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SEMANA SANTA, Martes Santo

 

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 49,1-6
2ª lectura: Jn 13,21-23. 36-38

 

En el segundo poema del Siervo de Yahvé se auto-presenta él mismo hablando, como hizo ya en el primero (Is 42,1), bajo el impulso de Dios mismo. (primera lectura). Lo mismo que Jeremías (1,5: “Antes que te formara en las entrañas maternas te conocía; antes de que tú salieses del seno materno te consagré y te designé para profeta de los pueblos”), desde sus orígenes más remotos, antes de haber sido concebido en el seno materno, ha sido llamado a la vocación profética. El principal quehacer del Siervo es la actividad profética. Y como el oficio profético se ejerce mediante la palabra, la que le ha sido concedida al Siervo es como una espada afilada.  La espada y la saeta son símbolos de la palabra (Ap 19,15). El ocultar ambas armas no hace referencia a algo escondido desde el principio, sino al adorno de las mismas.

 

Dios quiere glorificar a su Siervo, lo mismo que a Israel (“Cantad, cielos, la obra de Yahvé...” “Yo pondré en Sión la salud y mi gloria en Israel”, Is 44,23; 46,13: “Oídme, hombres de duro corazón, que estáis lejos de la justicia. Yo haré que se os acerque mi justicia, ya no está lejos, y no tardará mi salvación. Yo pondré en Sión la salud y mi gloria en Israel”), y a través de su mediación manifestará ante los ojos de los paganos su prestigio y su fama. Esta glorificación de Israel se refiere probablemente al auténtico Israel, al verdadero Israel en el sentido de pueblo piadoso y religioso o al nombre honorífico del luchador o guerrero de Dios (Gn 32,29: “Y él le dijo: “No te llamarás ya en adelante Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con hombres y has vencido”).

 

Hasta ahora el Siervo no ha tenido gran éxito en su función profética, que pudiera manifestar la gloria de Yahvé (como se anuncia en el v.3), pero Dios le recompensará en el sentido de la eficacia que tendrá en adelante su misión. El Siervo cumplirá la misión honorífica de sacar a Israel, al pueblo de Dios, de Babilonia y de reunir a los demás pueblos dispersos. Ya en Is 42,1-4.6-7 se había anunciado esta misión del Siervo de Yahvé.

 

El pasaje evangélico (segunda lectura) empalma con lo afirmado del Siervo de Yahvé a través de “la traición de Judas” y de la “predicción de las negaciones de Pedro”. En la traición de Judas descubrimos dos incongruencias importantes: Jesús indica con claridad suficiente al discípulo amado quién es el traidor y, a pesar de ello, nadie sabe dónde va Judas (Jn 13,28s). La otra, más incomprensible todavía, es la falta de reacción de los discípulos. Se constata una gran pasividad, como si no les importase que existe un traidor entre ellos. Se interesan en saber quién es y, después, no hacen manifestación alguna, como si no les importase.

 

Desde la estructura del discurso de despedida, el anuncio de las negaciones de Pedro es lógico. Ellas manifiestan que el seguimiento de Cristo y la entrega de la vida por él no son posibilidades meramente humanas. Explican, además, el por qué Pedro no puede seguir a Jesús: ni Pedro ni nadie puede dar testimonio de Jesús antes de que aparezca aquel que posibilita el testimonio de los demás, el Paráclito (Jn 15,26s). Se está afirmando, también, con el recurso a una ironía muy fina, que Pedro pretende dar la vida por Jesús antes de que Jesús entregue la vida por Pedro. La realidad es que, sólo después, podrá seguirle de verdad y dar su vida por él.

 

La unión de las dos lecturas podría formularse así: el Siervo de Dios del NT, Jesús de Nazaret, es al Nuevo Testamento lo que el Siervo del poema segundo de Isaías es al AT. Ambos se identifican en cuanto a su misión profética, en cuanto a su inicial fracaso estrepitoso y en cuanto a la victoria final que alcanzarán gracias a la acción e impulso de Dios sobre ellos. Será él quien les conceda el honor y la victoria de su quehacer aparentemente fracasado, y la salvación conseguida para llevarla al pueblo al que han sido enviados.

 

Felipe F. Ramos

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