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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XIII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: 2R 4,8-11.14,16a
2ª lectura: Rm 6,3-4.8-11
3ª lectura: Mt 10,37-42

 

La breve historia del profeta Eliseo debe ser enmarcada en su predicación más amplia, al estilo de la actividad de Elías. Ambos tienen un frente común: la lucha contra el  baalismo o el dios Cananeo Baal. Era uno de los dioses de la fecundidad. Su nombre, “baal” significa “señor” y en él se personificaban las fuerzas de la naturaleza. Dominaba las lluvias, la niebla y el rocío. Tenía, pues, en su mano la clave para una buena cosecha, elemento esencial para la supervivencia de los cananeos (primera lectura).

 

Lo mismo que en el caso de Elías, también la vida y obra de Eliseo se halla concentrada y definida en el nombre que lleva, el cual significa: Dios salva. De ahí que los milagros de Eliseo, lo mismo que ocurría con los de Elías, se encuadran en esta perspectiva polémica contra el baalismo. En el caso de Eliseo, los milagros se multiplican más  y son más populares. Eliseo ha sido calificado como el “santo milagrero”. Los detalles interesan menos; lo importante es descubrir la perspectiva y el sentido teológico subyacente.

 

El nacimiento del hijo de la noble  mujer de Sunem es uno más de tantos nacimientos milagrosos referidos a lo largo de la Biblia. El autor tiene presente de manera especial el nacimiento de Isaac. Lo mismo que Sara y Abrahán, la sunamita era estéril y su marido entrado en años. Además, en uno y otro caso, el nacimiento del hijo es presentado como premio a la hospitalidad (Gn 18,1-15).

 

En el fondo todos estos nacimientos vienen a subrayar lo mismo: la omnipotencia divina que traduce la muerte en vida  y convierte la nada en ser. Sin embargo, según el contexto en el que se insertan, los nacimientos milagrosos pueden acentuar matices diferentes. Aquí en nuestro caso, además de subrayar el poder taumatúrgico de Eliseo y la virtud de la hospitalidad de la sunamita, que recibe un premio tan grande, se inserta en una perspectiva de polémica contra el baalismo. En pocas palabras, el milagro vendría a decir: no es Baal quien da la fecundidad a los senos estériles, sino Yahvé.

 

De alguna manera, el evangelio de hoy (tercera lectura) sigue y perfecciona la trayectoria iniciada en el pasaje del segundo libro de los Reyes. Egoísmo, ambición, trastrueque de la jerarquía de valores, reorganización cristiana. La remuneración. De nuevo utiliza Jesús como recurso pedagógico la sentencia o forma proverbial. En esta ocasión sus enseñanzas son particularmente repelentes. Las palabras de apertura de este comentario intentan ofrecernos una especie de justificación que mitigue su despiadada crueldad. La espada traída por Jesús constata la lucha natural denunciada por los profetas. Miqueas critica acerbamente la avaricia despiadada que no permite siquiera el beneficio de los “rebuscadores”: “¡Ay de mí, que he venido a ser como quien va a coger después de hecho el rebusco que sigue a la vendimia. No hay racimo que pueda comer, anhelando yo los frutos primeros” (Mi 7,1).

 

Había sido establecido por la ley fundacional de Israel teniendo  en cuenta una elemental justicia social: “Cuando hagáis la recolección de vuestra tierra, no segarás hasta el límite extremo de tu campo, ni recogerás las espigas caídas, ni harás el rebusco de tus viñas y olivares, ni recogerás la fruta caída de los árboles frutales; lo dejarás para el pobre y el extranjero. Yo, Yahvé, tu Dios” (Lv 19,9-10). Todavía conocimos, por desgracia, a los “rebuscadores”, hombres y mujeres, personas que, una vez levantada la cosecha de las fincas “buscaban” las espigas olvidadas.

 

Junto al egoísmo humano Miqueas denuncia el deterioro moral. Entre la gente pudiente no hay ni uno sólo cuya vida se halle determinada por principios morales. La “elite social”, príncipes, jueces y dirigentes “pisan al justo como a rama de zarza que sale derecha del seto. Es el día anunciado por tus atalayas, viene tu castigo, viene ya tu ruina (Mi 7,4). Y sigue el texto más próximo al que hoy nos proponemos comentar: “No os fiéis del amigo; no creáis al compañero, guarda las confidencias de tu boca de la que duerme en tu seno. El hijo deshonra al padre; la hija se alza contra la madre; la nuera contra la suegra y los enemigos son sus mismos domésticos” (Mi 7,5-6).

 

La cita del profeta Miqueas es uno de los oráculos más violentos, despiadados y cargados de terribles amenazas de toda la literatura profética. El judaísmo había utilizado estas palabras dantescas para describir el impacto decisivo y decisorio del Mesías. Sin duda alguna que Jesús lo conocía y por eso lo utiliza. Si al texto del evangelio de hoy añadimos la sentencia siguiente: “El hermano entregara al hermano a la muerte; el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra los padres y los harán morir” (Mt 10,21), convertiríamos a Jesús en el notario absolutamente fidedigno que levanta acta sobre el pasado, el presente y, lamentablemente, sobre el futuro de una humanidad “deshumanizada”

 

La espada y la lucha de la que habla Jesús (Mt 10,34-36) no pretende justificar una “guerra santa” ni las apetencias humanas ni intransigencias religiosas. La espada o lucha traída por Jesús no es la declaración de guerra contra el resto de los mortales que no acepten la fe cristiana. (Desgraciadamente muchas veces ha sido así, prostituyendo la dignidad del evangelio). Los “hijos del trueno” fueron reprendidos duramente por esta [a1]mentalidad: “¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que devore esta ciudad?  Pero él los reprendió” (Lc 9,54-55). La lucha no es de los discípulos contra otros hombres, sino de estos hombres contra los discípulos y contra los que les estorben para lograr sus afanes excluyentes de los demás.

 

La espada-división se halla implicada en las exigencias de la presencia de Jesús. El mismo mensaje lleva a la división: exige la renuncia a lo más querido, que nada ni nadie esté por encima de él en la escala de valores que el hombre debe crear. Al jerarquizar estos valores, él quiere estar en la cumbre. Y no todos, ni mucho menos, comparten este criterio. Sólo una fe profunda puede aceptarlo.

 

La Iglesia, nuestra Iglesia “jerárquica y docente”, ha recurrido torpe y autoritariamente a expulsar de la misma a aquellos que, por lo visto, no eran sus fieles hijos. Se permitían criticar su conducta inadecuada y su doctrina anquilosada. Fue un error. Pero aquí no pretendemos hablar de la excomunión lanzada por la Iglesia, sino de aquella de la que ella fue víctima. El cristianismo naciente fue excomulgado despiadadamente -en el concilio de Jamnia o Jabne- por su adhesión a Jesús, por su simpatía hacia él, por la confesión de la fe cristiana. La nueva fe era intolerable frente a la “divinamente establecida por el judaísmo”. Así lo dice expresamente  el evangelio de Juan a propósito del relato del “ciego de nacimiento” (Jn 9,22); la situación de los magistrados judíos que eran cristianos “vergonzantes” por miedo a la excomunión, llamada “aposynágogon”, es decir, excomunión o exclusión de la Sinagoga, (Jn 12,42) y las mismas palabras de Jesús presentadas como anuncio de futuro y que ya habían sido experiencia de los discípulos (Jn 16,2).

 

La misma situación suponen las palabras de Mateo sobre las persecuciones (10,16-25). Aquí se concentran y acumulan las amonestaciones de Jesús y las experiencias que los discípulos tuvieron posteriormente. El odio y la traición contra los seres más queridos está justificado históricamentedesde la excomunión, dada por los dirigentes judíos contra todos los simpatizantes del cristianismo. A todos se les imponía la obligación grave de denunciarles ante las autoridades.

 

Era frecuente que, dentro de la misma familia, hubiese judíos fieles a su religión y cristianos o simpatizantes del cristianismo. Los primeros debían denunciar o “entregar” a las autoridades judías a los segundos. Esta situación histórica requería una actitud de prudencia: no se debe desafiar el martirio por el prurito de ser mártir. Prudencia ante los hombres. En este contexto “los hombres” designa a los impíos, los alejados de Dios, hombres enemigos de Dios y de los que creen en él (Mt 8,27; 10,32). Dios, por cuya palabra son llevados a los tribunales, les inspirará las palabras adecuadas para su defensa. La historia posterior así lo confirmó.

 

Las circunstancias históricas mencionadas trajeron la división familiar a la que alude el texto. Pero, por encima y más allá de este primer nivel, está la experiencia de la Iglesia, de los discípulos de Jesús que quieren ser plenamente consecuentes con su vocación, con la llamada del Señor y con las exigencias cristianas. La exigencia que a veces se impone a los discípulos de Jesús, de renunciar a todo y a todos, aun a lo más querido (Mt 8,22), se encuentra con la incomprensión, la división, la lucha. La espada en acción, que es la misma palabra de Jesús (Hb 4,12).

 

La acusación lanzada por el judaísmo fariseo (a partir del año 70) contra los cristianos  de “estar fuera de la Ley y en contra de la doctrina de los Profetas”, la doble y preciosa herencia del AT, tiene una magnífica respuesta en el evangelio de Mateo: la Ley y los Profetas iban dirigidos a Jesús y han alcanzado su plenitud y consumación en él. La apertura del evangelio a los gentiles no retira la oferta divina, que sigue dirigiéndose también a los judíos; el evangelio exige una verdadera obediencia a la Ley y a los Profetas. En consecuencia, los verdaderos observantes de la Ley son los cristianos; ellos son los cumplidores de la verdadera “justicia”. Por el contrario, los fariseos no cumplen dicha “justicia”, son anomistas, sin Ley y, por consiguiente, son hipócritas (Mt 6,1-18; cap. 23, íntegro).

 

Teniendo en cuenta las dos consideraciones fundamentales previas, la palabra de Jesús, acogida en la unidad literaria que hoy comentamos, se halla profundizada a la luz de la experiencia de la Iglesia. Jesús pide una lealtad y fidelidad absolutas a su persona. Por encima de la que debemos a los seres más queridos. ¿Cómo es esto posible? Esta exigencia es preciso hacerla compatible con la insistencia del mismo Jesús en la obligatoriedad del cuarto mandamiento (Mc 7,10-13). Pero puede ocurrir que esta obligatoriedad y las vinculaciones más estrechas con los seres queridos se conviertan en obstáculo para la vinculación con Cristo y las exigencias que ello implica. Así se ha puesto de relieve, particularmente en tiempo de persecución del cristianismo. En casos de competencia o conflicto debe prevalecer, en la jerarquización de valores, el valor supremo.

 

La fidelidad total en el seguimiento de Cristo implica frecuentemente dificultades y hasta persecuciones. Aceptar el discipulado cristiano sin condiciones, con todas las implicaciones que lleva consigo es cargar con la cruz. Se trata de los discípulos de un hombre que murió en la cruz. Si los discípulos no pueden aspirar a ser más que el Maestro, deben estar dispuestos a lo mismo. La aceptación del discipulado de Jesús es sinónimo del compromiso de entender la vida, interpretarla y seguirla como la norma de su existencia. Usando las propias palabras del Maestro, esto significa “cargar con la cruz”. El proverbio que exponemos a continuación nos ahorra más explicaciones.

 

Sigue el proverbio paradójico de entregar o perder la vida para encontrarla. El juego de palabras del proverbio está justificado desde el doble sentido que tiene la palabra “vida” Se habla de entregar o perder  la “vida corporal” -en el discipulado se presuponen las persecuciones e incluso el martirio- para hallar o afianzarse en la vida “espiritual”. El discípulo de Jesús no se pertenece, pertenece a la familia de Jesús. Le ha entregado la vida. Pero esta entrega de la vida ha sido hecha al autor de la vida, a la vida misma, a aquél que vino para que la tengamos en plenitud (Jn 10,10). Es así como la vida “corporal” adquiere toda su dimensión en la vida eterna al verse dentro de la vida de Aquél a quien nos hemos entregado. Por el contrario, aferrarse a la vida corporal saliéndose de la esfera de la vida inextinguible significa entrar en el círculo inexorable de la muerte.

 

El discurso sobre el verdadero discipulado -el segundo en el evangelio de Mateo, cap. 10- ha hablado constantemente de exigencias, renuncias, incluso de entregar la vida, por razones de fidelidad al Maestro. Tiene que haber una buena razón para que el hombre se decida ante un programa como éste. Esta razón –la que aquí es mencionada para concluir este discurso sobre el discipulado- es el premio que espera como contrapartida. Todo trabajo, esfuerzo, sacrificio, prestación hecha al prójimo... no quedará sin recompensa, bien se realice con los profetas, con los anunciadores del Reino o con cualquier cristiano. El mejor comentario a estas palabras conclusivas del segundo discurso de Mateo lo tenemos en otro discurso –el del juicio final, donde se anuncia el premio: “porque tuve hambre y de distéis de comer...” (Mt 25,33ss). Ninguno de los trabajos realizados por el Reino quedará sin recompensa, bien se realice con los profetas -¿se refiere a los mismos apóstoles o a todos los anunciadores de la palabra?- bien se realice con cualquier cristiano o simplemente con cualquier hombre.

 

La mención de estos dos casos aparte -profeta o cualquier pobrecillo- puede estar motivada por la situación de la Iglesia en el momento en el que escribió Mateo. Eran frecuentes los profetas o predicadores “itinerantes” y los judíos o cristianos perseguidos que tenían que ir de comunidad en comunidad, bien fuese como anunciadores de la palabra de Dios o simplemente para escapar a sus perseguidores. Quien los recibe y practica la hospitalidad con ellos tendrá su premio. Incluso lo más ínfimo que se haga con el prójimo, como darle un vaso de agua, no quedará sin recompensa.

 

El final del discurso de misión (Mt 10) se retrotrae a la tarea de los discípulos como misioneros itinerantes. Ellos se hallan equipados con el poder curativo de Jesús. Más aún, son sus verdaderos embajadores o emisarios. Ahora bien, “el embajador” tiene la misma autoridad que aquel a quien representa y por quien es enviado. En este sentido, Jesús y el Padre se identifican con los discípulos. Ellos avalan con todo su poder la misión que deben realizar y garantizan la promesa del premio que obviamente recibirá el emisario. Así este segundo discurso del evangelio de Mateo termina acentuando la dimensión ética anunciada por la iglesia y la remuneración inimaginable para aquellos que reconocen y aceptan a Jesucristo en la actividad y en las personas eclesiales que continúan su quehacer.

 

El ingreso en el misterio de la vida divina exige la eliminación de los obstáculos que se oponen a ella (segunda lectura). ¿Cómo se remueve el obstáculo en el individuo concreto? A esta pregunta contesta el cap. 6º: por el bautismo, que introduce al hombre en el misterio pascual -muerte y resurrección de Cristo- haciéndole partícipe de ambas. La muerte del “hombre viejo”, del que no ha participado de la vida divina, se halla simbolizada y experimentada en el bautismo, gracias al cual el convertido se une al misterio de su muerte y resurrección: una muerte y resurrección semejante a la suya y una nueva vida semejante a la suya. El cristiano, al ser conectado con Cristo mediante el bautismo, es unido a la muerte de Cristo, o sea, ya no está destinado a una muerte eterna, una muerte trágica, sin solución, sino a una muerte como la de Cristo, que algún día se resolverá en la vida.

 

Felipe F. Ramos

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