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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXIV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Si 27,33; 28,9
2ª lectura: Rm 14,7-9
3ª lectura: Mt 18,21-35

 

El rencor y la ira, vicios execrables, son propiedad del pecador, lo mismo que la sabiduría es propiedad del sabio. Los rencorosos y vengativos se hacen acreedores a la venganza del Señor: “No toméis la justicia por propia cuenta, queridos míos, dejadla en manos de Dios,  pues dice la Escritura:Mía es la venganza; yo daré el pago merecido (Rm 12,19) (primera lectura).

Si los hombres no olvidan los agravios recibidos de sus prójimos, tampoco Dios les perdonará las ofensas que han cometido contra él. Inversamente, quien perdona a su prójimo, se verá, a su vez, perdonado por Dios. Estas sentencias del Sirácida (del Eclesiástico o Predicador) significan la abolición de la ley del talión y constituyen un buen comentario a la sexta petición del Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas”. (Mt 6,12.14-15). “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23-24).

 

¿Cómo nos atreveríamos a implorar el perdón de Dios para nuestros pecados, si nosotros mismos no perdonamos a los demás? Sería absurdo y contradictorio. Ningún medio mejor para engendrar en nuestro interior sentimientos de clemencia que el caer en la cuenta que también nosotros necesitamos de la indulgencia de Dios. La parábola evangélica del siervo despiadado es una ilustración plástica y realista de esta doctrina.

 

Los últimos versículos invocan motivos de santo temor: el recuerdo de las postrimerías y de los mandamientos de la alianza mosaica. Efectivamente, el pensamiento de la muerte, especialmente espantosa para el pecador, y la memoria de los mandamientos, vinculantes para los que creen en el Señor, pueden ser un buen antídoto y una buena terapéutica contra la ira y el rencor.

 

El evangelio de este domingo se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. Empalma maravillosamente con los pensamientos expuestos hasta aquí.  El lector del evangelio ya lo conoce por otras palabras de Jesús (5,23ss) y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, nos lo recuerda constantemente. Los números utilizados por la pregunta de Pedro y, sobre todo, por la respuesta de Jesús, hablan de un perdón ilimitado. El patrón que se tiene delante, tanto para la pregunta como para la respuesta, es el de la venganza: Si Caín fuese vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete (Gn 4,24). La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado.

 

La venganza era una ley sagrada en todo el Oriente. El perdón, paso fundamental para el amor, era humillante. La parábola del deudor despiadado se mueve dentro de esta filosofía de la vida. Jesús niega la ley de la venganza y afirma la del amor. El amor al prójimo, incluso al enemigo, (5,44), se convierte en el mandamiento de Jesús, en el mandamiento nuevo (Jn 13,34-35). Nuestra parábola es una ilustración práctica, una especie de homilía o midrás sobre la petición de perdón recogida en el Padrenuestro  y las condiciones para concederlo (6,12.14-15). Es una “parábola del Reino”. A ello hace referencia la mención del rey y los siervos. Y, como en el AT, la palabra “siervo” significa no sólo ni primariamente el esclavo, sino todo aquel a quien había sido encomendado un cargo de responsabilidad dentro de la comunidad.

 

La parábola del deudor despiadado afirma y escenifica la ley del perdón  personificándola en el Acreedor magnánimo; condena y escenifica la ley de la venganza en el acreedor mezquino, ruin y despiadado. El centro de gravedad de la parábola está en el perdón sin medida impuesto al hombre frente a su prójimo. Debe quedar abolida para siempre la ley de la venganza sin medida, que fue la ley sagrada de la antigüedad (Gn 4,15-24).

 

La parábola es un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad, justicia. La deuda es destacada como el punto de partida: un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante. Traducida a nuestra moneda de cambio o a una orientación próxima a la misma, la suma en cuestión equivaldría a sesenta millones de jornadas de trabajo. Superaría la suma de los impuestos que, en aquella época, pagaban Siria, Fenicia, Judea y Samaría. ¿Cómo puede un “siervo” endeudarse hasta esos extremos? Observemos que esta parábola suele catalogarse entre las que son llamadas por los comentaristas parábolas extravagantes, porque la extravagancia, la absurdidad, el aspecto hiperbólico-paradójico de la parábola-metáfora la coloca el Parabolista al principio y con absoluta claridad e intención. Quiere que, desde el principio, el lector se vea incluido en ella participando en la orientación, desorientación y reorganización propias de este género.

 

El Parabolista pretende que el lector piense en la cifra más elevada que pudiera imaginarse cualquier miembro del auditorio de Jesús. Y esta cantidad tan fabulosa quiere poner de relieve una verdad fundamental en la enseñanza parabólica: la imposibilidad absoluta de aquel siervo para pagar su deuda. Este principio debe llevarle a que se aplique el caso a sí mismo mediante los tres principios mencionados: orientación, desorientación y reorganización. Al considerarlos como principios posibles de su vida le introducirán de lleno en una historia que puede ser la suya.

 

La misericordia constituye el segundo acto del drama. El deudor no podía pagar. Entonces el acreedor manda que sea vendido él, su mujer, sus hijos y cuanto poseía. Pero surge, inevitablemente, la pregunta: ¿a qué conducía la venta del deudor y de toda su familia y bienes? Según los datos que tenemos, el término medio en que eran vendidos los esclavos oscilaba entre quinientos y dos mil denarios. José fue vendido por sus hermanos en doscientos denarios, según nos dice Josefo. Por consiguiente, hay una desproporción inmensa entre la deuda y la posible compensación, ridícula en todo caso, obtenida por aquella venta. Otro rasgo “extravagante”, propio de la parábola-metáfora, directamente intentado por el Parabolista. La orden de venta dada por el rey no tiene, pues, otro objetivo que manifestar su ira e indignación ante la deuda de aquel siervo suyo.

 

El deudor reacciona de la única manera que podía hacerlo. Cae suplicante ante los pies del rey. Pide que se retrase la ejecución. Promete que lo pagará todo. Seguimos moviéndonos en el terreno de lo inverosímil y extravagante. La súplica, la petición y la promesa únicamente tienen sentido dentro de la parábola. Pretenden preparar la reacción del rey.

 

En el tercer acto se pone de manifiesto la magnanimidad del rey que, compadecido... le condonó toda la deuda. La magnanimidad del rey excede con mucho la petición del siervo. La súplica del siervo tocó el corazón del rey. Una ola de misericordia paralizó sus órdenes. ¿Conocemos algún caso semejante en la historia?

 

El último acto del drama nos abruma por su crueldad. Los casos que conocemos de la historia, de nuestra historia, están incluidos en este apartado. El deudor perdonado se convierte en acreedor despiadado. Un compañero o subordinado suyo le debía cien denarios. El denario equivalía al salario de un día (Mt 20,2). Una deuda importante pero, en todo caso, una cantidad irrisoria en comparación con la que el rey acababa de perdonarle a él. Sin embargo, él no tiene en cuenta la gracia que le acaba de ser concedida. Agarra por el cuello a su deudor y le exige que le pague en el acto. También este deudor suplica, pide y promete. Todo inútil. Y, mientras no pague los cien denarios, quedará privado de la libertad.

 

Justicia. La reacción del deudor despiadado, cuando se convirtió en acreedor, indignó a sus compañeros. Se lo contaron todo al rey. Y éste le retiró el perdón y le aplicó la justicia. El tormento de la tortura no existía en Israel. Fuera de Israel se aplicaba principalmente  en casos de infidelidad o defraudación en la recaudación de los impuestos. Precisamente por eso recurre Jesús a este término: para inculcar la terribilidad del castigo al que es sometido el deudor despiadado. Y bajo el látigo de torturadores inhumanos, vivirá ya siempre el deudor sin piedad. Porque nunca será capaz de compensar la deuda contraída con el rey.

Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de corazón. La parábola-metáfora describe la relación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. La deuda de diez mil talentos, impagable en todo caso, significa la situación del hombre pecador, a quien Dios perdona por pura gracia. El padre del hijo pródigo siempre reacciona del mismo modo ante la confesión sincera de quien quiere volver a la casa paterna: he pecado... ¡Basta con eso!.

La actitud del deudor despiadado retrata la ruindad del corazón humano. Unos a otros nos debemos cien denarios. Una ridiculez en comparación con aquello que nos ha sido perdonado. Y, demasiadas veces, agarramos por el cuello a nuestro deudor, al que nos ha dicho una verdad que nos molesta, al que no se somete a nuestros criterios, al que nos ha faltado... y queremos ahogarlo llevando nuestro odio más allá de la muerte.

 

En contra de lo que habitualmente afirmamos, la paciencia divina no es infinita. No lo es ante aquellos que no la comprenden y establecen una medida para sus deudores distinta e incluso contraria a la que Dios utiliza con ellos. En todo caso, la parábola se convierte en una amonestación a no abusar de la misericordia y de la gracia de Dios.

 

Dios abre la gracia de su perdón de una manera insospechada para el hombre. Pero retira esta ola de indulgencia jubilar ante los corazones ruines que niegan el perdón al prójimo, al hermano. ¿Y en el día del juicio? Si el deudor perdonado perdona a su vez a sus hermanos, será tratado con misericordia; si el deudor perdonado se cierra en sí mismo y se convierte en acreedor despiadado, se ha ganado a pulso la aplicación de la justicia.

 

En todos los momentos y circunstancias de la vida la relación con el Señor genera la unidad, la más profunda comunión (segunda lectura). Pablo aplica este principio a los contextos más diversos de la existencia. Los cristianos establecen esta relación con el Señor no sólo mediante los actos singulares sino en toda su vida, incluida la muerte. La muerte no es un suceso hostil al creyente, sino, entendido desde la fe, es interpretada como la entrega al Señor (Flp 2,17: “Y aunque se derrame mi sangre en libación sobre el sacrificio y ministerio sagrado de vuestra fe, me alegro y congratulo con todos vosotros”); como la ida salvadora hacia el Señor: “Celebremos, pues,  la Pascua, no con fermento viejo ni con levadura de malicia y perversidad, sino con los ázimos de la integridad y de la verdad” (2Co 5,8).

 

De este modo se genera la unidad de la vida cristiana, que comprende incluso la contraposición de la vida y la muerte: ambas pertenecen al Señor. ¿Qué diferencia puede establecerse entre la vida y la muerte si ambas pertenecen al Señor?

 

La fundamentación última de la unidad de dos realidades tan dispares y contradictorias se justifica desde el misterio pascual. A través de la muerte y resurrección Cristo se convirtió en Señor (Flp 2,9ss) tanto de los vivos como de los muertos. Difícilmente se imaginaría Pablo la muerte de Jesús como su relación de señorío sobre los muertos y su resurrección en relación con los vivos. Si nosotros pertenecermos en ambas -en la muerte y en la vida- al Señor, entonces es secundario, pasa a un segundo plano, que vivamos o muramos.

 

Felipe F. Ramos

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