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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Ex 19,2-6ª.
2ª lectura: Rm 5,6-11.
3ª lectura: Mt 9,36-10,8.

 

Desde la perspectiva del éxodo, el Sinaí es una meta: el pueblo invoca como razón de su salida el ir a encontrarse con su Dios, para celebrar su fiesta; desde la perspectiva del pueblo ya constituido, es origen y cuna: allí se ve definido como pueblo de Dios por la alianza. Dentro del Pentateuco el Sinaí es el tema que cobra más colosales dimensiones, no tanto por el relato de lo que allí acontece, que es breve, cuanto por los cuerpos de leyes que se encuadran en él. La sacralidad del lugar es previa al acontecimiento de la alianza: el pueblo va al encuentro de Dios, que está allí. Cuando el pueblo haya llegado a su tierra, Dios “viene del Sinaí” para estar en medio de él. El origen del yahvismo es inseparable de esta montaña santa (primera lectura).

 

La alianza consiste en hacer de ese pueblo “propiedad escogida” de Dios entre todos los pueblos. En virtud de ello deviene un pueblo “consagrado”, lo que quiere decir separado y dedicado. Pero eso no es obra de Dios sin concurso del pueblo. Este tiene que guardar la alianza y por lo mismo es requerido a decidir libre y responsablemente sobre la aceptación de la oferta.

 

En la praxis de la renovación de la alianza interviene siempre el mediador (el rey, el profeta, el sacerdote), que representa al pueblo y a Dios. Este relato es la legitimación del mediador en su origen; Moisés representa aquí a todos los mediadores y está representado, a su vez, según la imagen de éstos. El pueblo debe reconocer en él, puesto que a Dios no lo ve, al hombre elegido para ser su portavoz; en el reconocimiento el pueblo lo hace también suyo. Este breve relato de un diálogo entre Dios y Moisés y por éste de Dios con el pueblo, es el prólogo de la teofanía sinaítica y de la conclusión de la alianza.

 

La tradicional teofanía vinculada a la tienda sagrada (Ex 33,5ss) representaba la epifanía de Yahvé en el santuario como un venir y hacerse presente Dios desde el Sinaí hacia su pueblo : “Yahvé, saliendo del Sinaí, vino a Seir a favor nuestro. Resplandeció en la montaña de Faran; vino con las miriadas de sus santos; fuego en su diestra, envuelto en la nube, su compañera inseparable” (Dt 33,2; Ez 16,10; Nm 17,5; Is 4,5).

 

La alabanza y la acción divina o por la intervención de Dios son inseparables. Puede mencionarse una u otra en primer lugar, dada la certeza de la intervención de Yahvé. El salmista describe la venida de Dios a través del desierto para socorrer a su pueblo y viene con los atributos característicos de su poder y bondad. Yahvé tiene su sede en el Sinaí. Pero se traslada para actualizar el acontecimiento de la salvación. Esta tradición cultual, que nos dice que Yahvé viene del Sinaí, no debe entenderse desde el punto de vista general de una “concepción teofánica”, sino que habrá que tener en cuenta también toda la dimensión de semejante tradición cultual que, evidentemente, se halla afincada en el monte Tabor. Lo sorprendente es que lo que allí se piensa no es que Yahvé emigrara del Sinaí a la tierra de Canaán, sino que Dios sigue teniendo su sede en el Sinaí ahora igual que antes.

 

El Dios “localizado”, del que nos habla la primera lectura, nos es “personalizado” en el evangelio (tercera lectura). Como es sabido, Mateo hace girar todo su evangelio en torno a cinco grandes discursos en los que colecciona lo que él considera como lo más fundamental del Mesías de la palabra. En éste, que es el segundo (cap. 10), recoge las exigencias impuestas al discipulado estricto. Su misión se halla determinada por el anuncio de la palabra y la curación de toda clase de enfermedad. Dicho en otros términos: ellos deben prolongar en la historia la obra llevada a cabo por Jesús durante su ministerio terreno. A partir de este momento, y a lo largo de todo el capítulo, las afirmaciones de Jesús hacen referencia directa a estos discípulos estrictos y, de alguna manera, a todos sus seguidores.

 

Antes de dirigirse explícitamente al discipulado estricto, Mateo recoge dos símiles que pretenden poner en claro dos cosas igualmente importantes: quiénes son los destinatarios de su misión. Es la imagen del rebaño sin pastor. En el AT fue utilizada frecuentemente la imagen del rebaño para designar al pueblo de Dios. Todo rebaño necesita un pastor. Esta será la misión de los discípulos estrictos: ser pastores del pueblo de Dios. Como lo fue Moisés y, al faltar él, Josué: “Que Yahvé ponga al frente de esta comunidad un hombre que vaya y venga a su cabeza, que los haga entrar y salir, para que la comunidad de Yahvé no sea como rebaño sin pastor (Nm 27,17). Las palabras de Jesús son el eco inmediato de estas que hemos tomado del libro de los Números. El nuevo pueblo surgió gracias al nuevo Pastor, el nuevo Moisés. Al desaparecer este nuevo Moisés era necesario, lo mismo que cuando desapareció el antiguo, que se instituyesen pastores para guiar al pueblo que había nacido gracias a la vida que el buen Pastor había entregado por sus ovejas (Jn 10).

 

La segunda imagen es la de la cosecha. La razón de aducir este símil está en destacar la urgencia de la misión a la que son enviados. Para recoger la cosecha son necesarios los obreros. Y con urgencia inaplazable porque la cosecha, una vez madura, puede perderse. De suyo la cosecha era la imagen corriente que era utilizada para designar el juicio último de Dios. Pero desde el momento en que el juicio se realiza por la actitud mantenida frente al enviado de Dios -actitud de fe o de incredulidad-  la tarea urgente e inaplazable de los obreros está determinada por la necesidad de provocar dicha actitud. Esto explica que la imagen haya sido cambiada en algunos detalles. Porque, tradicionalmente, estos obreros-segadores eran los ángeles. Ahora se aplica a los discípulos que tienen el encargo específico de provocar la actitud aludida. Y estos obreros deben llevar a cabo la misma misión que Jesús: predicación y curaciones (v.8).

 

En tiempo de Jesús existía una cosmovisión polidemonística. Los demonios son espíritus o seres superiores al hombre. Pueden ser buenos, como los que posee Cristo (Ap 3,1; 1,4; 4,5; 5,6: “los siete espíritus”). Si el demonio es un espíritu bueno, se dice que el hombre lo tiene. Si el espíritu demoníaco es malo es él quien tiene al hombre, el hombre está poseído por él. Sócrates todavía conocía los “demonios o espíritus buenos”. Pero, a la luz del monoteísmo bíblico, la religión del paganismo se fue desvirtuando. En el NT sigue habiendo una gran proliferación de espíritus malos o inmundos contra los cuales luchan  y salen victoriosos los creyentes. Jesús destaca por encima de todos en este terreno, ya que tiene que vérselas con “el príncipe de este mundo o jefe de los demonios”, Satanás o Beelcebul.

 

La relación del diablo con los hombres es como la de un padre con su hijo. La distinción entre los hijos de Dios y los del diablo es ésta: el que no practica la justicia, y el que no ama a su hermano, no es de Dios (1Jn 3,10); es una relación que determina su ser por completo. Esto justifica que sea formulada de forma absoluta como “ser de alguien”. “No como Caín, que era del maligno y por eso mató a su hermano. Y, ¿por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas” (1Jn 3,12). Una forma especial de esta determinación del ser por Satanás nos la ofrece otro texto joánico: “Jesús replicó: ¿No os elegí yo a los doce? Y, sin embargo, uno de vosotros es un diablo” (6,70). En la misma línea tenemos las palabras dirigidas por Jesús a Pedro, al que llama Satanás por oponerse al plan de Dios. Tanto Judas como Pedro se situaban en el mismo nivel que los espíritus inmundos frente a Jesús (Mc 8,33; 1,24).

 

La despersonalización del diablo se acentúa cada vez más. Flavio Josefo llega a afirmar que “estar poseído por el diablo” significa hallarse bajo una gran excitación. Nuestra expresión sobre el particular no se halla tan distante de él cuando decimos: “estoy, o alguien está, que me lleva o le llevan los demonios”. Debiéramos acostumbrarnos a utilizar el lenguaje de Jesús cuando establece la comparación entre el árbol bueno y el malo o al de Pablo cuando afirma la oposición entre el indicativo (que es descriptivo de la realidad cristiana) y el imperativo (que es exigitivo de las obligaciones que impone). Estas consideraciones harán comprender fácilmente que la liberación de los espíritus inmundos sea llamada “curación”, sobre todo si tenemos en cuenta que ellos eran los causantes de la mayor parte de las enfermedades, según la mentalidad de la época.

 

La Iglesia a la que se dirige Mateo conocía perfectamente la institución de los Doce; por eso se hace innecesaria toda explicación cuando habla de ella. La intención del evangelista al presentar a los Doce resulta bien clara si tenemos en cuenta su mentalidad y tendencias. Ha presentado ya, en repetidas ocasiones, a Jesús como el nuevo Moisés. Un nuevo Moisés que funda un nuevo pueblo de Dios. Ahora bien, el antiguo pueblo de Dios constaba de doce tribus; el nuevo pueblo de Dios tiene las mismas características de universalidad que se hallan simbolizadas en el número doce. Jesús, nuevo Moisés, funda el nuevo pueblo de Dios, la iglesia.

 

En la lista de los Doce -aparte del lugar privilegiado de Pedro, nombrado siempre en primer lugar, y en Mateo con mayor énfasis que en los otros sinópticos- hay nombres en los que unánimemente coincide la tradición, como en Santiago, Juan, Andrés, Judas el traidor... En otros encontramos variantes incluso en el nombre. Esto quiere decir que, en su mayoría, los apóstoles no fueron personalidades tan destacadas que su nombre llegase a hacerse célebre en todas las iglesias que habían nacido ya cuando nuestro evangelio fue puesto por escrito, más allá de las fronteras judías. En su mayoría desarrollaron su actividad en Jerusalén o en el país judío. Posteriormente nacería la leyenda para llenar esta laguna. Lo importante de los Doce, lo que la Iglesia acentuó desde primera hora, es que Jesús la había fundado sobre aquellos doce a los que él llamó apóstoles, es decir, enviados especiales para llevar a cabo una misión bien concreta.

 

El encargo de misión se resume en la continuación de la obra de Jesús: les da sus mismos poderes y les encarga que prediquen el evangelio, proximidad-presencia del Reino. La imagen que Mateo nos ofrece aquí de estos apóstoles es la correspondiente a la del maestro en relación con los discípulos.

 

En esta sección leemos una de las afirmaciones más escandalosas del evangelio de Mateo: “No toméis el camino de los gentiles...”¿Cómo es posible, sobre todo en un evangelio tan dominado por el universalismo de la salud -desde la narración de los Magos (2,1-12) hasta el mandamiento de “id por el mundo entero...” (28,1.8)-  que haya quedado este rasgo de particularismo rabioso y precisamente en labios de Jesús? Las explicaciones han sido muchas y, tal vez por eso, ninguna haya sido satisfactoria. La limitación a la casa de Israel tuvo lugar durante el ministerio terreno de Jesús; después de la resurrección caerían las fronteras. Sería una posible explicación. Otra iría en la línea siguiente: la misión a los gentiles era mucho más fácil; el evangelio había encontrado entre ellos una actitud de relativa apertura, mientras que en el mundo judío era de rechazo abierto. Era necesario, por tanto, insistir en la urgencia de evangelización a los judíos que, por razones de la dificultad, eran abandonados.

 

Una tercera interpretación que exponemos con modestia, precisamente por ser nuestra, explicaría la frase del modo siguiente: a) en la primitiva Iglesia hubo dos tendencias, una particularista-que insistía en los privilegios judíos- y otra universalista, que propugnaba el destino universal y absoluto del evangelio; b) la tendencia particularista debía estar justificada por las palabras de Jesús; en consecuencia, c) esta tendencia inventó estas palabras y las puso en labios de Jesús. Mateo, como buen cronista, lo encontró en la tradición y lo transmitió tal y como a él le había llegado. ¿Es válida esta tercera explicación?

 

La reflexión paulina en su carta principal (segunda lectura) nos ha confortado diciendo queestamos en paz con Dios gracias a que Cristo nos ha reconciliado con él. Y eso cuando éramos “débiles” y “estábamos sin fuerza”; cuando éramos “pecadores” y “enemigos”. La incapacidad moral no puede ser descrita con colores más vivos. Si se ha acentuado la situación moral con gravedad tan extrema es para, desde ella, valorar más positivamente la acción reconciliadora de Cristo: la muerte de Cristo es la medida de la necesidad humana; Dios se interesó por nosotros cuando no éramos nada; nos ha sido concedida la vida divina, y esto significa la reconciliación, la salvación. En esta acción  creadora de paz y de amistad con Dios han intervenido las tres divinas personas, que son mencionadas acentuando el sentido específico de la actividad de cada una.

 

Felipe F. Ramos

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