en lo que le hace sufrir. Ahí queda su pensamiento, sin remontarse a las causas y motivos últimos del mismo. Nuestro autor quiere eliminar este peligro de sus lectores. Para ello, después de haber citado las palabras de Jesús, vuelve sus ojos al AT y encuentra otras de Isaías (8,12ss). Isaías anima a los israelitas a no dejarse contagiar del pánico de sus jefes, que estaba motivado por el miedo y la disponibilidad ante cualquier compromiso.

 

La defensa de la fe tiene como punto de partida la valoración de la misma. Quien está profundamente convencido de algo, tiene que tener la suficiente valentía para defenderlo ante quien sea. Por otra parte, defender la propia fe significa el ejercicio de un apostolado o misión exigidos desde la entraña misma del ser cristiano (Flp 1,13-14). Significa abrir las puertas del Reino a quienes se encuentran bien dispuestos. Es importante que las cuestiones planteadas a los cristianos versasen sobre su esperanza. Los paganos se veían sorprendidos por la alegría con que vivían. Una alegría que nace esencialmente de su esperanza.

 

Pero la defensa de la propia fe debe hacerse con dulzura y respeto, motivados por el mandamiento del amor y la responsabilidad ante Dios. No deben “rebajarse” al nivel de sus interlocutores recurriendo a la agresividad. La buena conciencia que tienen debe hacerlos hablar con la libertad de los hijos de Dios, con valentía y serenidad. Esta forma de la defensa de la fe puede preparar el terreno para que sus enemigos reconozcan el error en que viven.

 

El autor termina diciendo que Dios quiere que el hombre se aparte del mal, no del bien, aunque la practica del bien origine el sufrimiento. La religión cristiana rechaza el mal, no el sufrimiento. Sabe muy bien que, en este mundo de injusticia, el sufrimiento es un fácil y casi inevitable acompañante de la justicia.

 

Felipe F. Ramos

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