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PASCUA, Domingo IV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Hch 2,14ª. 36-41
2ª lectura: 1Pe 2,20b-25
3ª lectura: Jn 10,1-10.0

 

La unidad literaria con que se inicia hoy la liturgia pertenece a la tercera parte del discurso de Pedro (primera lectura). En la primera ha interpretado el significado último del acontecimiento de Pentecostés (Hch 2,1-21: se ha cumplido la profecía de Joel; luego con la resurrección de Jesús han llegado los tiempos últimos: primera parte del discurso; el domingo anterior comenzaba de igual manera); en la segunda (Hch 2,22-35) se expone el kerigma de Jesús, que es presentado como un hombre con patente divina. Pedro se centra hoy en la tercera parte, cuyo punto culminante es el v. 36, que recoge la confesión esencial de la fe cristiana: Dios ha hecho Mesías y Señor a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Jesús era ya Señor y Mesías antes de su nacimiento (Lc 2,11), pero, a través de su muerte y resurrección, tomó posesión de su trono a la derecha de Dios y fue constituido Señor. Jesús es el Señor. Es la fórmula original de la fe cristiana. Fórmula de primera hora, utilizada en la primitiva comunidad cristiana palestinense; no procedente, en su origen, de las comunidades helenistas, como se ha dicho tantas veces.

 

Estas afirmaciones de Pedro conmueven a sus oyentes. ¿Por qué? En primer lugar porque se les echa en cara su culpabilidad. Y se hace así precisamente para provocar su arrepentimiento. Por otra parte, caen en la cuenta de que han llegado los tiempos últimos. Aunque no se hable explícitamente de la segunda venida de Cristo para llevar a cabo el juicio, esto se halla implícito en la cita de Joel. Se hallan, por tanto, ante el momento del juicio. Esto explica la reacción de los oyentes:¿qué hemos de hacer, hermanos?

 

Este es el interrogante que deben hacerse todos los oyentes del evangelio. Y a este interrogante universal responden las palabras de Pedro, que recogen las exigencias universalmente válidas: invitación a la conversión, recepción del bautismo y promesa del Espíritu. El arrepentimiento-conversión se manifiesta en la recepción del bautismo. Lo mismo que ocurría en la misión del Bautista. Pero ahora el bautismo ha adquirido un nuevo significado y poder, que le son dadas por la muerte-resurrección de Jesús. El bautismo se administra en su nombre, es decir, el bautizado entra a formar parte de su propiedad y se halla bajo su autoridad y señorío, de modo que el bautizado queda agregado a su pueblo.

 

El Espíritu comunicado en el bautismo es entendido aquí como el principio interno que anima la vida de la comunidad cristiana y de los miembros individuales que la integran. No tenemos vestigio alguno de que todos los bautizados se convirtiesen en profetas con las manifestaciones extraordinarias del éxtasis o que todos fuesen beneficiados con el don de lenguas.

 

Dios ha concedido la gracia del perdón. ¿Quiénes se benefician de ella? Todos aquellos que son llamados por Dios y que responden a esta llamada desde la confesión de la fe: Jesús es el Señor. Esta confesión es la que libera de “esta generación perversa”. La expresión designa, sin duda, a aquéllos que rechazan esta confesión de fe y son obstáculo para que otros la acepten (como estaba ocurriendo en el tiempo en que escribe Lucas con los dirigentes judíos, que habían excomulgado de la Sinagoga a todos aquellos que confesasen a Jesús como el Mesías y el Señor).

 

La narración evangélica expone el mismo mensaje con un lenguaje que refleja la mentalidad del cuarto evangelio (tercera lectura). La alegoría del pastor y el rebaño. El punto de partida para la comprensión de la misma lo constituyen sus destinatarios inmediatos. Se dirige a los fariseos (Jn 9,40; 10,6-7) que, en otras ocasiones son llamados judíos (Jn 10,19). Ambas designaciones son intercambiables en el evangelio de Juan. Designan a los dirigentes del pueblo en cuanto enemigos de Jesús y de sus discípulos, que proceden del judaísmo fariseo (Así se lo acaban de decir al ciego de nacimiento. Éste les contestó con una dialéctica contundente: Haciendo las obras que hace, curando a un ciego de nacimiento como me ha curado a mí, está claro de dónde viene. Si hace las obras de Dios es clara entonces su procedencia).

 

En cambio los suyos -incluido el “vigilante”, no el portero, pues tal figura no existía, de la cerca o recinto dentro del cual se guardaban las ovejas, ya que no se trataba de un establo en sentido estricto-, sus ovejas, le conocen: le aceptan como el enviado de Dios, como el revelador divino, como el cumplidor del pastoreo que Dios mismo había prometido para el futuro de su pueblo (Jr 34,23.31; 37,24; Mi 5,3; Ez 34,7ss; 37,24).

 

La figura del pastor había sido asumida por el lenguaje de la revelación. Moisés había sido el pastor del rebaño de Dios (Is 63,11; Sal 77,11); David, siendo pastor de ovejas en el sentido propio del término, fue elegido para pastor-guía de su pueblo (2S 7,7-8; Sal 78,70-72); Dios mismo había manifestado que no quería que su pueblo fuese  como  un  rebaño  disperso  al  que  le  faltaba  el pastor (Nm  27,17). Los creyentes, los suyos, sus ovejas, aceptan a Jesús como el pastor anunciado. Los dirigentes judíos lo rechazan  porque se habían imaginado otro tipo de pastor-guía-jefe político liberador de la esclavitud en la que vivían bajo la potencia ocupante, que era el imperio romano.

 

Finalmente, el diálogo-monólogo anterior contiene germinalmente y adelanta el tema que se desarrolla  en esta sección: los fariseos, los falsos pastores, han excomulgado y echado fuera de la Sinagoga al ciego (Jn 9,34). En clara e intencionada contraposición con el buen pastor, los dirigentes judíos de la época, el judaísmo fariseo, es fustigado durísimamente por Jesús. En relación con el rebaño que debían apacentar son ladrones y salteadores (Jn 10,1b.8); son extraños a los que no conocen ni siguen las ovejas (10,5); son gente que roba, mata y destruye (10,10); son asalariados irresponsables (10,12-13). Por el contrario, Jesús, el buen pastor, busca la oveja perdida, la encuentra y la acoge (Jn 9,35).

 

Literariamente hablando este discurso simbólico está construido con materiales del AT. En particular se halla presente y subyacente Ez 34 y 37,16ss, donde se encuentra la llave para la comprensión de la metáfora del pastor y del rebaño. Su contenido esencial se centra en que los dirigentes de Israel son falsos pastores. Precisamente por eso son destituidos de su ministerio por el Señor mismo. En su lugar, él mismo buscará y cuidará a su rebaño; y pondrá al frente del mismo a un pastor-Mesías de la línea de David. El librará a su rebaño de todo mal. Así es como lo presenta Ezequiel en la gran visión profética que nos ofrece en el cap. 34.

 

La descripción que nos ofrece el evangelio de Juan sobre Jesús como buen pastor pretende afirmar  que la promesa de Dios, anunciada por Ezequiel, se cumple en él. El buen pastor es Dios encarnado: ”Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y las reuniré” (Ez 34,11); es él quien da su vida por las ovejas, para que éstas tengan la plenitud de la vida (10,10b). El parabolista acentúa como característica del pastor “ideal”, de “el bueno”, el poner la vida. Así se expresa el texto griego. Una formula que nunca tiene el sentido de entregarla a la muerte. Si el pastor muriera las ovejas correrían la misma suerte. Quedarían expuestas al peligro mortal del lobo o de otros animales rapaces. Poner la vida significa “exponerla, arriesgarla” para defender a aquellos que están sometidos a un peligro mortal. Es “jugarse la vida” para liberar de la muerte a aquellos que están amenazados por ella. Como hizo David que, como pastor “ideal” puso en peligro su vida para defender las ovejas de su padre (1S 17,34-35). Aducimos el ejemplo de David porque es una figura mesiánica. Se convierte, en la pluma del evangelista, en el símbolo más claro de Jesús.

 

Con la alegoría del pastor se ha fusionado la de la puerta: Jesús es la puerta de las ovejas. Al presentarse como la puerta, se pone de relieve la autoridad que Jesús tiene sobre las ovejas: su paso “libre” por la puerta habla de dicha autoridad. Él es el único acceso fiable hacia las ovejas y, al seguirle como lo hacen por el conocimiento que tienen de él, llegan al Padre. Aquellos que no vienen en su nombre y con su misma finalidad no son pastores legítimos y, a la postre, fracasarán: las ovejas no los aceptarán, no los seguirán. Por eso es también la puerta de las ovejas, que deben llegarse a él, pasar por él; porque él es el camino de la verdadera salvación (Jn 14,5) y el medio para encontrar el sustento adecuado que el hombre necesita para su vida.

 

¿Quiénes son los que vinieron antes de él a los que califica de bandidos y ladrones? Teniendo en cuenta que las ovejas son de Dios mismo y que Jesús las ha llamado suyas, porque el Padre se las ha concedido, y el Padre y el Hijo lo tienen todo en común, el ladrón es uno que roba a Dios: le quita a Dios sus ovejas en un intento supremo de usurpación. Pero Dios es un Dios “celoso” (Ex. 20,5; 34,14). Viniendo a robar lo que es de Dios, esos intrusos no pueden hacer otra cosa que “hacerlas morir”. De ahí que los ladrones sean llamados también bandidos. La puerta es Jesús, porque da acceso a la vida: Jesús excluye que otros que no sean él puedan conducir a la vida sobreabundante; tal es el sentido de los que vinieron “antes de mí”. La relación con la puerta es que se puede “entrar y salir” cuando uno quiera, es decir, se habla de la libertad plena del creyente. Los “pastos”, símbolo de la fertilidad para la vida, significan metafóricamente la sobreabundancia de la vida (10,10b).

 

El pasaje de la primera carta de Pedro (segunda lectura) comienza con el refrán popular que el siervo no es más que su señor. Es el pensamiento que ahora quiere expresar nuestro autor. El sufrimiento y el dolor, no causados por la culpa de quien los sufre, sino provocados por la profesión de fe y el consiguiente bien obrar, deben ser valorados también como gracia, como una ocasión para el ejercicio de la fe y de la permanencia en la gracia recibida. Su situación es la misma de Cristo y, a través de las circunstancias difíciles en que viven, deben acercarse más al Señor.

 

Cristo como ejemplo a seguir La idea del seguimiento de Cristo -los cristianos deben seguir el ejemplo de Jesús-  se hizo común en la enseñanza y predicación de la Iglesia. Aquí estamos ante uno de los pocos y más claros casos en que el NT destaca este aspecto. Los primeros escritores cristianos -destacando san Pablo como el primer teólogo de la Iglesia- buscaban y apoyaban las exigencias de la vida cristiana en el misterio pascual, en la muerte y resurrección de Cristo y en las implicaciones que ellas esconden para toda la vida creyente. El autor de nuestra carta pone como ejemplo el primero de los aspectos del misterio pascual, el de la muerte, y se fija, sobre todo, en el sufrimiento de Jesús.

 

La presentación que hace de Cristo recoge los rasgos más salientes del Siervo de Yahvé (Is 53); no cometió pecado; no se encontró engaño en él; llevó nuestros pecados; por sus heridas hemos sido sanados... Si los cristianos quieren seguir el ejemplo de Cristo, deben tener en cuenta la forma como él se enfrentó con el sufrimiento. A los rasgos más salientes del Siervo de Yahvé, el autor de nuestra carta añade otros, que no figuran en la descripción de Isaías: “afrentado, no devolvía el insulto; atormentado, no amenazaba, sino que lo dejaba en manos del que juzga con justicia”. Son detalles de la vida de Jesús que Pedro conocía muy bien.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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