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TIEMPO ORDINARIO, Domingo X

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Os 6,3-6.
2ª lectura: Rm 4,18-25.
3ª lectura: Mt 9, 9-13.

 

El breve texto de Oseas (primera lectura) nos ofrece, en su primera parte, una especie de liturgia confesional, que sería continuación de una forma de provocación al pueblo para que se vuelva a su Dios: “Me iré, mas volveré a mi lugar hasta que hayan expiado su pecado y busquen mi rostro. En su angustia ya me buscará”, (Os 5,15). Israel parece haber recuperado su entidad de pueblo de Dios, se ha convertido a su Señor y le ha buscado con la convicción y la confianza de que únicamente él es la base de su esperanza. Es un texto parecido al de 14,1-8. Ambos proceden de la misma costumbre de la época de proclamar un día de ayudo en tiempos de aflicción y de peligro.

 

La segunda parte (v.4-6), con una evaluación crítica del amor de Israel, sugiere que la penitencia del pueblo ha sido considerada por Oseas como superficial, como una actitud presuntuosa fiada en que Dios le perdonará, como si fuera su obligación ineludible. Aquí vuelve una vez más el pensamiento de la imposibilidad de encontrar a Yahvé por parte de Israel por la barrera que su pecado le separa de su Dios. Se afirma de nuevo que solamente le encontrará de verdad cuando busque en él la vida. La evocación de la experiencia pasada del pueblo, de la acción redentora de Dios y de su actividad salvadora no pueden darse sin la posibilidad de la penitencia real y del arrepentimiento.

 

Los que tienen necesidad de médico son los enfermos (tercera lectura). Los publicanos eran recaudadores de contribución e impuestos. El Estado les adjudicaba una región bien limitada por la que debían pagar una cantidad fija. Y, aunque existía una tarifa estatal, ellos tenían sobrados recursos para gravar a los contribuyentes con tarifas excesivas. Precisamente por razón de su oficio, los publicanos formaban el sector más degradado de la sociedad judía. La opinión pública los  clasificaba como ladrones. Pero había más. En tiempos de Cristo, ejercían su oficio como mandatarios de Roma. Se habían vendido, diríamos hoy, a una potencia extranjera que los dominaba. Y por ello merecían un nuevo título más degradante todavía, el de apóstatas. Los publicanos eran doblemente pecadores.

 

En la administración romana los publicanos eran agentes comerciales privados cuya profesión consistía en la recaudación de impuestos. Recibían dicho encargo del Gobierno, que les imponía la entrega de una cantidad fija teniendo en cuenta los ingresos globales de los contribuyentes. Se calculaban éstos un poco a la baja. Y de la diferencia entre la cantidad recaudada y la aportación exigida, los publicanos retenían para sí lo que consideraban su derecho. Siempre abusaban del margen concedido. Por la historia romana sabemos las graves extorsiones, atropellos e inmoralidades cometidos en el ejercicio de su profesión.

 

La administración romana introdujo los publicanos en Palestina. De ellos nos hablan frecuentemente los evangelios. La diferencia entre los publicanos propiamente romanos y los mencionados en los evangelios consistía en que éstos carecían de la independencia de aquellos. Eran agentes de recaudación sometidos y controlados por una autoridad superior de la que dependían como clase empleada y subordinada. Zaqueo era “jefe de publicanos” (= arjítelones, en griego, dice Lucas en 19,2).

 

El desprecio e impopularidad hacia ellos lo manifiesta su mención junto a los pecadores, “publicanos y pecadores” (Mt 9,9-13, es el texto que hoy comentamos; Mc 2,13-17; Lc 5); su comparación con los paganos (Mt 18,17), y con las prostitutas (Mt 21,31); eran lo más opuesto a la elite espiritual. En todo caso este descrédito generalizado no significaba que todos deban ser cobijados bajo el denominador común de pecadores sin entrañas. Hemos mencionado el caso de Zaqueo y el que hoy nos ocupa de Mateo (10,3; Mc 2,13-14).

 

Esta pequeña unidad literaria se divide claramente en dos partes: la vocación de Mateo y la disputa originada por la conducta de Jesús sobre su compañía con los pecadores y publicanos. La vocación de Mateo se nos narra en función de la escena siguiente. Es presentada por el evangelista con dos pinceladas que recogen lo esencial: Mateo estaba sentado a la mesa de los impuestos, es decir, era publicanoy su obediencia sin discusión a la palabra de Jesús, que le mandaba seguirlo.

 

Es evidente que la narración del evangelista sobre la vocación de Mateo no se halla determinada por un interés histórico sobre el personaje en cuestión (el hecho de que Marcos y Lucas le llamen Leví, puede obedecer a la mayor importancia de Mateo cuando fue puesto por escrito el evangelio que lleva su nombre). De lo contrario, como acabamos de apuntar, nos hubiese ofrecido una serie de detalles que son imprescindibles a la hora de presentar a una persona que debe ser conocida, porque ofrece un innegable interés al lector. Se dice que era “publicano”. Como ya hemos dicho esto era sinónimo de su consideración como pecador, proscrito de la sociedad judía, de las personas que se habían vendido a Roma y que, por lo mismo, eran señaladas con el dedo cuando pasaban por la calle. Lo que no hace mucho tiempo considerábamos como un pecador público. La opinión popular judía consideraba como oficios “pecaminosos” aquellos que, de alguna manera, denotasen deslealtad o cosa semejante para con su pueblo.

 

El centro de interés del evangelista está en la palabra exigente de Jesús: Sígueme. Exigencia indiscutible e inapelable de la palabra del Maestro. Jesús llama con el mismo tono imperativo que lo hacía Yahvé en el AT. Y eso que Mateo no tenía los presupuestos psicológicos, en los que tanto insistimos hoy nosotros. Tenía, más bien, los presupuestos contrarios. Aparece así la razón determinante de la elección que Dios hizo de su pueblo o de determinadas personas destinadas a cumplir una misión especial. Siempre a lo largo de la Biblia descubrimos la misma ley, la ley del amor,sin méritos propios que la justifiquen. Junto a este imperativo de exigencia, destaca la respuesta más generosa dada en plena libertad y obediencia.  La obediencia de la fe.

 

La palabra imperativa dada por Jesús a Mateo: sígueme”, exige una reflexión más profunda sobre su significado. Una pista esencial para su comprensión nos la da la estadística de su utilización: Aparece únicamente en los cuatro evangelios y una vez en el Apocalipsis (14,4, en una alusión a Mt 10,38). En el resto del NT, el verbo “seguir” es sustituido  por “imitar”. De aquí se deduce que el “seguimiento” expresa una relación más especial del “seguidor” con el Cristo de la historia; una vinculación muy especial con él y, como es aplicado exclusivamente a Jesús, se pone de relieve el carácter único de esta unión.

 

La singularidad de este “seguimiento” se manifiesta desde el inicio del mismo mediante la utilización de un imperativo absoluto: Sígueme. Es el punto de partida de las nuevas relaciones que se establecen. El “seguidor” comienza a respirar una atmósfera nueva; vive sometido a unas exigencias desconocidas anteriormente, que le llegan amorosamente desde un Invitante que se le impone sin coacción. El seguimiento implica una ruptura con un pasado irregular; la participación en la trayectoria marcada por el Jesús terreno; la promesa de participar en la salvación ofrecida por Cristo (Mc 8,34 y par. ).

 

El escándalo fariseo se produjo al ver a Jesús sentado a la mesa de los publicanos. ¿Qué pretensiones podía tener un Maestro que frecuentaba aquellas compañías peligrosas y abominables? Este fue el punto de vista para que los fariseos presentasen el problema y la cuestión a los discípulos de Jesús. Aquella conducta desacreditaba a la persona que así se comportaba.

 

La respuesta de Jesús resulta desconcertante. Desde ella podríamos argumentar así: Puesto que Dios, y también Jesús, se preocupa más por el pecador que  por el justo, seamos pecadores... Es posible que algunos pensasen así, puesto que esta manera de discurrir es mencionada también por el apóstol Pablo: “¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la gracia? Lejos de eso” (Rm 6,1). Este raciocinio es absurdo. No tenemos aquí un canto al pecado ni una glorificación del pecador. Jesús quiere liberar, perdonar, al pecador. Pero no quiere considerarlo como un enemigo (como hacían los teólogos de su época). Por tanto, en lugar de excomulgarlo despectivamente de la sociedad de los hombres y de la amistad de Dios, lo que hace es tenderle un cable invitador para reintegrarlo tanto en la sociedad de los hombres como en la amistad de Dios.

 

Jesús se dirige a los pecadores, no porque desprecie o aprecie menos a los justos, sino porque aquellos se hallan en mayor necesidad. Aunque, tal vez sea necesario recordar que, de hecho, fueron precisamente los que se consideraban como justos -los que se apoyaban en su propia justicia, la que viene de la Ley (Flp 3,6)- los que le rechazaron; los que no reconocieron la necesidad que, también ellos, tenían de redentor; los enfermos inconscientes que creían no tener necesidad de médico. Termina Jesús con una cita del profeta Oseas: “Prefiero la misericordia al sacrificio” (6,6), que se había hecho clásica en orden a acentuar la superioridad de los actos de generosidad y compasión con el prójimo sobre los sacrificios ofrecidos en el templo.

 

En la carta a los romanos afirma Pablo que la recta relación con Dios, la verdadera justificación, se obtiene por la fe (Rm 3,21-4,25) (segunda lectura). La justicia de Dios,  su actividad salvadora,  se  ha manifestado en Cristo;  es gracia (= jaris) manifestada y aceptada mediante la fe(Rm 3,21-4,24). Cristo es el verdadero propiciatorio. (En el AT era llamada así una plancha de oro que estaba colocada sobre el arca de la alianza. Era considerado como el lugar de la presencia de Dios, acentuando su aspecto de misericordioso y perdonador de pecados. Puede leerse el cap. 16 del Levítico, como ilustración y como el mejor medio para comprender lo que significan las palabras de Pablo. Desde las consideraciones que este pasaje del Lv hace sobre el propiciatorio, comprenderá el lector lo que es Cristo para los hombres: el lugar de la presencia de Dios en cuanto misericordioso y perdonador de pecados, tanto a nivel personal como, sobre todo, colectivo). Al final de este desarrollo recoge Pablo la fe común, de judíos y cristianos, en un solo Dios (Rm 3,30).

 

Como estas afirmaciones podían resultar novedosas, sobre todo para el judío que pensaba justificarse por las obras de la Ley, Pablo afirma que no es tan novedoso como pudiera parecer, ya que es el mismo camino y procedimiento del AT. Por eso hace un desarrollo bastante amplio del caso de Abrahán. También él se justificó por la fe, no por las obras de la Ley (como pensaban los teólogos judíos de la época de Jesús). Luego no es tan novedoso lo que Pablo afirma; no hay novedad ni, mucho menos, ruptura en el plan de Dios. Y esto es posible gracias  al  hecho  fundamental  cristiano: la  muerte  y  resurrección de Cristo (Rm 4,25).

 

Felipe F. Ramos

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