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TIEMPO ORDINARIO, El Corpus

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Dt 8,2-3. 14b-16ª.
2ª lectura 1Co 10,16-17.
3ª lectura: Jn 6,51-59.

 

La primera lectura comienza trayendo a la memoria el recuerdo del pasado (primera lectura). Este recuerdo es una llamada a la obediencia en la que va incluido el mandamiento de no olvidar la peregrinación por el desierto. Las dificultades y problemas de aquella peregrinación debían ser consideradas como un ejercicio de obediencia impuesto por Dios a Israel como prueba que debía demostrar si Israel sería dócil o no a su Dios. Junto a la prueba es mencionado el remedio para superarla: el maná, un alimento desconocido para Israel, que se convirtió en el emblema clásico de la providencia. Era una especie de savia chupada por los insectos que vivían en determinados árboles, que era superflua para ellos y a través de los mismos se manifestaba como su sustancia extraña. De este modo fue interpretada como la providencia de Dios para Israel.

 

El pan de la abundancia de Dios no es pan de vida: le falta la gratuidad y la sorpresa de Dios. La mirada anterior, desde el desierto, recuerda su cualidad de don histórico y alerta la atención hacia la perspectiva de su pérdida. La tierra “buena” es siempre un futuro que hay que construir, respondiendo a la palabra. Esa tierra está por encima de su posesión histórica y también de su pérdida histórica: es el lugar del mundo en donde el hombre está con Dios.

 

La memoria debe ayudar a valorar con perspectiva. El predicador evoca los caminos que Dios hizo con su pueblo, desde Egipto, por el desierto, hasta la tierra, para avivar la memoria del pueblo del presente. Considera que siempre es buena hora para prepara la entrada en la tierra, ya que en todo momento se está en trance de entrar en ella y en peligro de no entrar. En ese momento se propone denunciar lo que el pueblo no hizo: recordar. Y por eso cayó en lo que el hipotético Moisés le diría lo que no hiciera: atribuir a las fuerzas naturales (deificaciones de los baales o dioses de la fecundidad) y a su propia eficacia el bienestar de Canaán. Pero la recomendación del fundador del pueblo tiene aún aquí su hora. Es una promesa que debe hacer revivir la esperanza. La verdadera prosperidad y dicha en la tierra es un don del Dios de la alianza al pueblo que responde a la alianza.

 

Carne, sangre y vida. Antes de desarrollar estos temas enunciados e implicados en el misterio eucarístico, se nos imponen como absolutamente necesarias las observaciones siguientes: 1ª) Este discurso “eucarístico” en sentido estricto, no debe ser catalogado en modo alguno como la promesa de la eucaristía, tal y como ha sido calificado frecuentemente. La razón de este desacierto estuvo en que el cuarto evangelio no nos narra la institución de la eucaristía, al menos en apariencia. 2ª) Estamos ante una narración que sintetiza los pensamientos propiamente eucarísticos, tal como eran vividos en las comunidades joánicas. 3ª) Este relato estrictamente eucarístico no puede proceder de Cafarnaún, a pesar de que así sea afirmado en el v. 59. Sería verdaderamente impío hablar de la eucaristía con una terminología y un contenido que nadie hubiese podido entender antes de la institución y de la praxis de la misma. La pequeña sección literaria que llamamos discurso eucarísticotiene que proceder necesariamente de la última cena, a la que se añadió la interpretación de la misma en las comunidades joánicas (tercera lectura).

 

En el lugar adecuado para narrarnos la institución de la eucaristía el evangelista introdujo el episodio del lavatorio de los pies. Esta introducción le quitó el espacio donde debía figurar la institución de la eucaristía. Pero, como es natural, el evangelista no quería prescindir de narrar un acontecimiento tan importante. Entonces tuvo la genialidad de trasladarla de lugar. Y su genialidad, una vez más, consistió en encontrar el lugar adecuado. Después del signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-13) había contado la interpretación del mismo en el discurso sobre el pan de vida (6,29-51a). Este discurso terminaba ofreciendo el lugar adecuado para contarnos a continuación el discurso eucarístico (6,51b-58). De este modo, al unir en uno los tres bloques dispersos, logró componer un retablo maravilloso sobre el tema de la eucaristía a base de las distintas tablas preciosas que se hallaban dispersas.

 

El evangelista ha pretendido destacar en la composición mencionada los temas siguientes:

 

a)Aquí el protagonista es Jesús. Se habla exclusivamente de él. El Padre es mencionado únicamente una vez y ello para acentuar el poder que tiene el Hijo de dar la vida (6,57). Es una nominación a la que podíamos llamar “funcional”.

 

b) La “respuesta” del hombre no es la fe, sino comer y beber. Evidentemente que esta afirmación puede ser sorprendente. Y puede ser sorpresiva porque el sacramento sin la fe no es nada. Esto lo sabía el evangelista mejor que nosotros. Precisamente por eso ha colocado el discurso eucarístico inmediatamente después del discurso sobre el pan de vida. En éste las exigencias de la fe son absolutas y obsesivas. Y lo hace así el evangelista -nos referimos a las exigencias de la fe- para que sirvan de preparación para el discurso eucarístico. Además, en el discurso sobre el pan de vida el protagonista es el Padre. Estas dos características distinguen claramente y separan los dos discursos.

 

c) Los pensamientos específicos de Juan sobre la eucaristía se centran en la acentuación de que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. La eucaristía es la presencia de Cristo. La “carne y la sangre” (= sarks aima, en griego) significan, según la literatura judía, el hombre en su integridad, con la acentuación de su corporeidad. La carne y la sangre son el hombre total en la debilidad de su ser en contraposición al Dios supremo (Mt 16,17).

 

d) En lugar de “cuerpo”, Juan habla de carne, y tiene buenas razones para ello: 1ª) Para establecer de este modo la relación de la encarnación con la eucaristía. El Logos se hizo carne(encarnación). Es necesario comer la carne (eucaristía). La eucaristía es la continuación o la prolongación de la encarnación, aunque se trate de “una carne transfigurada, resucitada”. 2ª) El evangelista pretende poner de relieve la condescendencia divina. La carne indica la debilidad, la pobreza, la fragilidad del ser humano. Pues bien, Dios se dignó hacerse “carne”, como nosotros, se hizo uno de nosotros; asumió todas las grandezas y limitaciones del ser humano (Hb 4,15). Esto es lo que comenzaron a llamar los Padres griegos la condescendencia divina, que pone de relieve la sublimidad  divina  con la insignificancia humana. Entre ellas existe la distancia infinita, que únicamente puede salvar el puente de un infinito amor. 3ª) Frente a los gnósticos era de vital importancia insistir en la existencia de “la carne”. Para esta mentalidad filosófico-religiosa del tiempo en que fueron puestos por escrito los relatos eucarísticos, la llamada gnosis , no era posible la unión del mundo de arriba, el de Dios, con el de abajo, el del hombre. La afirmación de la filiación divina de Jesús excluía su verdadera encarnación, su muerte real y la auténtica eucaristía. Por eso el evangelista expresa con mayor claridad y crudeza que ningún otro pasaje del NT los tres puntos mencionados, particularmente el realismo de la eucaristía.

 

e) Las palabras sobre el pan, que es su cuerpo (= gufi, en hebreo), no se refieren al cuerpo material, sino a la persona (= soma, en griego). La identificación del pan con el cuerpo carece de punto de referencia comprensible. No pueden aducirse otros textos que la justifiquen. Otra cosa bien diferente es esto (el pan) soy yo mismo. El pan es la garantía personal de la comunión durante su ausencia. El cuerpo designa la totalidad de la persona, lo expresado por la palabra griega soma, que significa todo el ser y quehacer de la misma, todo su valor, significado y proyección hacia los demás. El vocablo “cuerpo” no es utilizado en modo alguno como la designación de la parte externa, extensa, material y visible del hombre en contraposición al alma. El cuerpo designa el ser humano “animado” o “almado” (aunque este último calificativo no haya sido aprobado por la Real Academia de la Lengua); lo mismo que el alma designa el ser humano corporeizado. Repitamos que tanto el uno como la otra designan la totalidad de la persona.

 

f) Las palabras sobre el cáliz relacionan el misterio eucarístico con la nueva alianza establecida sobre el fundamento de su sangre. También la sangre designa toda la persona. Es otra expresión distinta y más plástica y visible del valor salvífico de la muerte de Cristo. Para la mentalidad antigua “la vida estaba en la sangre”; “la sangre era el principio de la vida”. ¿Y qué le ocurre a una persona que se desangra? Aquella mentalidad no estaba tan lejos de la nuestra. La copa ofrecida por Jesús es continuadora de la copa recibida de la mano del Señor (= tó potérion ek ieirós Kyríu. (Is 61,17; Sal 74,9; puede referirse a la copa o al cáliz de bendición o de maldición; depende de quien lo reciba).

 

Quien ofrece la copa es mediador de la acción de Dios; quien la recibe, en él se hace operante Dios, a través de su gracia liberadora del juicio. La comunidad del NT vio la relación del cáliz de bendición y de la copa unida al significado del pan y la designó como el cáliz de la bendición. La expresión “por nosotros” es una fórmula pregnante que significa todo el acontecimiento salvífico; todo lo que Dios hizo en Cristo es por nosotros y para nosotros; la suerte de los creyentes está en manos de Dios.

 

g) La eucaristía debía ser la continuación del acontecimiento central de toda la historia de la salvación, que garantizaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. Así lo entendió el AT y el judaísmo, que a dicha presencia la llamó Shekina (que deriva del verbo hebreo shakan, en clara asonancia con el griego skenoo: ambos significan “habitar, poner la tienda, establecer la vivienda”). La eucaristía es la perfección y la sublimación de lo creído en el entorno en el que crece la fe cristiana. La eucaristía es la Shekina por excelencia.

 

h) La materia es un indicador; si detrás no hay nada se convierte en un figurín carente de vida y de sentido. La materia es real si por real entendemos que la materia es simbólica, simboliza, remite a... Lo visible no tiene meta, sino que la meta es lo invisible. El papel de lo visible o lo material, que es igual, es remitir a lo invisible. Por tanto, lo visible no es terminal, sino solamente vehículo hacia la meta. Lo visible no tiene meta en sí mismo, sino que su meta es lo invisible. Es la realidad simbólica de la materia. El simbolismo es inseparable del realismo. Esto existe en la materialidad de las cosas: ellas te cogen de la mano y te conducen a lo que no ves, y eso que no ves es justamente lo que ES, porque lo que ves (la materialidad de la realidad visible) es lo que no ves. La materia sólo sirve para  remitir a lo REAL. Si esto es así en el terreno material y visible, ¡con cuánta mayor razón puede afirmarse de la realidad simbólica de la eucaristía!.

 

i) Creemos que puede y debe hablarse de la Presencia simbólica, lo cual requiere, naturalmente, una explicación. La presencia simbólica es real y significativa al mismo tiempo. El sacramento es una flecha indicadora del camino a seguir, un indicador, una señal. En el final del camino, en el cielo, ya no hay sacramentos, ya no son necesarios los indicadores; los sacramentos no son un fin, sino unas señales en el Camino. La prueba de que no hemos llegado a nuestra Casa permanente nos la ofrecen las señales que nos marcan la dirección hacia ella.

 

Lo dicho hasta aquí justifica la existencia de lo que seguimos llamando las especies sacramentales o elementos materiales constitutivos de la eucaristía:

 

>Los necesitamos porque nuestros sentidos perciben el ser de las cosas partiendo de las realidades materiales. Pero lo que ven nuestros ojos, que es material, es la visión de lo que no se ve(“Praestet fides suplementum sensuum defectui”. Lo que es inalcanzable por nuestros sentidos nos lo acerca la fe).

 

>Lo que no se ve, que es tan inmensamente grande y real como el misterio de Dios, no tiene otra manera de dejarse ver que a través de lo que se ve, las “especies sacramentales”. Ellas fueron establecidas por Cristo como el medio necesario para que nos lleven a la visión de la fe, a ver lo que no se ve. Lo que hay que ver en lo que se ve, es lo que no se ve. No basta ver a “Jesús de Nazaret”; quedarse en su visión, que era la de un hombre cualquiera: “siendo un hombre cualquiera te haces Hijo de Dios” (Jn 6,41-42; 5,18”) es no llegar a lo que no se ve de él, “al enviado del Padre” (Jn 7,34; 8,21).

 

>Lo que hay que ver en lo que se ve, es lo que no se ve. El cuerpo y la sangre  de  Cristo,  la más  perfectamente  acabada  síntesis de la obra  redentora

-tanto su cuerpo como su sangre simbolizan todo el ser y el quehacer de Cristo, repetimos una vez más- de la entrega de su vida vivificadora es lo que hay que ver y justamente eso es lo que no vemos.Lo que se ve -la verdadera humanidad de Cristo en la encarnación, vista por sus contemporáneos, o las especies sacramentales en la eucaristía, vistas por los creyentes posteriores- es la visión de lo que no se ve. Tanto la visión de la humanidad de Jesús como las especies sacramentales simbolizan, apuntan, remiten al misterio de Dios en ellas. Es decir, que la visión de lo que se ve es remitirme, llevarme a la contemplación y al gozo de lo que no se ve. Lo visible es una visión de lo invisible.

 

La eucaristía nos brinda la comunión real y operante con Cristo; no se trata sólo de un signo o de un símbolo. (Remitimos a lo dicho mas arriba sobre la “Presencia simbólica). Por otra parte, esta comunión operante  de Cristo debe distinguirse cuidadosamente del “naturalismo” y del “poder mágico” que en el entorno cultural se atribuía a ritos análogos (1Co 11,17.23)(segunda lectura).

 

La koinonía -es la palabra griega que traducimos por comunión-  eucarística no puede ser traducida, en cuanto a su significado y contenido, por una única palabra. Se trata de una comunión que es posible gracias a la donación divina o a la oferta de Dios. No nace por el mutuo acuerdo de unas personas que tengan ideales comunes... Este procedimiento sirve para crear una koinonía de tipo cultural, científico, deportivo..., pero no la koinonía eucarística. Para ésta es necesaria, además, la segunda palabra: participación. Decisión humana ante la oferta divina. Sin aquélla, éste resulta ineficaz. La eucaristía sin la fe  no es nada. Ella constituye la culminación y el ejemplo más rico y concreto del esquema conforme al cual se ha desarrollado toda la historia de la salvación: la acción de Dios y la re-acción del hombre.

 

Felipe F. Ramos

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