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PASCUA, Domingo III

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Hch 2,14.22-28
2ª lectura: 1Pe 1,17-21
3ª lectura: Lc 24,13-35

 

La primera lectura de hoy está extractada del segundo discurso de Pedro. La liturgia nos ofrece una lectura muy breve de la misma (primera lectura). El presente relato está redactado al estilo de Lucas y en él se combinan, estilísticamente, los recursos de la retórica griega, en la apertura solemne del discurso, con el estilo y vocabulario bíblicos. El discurso pretende interpretar el significado último del acontecimiento de Pentecostés. Se ha cumplido la profecía de Joel; luego con la resurrección de Jesús, han llegado los tiempos últimos. Lo mismo se demuestra con la enumeración de los acontecimientos cósmicos que, según la creencia común, precederían a los tiempos de la última intervención de Dios en la historia.

 

En una segunda parte (v. 22-36) se expone el kerigma de Jesús, que es presentado como un hombre con patente divina; Dios ha puesto su sello, milagros de todas clases, en la persona y actividad de Jesús. Esta legitimación divina parece contradicha por la muerte de Jesús en cruz. Pero esto es sólo en apariencia, ya que hay tres cosas importantes que destacar: la muerte de Jesús formaba parte del plan de Dios anunciado en las Escrituras; por otra parte, se trata de un hecho del que ellos, los judíos, son los responsables. Finalmente, la muerte de Jesús ha sido superada por su resurrección.

 

El episodio de los discípulos de Emaús (tercera lectura) nos es narrado en la jornada pascual. Se llama así porque los cinco episodios  que nos son contados en este capítulo lo son como habiendo tenido lugar el mismo día en Jerusalén (24,1-12: Mensaje del ángel ante el sepulcro vacío; Aparición a los de Emaús (24,13-35); Aparición a los Apóstoles (24, 36-43; Últimas instrucciones (24, 44-49); Bendición y Ascensión del Resucitado (24,50-53). Históricamente hablando las cosas no ocurrieron así. Estamos ante historias singulares dispersas, de procedencia diversa, que encontraron su unidad actual gracias a la pluma del evangelista. La escena pone claramente de relieve el desconcierto producido en las mujeres y en el mismo Pedro al hallar vacío el sepulcro.

 

A pesar de las predicciones de la pasión y de la resurrección nadie piensa en que Jesús puede vivir después del Viernes Santo. La fe en la resurrección no nació de la constatación del sepulcro vacío. Nuestro relato sirve para relativizar la importancia del sepulcro vacío. Los de Emaús ni siquiera se molestaron en ir a comprobarlo. La fe en la resurrección tampoco surgió del testimonio de las mujeres. No se les concedía capacidad legal para dar testimonio. De hecho, Pablo, entre las múltiples apariciones que cuenta del resucitado, no enumera ninguna protagonizada por mujeres (1Co 15,5ss). Esto nos introduce de lleno en la historia de los de Emaús.

 

Decepción frustrante, esperanza apagada, reanimada, consumada en la Comunión. En esta trayectoria debe situarse la escena de los discípulos de Emaús. Sentimientos cargados de tristeza, que Jesús se propuso cambiar. Su primer paso para ello fue la cercanía. Unido a ellos se interesa por el tema de su conversación. Versaba, naturalmente, sobre lo que había ocurrido aquellos días. Jesús examina la cuestión y mitiga su gravedad. Ellos no se enteran porque sus ojos estaban oscurecidos; sólo veían lo que les preocupaba, lo sucedido aquellos días. Para reconocer a aquel  Desconocidonecesitaban claridad en sus ojos. Sólo después vendría la fe. Precisamente por eso no se apareció ni a sus enemigos del Sanedrin ni a Pilato.

 

Ante aquella esperanza apagada, Jesús intenta reanimarla y entusiasmarla. Los ojos de la fe sólo pueden abrirse ante la audición creyente de la palabra de Dios. Los discípulos de Emaús fueron llevados a ella desde una gran serenidad pedagógica. Pero antes, su compañía y el escuchar su versión de los hechos les ofreció confianza. Él no se sentía abrumado por los acontecimientos ocurridos (se había sentido así antes de que ocurriesen). Les hace entrar en su interior para analizar la antigua esperanza: esperaban la liberación del pueblo; estaban en la línea de la esperanza iniciada por los profetas y continuada por el judaísmo acerca del Mesías y de su reino; las palabras y hechos de Jesús les habían reavivado estos pensamientos y deseos. Su entusiasmo por Jesús estaba justificado. Una vez reconocida su inocencia surgen más violentamente los interrogantes:

 

a) Los responsables directos del pueblo lo declararon culpable, lo condenaron y lo crucificaron: “Y comenzaron a acusarlo: Hemos hallado a éste soliviantando a nuestra gente y prohibiendo dar tributo al César, haciéndose pasar por el Rey Mesías”. “Ellos insistieron: Solivianta al pueblo enseñando desde Galilea, pasando por toda Judea, hasta llegar aquí”. “Me habéis presentado como agitador a este hombre, pero yo, habiéndolo interrogado en vuestra presencia, no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis”. Pero ellos gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. “Pero ellos insistían a grandes voces, exigiendo que fuera crucificado, y sus voces se hacían más violentas”. “Dio libertad, como pedían, a aquel que por motín y homicidio  había sido encarcelado, y a Jesús  lo entregó  a su  voluntad” (Lc 23,2.5.14.21.23.25).

 

b) Todavía más inexplicable y desorientadora fue la actitud de Dios, que se había manifestado en Jesús como un profeta poderoso en hechos y palabras. Pues bien, también Dios lo ha abandonado en el sepulcro definitivamente: “Hoy hace tres días que esto sucedió”. Esta mención cronológica alude a la mentalidad popular según la cual el alma de un muerto merodeaba durante tres días en torno a la tumba y sólo después la abandonaba. Por tanto, Jesús está muerto y nosotros sin esperanza.

c) El rumor de que las mujeres habían descubierto el sepulcro, de que habían tenido una visión de ángeles que les habían dicho que Jesús vivía, de la comprobación hecha por algunos de los nuestros de lo que habían afirmado las mujeres, no ha cambiado las cosas, porque a él no le vieron.

d) El relato de los dos discípulos se convirtió en una provocación que hacían a Jesús: ¿Es imaginable siquiera que, si estuviese vivo, no haya buscado a sus discípulos para levantarles el ánimo, hacer revivir su esperanza y eliminar su decepción?

 

En los discípulos de Jesús no solamente no existía predisposición alguna para aceptar la resurrección -se ha dicho muchas veces que el deseo ferviente de volver a ver a Jesús les había hecho caer en la alucinación de verle, inventando todo lo relativo a las apariciones- sino que estaban predispuestos para lo contrario. Como hijos de su tiempo creían únicamente en la resurrección del último día. Así lo manifiesta Marta cuando Jesús le consuela hablándole de la resurrección de su hermano (Jn 11,24). Cuando se les anuncia que Jesús vive ni siquiera se entusiasman. El relato de la Magdalena no puede ser más significativo: ante el sepulcro vacío lo único que se le ocurre es pensaren el robo (Jn 20, 2.13.15). Una vez convencida de la resurrección gracias al encuentro personal con el Resucitado, se lo anunció a los que habían vivido con él. ¿Resultado? No la creyeron (Mc 16,11). En los de Emaús, la “esperanza” en la resurrección se manifiesta en su decisión de abandonar aquel asunto e irse a sus casas (Lc 24,22-23). Y cuando comunicaron a los demás su experiencia, el resultado fue el mismo: ni aun a estos creyeron (Mc 16,13).

 

Su escepticismo en este tema era lógico. La increencia o no aceptación de la resurrección por parte de sus discípulos tiene buenas razones que la justifiquen. Es un acontecimiento que escapa al control humano; rompe el molde de lo estrictamente histórico y se sitúa en el plano de lo suprahistórico; no pueden aducirse pruebas que nos lleven a la evidencia racional. De ahí los argumentos tan distintos a los que emplea nuestra lógica.

 

¿Quién puede aceptar el testimonio de un joven, sentado a la derecha, que vestía una túnica blanca, dado a las mujeres en el sepulcro (Mc 16,5), que, en el relato de Mateo, se convierte en un ángel? (28,5). ¿Es más verosímil el relato de Lucas que habla de que dos hombres se presentaron ante ellas con vestidos deslumbrantes (Lc 24,4) o el de Juan que convierte a estos dos hombres en ángeles? ¿Quién de los cuatro evangelistas tiene la razón?. Todos y ninguno. Todos porque los cuatro afirman que la resurrección de Jesús es aceptable únicamente desde la revelación sobrenatural. Tanto los vestidos blancos como los ángeles hacen referencia al mundo de lo divino. La única diferencia es que Lucas y Juan duplican los testigos porque trabajan más con la categoría de testimonio y para que éste fuese válido se requería que, al menos, fuesen dos. Ninguno, porque las cosas no ocurrieron así. Estamos en el mundo de la representación y de la escenificación de una idea y de un hecho trascendentales.

 

El planteamiento de la cuestión por parte de los de Emaús le obliga a intervenir a Jesús. El análisis que hace eleva esta catequesis bíblica a una fase de verdadera sublimación: ellos han captado muchos rasgos de la personalidad de Jesús; las esperanzas puestas en él estaban justificadas; él era tan generoso que su quehacer no lo ordenaba nunca a su favor, sino que lo entendía como servicio a los demás; Jesús no les califica de “increyentes”, sino de “confusos y faltos de inteligencia”. Sus dudas están justificadas por la falta de comprensión de lo prometido. Su imagen de Jesús no es la que ofrece la Escritura; sino la que ellos desean. La comprensión de la Escritura elimina de Jesús toda culpa. Más aún, hace que los ojos de los discípulos de Emaús “se abran” para ver en él la gloria de Dios o a Dios mismo.

 

Aquella catequesis formidable, insuperable, diríamos mejor, terminó en la celebración de la eucaristía. Le invitan a quedarse con ellos y, a la hora de la verdad, el invitado se convierte en elInvitante. El gesto de la fracción del pan evocó todo el pasado de Jesús; aquel Desconocido al que habían invitado es el Señor crucificado, enterrado, resucitado y sentado a la mesa con ellos. La estructura demuestra la intención del narrador de presentar el acontecimiento en evolución progresivaculminando en la Cena.

 

Desde una total falta de comprensión (los ojos de los discípulos están oscurecidos, v.16) se llega al descubrimiento gozoso del Resucitado (se les abrieron los ojos, v.31). El desvelamiento de las Escrituras tiene una función pedagógica de preparación. En el descubrimiento en la Cena adquieren toda su importancia. La resurrección da todo su sentido a la misión de Jesús. El Hijo del hombre “tenía que” -es el “fatalismo divino”- recorrer el camino señalado para poder entrar en la gloria. Así demostraba ser la personificación del Israel obediente. Cristo se convirtió en el principio iluminador de las Escrituras.

 

En la Cena se cumple el deseo de los discípulos: quédate con nosotros. En la conclusión tenemos una flecha indicadora que apunta hacia la aparición a Simón, de importancia decisiva para la comunidad (v.34) y subordina el encuentro con los de Emaús al que tuvo el Resucitado con Pedro. Elnegador se convierte, tanto para Lucas como para Pablo (1Co 15,5), en el hombre que ofrece la mayor garantía, en el primero en el encuentro con el Resucitado; de nuevo se crea la comunidad de los discípulos con el Maestro. Un buen argumento de que “lo pasado” ha sido perdonado. La ausencia “corporal” del Resucitado caracteriza el tiempo de la Iglesia, pero se halla compensada con su presencia en la Cena. Aquí tendríamos la explicación de que las historias de aparición hayan tenido lugar durante la “comida” o al final de la misma.

 

Presente, pasado y futuro. En pocos pasajes del NT  se juntan estos tres momentos de la vida cristiana con tanta claridad y profundidad (segunda lectura). El momento presente de una vida de relación filial con Dios. Invocar a Dios como padre es posible gracias a la revelación de Jesús y a la acción del Espíritu en el corazón de los creyentes (Rm 8,15). Forma íntima de designar a Dios con la misma palabra, abba, con que los niños, al comenzar a hablar, se dirigían a sus padres terrenos; aunque también pudieran utilizar la misma palabra cuando ya habían dejado de ser niños. Esta gran revelación, este extraordinario descubrimiento, ¿no implicaba el riesgo de una confianza excesiva que pasase por alto las exigencias que esta invocación implicaba?

 

La respuesta a este interrogante la tenemos con la máxima claridad en el texto, que la enfoca desde Dios y desde el hombre. Desde Dios, que es imparcial, y juzga según las obras de cada uno (Rm 2,11). Ante él no existe la acepción de personas, y desaparece toda clase de privilegios personales. Sólo existe el valor de cada uno ante él (Hch 10,34-35) y el obrar como expresión del ser.Desde el hombre porque, siendo Dios como es, toda la vida cristiana debe estar acompañada del temor de Dios (Flp 2,12), un temor encuadrado dentro del marco de la piedad y la devoción (1Pe 3,2; 4,16). El temor debe ser manifestativo de las exigencias, por un lado, y de la gran esperanza cristiana, por otro.

 

Felipe F. Ramos

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