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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XVIII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 55,1-3
2ª lectura: Rm 8,35.37-39
3ª lectura: Mt 14, 13-21

 

En la primera lectura, el profeta Isaías nos invita a participar de la prosperidad que surge como consecuencia de la gran salvación proclamada como consecuencia de la visión de la gloria más allá de las humillaciones sufridas.(Tengamos en cuenta que el texto forma parte del último cap. del segundo Isaías y que en él se nos ofrecen los poemas del Siervo de Yahvé) (primera lectura).

 

Comencemos por destacar el destino universal de la promesa, que no se dirige ni a los judíos ni a los gentiles, sino a todos los sedientos. La oferta universal de la vida ya se ha manifestado en otros textos (Is 55,8; 44,1-5). Las aguas son símbolo de un tiempo nuevo y el signo de la bendición y fertilidad de la descendencia santa (Is 44,3). Una vez superada la prueba sufrida por el pueblo con  su sumisión a Babilonia, vendrá la salvación (Is 48,10; 50, 1; 52,3). Los beneficios de la redención son incomparablemente superiores a los de la humillación. La generosidad divina supera con mucho el pan y el agua del desierto y lo cambia por el vino y la leche de la tierra prometida.

 

En la vida que es ofrecida -“vivirá vuestra alma”-, el alma es una perífrasis pregnante que indica la persona, frecuentemente unida a la vida  y significa “todo el ser,  la persona  en su totalidad”.  Laalianza perpetua es la alianza  de la paz (Is 54, 10) y,  como todo  lo que es indestructible,  deriva  del Dios indestructible (Is 40,28; 45,17). La promesa hecha a David se cumplirá en Israel (2Cro 6,42). Se trata de un acto de fe (2S 7,7-16).

 

El tema de la participación en la generosidad divina continúa en el evangelio (tercera lectura). Afirmemos de entrada que la multiplicación de los panes se convirtió en la historia más difundida y que más profundas raíces echó en la predicación de las Iglesia original y en la fe que ella suscitó entre los discípulos. Los evangelistas nos cuentan seis multiplicaciones del  pan: Marcos y Mateo nos ofrecen dos cada uno, Lucas y Juan se limitan a  narrarnos una.

 

En esta narración oímos el eco del AT y de las esperanzas mesiánicas. Los libros de los Reyes nos cuentan historias semejantes: el pan o la harina se multiplicó en tiempos del profeta Elías (1R 17,9-16) y también en los de Eliseo, gracias a la palabra de Yahvé, que dice: “comerán y sobrará” (2R 4,42). Entre los bienes mesiánicos figuraba la esperanza de un pan milagroso que saciaría el hambre del pueblo como en tiempos de Moisés. A ello alude el cuarto evangelio, al narrarnos la misma historia: “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre os dará el verdadero pan del cielo” (Jn 6,32).

 

La multiplicación de los panes realizada por Jesús pretende poner de relieve que han llegado los tiempos mesiánicos. El Mesías debía dar respuesta a todas las necesidades humanas. Por eso, no bastaba narrar milagros de curación. Son incluidos también en el evangelio aquellos que presentan a Jesús como Señor frente a las necesidades externas, pero no menos urgentes del hombres: el hambre. Su señorío se extiende también sobre ella; aunque el esfuerzo humano para remediarla entre dentro del marco establecido por la providencia.

 

La esperanza apocalíptica había descrito bella y profusamente el banquete mesiánico de los tiempos últimos: “Preparará Yahvé para todos los pueblos un festín de suculentos manjares celebrado con vinos generosos” (Is 25,7). Una esperanza  cantada   como  la  felicidad  esperada  en  los mismos  evangelios (Lc 14,15) y Jesús afirma su anhelo  vehemente de participar en la comida del tiempo que se acerca (Lc 22,16).

 

Los evangelios, por otra parte, han dado un singular relieve a las comidas de Jesús. Y sus narraciones se han ido cargando de un denso contenido teológico. Aquellas comidas eran el signo del pan imperecedero, del pan vivo y que da la vida.  La comensalidad con los pecadores o la participación en la misma mesa con ellos constituían un “gesto profético” intencionado. Aquellas comidas llevaban en su misma entraña una referencia a su actividad salvadora. Al comer con los pecadores, Jesús proclamaba que había llegado la salvación de Dios. El pan ordinario se convierte en flecha indicadora  del pan eucarístico. La referencia a este plan no puede ser más clara en nuestro texto. Las palabras de Jesús: “tomó los panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo y partiéndolos...” son prácticamente las mismas de la institución de la eucaristía” (Mt 26, 26-27). En la intención de Mateo es claro que un pan hace referencia al otro. Jesús es el pan verdadero que satisface todas las necesidades humanas.

 

Como acabamos de ver, la escena tiene una densa carga litúrgica. Lo ponen también de relieve las palabras introductorias de esta historia que, a primera vista, parecen absolutamente intrascendentes. Es la única vez que Mateo nos habla de este retiro de Jesús (que, según la narración de Marcos, era su costumbre habitual). Este retiro de Jesús a un lugar solitario tiene, para Mateo, un interés cultual: Jesús sale del retiro para curar a los enfermos y alimentar milagrosamente al pueblo, después de lo cual volverá a retirarse para orar (14,23). ¿No tendremos aquí una alusión a las funciones del sumo sacerdote judío que salía de lo oculto, del Santo de los Santos, para bendecir al pueblo? (Lv 16). Jesús aparece así como el sumo sacerdote de la nueva alianza que bendice, cura y alimenta a su pueblo.

 

También debe acentuarse la esperanza según la cual, en la comunidad escatológica, la que surgió como consecuencia de la presencia del Mesías, desaparecería toda enfermedad y toda necesidad. Nuestro relato alude a esta nueva comunidad creada por Jesús. De hecho Jesús curó a los enfermos y satisfizo el hambre de los necesitados.

 

El lector de tales relatos se preguntaba, y sigue haciéndolo, si su orientación fundamental iba destinada hacia la comida en el sentido normal de la palabra. Lo curioso es que, admitiendo los relatos de este modo, en realidad se había perdido el verdadero sentido de los mismos, el porquéhabían sido contados. Ahora bien, el sentido es mostrar que el reino de Dios, a cuyo servicio se encuentran, llega a todos los necesitados, si todos comparten sus pequeños haberes con los que no tienen nada. Pero este compartir equivale a compartir con Jesús. La invitación de los relatos a participar en el amor universal a los pobres y a los necesitados arrancaba  de la predicación del evangelio de Jesús por parte de los ministros de la palabra en tales historias de multiplicaciones milagrosas.

 

Esta forma de presentar estas historias no significa que nunca en la vida de Jesús se diesen las reuniones masivas que ellas presuponen. Podría tratarse ciertamente de un puro relato de exhortación y de ejemplo; pero, dado que Jesús vivía lo que enseñaba, personalmente pudo repartir entre todos lo que él tenía y lo que recibía. Y así obraron también después los que le siguieron.

 

Como conclusión, nos parece obligado afirmar que aquel que quiera tomar aquellos hechos como realmente ocurridos e incluso en la forma como son presentados por los evangelistas, ni escucha ni comprende lo que enseñaron Jesús y los misioneros de aquella Iglesia original. De estas historias todos deben deducir que el milagro sólo consiste en repartir la propiedad, en “compartir” nuestros haberes con aquellos que los necesitan.

 

El enfoque de la historicidad no debe hacerse ni desde las razones teológicas ensayadas previamente en los relatos del AT sobre Elías y Eliseo, profetas “multiplicadores del pan” (1R 17,8ss; 2R 4,42-44) y, mucho menos, desde el contagio psicológico motivado por un “compartir” iniciado por Jesús e imitado por todos aquellos que había llevado provisiones consigo. Apuntaría en esta dirección lo que Andrés dijo a Jesús: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?” (Jn 6,9). Este detalle afirma lo contrario. El problema no puede ser resuelto desde semejantes puntos de vista. Más aún, el recurso a este “compartir” equivaldría a la destrucción del milagro. El “repartir y el compartir” es un tema obsesivo del evangelio, pero hay que buscarlo donde está. No aquí.

 

El texto de san Pablo (segunda lectura) une las esperanzas amargas con la firmeza prometida de la fidelidad divina: son mencionadas  en primer lugar determinadas realidades hostiles a la vida humana. De ellas habían sido privados muchos cristianos y, como a pesar de todo, permanecieron fieles a su fe, fueron martirizados. La mención de otros enemigos que podrían separar a los creyentes de Cristo no siempre pueden ser precisados con exactitud: los ángeles, ¿son los espíritus malos?; los principados o poderes, pueden  ser personificaciones de las fuerzas del mal; lo alto o lo profundo son factores astrólogicos; los acontecimientos presentes o futuros se refieren a la marcha de los sucesos que, sin la fe en Dios, pueden convertirse en trampas inconscientes.

 

Felipe F. Ramos

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