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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 55,6-9
2ª lectura: Flp 1,20c-24.27ª
3ª lectura: Mt 20, 1-16

 

El profeta Isaías ha proclamado ya las grandes verdades de la salvación y la gloria que se manifestará después de la humillación. Ahora, en el cap. último de su segunda parte, del Deuteroisaías, transmite a sus lectores la invitación a participar en los bienes de la nueva alianza. Se ha dirigido en primer lugar no exactamente a los judíos ni a los gentiles, sino a todo el mundo que está sediento (primera lectura). Y afirma que la nueva “vida” ofrecida (v.3a) será participada por los gentiles. Ya lo había afirmado en el v.5 y en 44,1-5. Esta oferta anticipa el tema nuevo.

 

La proximidad de Yahvé es sinónima de la inminencia de la salvación. Así lo habían anunciado los profetas. Así lo había reafirmado Is 51,5; 46,13... No se trata tanto de una proximidad cómoda en la oración cuanto de una amonestación, como lo demuestra la primera parte del v.7. La vuelta a Sión a través del camino apuntado (Is 40,3: “Una voz grita: Abrid camino a Yahvé en el desierto, allanad en la soledad camino a vuestro Dios”), implica también la vuelta al camino de Yahvé, es decir, al camino de la vida.  Y ésta es la vida de la redención, de la conversión y del perdón. La paz de los redimidos, en el primer plano, puede ser denominada “física”, descanso físico, pero sobre todo -teniendo en cuenta el énfasis profético del pecado de Israel- debe referirse, en un segundo y más profundo nivel, a la libertad profunda del pecado; la vuelta es, sobre todo, conversión.

 

Este es fundamentalmente el trabajo que debe realizarse en la viña del Señor (tercera lectura). La parábola parte de la existencia de obreros parados que se presentaban, en la plaza pública, a la libre contratación con un propietario que necesitaba de su trabajo. Probablemente se trata de la recolección, de la vendimia. El tiempo de la jornada de trabajo estaba limitado por la luz del día, desde la salida del sol hasta la aparición de las estrellas. El jornal diario normal era un denario. Exactamente lo convenido con los trabajadores de primera hora. Junto a ellos hay otros que han trabajado en la viña desde las nueve, las doce, las tres y las cinco de la tarde. Esta diversidad en la duración del trabajo tiende a poner de relieve la enseñanza principal de la parábola.

 

Parece improbable, desde todos los puntos de vista, que una hora antes de terminarse la jornada, haya obreros en la plaza con pretensiones de ir a trabajar. Pero, repetimos, el detalle es importante para la enseñanza parabólica. Según las prescripciones del AT, el salario debía pagarse el mismo día del trabajo (Lv 19,13; Dt 24,15). El dueño de la viña manda a su mayordomo que pague a los obreros en orden inverso a como habían sido contratados. Y que todos reciban la misma cantidad. Estos dos detalles también tienen su importancia para la enseñanza parabólica. Debe comenzarse a pagar por los últimos que fueron a trabajar para que los obreros de primera hora vean que reciben un denario. Así se prepara la escena siguiente.

 

Es evidente que nos encontramos ante una parábola-metáfora, no ante una parábola-comparación. Ésta hubiese narrado la actuación normal del propietario de la viña en relación con los trabajadores que había contratado para que cultivasen su propiedad. La parábola-metáfora va cargada de “extravagancias”: nadie contrata un obrero una hora antes de terminar el horario laboral; nadie establece un salario igual para trabajos desiguales. La metáfora incluida en la comparación dinamiza el relato con todo su poder creador hasta producir “extravagancias” que nos sitúan fuera del ámbito y del baremo que regula las relaciones interhumanas normales.

 

Para los oyentes y lectores de hoy, la parábola de los obreros enviados a la viña no sólo sería extravagante; recibiría calificativos menos moderados tanto si la enjuiciase el mundo patronal como si lo hiciese el mundo laboral. Para nuestra mentalidad resulta perfectamente comprensible la indignación de los que trabajaron doce horas; el diálogo no arregla demasiado la situación porque, aparte de la inverosimilitud del mismo, la actitud del patrono resulta “caprichosa”, aunque su postura no admita una réplica justificada por parte de los que se manifiestan abiertamente en contra de su proceder.

 

La parábola podía llevar como título: Recompensa igual para un trabajo desigual. Los obreros que comienzan a trabajar a distintas horas del día no simbolizan ni los diversos períodos de la historia de Israel, ni las diferentes edades en que cada persona atiende la invitación a formar parte del Reino. Pretende únicamente poner de relieve la diferencia en el trabajo.

 

Precisamente por eso resulta completamente ilegítimo afirmar que los últimos recibiesen la misma recompensa que los primeros por su mayor aplicación y rendimiento en el trabajo. Esta interpretación destruiría la intención primera de la enseñanza parabólica -como lo afirma una parábola muy similar del rabino Zeira, que pone de relieve que los que cobraron lo mismo por menor tiempo de trabajo fue debido a que ese tiempo menor fue mejor aprovechado y rindieron tanto o más que los de primera hora-. La originalidad del pensamiento de Jesús está precisamente en la diversidad del trabajo realizado al que ha sido retribuido con la misma medida. Justamente  en esa extravagancia se halla la peculiaridad de su pensamiento. Para él, existe una nueva jerarquía de valores.

Las parábolas extravagantes tienen la finalidad de poner de relieve el cambio radical en la jerarquía humanamente establecida de valores. Él habla de un vuelco total en dicha jerarquía de valores. Y este cambio de 160 grados lo ha producido la presencia del Reino. La mezcla de lo real y de lo inverosímil hace surgir la sorpresa, el desconcierto e, incluso, la repulsa. Todo ello se halla provocado por dos concepciones distintas de la realidad. Una de ellas, regida por una justicia retributiva, que da a cada uno según sus prestaciones. La otra cuenta con una nueva valoración, que es la gratuidad del amor.

 

Ambas concepciones se enfrentan y autoexcluyen. Esta mezcla de lo verosímil y de lo inverosímil hace pensar en la implicación que se da a los cuentos de hadas entre lo real y lo maravilloso. Pero aquí el papel de lo maravilloso está ocupado por la presencia del Reino. Es él el que produce la nueva jerarquía de valores. Solamente desde la fe que exige puede ser aceptado este cambio en la jerarquía de valores. El centro de interés de esta parábola “extravagante” está, como hemos dicho ya de varias maneras, en el cambio radical de la jerarquía humanamente establecida de los valores por la presencia del Reino. ¿Cuáles son las claves que nos descubren el mencionado cambio?. Aquí, como es lógico, las interpretaciones se diversifican. La respuesta para nuestra finalidad sería la siguiente:

 

Como el dueño de la viña es Dios, la parábola pone todo su acento en la liberalidad soberana de su actuación independiente. Actuación divina que, juzgada con criterio humano, resulta incomprensible, pero lógica. ¿Quién puede pedirle cuentas de su conducta?. El hombre es siervo (Lc 17,7-10). No puede presentarse ante el Señor con pretendidos derechos. La recompensa que Dios otorga al hombre será siempre pura gracia. Cierto que el Apóstol, al final de su vida, espera “la corona de justicia” (2Tm 4,7). Pero este premio tiene su último fundamento en la gracia, previamente concedida por el Señor.

 

La conclusión de la parábola es, pues, la siguiente: Dios obra como el dueño de la viña en la parábola que, por su bondad, se compadeció  de aquellos hombres y de sus familiares e hizo que, sin merecerlo, también llegase a ellos un salario desproporcionado a su trabajo. Pura gracia del Señor. Así es Dios. Así de bueno para con los hombres.

 

El Reino viene cuando, en un mundo endurecido por la prestación-gratificación -obreros y patronos que intentan exprimirse lo más posible unos a otros- la bondad de Dios reclama para otros el derecho a la salvación. En otro lugar viene cuando un padre restituye en todos sus derechos al hijo pródigo. O cuando un rey perdona una deuda imposible de saldar. O cuando un samaritano encarna la compasión que niegan al necesitado de ayuda el sacerdote y el levita o la observancia estricta de la Ley, una ley que había asfixiado el espíritu. O cuando un patrón envía a su hijo a sus viñadores rebeldes y homicidas.

 

El apóstol Pablo, fiel a Cristo hasta la muerte (segunda lectura), experimenta la victoria en esa actitud. Pero esta postura de Pablo nos crea una dificultad. La muerte, ¿no contradice sus sentimientos de victoria? Su muerte supondría una irreparable pérdida parta la comunidad. Pablo resuelve la dificultad con una frase difícil de entender para nosotros: Para mí la vida es Cristo.

 

Una posibilidad de significado sería la siguiente: “Mi vida terrena tiene sentido porque está al servicio de Cristo”. Probablemente esta interpretación requiera una precisión ulterior en el sentido siguiente: Así como el servicio a Cristo durante su ministerio ha sido una participación en la eternidad, del mismo modo la muerte ha quedado devaluada. Y este aspecto se halla justificado por lo que significa para Pablo la muerte y resurrección de Cristo.

 

En todo caso Pablo pone de relieve lo que él considera como lo más importante para los destinatarios de la carta, su máxima preocupación por ellos y su deseo más ardiente de ayudarles. Condena el aspecto egoísta de la religión y desea la práctica de la fe verdadera: el desprendimiento del propio yo. Y ¡cómo se unen en esta fe la añoranza por la vida eterna y la tarea querida por Dios para el momento presente!.

 

Felipe F. Ramos

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