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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXVII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 5,1-7
2ª lectura: Flp 4,6-9
3ª lectura: Mt 21,33-44

 

El pasaje de Isaías (primera lectura) es un poema en forma de parábola cuya interpretación se reserva para el final y cuyo inicio (v.1-4) se parece a la balada de un trovador cantando en una fiesta.¿Utiliza el profeta un canto de vendimia?. El profeta comienza a cantar en la fiesta de un amigo un canto teniendo como punto de referencia al amigo viñador. Era un excelente viñador. Plantó su viña en un collado soleado y fértil, del que eliminó todos los obstáculos que pudieran oponerse a la copiosa producción esperada. Además la cercó debidamente y levantó en ella una choza para el guarda.

 

Dados los antecedentes, podemos imaginar la tremenda desilusión al ver en las cepas lo contrario a lo que él había esperado: uvas inservibles para producir un vino sabroso, agrazones. Ante este resultado el mismo profeta invita a sus lectores-oyentes a que emitan un juicio sobre aquella realidad inesperada. Al propietario no se le podía inculpar de nada. Por tanto, lo único justificable era arrancar la plantación.

 

Al final del poema parabólico (v. 5-7) se pone claramente de relieve que Isaías no está hablando de una viña normal de un amigo en su fiesta. La viña es Israel. Dios derramó sobre su pueblo la gracia y todos los cuidados de su amor. Tenía derecho a esperar el fruto de la justicia y la rectitud. En lugar de ellos su cuidado terreno había producido injusticia y opresión, espinas y zarzas, agrazones. La actitud adecuada era que Dios destruyese sus defensas, que abandonase los cuidados por la viña, abandonarla a su propia suerte.

 

El evangelio es una explicación del poema en forma de parábola de Isaías, por la aplicación real y concreta de Jesús, mediante una parábola muy similar a la conducta del hombre ante la invitación divina (tercera lectura). Estamos ante una parábola singularísima. La historieta que nos cuenta no se refiere a un caso ocurrido en el pasado y que puede generalizarse aplicándolo a cada momento de la historia o de la vida de cada hombre. Pero si esto es así, ¿por qué la tenemos en el evangelio? ¿Por qué es el Evangelio o una ilustración del mismo?. Su poder referencial, más allá del acontecimiento ocurrido, lo tenemos en el v. 41: “!Le respondieron: “Hará perecer de mala muerte a aquellos malvados y arrendará su viña a otros colonos, que le darán los frutos a su debido tiempo”. En él se dinamiza la parábola y adquiere su poder de significación.

 

La viña es una metáfora familiar al AT para designar a Israel. En la pluma de los evangelistas la parábola se ha convertido en una acerba crítica a la actitud de los dirigentes judíos contra Jesús. Su hostilidad frente a él debe ser enmarcada en la actitud de rechazo, de repulsa y malos tratos dados a los mensajeros enviados anteriormente por Dios a Israel.  La parábola de los viñadores homicidaspresenta a Jesús como  la última llamada dirigida por Dios a su pueblo. También Él fue rechazado. También esta voz fue desoída. Desoída y silenciada violentamente. Pero se convirtió en el fundador de una nueva comunidad heredera del Reino y servidora del mismo.

 

La parábola la refieren los tres sinópticos. Cada uno con sus propias características. Más que una parábola es una alegoría, una metáfora continuada. El ropaje literario que nos transmite la enseñanza de tipo religioso es de una sencillez y de una plasticidad extraordinarias. Todavía hoy podemos comprobar en Palestina muchos de los detalles que adornan la parábola. El muro que sirve de cerca de las viñas. Un muro construido con piedras sueltas, sin conexión entre sí, pero colocadas con una maestría admirable. Y también la torre. Aunque nosotros no la llamaríamos así. Porque se trata, más bien, de una caseta redonda y sin techo, construida también con piedras sueltas. En el tiempo de las uvas se la cubre de follaje y se convierte en la habitación-refugio del guarda de la viña. El lagar cavado en la viña, al menos hoy, resulta un mero motivo ornamental de la parábola. Acentúa el singular cuidado y la gran ilusión que el dueño tenía en su viña. Ni la cerca, ni la “torre”, ni el lagar tienen una correspondencia alegórica. No debe buscarse un significado especial en estos detalles.

 

La fijación de nuestro relato dentro del género parabólico es unánime. La razón de ser presentada como una alegoría está en que existen buenas razones para pensar así. El relato contiene una serie de rasgos que, uno tras otro, trasladan las imágenes o metáforas del terreno figurado al plano real: la viña es Israel; el dueño es Dios; los arrendatarios son los dirigentes judíos, representantes del pueblo elegido; el hijo querido es Jesús; los siervos enviados son los profetas y otros mensajeros de Dios. Estas correspondencias son reales. Se hallan directamente intentadas en la narración. Éstas son las razones, indiscutiblemente de peso, que catalogan nuestra historia dentro de las alegorías.

 

A pesar de lo dicho creemos que estamos ante una parábola. Ella se sostiene por sí misma como una historia dramática. En ella se invita a los oyentes-lectores a someterse ellos mismos al juicio que se merecen en cuanto nuevos arrendatarios de la viña.

 

Otra cuestión bien distinta es si Jesús pronunció la parábola tal como nosotros la leemos. Es evidente que ella no reproduce la historia tal como Él la contó. Hay muchas razones que nos obligan a pensar así: la cita del Sal 118,22-23 está hecha según la versión de los LXX, no utilizada por Jesús; la cita es aplicada a Jesús en Hch 4,11 y en 1Pe 2,7; el conocimiento sobrehumano y la pretensión claramente mesiánica de los v. 37-39: la aplicación del último mensajero a Jesús,  está fuera de la óptica de Jesús y pertenece al tiempo de la reflexión teológica de la Iglesia; la posible alusión a la destrucción de Jerusalén y a la misión a los gentiles, que resulta fácil descubrir en el v.41... Particularmente en el evangelio de Mateo (21, 41.43) estos versículos reflejan la convicción cristiana de que la identidad del pueblo de Dios y su lugar dentro del Reino han emigrado de Israel a la Iglesia. Los “otros” son, evidentemente, los gentiles.

 

Todo nos obliga a pensar en una elaboración de la parábola original. El alegorismo mencionado nos sitúa en la misma realidad que acabamos de mencionar. Teniendo en cuenta todos los puntos y aspectos que han desfilado ante nosotros llegamos a la conclusión de encontrarnos ante una parábola de Jesús, profundamente elaborada posteriormente para reflejar la realidad cruel de la historia de un pueblo que no supo responder a la elección que Dios había hecho de él como instrumento y vehículo del mensaje que le había encomendado. Se deleitó en la distinción privilegiada que supone la elección y la vocación. No comprendió que la elección-vocación Dios la concede al llamado no para sí mismo, sino para que se convierta en principio de bendición para los demás. Es el fundamento que se halla presente y patente en la historia de la salvación desde Abrahán hasta que tenga lugar la culminación final (Gn 12,1ss).

 

La parábola contiene algunas anomalías, cosas que no se dan en la vida de cada día. Por ejemplo, un hombre que planta por sí mismo una viña no es un potentado que pueda permitirse el lujo de hacer largos viajes y pasarse muchos años en el extranjero, viviendo únicamente de la renta de la viña plantada con su esfuerzo personal. Las anomalías, inverosimilitudes e incluso “extravagancias” pertenecen a los rasgos parabólicos e incluso, a veces al menos, a la naturaleza de la parábola. A la sorpresa del detalle mencionado habría que añadir otros más importantes: el trato recibido por los tres enviados del dueño de la viña está intencionadamente presentado como significativo de la actitud de aquellos arrendatarios. Va de menos a más. Su crueldad va en aumento: desde los malos tratos, pasando por las heridas, hasta llegar a la muerte. Y después de la experiencia de los tres primeros mensajeros, ¡todavía envía otros muchos, que corrieron la misma suerte!. Y después de tantas experiencias amargas, ¡envía a su Hijo! Esto excede los límites de lo verosímil y llega a lo extravagante.

 

Lo verdaderamente importante de la alegorización es el proceso de la misma. En nuestro caso lo alegórico no procede del terreno literario como imagen para describir una realidad distinta. Aquí el punto de partida no es el imaginativo, sino lo real, lo ocurrido, lo histórico, es decir, el rechazo de Israel. Esta experiencia tan negativa es la responsable, la originante de la parábola-alegoría. Pertenece a la historia del arrendamiento de la viña y la negación de la renta establecida. Lo mismo que el hecho de la redención y de su ineficacia por falta de la respuesta adecuada. No pertenece a la historia el envío de tantos mensajeros maltratados y, no obstante, la misión final del Hijo. Esto pertenece a la teología.

 

En cualquier caso la parábola-alegoría no evita las incongruencias. Precisamente porque no tiene por objeto deducir una argumentación de una situación o escena que realmente haya tenido lugar. Intenta que los lectores se fijen en los elementos principales a los que va vinculada la enseñanza. Desde el profeta Isaías, el tema de la viña aparece frecuentemente en la literatura bíblica como símbolo de Israel (Is 5,1-4). Jesús calcó su parábola sobre esta alegoría de Isaías. Tanto uno como el otro describen la viña en condiciones magníficas para producir frutos abundantes. Una viña que debía estar en el momento de la máxima producción.

 

A lo largo de la historia de Israel levantaron su voz los heraldos del Espíritu. Cierto que no todos fueron maltratados. La viña no siempre dio agrazones. Pero los años de abundancia no constituyen una compensación suficiente a los trabajos y desvelos del duelo de la viña. En la historia de Israel pesan más, mucho más, las infidelidades que sus días de fervor. Los malos tratos recibidos por  los siervos del dueño de la viña están justificados históricamente si pensamos, por ejemplo, en el profeta Eliseo, en Jeremías o en el Bautista...

 

Por fin, envía a su Hijo “querido”. Este calificativo le fue dado a Jesús por la voz del cielo en su bautismo (Mt 3,17) y en la transfiguración (Mt 17,5). Tanto Marcos (1,11; 9,7) como los lectores del evangelio en general identificaban necesariamente a Jesús con el hijo.

 

Junto a la misión del Hijo destaca la actitud de los colonos que tenían la viña en arriendo. Tanto Mateo como Marcos nos dicen que la parábola fue propuesta a los miembros del Sanedrin, a los administradores de la casa de Dios, especialmente a los miembros sacerdotales del Sanedrin. Estos últimos colonos no servían a la viña, sino que se servían de ella, la explotaban. Se habían trazado un plan de vida al cual debía ajustarse Dios mismo. No podían tolerar las pretensiones absurdas del  Hijo, que amenazaba con la destrucción de su casa, del templo, para entrar él mismo a sustituirlo. Era blasfemo, para ellos, considerar el régimen de la Ley como transitorio. Y de este modo se opusieron a la Ley y a Dios. Y como el Hijo constituía una amenaza para ellos le dan muerte. No son mencionadas ni la crucifixión ni la resurrección. La expresión “le echaron fuera de la viña” puede hacer referencia a Hb 13,12: “Jesús sufrió fuera de la puerta”, en alusión al lugar de la crucifixión que tuvo lugar fuera de los límites de la ciudad de Jerusalén.

 

Llegó el límite de la paciencia. El dueño de la viña, el Padre, no puede tolerar por más tiempo que su viña, en lugar de uvas, siga dando agrazones. La viña será dada a otros, que no representan a Israel en su destino histórico, nacional, sino únicamente en cuanto objeto de la acción bienhechora de Dios sobre ellos. Al Israel histórico le sucede el Israel de Dios (Ga 6,16). Los nuevos viñadores son, en general, los cristianos que han entrado en el Reino, sucesores espirituales del antiguo Israel. Y a todos se dirigen también las palabras del dueño de la viña: “¿Qué más podía yo hacer por mi viña que no lo hiciera?. ¿Cómo, esperando que diese uvas, dio agrazones?

 

El final de la parábola: “entendieron que la había dicho por ellos” es infrecuente en forma tan directa. Es un final típico del género de controversias donde los enemigos perciben que han sido desenmascarados.

 

El pasaje de los Filipenses (segunda lectura) insiste en la despreocupación. En su lugar recomienda el Apóstol la oración, la adoración constante, la acción de gracias y la súplica a Dios. La consecuencia del cambio aparecerá en la paz de Dios. Nadie puede obtenerla por el propio esfuerzo; es un don de Dios. Pero nos llegará si suplicamos que nos sea concedida, si actuamos con benignidad, si recurrimos a la oración, si abandonamos la preocupación. Como un guerrero armado cuida un acceso importante, así protegerá el Señor las puertas de nuestro corazón y la marcha de nuestros pensamientos, para que el enemigo no llegue a tomar posesión de nuestro interior.

 

Esta actitud nos sitúa por encima del nivel psicológico o simplemente espiritual. Estar oculto en Dios, está más allá de los pensamientos y representaciones terrenas. Es realidad “en Cristo Jesús”. La fe en él es el arma que defiende nuestra vida personal para que poseamos la paz de Dios: “a los que por el poder de Dios habéis sido guardados mediante la fe, para la salud que está dispuesta a manifestarse en el tiempo último” (1Pe 1,5).

 

El mundo no divide la vida de los cristianos en una esfera pagana y otra religiosa. El ideal de este mundo, lo verdadero, lo noble, lo justo... es una especie de parábola y una clara expresión de lo último a lo que ellos aspiran, la obediencia a Cristo. La Iglesia cristiana no puede enseñar sin el ejemplo personal. No son los “principios” los que caracterizan a un cristiano, sino la fuerte influencia de su vida personal, cuyo último origen está “en el Señor”.

 

Felipe F. Ramos

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