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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XVII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: 1R 3,5. 7-12
2ª lectura: Rm 8,28-30
3ª lectura: Mt 13, 44-52

 

Entre las dotes atribuidas a Salomón destaca su sabiduría. Para demostrarlo nuestro autor pone de relieve su aspecto de gobernante. Ha pasado a la tradición popular el llamado  “juicio de Salomón” (1R 3,16-28: no se incluye en el texto de hoy, pero todo el mundo recuerda el caso de las dos mujeres que acudieron al rey para que determinase de cuál de las dos era un niño cuya maternidad ambas se disputaban (primera lectura).

 

Lo que el texto acentúa con más fuerza es que toda esta sabiduría es un don de Dios. Le ha sido otorgada en el santuario de Gabaón, como fruto de la oración, acompañada de sacrificios. La mejor prueba de la sabiduría del rey de Jerusalén es su misma oración. Es una oración sabia e inteligente; por eso agradó al Señor. Salomón no se dejó llevar del egoísmo en su plegaria sino que pidió a Dios buen criterio para juzgar, para saber discernir entre el bien y el mal: en una palabra, pidió acierto en el arte de gobernar.

 

La respuesta de Dios habla de la largueza con que el Señor otorga sus bienes. Podríamos evocar a este propósito la “medida buena, apretada, sacudida y colmada” de que habla el evangelio (Lc 6,38). Juntamente con la sabiduría Dios otorgó a Salomón inmensas riquezas: “El rey Salomón sobrepujó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría” (1R 10,14-29). El autor del libro de la Sabiduría interpreta perfectamente la oración de Salomón cuando dice: “Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación con ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece  la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y quise que fuera, más que otra, la luz que me alumbrara, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella  me vinieron a la vez todos los bienes, me trajo en sus manos riquezas incalculables. Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la sabiduría me los traía” (Sb 7,7-12).

 

De alguna manera el evangelio de hoy continúa la trayectoria iniciada en la historia que nos ha sido narrada en la primera lectura sobre la verdadera sabiduría (tercera lectura). Desde la experiencia de los hombres afortunados, el oyente-lector de la parábola se ve envuelto en la historia narrada. ¿Cuál debe ser su reacción? La misma que la de los protagonistas mencionados. La decisión. Decisión ante el descubrimiento fortuito e intentado de aquél sueño que pueda dar sentido al sinsentido de la vida. Decisión para repetir la experiencia que ellos hicieron. Buscar más allá de la realidad inmediata, porque ésta no satisface las más profundas aspiraciones humanas. Y estar dispuesto a renunciar a todo lo que sea ante el descubrimiento esperado (Mc 6,7-9; 10,21; Lc 9,57-62; 14, 26).

 

El Reino está presente. ¿Por qué, pues, mantienen los hombres una actitud de indiferencia indolente o de abierta hostilidad frente a él. No existe más que una razón convincente: el desconocimiento de la gozosa realidad que significa y realiza el Reino. No puede amarse aquello que se desconoce. Si los hombres lo conociesen pondrían cuanto estuviese de su parte para hacerlo suyo, para poseerlo de una manera definitiva. Las dos parábolas que vamos a desarrollar conjuntamente son como el pórtico del bloque de parábolas que cobijamos bajo el denominador común de “Dos mundos contrapuestos”, que se ponen de manifiesto en estas dos; en la del amigo importuno (Lc 11,5-8); la del juez inicuo y la viuda (Lc 18,1-8); la del pan y el pez (Mt 7,9-11 y Lc 11,9-13); la construcción de una torre y la defensa del Reino (Lc 14,18-32); la sal de la tierra (Mt 5,13) y la luz del mundo (Mt 5,14-16), porque son ellas las que mejor reflejan esa realidad misteriosa que busca el hombre, incluso inconscientemente, y en la cual piensa que puede hallarse la clave para la adecuada comprensión de su vida, a la que quiere dar sentido.

Esta es la cuestión que pretenden resolver estas dos parábolas gemelas, la del tesoro escondido y la de la perla preciosa. Un obrero del campo, trabajando a jornal para un propietario, encuentra un tesoro. La escena descrita puede tener lugar en cualquier punto del mundo. En Palestina puede imaginarse más fácilmente. Porque en Palestina ha habido más ocasiones o motivos para depositar monedas de oro, plata o bronce en un recipiente de barro y depositarlas en la tierra. La franja de tierra siro-palestinense fue en la antigüedad el puente obligado por donde los grandes imperios del Oriente tenían que pasar para extender sus dominios. Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Roma ocuparon Palestina, como condición indispensable para hacerse dueños del mundo. Para las potencias político-militares sigue siendo un bocado muy apetecido hasta el día de hoy. Ante la aparición de una potencia extranjera en un país, y en las guerras intestinas, tan frecuentes en Palestina, tenemos la ocasión propicia para esconder aquello que se quiere salvar. Y ningún lugar más seguro que las entrañas mismas de la tierra.

 

El hombre de la parábola descubre un  tesoro. A primera vista nos llama la atención su manera de proceder. Pudo haberse apoderado de él sin dar cuenta a nadie. Pero prefiere hacerlo por la vía legal.  Según el Derecho romano y el judío, al adquirir el campo obtenía también el derecho de propiedad sobre el terreno. La ley judía reconocía al dueño de un campo la propiedad del suelo y del subsuelo Por otra parte, algunos comentaristas han planteado un problema moral ante la conducta de este hombre. ¿Por qué no denunció su descubrimiento al propietario de la finca? En ese caso, según el Derecho romano, el dueño de la finca y el que había descubierto el tesoro debían repartirlo a partes iguales.

 

El parabolista no plantea estos problemas de conducta moral en esta ocasión. Denunciar su descubrimiento hubiese sido un acto heroico para quien lo encontró. Y no se cree obligado a ello. Él quiere poseer todo el tesoro. Y la parábola pone el acento de su enseñanza en ese descubrimiento gozoso ante el cual todo cuanto posee, bienes muebles e inmuebles, carece de importancia. Lo verdaderamente importante era adquirir el terreno, aunque sea a costa de prescindir de todo lo demás.

 

El protagonista de la segunda parábola es un mercader de perlas. Para los orientales no existe cosa alguna más hermosa y cara que las perlas. Superan con mucho al valor de los diamantes. Como el mercader de la parábola encuentra una perla de excepcional valor vende cuanto posee para adquirirla. ¿Tenemos derecho, también aquí, a poner en duda la honradez y absoluta buena fe de este mercader?. Algunos comentaristas le han inculpado de proceder con engaño. Se valió de la impericia del propietario anterior de la perla. Sin embargo, la parábola no dice nada de eso. Más bien supone lo contrario. Supone que el comprador ha pagado la perla en su valor real. Una cantidad tal vez fabulosa. Porque un mercader de perlas no es un obrero del campo. Maneja un gran capital. Y para adquirir la perla preciosa tiene que vender cuanto posee.

 

El tesoro fue descubierto por casualidad; la perla, después de una búsqueda persistente. El tesoro queda sepultado de nuevo en el campo; la perla pasa a las manos de su comprador. Detalles importantes e incluso necesarios, si se quiere, para la historia profana. Para la enseñanza de la parábola carecen de  significación. La ausencia de estos detalles secundarios constituye un motivo más para buscar en ellos exclusivamente la enseñanza religiosa. El hombre que encuentra un tesoro debe construir un palacio, casar su hija con el hijo de algún noble... El hallazgo de la perla preciosa sería presentado como premio de la conducta bondadosa del mercader o como providencia especial para ponerla a salvo de ladrones...

 

Jesús, por el contrario, sorprende a sus oyentes, porque llama la atención sobre un punto distinto. ¿Cuál es la enseñanza común a ambas parábolas? Los protagonistas de las dos parábolas de Jesús venden cuanto tienen para adquirir el tesoro y la perla, respectivamente. De este denominador común ha querido deducirse que la enseñanza fundamental de las parábolas debe buscarse en la entrega total y sin reservas, entrega heroica, al Reino. Esto, sin embargo, no es lo que se pretende en primera línea en las parábolas. Las palabras decisivas para orientarnos en la interpretación doctrinal de su mensaje son las siguientes: Lleno de alegría (Mt 13,44). La alegría extraordinaria que conmueve a todo el hombre ante el excepcional hallazgo. Alegría que centuplica las posibilidades de acción.  Alegría que lanza al hombre hacia la posesión de un bien ante el cual todos los demás pierden categoría y valor. Ninguno de sus esfuerzos y renuncias le parecen excesivos.

 

Teniendo en cuenta lo dicho, nos parece injustificada la alternativa que a veces se ofrece en relación  con la interpretación de ambas parábolas. ¿Se trata de poner de relieve el valor del tesoro escondido y el precio de la perla preciosa, o la conducta de quienes lo descubrieron o lo compraron? La interpretación de ambos aspectos es inseparable. La postura que tomaron: renunciar a todo para la posesión del tesoro o de la perla  está justificada por el valor de su adquisición. La valía de lo adquirido justifica la decisión, y ésta no hubiese sido tomada prescindiendo del valor de lo adquirido.

 

Todo palidece ante el conocimiento del Reino. Nada puede compararse con él. La Buena Nueva fascina al hombre que la conoce. Le llena de alegría y orienta su existencia hacia la comunidad de vida del Reino. Como el jornalero que encuentra un tesoro o el mercader de perlas que, al encontrar una de excepcional valor, llenos de alegría y precisamente por esta alegría, que satisface con mucho todas sus apetencias, venden cuanto poseen para adquirir aquello que es más precioso que su vida y que, al mismo tiempo, da sentido a la existencia.

 

La parábola de la red echada en el mar (Mt 13,47-50) se divide claramente en dos partes: La imagen misma de la red echada en el mar (v.47-48) y su interpretación (v. 49-50). Su punto de vista es el mismo que el de la cizaña entre el trigo. Las dos abordan la misma realidad: el Reino considerado como un organismo cuyos miembros no todos disfrutan de la misma salud. Unos están sanos y otros enfermos Unos responden positivamente a las exigencias que la pertenencia al Reino comporta y otros actúan al margen de dichas exigencias. La separación y el etiquetamiento de unos y otros pertenecen al Señor del Reino, en cuya tarea utiliza como auxiliares a los ángeles.

 

Cuando la red echada en el mar se ha llenado, tiene lugar la selección. En este sentido debemos buscar la enseñanza de la parábola. En los tiempos de Cristo era grande la expectación del reino de Dios. Debía de estar a punto de ser inaugurado. Y esto implicaba una preparación en el pueblo. Era necesario presentar al Mesías un pueblo preparado. Pero el pueblo como tal, como masa, nunca es creador de iniciativas ni se contagia fácilmente con un ideal realizable únicamente a largo plazo y del que no tiene una experiencia concreta. Por eso nacieron las diversas tentativas para realizar la comunidad del tiempo último, del tiempo en el que aparecería el Mesías.

 

En esta línea encontramos, en primer lugar, a los fariseos. Su significado etimológico es el de “separado”. Los “santos”, que consideraban degradante mezclarse con la gente del pueblo por miedo a la contaminación: esta gente que ignora la Ley son unos malditos (Jn 7,49). Paralelamente a este grupo separatista nace el movimiento esenio, con características más rigoristas aún en su separación del pueblo y en sus apetencias de una santidad más subida. Movimiento que huye al desierto y, lejos del ruido, espera el reino de Dios en su monasterio de Qumran. Tenemos todavía otro grupo importante y relacionado con el anterior; la comunidad de la nueva alianza, que huye a Damasco, asqueada por el culto del templo de Jerusalén, que se había desviado de su pureza primitiva, para dedicarse a un culto más espiritual.

 

Cristo no encaja dentro de este separatismo religioso. Parecía increíble. Un hombre que hablaba tan estupendamente, que se llevaba a la gente de calle, que tenía una dialéctica tan formidable, que se presentaba como el enviado de Dios... Y, sin embargo, no pertenecía a ninguno de estos movimientos religiosos. No compartía sus opiniones. Todavía más: adopta una postura contraria.

 

La parábola de la red echada en el mar describe una escena arrancada de la vida diaria del mar de Galilea. El parabolista narra una pesca excepcional. La red echada en semicírculo se ha llenado de peces. La sacan a tierra y comienza la selección. En el Tiberíades se cuentan hasta treinta clases distintas de peces. Todos ellos comestibles. Sin embargo, la parábola habla también de peces malos. ¿Por qué? Solamente hay una clase de peces, el  clarias macracanthus, que no podían comer los judíos. Pero esto obedecía a una prohibición del Lv (11,10ss). Los que estuvieran exentos de dicha ley podían comerlos. ¿Por qué, entonces, los pescadores hacen una selección minuciosa y tiran unos peces que podían tener salida en el mercado vendiéndoselos a los paganos? Además, la lectura de la parábola produce la impresión de que los peces malos abundan casi tanto como los buenos. La tarea de selección se presenta como penosa. Y esta proporción resulta extraña. ¿Acaso los clarias macracanthus se pusieron de acuerdo aquel día para acudir a la red en gran número como las veintinueve clases restantes de peces existentes en el mar de Galilea?

 

El parabolista no se cuida de estas incongruencias. A veces se desvía de la realidad descrita, únicamente con la finalidad de acentuar la enseñanza a la que va encaminada la parábola. Y las cosas descritas pueden no tener otra realidad que la parabólica. Es también semejante el reino de los cielos a una red barredera que se echa en el mar... Esta traducción del texto griego nos cierra el camino a la verdadera interpretación de la parábola. Nos hace creer que el reino de los cielos es comparado con la red echada en el mar. Y esto es sólo parcialmente exacto. Cierto que puede interpretarse la parábola fundándonos en la diversidad de peces que acuden a la red, en el sentido de la universalidad objetiva del reino de Dios y de la universalidad subjetiva de cuantos acuden a él de cualquier pueblo o raza y en cualquier momento de la historia.

 

Esto es rigurosamente cierto. Pero, ¿se deduce de la parábola? Creemos que, al menos inmediatamente, no. La comparación del reino de los cielos con la red nos impide llegar al verdadero significado de la parábola. Desplaza el tono de la misma. Porque el punto de comparación, la enseñanza fundamental, no la tenemos en la red, sino en la selección que hacen los pescadores una vez terminada su faena. Nos lo dice claramente el v. 49: Así será a la consumación del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de los justos. Por eso creemos que el texto, con mayor claridad y objetividad, debe sonar de la manera siguiente: Ocurre con el reino de los cielos lo mismo que con una red echada en el mar y cargada de peces, que es sacada a la orilla para hacer la selección entre los buenos y los malos.

 

Efectivamente, el centro de interés parabólico es la selección. Esto, no obstante, no debe autorizarnos a separar la selección de la imagen que la sustenta, que es la red. Esta simboliza la tarea evangelizadora de la Iglesia. Jesús prometió a sus discípulos que los haría pescadores de hombres (Mc 1,17). La pesca milagrosa, narrada como relato de vocación en Lc 5,1-11, se convierte en Jn 21,1-14, en el símbolo de la misión de la Iglesia. Basta la comparación de la promesa: “Os haré pescadores de hombres”; “en adelante vas a ser pescador de hombres”, con el cumplimiento de la misma: “voy a pescar” (Jn 21,3). Y fueron los “siete”, representantes de la Iglesia universal -cuatro pertenecientes al círculo de los Doce, y tres al margen de ellos-. En su tarea pescan “toda clase de peces” o, en versión del cuarto evangelio, 153 peces, número que alude a la universalidad de los hombres “pescados”.

 

Se trata abiertamente de una parábola escatológica. Describe las realidades que tendrán lugar en los últimos días, en el último día. Antes no es posible la selección. Malos y buenos tienen que convivir o coexistir hasta el fin. No es posible hacer círculos cerrados con exclusivismos irritantes. Por eso es igualmente condenable el separatismo rabioso patrocinado por los movimientos espiritualistas del tiempo de Cristo.

 

Cuando afirmamos que se trata de una parábola escatológica, ¿qué significado damos al calificativo “escatológico”? ¿Algo referente al fin de los tiempos y al juicio último entendidos en el sentido habitual de las expresiones mencionadas? Creemos que no. El lenguaje, que nos obliga a pensar lo contrario, pertenece al género apocalíptico. Y en este lenguaje se unen de forma inseparable la acción de Dios con el tiempo y la forma del mismo. De ahí que la “separación” entre los peces buenos y los malos, Mateo la haya trasladado al final de los tiempos. En su filosofía esto significaba una exhortación a vivir conforme a las exigencias de las enseñanzas de Jesús.

 

La consideración de la parábola como “escatológica” no nos lleva a distinguir dos momentos: la tarea de la pesca y la del discernimiento. Los dos momentos son coincidentes. La parábola se centra en la consumación de la obra de Dios, que tiene lugar aquí y ahora. A este día de la consumación pertenece la coexistencia de buenos y malos. Y lo que es mas importante todavía. La tarea de la pesca, se realice de noche o de día, comprende todo el acontecimiento del reino de Dios. Cuando por la mañana se recoge lo capturado durante la noche por la red, todos los peces que en ella se han reunido, es seleccionado simultáneamente por los ángeles.

 

Dicho de otro modo, la imagen apocalíptica, que nos haría pensar en un indefinido tiempo posterior a la tarea de la pesca, se actualiza, tiene lugar en el mismo tiempo en el que vive aquel que opta por el Reino o lo ha rechazado. Lo mismo que la semilla se convierte en cosecha en el mismo año en que se ha realizado la sementera, así también el reino de Dios madura y alcanza su culminación en la pesca diaria y nocturna.

 

Como siempre, la reflexión paulina, en el breve texto de hoy, (segunda lectura) sitúa nuestra existencia dentro del marco de la providencia divina. Dios no se ve sorprendido por ninguna clase de acontecimientos ni  decisiones personales. Ha previsto incluso la esencia de la vida cristiana y lo ha hecho presentándonos los cinco momentos esenciales de la misma: nos ha conocido desde siempre, es decir, el Apóstol destaca, en primer lugar, el pensamiento del conocimiento amoroso de Dios; en segundo lugar afirma que nos ha predestinado, es decir, desde siempre estableció nuestra forma de vida, que debe ser organizada según la imagen de Cristo, su Hijo; se hace referencia a su obediencia absoluta, tal como lo manifiesta la muerte de cruz; cuando acentúa lo relativo a llamadaquiere que tomemos conciencia de nuestra pertenencia a la familia de Dios compuesta por hombres y mujeres y en la que todos somos hermanos y hermanas; para que esto pueda hacerse posible nos ha justificado,  creando en nosotros la recta relación con Dios y, además, nos ha glorificado, es decir, el momento escatológico, el último, el que tendrá lugar después de la muerte, es visto por Pablo con tal seguridad y certeza, que lo describe también como un acontecimiento pasado, en aoristo: ... y a los que justificó, a ésos también los glorificó.

 

Felipe F. Ramos

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