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SEMANA SANTA, Miércoles Santo

 

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 50,4-9a
2ª lectura:; Mt 26,11-25

 

En el tercer canto del Siervo de Yahvé (primera lectura) se hallan incluidos el antiguo Israel, el profeta que habla y el Siervo de Dios, Jesús, al que, en última instancia, se refiere. He aquí sus características:

 

Como en Is 42, 1-4, el Siervo de Yahve habla. Ha recibido de Dios el don de la palabra (49,2), a diferencia de Moisés, que “no era hombre de palabra... y se le trababa la lengua” (Ex 4,10) y le ha sido concedida la facilidad  para percibir las palabras reveladoras. Tiene la misión de hablar suavemente (Is 42, 2-3) y restablecer a los “fatigados” con palabras consoladoras. Los “cansados” son  aquellos que, por el gran retraso en su conversión, se han convertido en negligentes. El autor afirma la certeza de la fe en la acción de Dios,  en contra de la duda expresada anteriormente (Is 49,14.25).

 

El Siervo no rehuye su vocación profética, como habían intentado hacer Jonás (1,3) y Jeremías(1,6-7: “Y dije:  ¡Ah Señor Yahvé! No sé hablar. Soy todavía un niño”...; 20, 7-9) ; sino que cumple su misión a pesar de la gran oposición de sus contemporáneos, no de las autoridades babilónicas, sino  de los dirigentes de su pueblo. El fundamento último de esta oposición era la incredulidad de sus mismos correligionarios o, tal vez, si el Siervo tenía que dirigirse a los paganos, las reservas o mezquindad judía ante la misión a los gentiles.

 

El Siervo de Yahvé tiene el oído y el corazón abiertos a Dios y al profeta Isaías: el verdadero siervo de Dios es un  discípulo suyo; la acentuación de los golpes y desprecios son mencionados como aceptación obediente de la historia de Israel, en contraposición a sus rebeliones e infidelidades; la confianza en la ayuda de Dios es el eco repetido en todos los poemas dedicados al Siervo de Yahvé (Is 41,10.13.14; 42,2; 49,5). El pueblo de Dios, el profeta (un discípulo de Isaías) y Jesús -que es el Siervo de Dios por excelencia- tienen su punto de apoyo en la Roca de Israel.

 

El Siervo de Yahvé por excelencia, Jesús de Nazaret, nos es presentado en los relatos de la pasión cumpliendo el encargo divino de forma adecuada, a pesar de la “repugnancia” inevitable del “cáliz” que debía de beber y de la “hora” por la que debía pasar. Según el evangelista Mateo el relato de la pasión comienza con el acuerdo “pecuniario” entre Judas y los sumos sacerdotes para entregar a Jesús. Un detalle que únicamente recoge Mateo. Y lo hace precisamente para presentar la pasión, ya desde sus comienzos, desde la perspectiva del cumplimiento del plan de Dios. No se dio “imprevisión” ni siquiera en el precio de la traición. Incluso esto había sido ya pre-anunciado en la Escritura (Za 11,12-13). Por otra parte, la conexión del precio fijado con la referencia a la profecía de Zacarías, presenta a Jesús como el rey manso y humilde del que habla el mismo profeta (Za 9,9).

 

Las dificultades “insolubles” que nos presentan nuestros relatos son tales desde la consideración “historicista” a cuya luz los hemos considerado muchas veces. Debiéramos tomar conciencia de que no fue este aspecto el verdaderamente determinante de los relatos ofrecidos por los evangelios. Únicamente la razón teológica, la de convertir los relatos en anuncio del evangelio, es la que puede contestar o, al menos, acallar nuestros interrogantes. Esta intención teológica, en los relatos previos a la institución (nos referimos a la institución de la Cena), se centra en los puntos siguientes:

 

a) Jesús es el conocedor del camino. Siguiendo un patrón, existente ya en el judaísmo (1S 10,2ss; Gn 24,14), sobre los hombres de Dios, dotados de un especial conocimiento profético, Jesús es presentado como el Hijo de Dios, al que ningún acontecimiento puede sorprender. La misión encomendada a los discípulos: “encontraréis a un hombre...”, lo mismo que ocurriera con la preparación de la entrada en Jerusalén, demuestran la absoluta soberanía del Señor.

 

b) Su forma de proceder es una demostración evidente de que Dios está actuando en él. Jesús no se ve sorprendido y, menos aún, desbordado por los acontecimientos, sino que tiene un absoluto control sobre ellos.

 

c) El cómo y cuándo tuvieron lugar los acontecimientos, con exactitud precisa, o la reconstrucción matemáticamente exacta de la historia de la pasión, tal vez no pueda lograrse nunca. La razón fundamental la tenemos en la naturaleza de nuestras fuentes de información, que no son estrictamente históricas. Añadamos que Jesús rompió el molde establecido. Cuando se inaugura algo radicalmente nuevo no es obligatorio respetar minuciosamente todos y cada uno de los detalles del molde sobre el que se construye la nueva realidad.

 

d) La nueva Cena es la expresión del tiempo nuevo que comienza ahora, en la nueva Cena; no se conmemora la liberación de los hebreos de la esclavitud de Egipto, sino la liberación total del hombre mediante la eficacia salvadora de la cruz de Cristo. El tiempo nuevo justifica la Cena nueva.

 

e) La mención de los “discípulos” de forma prevalente sobre los Doce apunta a que éstos tenían una función específica y única, pero a la Cena está invitados todos los “discípulos”, todos los creyentes de todos los tiempos.

 

f) No puede negarse que Jesús celebró la última cena en un contexto pascual. Y que utilizó los ritos existentes, al menos algunos, dándoles un sentido y contenido nuevos.

 

g) El descubrimiento del traidor crea problemas. El evangelio de Marcos nos dice que ya se había ido antes de la cena (14,10). La referencia a él en la última cena se halla justificada desde la enseñanza teológica: el plan de Dios tiene que cumplirse (Sal 41,10): la suerte que correrá el Hijo del hombre, de forma casi fatalista, exige un instrumento para su ejecución, elegido de entre sus más íntimos colaboradores o amigos; esto, no obstante, no elimina sino que agrava la responsabilidad del mismo; en todo caso la “entrega” no sorprende a Jesús; finalmente todo el mundo debe sentirse interpelado y amonestado por y ante semejante traición.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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