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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XIV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Za 9,9-10
2ª lectura: Rm 8,9.10-13
3ª lectura: Mt 11,25-30

 

El texto breve del profeta Zacarías nos suena a reminiscencias de una salmodia que cantaría las victorias del antiguo pueblo de Dios bajo la dirección de Yahvé en el pasado, y el futuro esperanzador en que el Rey, el Ungido, salvaría a su pueblo. La invitación a la alegría se dirige a la hija de Sión, a Jerusalén, que son sinónimas del pueblo de Dios. La causa de la alegría es la venida de su rey “triunfante” –“justo” , o mejor, ”declarado justo, libertador” -que es paralelo a “victorioso” o que da la victoria. El rey es lo que es, con todos sus atributos admirables, gracias a la acción divina, no por el poder humano.

 

Es humilde, camina sobre un asno (referencia lejana tenemos en Gn 49,10-11). Solamente es mencionado un animal, un asno; el “pollino de borrica” es un paralelo poético del anterior. La universalidad de su reinado -al estilo de la salmodia de la realeza acadia- comprende tierra y mar.

 

El breve pasaje de Zacarías, con toda su profundidad teológica, ha tenido una influencia decisiva en el relato de Lucas sobre la Anunciación y en los relativos a la entrada de Jesús en Jerusalén.

 

El Rey manso y humilde del que nos habla Zacarías, nos es presentado en el evangelio con  las afirmaciones conocidas como “la exclamación gozosa de Jesús” (tercera lectura). La primera parte del texto evangélico que hoy debemos comentar ha sido calificada como la exclamación jubilosa de Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre,  y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo” (Mt 11,27; el texto paralelo de Lc 10,22, con mínimas variantes, coincide con Mateo en que ambos emplean la palabra Padre cinco veces en el mismo complejo unitario que comprende Mt 11,25-27 y par. de Lc 10,21-22).

 

Durante mucho tiempo esta pequeña unidad literaria fue eliminada del texto evangélico de los Sinópticos. Fue considerada como un aerolito procedente del mundo joánico, incompatible, por su “alta” cristología, con la sencillez de los evangelios sinópticos. Procedería, en consecuencia, del evangelio de Juan y habría sido una creación de la comunidad helenista. Y no faltan razones muy serias para que fuese considerada así. En ella es descrito el misterio de la filiación de Jesús, Hijo de Dios, de su relación con el Padre, con la terminología y profundidad que son peculiares del cuarto evangelio. Incluso se ha dicho que esta pequeña unidad literaria, no perteneció al evangelio de Mateo sino al de Juan.

 

La revelación de la paternidad divina, de que Dios es Padre, sobre todo de Jesús y, a través de él, de los creyentes, constituye el centro de gravedad más acusado de la predicación de Jesús. En la paternidad divina se halla resumido cuanto puede decirse de la relación de Dios con los hombres. En la filiación divina se halla resumido cuanto puede decirse de la relación del hombre con Dios. Es el mejor resumen del evangelio. Desde este punto de vista no era necesario que Mateo recurriese a Juan. Ambas tradiciones –la sinóptica y la joánica- dependen en este punto de la tradición y predicación más original.

 

Hoy se ha impuesto una mayor moderación y cautela en la valoración de la paternidad literaria:

 

a) Se tiene más en cuenta su carácter semítico o semitizante.

b) La escasa probabilidad de que un logion joánico haya ido a instalarse en el seno de la tradición sinóptica. ¿Cuándo habría tenido lugar esta emigración y por qué medios se habría logrado?.

c) ¿No es posible que, dados los antecedentes del lenguaje de Jesús, haya cristalizado en la comunidad cristiana original y que haya sido recogida en la fuente Q de donde la habrían tomado Mateo y Lucas?.

d) Dada la composición tardía de los evangelios esta cristología “alta” pudo haberse convertido en el lenguaje más adecuado para expresar el significado teológico al que hemos aludido; la mejor forma de manifestar el significado de la paternidad y la filiación divinas.

 

Nos acercamos con veneración y gratitud a este precioso logion o sentencia fijándonos primero en su estructuración literaria y, después, en su división conceptual. El primero de los aspectos literarios nos ofrece la exclamación jubilosa de Jesús en cuatro líneas:

 

1ª) Todo me ha sido entregado por mi Padre

2ª) Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre

3ª) Ni al Padre le conoce bien sino el Hijo

4ª) Y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

 

En la primera línea se destacaría el pleno conocimiento que Jesús posee de su Padre. Este conocimiento tiene que hacer referencia a la manifestación que Jesús hace de Dios Padre. Dicho de otro modo: a Jesús le ha sido concedido conocer el misterio de la revelación. Jesús afirmaría que el Padre le ha concedido todo lo tocante a la revelación de sí mismo o a su apertura o comunicación a los hombres.

 

La segunda línea estaría subordinada a la tercera, es decir, que el Hijo conoce bien al Padre porque ha sido conocido por él. Nótese que este conocimiento, al estilo bíblico, no se queda en el terreno lógico-especulativo. Es un conocimiento amoroso que implica la intimidad entre el cognoscente y el o lo conocido.

 

La cuarta línea se centra de nuevo en el terreno de la revelación. Puesto que el Hijo conoce al Padre puede darlo a conocer (Jn 1,18). Nos hallamos, por tanto, ante una afirmación central de Jesús sobre su misión. Jesús es el receptor y comunicador del conocimiento-revelación de Dios. Un aspecto que se halla iluminado desde el contexto general de los evangelios. “A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del reino de Dios” (Mt 13,11 y par); la forma pasiva “os ha sido dado” indica que el sujeto es Dios. Esta forma de manifestación bíblicamente es conocida como “el pasivo divino”. Pero esto, naturalmente, no excluye el interrogante: ¿por medio de quién se ha llevado a cabo esta revelación?).

 

Este pensamiento se halla implícito en la exclamación jubilosa de Jesús: Has ocultado estas cosas (= tauta, en griego), indica la revelación hecha por Dios en él. La Biblia de Jerusalén en la nota a Mt 11,25 comenta acertadamente: “No estando este pasaje, v.25-27, en estrecha conexión en que Mateo lo ha insertado (ver el lugar diferente en Lucas) “estas cosas” no se refieren a lo que precede, sino que debe ser entendida de los misterios del Reino, Mt 13,11, revelados a los “pequeños”, los discípulos (ver Mt 10, 42), pero oculto a los “sabios”, los fariseos y sus doctores”.

 

En el lugar paralelo Lucas añade un texto que, en nuestro contexto, se convierte en el mejor comentario del mismo: Vuelto a sus discípulos, aparte, les dijo: “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lc 10,23-24). Jesús trae la revelación definitiva: No penséis que he venido a abrogar la Ley y los Profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla” (Mt 5,17).

 

En las parábolas de la misericordia Jesús es presentado como el reflejo más fiel de Dios (Lc 15,4-7: la oveja perdida; v.8-10: la dracma perdida; v.11-32: el hijo pródigo. Las tres tienen como denominador común la alegría del Padre por el hallazgo de lo perdido. De entre los demás textos en los que Jesús llama a Dios su Padre merecen ser destacados los siguientes: “Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no ha sido ni la carne ni la sangre las que te han revelado eso, sino mi Padre, que está en los cielos” (Mt 16,17). Es un texto muy próximo a Mt 11,27, que se refiere a la exclamación jubilosa de Jesús. El común denominador de ambos es la autorrevelación de Dios. En la misma perspectiva  se pronuncia Lucas cuando afirma: “Y yo dispongo del Reino a favor vuestro, como mi Padre ha dispuesto de él a favor mío” (Lc 22,29).

 

La división conceptual distingue tres partes en la exclamación jubilosa de Jesús: a) Acción de gracias al Padre por la revelación recibida; b) Contenido de dicha revelación; c) Invitación y llamada. Un esquema que no es nuevo. Se halla calcado en el mismo en que nos es presentada la Sabiduría (Si 51). La primera parte del esquema, la acción de gracias, tiene como punto de referencia el rechazo que los escribas y fariseos habían hecho de la palabra de Jesús. Eran los doctos de la época, particularmente los escribas, los profesionales de la Ley. El misterio del Reino no es accesible a esta clase de sabiduría humana. La acción de gracias significa en este caso concreto la aceptación o designio de Dios.

 

Y este plan no puede ser aceptado más que por aquellos que se presentan ante Dios conscientes de su vaciedad y pequeñez, con la pobreza sustantiva que caracteriza al ser humano, con la actitud humilde y búsqueda “desesperada” de algo o de Alguien que sea capaz de llenar la propia vida. Características que, por lo demás, pueden darse en la gente docta, en los doctores de la Ley, como lo demuestra el caso de Nicodemo (Jn 3,1ss). Lo que Dios no admite es que el hombre entre en petulante competencia con él. La autosuficiencia será el obstáculo mayor para que el misterio de Dios se abra a ellos. El plan de Dios puede ser aceptado o rechazado por el hombre, pero no puede ser discutido.

La segunda parte del esquema habla de Jesús como el único revelador del Padre. Y lo hace utilizando las categorías de “conocimiento” y “revelación”. La revelación de Dios, incluso en el grado del misticismo, era descrita en las religiones de la época -particularmente en aquellas que habían sido influenciadas por las corrientes gnósticas- con estas categorías. Se hablaba de un conocimiento superior de Dios que, mediante determinados ritos, introducía al hombre en el mundo de lo divino. En el judaísmo se hablaba también de este conocimiento de Dios. Pero se afirmaba que Dios únicamente podía ser conocido por aquellos que él había elegido. En definitiva, era el pueblo elegido el único conocedor de Dios. Dios le había entregado su propia revelación.

 

Jesús se presenta a sí mismo como el revelador del Padre, como la plenitud de la revelación. Y esto es posible y se justifica desde su peculiar relación con el Padre, por su vida de intimidad con él desde toda la eternidad. El evangelio de Juan lo dice con mayor claridad: “El Hijo está en el seno del Padre” (Jn 1,18: la imagen indica la máxima intimidad entre los humanos). “Hablamos de lo que sabemos, y de lo que hemos visto damos testimonio”; “lo que ha visto y oído (el que viene de arriba) eso testifica”; “el Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas” (Jn 3,11.30ss).

 

La invitación-llamada está contenida en la tercera parte del esquema apuntado más arriba. La imagen del “yugo” pertenece, en primer lugar, a la relación “esclavo-señor”. Después se aplicó a la relación “discípulo-maestro”. Las alianzas humanas, y también la divina, se expresaban con las categorías de sumisión y obediencia. Cada maestro tenía un “yugo” que imponer a sus discípulos. Pero el yugo de Cristo es más suave que el que imponen otros maestros. El texto hace referencia, en primer lugar, al yugo de la ley de Moisés, particularmente duro en su aplicación por los escribas. Este yugo se imponía a todo judío piadoso. San Pedro lo calificaría de “yugo insoportable (Hch 15,10). Y Jesús lanza duras invectivas contra los escribas por haber impuesto un fardo pesado a los hombres (Mt 23,4).

 

Mateo ha hablado ya ampliamente de las tremendas exigencias de Jesús. ¿Cómo puede afirmarse que su yugo es suave y su carga ligera? Jesús inculca al hombre el espíritu de la Ley, liberándolo de la esclavitud de la misma; manda que pidamos al Padre y nos da la garantía de ser escuchados por él; promete el Espíritu que viene en ayuda de nuestra flaqueza. Finalmente, él mismo se presenta como manso y humilde de corazón. Su yugo nada tiene que ver con la opresión, precisamente porque él viene al hombre con humildad (Mt 21,5), por el camino de la suprema humillación para hacerse uno de nosotros (Flp 2,5ss) revolucionando las estructuras, sobre todo, las de la autoridad.

 

El apóstol Pablo reflexiona muy seriamente sobre la vida nueva (segunda lectura). La primera exposición del kerigma cristiano suscitó en los oyentes de Pedro la pregunta siguiente: ¿qué hemos de hacer, hermanos? (Hch 2,37) La acción liberadora de Cristo traslada al hombre al terreno de la vida verdadera; le regala una vida nueva (Rm 6,4; 5,17s.21); el creyente es una criatura nueva (2Co 5,17). El tema de la vida nueva se adelanta en el cap. 5 y se desarrolla en los 6 y 8. En estos capítulos, de singular profundidad y belleza, los términos “vida” y “vivir” son utilizados con una frecuencia inusitada: 16 veces. Designan las nuevas relaciones entre Dios y el hombre a partir de la inserción de éste en el misterio de Cristo muerto y resucitado. Difícilmente podrá encontrarse nada comparable sobre el tema de la vida cristiana

 

Paralelamente a la vida divina, en la del cristiano deben manifestarse sus relaciones personales con Jesucristo, el Hijo, que, junto a su filiación, nos descubre  la  nuestra,  gracias  a la acción  el Espíritu  en nuestros corazones (Rm 8,14-17: no existe síntesis más profunda y precisa sobre la vida cristiana que la reflejada en este texto). Sin la acción del Espíritu no sería posible descubrir a Jesús en toda su categoría de Señor (1Co 12,3), y sin esto, tampoco conocemos su aspecto de mediador, que nos revela al Padre y nos descubre y nos acerca su vida. Para Pablo, se trata de una realidad única y triple, tan evidente como misteriosa.

 

Felipe F. Ramos

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