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TRIDUO PASCUAL, Viernes Santo

 

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 52,13-53,12.
2ª lectura: Hb 4,14-16; 5,7-9.
3ª lectura: Pasión según San Juan.

 

La primera lectura de hoy podría titulare así :”el relato de la pasión según el profeta Isaías”. Durante la Semana Santa la liturgia pone ante nuestra consideración  los cuatro poemas sobre el Siervo de Yahvé. El que hoy tenemos delante comienza con una inimaginable contraposición: a la máxima humillación sigue la exaltación suprema. Yahvé habla de su Siervo no a los pueblos paganos, sino a Israel (como en Is 42,1). Y anuncia su éxito: aplastado por terribles tormentos, superó la muerte y entró en el reino de la vida. En este último poema el Siervo de Yahvé es presentado como el Ecce Homo. Nadie podía creer que lo afirmado por el Profeta sobre unos sufrimientos tan crueles que llegaron a dejar al Siervo como una piltrafa humana, alcanzasen su culminación en la resurrección (“¿a quién fue revelado el brazo (el poder) de Yahvé?” (v.1) (primera lectura)

 

Sólo Dios conocía sus antecedentes remotos que lo habían presentado como un “retoño”, como un “brote” surgido de tierra árida (Is 11,1-10); los hombres lo despreciaron por su horrible deformidad repugnante (los que hayan visto la película reciente sobre la Pasión lo entenderán. ¿Queda algo humano y atrayente en esa figura humana deshumanizada, que sea recognoscible como verdaderamente humana?). Los sufrimientos fueron considerados por los israelitas de entonces como un castigo por sus pecados. Después se descubriría su inocencia y la responsabilidad que había asumido colocándose en el lugar de los culpables. Es la primera vez que aparece en el AT el sufrimiento “vicario”, el sufrido en lugar de otro.

 

El evangelista Mateo (8,17) se lo aplica directamente a Cristo. La Vulgata, en el texto correspondiente de Isaías (53,4), cambia el calificativo de “castigado”: “nosotros le tuvimos por “castigado” por “leproso”. La razón es que el leproso era considerado como especialmente castigado por Dios (Nm 12,10-15; 2 Cro 26,19-21).

 

Ahora está hablando el Profeta, no el pueblo. Y describe al Siervo en toda su entereza: la comparación con el cordero o con la oveja pone de relieve su paciencia y sumisión (en Jr 11,19 se aplica esta imagen sin darse cuenta de que sus contemporáneos intentaban eliminarlo). En este texto tiene su infraestructura el título aplicado a Cristo: “Cordero de Dios” (Jn 1,29...) y en él se expresa su entrega-sacrificio voluntarios. El juicio al que fue sometido fue injusto. Nadie se preocupó de proclamar su inocencia. No se le otorgaron solemnes funerales y fue sepultado con la mínima dignidad requerida gracias a dos de sus simpatizantes.

 

La intervención de Dios haciéndole partícipe de su vida demostró que la entrega del Siervo a la muerte cumplía su plan de redención por Israel y por los paganos. Los redimidos, “los muchos” -semitismo sinónimo de “todos”- son el premio de los sufrimientos del Siervo, y grandes muchedumbres se convierten en su botín; es la gran familia de Dios, de los fieles a él. De nuevo se destaca su misión “supletoria” de los que pertenecemos a ella.

 

El evangelio de Juan (tercera lectura) hace la siguiente interpretación de la obra del Siervo: En cuanto al evangelio de Juan su interés teológico principal se centra en la interpretación cristológica de la muerte de Jesús: es su “hora”, la de la exaltación y la glorificación (12,23-28; 13,31-33); esobediencia libremente aceptada del Enviado frente al encargo recibido del Padre (14,31); en esta “hora” el Enviado es presentado  como el testigo cualificado de la verdad trascendente (18,36-38ª); la suerte del Enviado  se halla enmarcada en el contexto general de la voluntad divina y de su plan de salud-salvación (18,11.36; 19,11); por eso puede pronunciar, como final, el consummatum est (19,30).

 

Como consecuencia de la orientación teológica mencionada, son reelaborados algunos rasgos de la pasión: se elimina lo relativo a la debilidad de Jesús (la agonía de Getsemaní es trasladada a 12,27ss; el proceso ante Pilato es una demostración de la soberanía de Jesús...); las debilidades de los discípulos forman parte del plan divino (13,22-30.36-38; 18,15-18.25-27).

 

El Jesús doliente no es glorificado en la Pascua; su triunfo se realiza en la muerte, porque él procede de la esfera de la vida y triunfa en cuanto tal (5,26; 11,25-26; 14,6). Triunfo que puede ser participado por todos los creyentes. Por su muerte, en cuanto su regreso al Padre, vence al diablo, a la muerte y a las tinieblas (12,31; 14,30), es decir, crea el nuevo estado salvífico de la comunidad, constituida en la Pascua con la vuelta de Jesús y la presencia actuante del Espíritu Paráclito.

 

En los relatos de la pasión Juan proclama que debemos celebrar la victoria de UNO que, como modelo de amor, siguió la voluntad del Padre hasta el fin.

 

La carta a los Hebreos (segunda lectura) nos ofrece como garantía para que permanezcamos fieles a la palabra de Dios, que El es fiel y que posee el sumo sacerdocio. El sumo sacerdocio de Cristo nos es presentado como un incentivo más para la perseverancia. La argumentación tiene delante el patrón del AT. Una vez al año, el gran día de la expiación, el sumo sacerdote judío entraba en el santo de los santos, en el lugar santísimo, con la sangre de las víctimas, para llevar a cabo la expiación de los pecados de todo el pueblo. Sobre este patrón familiar a todos los judíos, se describe la función sacerdotal. Allí, ante Dios, ejerce su oficio sacerdotal a favor de todos los hombres.

 

A pesar de la categoría excepcional de nuestro Pontífice, que es Hijo de Dios, puede, sin embargo, compadecerse de nosotros. No está tan excesivamente alejado de nosotros como para no poder comprendernos. El sabe por experiencia lo que es ser un hombre frágil. Posee nuestra misma naturaleza y experimentó todas las tentaciones a las que nosotros nos vemos expuestos. Con la única diferencia que no sucumbió a ninguna de ellas. El ejercicio del sacerdocio exigía que lo hiciese un hombre semejante a aquellos en cuyo favor ejercía su ministerio, presentando las oraciones y sacrificios ante Dios desde la misma situación de aquéllos a quienes representaba. Por eso se dice de los sacerdotes de la antigua alianza que podían comprender a sus hermanos, porque también ellos eran débiles y necesitaban aplicar su oficio sacerdotal a favor de ellos mismos.

 

Tal vez en ningún pasaje del NT se hable de forma tan estremecedora de la plena humanidad de Cristo y de su debilidad. Durante su existencia terrena ofreció oraciones y súplicas con grandes temores... y aprendió la obediencia en la escuela del sufrimiento. Esta imagen de Cristo orando de esta forma casi violenta no corresponde a la presentación que nos hacen de Jesús los evangelios cuando le sorprenden haciendo oración o enseñando a orar. La oración de Cristo orando de este modo únicamente se corresponde con la escena de Getsemaní (Lc 22,39-46). La oración de Jesús fue escuchada en el momento de su exaltación, es decir, en la resurrección.

 

 


 

 

La adoración de la Cruz

 

La cruz fue el más ignominioso de los suplicios. Pasó a ser objeto de culto en el siglo IV cuando el emperador Constantino concedió la paz a la Iglesia. Sólo en 1Co 1,13 la expresión Cristo “fue crucificado por nosotros” aparece como sinónima de “murió por nosotros”. Cuando la cruz se añade a la muerte (Flp 2,8) se hace para poner de relieve la máxima “humillación”; se afirma el “vaciarse de sí mismo, tomando forma de esclavo”, pues la cruz era precisamente el suplicio  aplicado a los esclavos.

 

Esto explica que una de las palabras más unidas a la cruz sea “escándalo”: “el escándalo de la cruz”. Y es que la cruz podía convertirse en una barrera entre el mensaje cristiano y aquellos que se hubiesen interesado por él. En su primer contacto con el cristianismo, Pablo debió sentir el escándalo que sentía su pueblo. Pero el acontecimiento de Damasco le llevó, no sólo a superar el escándalo de la cruz, sino a descubrir que estaba llamado a ser continuador de la cruz en su propia carne (Hb 9,16). A la idea de que Cristo “fue crucificado en debilidad, pero vive por el poder de Dios” (2Co 13,4), sigue la de que “también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios”.

 

El Apóstol “esta crucificado con Cristo” en orden a vivir para Dios (Ga 2,19). Aplicado simbólicamente a los enemigos de Cristo, la cruz es desprecio, destrucción, lucha a brazo partido. Así el Apóstol puede reconocer que él es un “crucificado” para el mundo, pero el mundo lo es para él (Ga 6,14); que el hombre viejo ha sido “crucificado  juntamente” para anular el cuerpo (el poder) del pecado (Rom 6,6); los que son de Cristo “han crucificado su carne”, con sus pasiones y sus malos deseos (Ga 5,24).

 

Felipe F. Ramos

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