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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXX

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Ex 22, 21-27
2ª lectura: 1Ts 1,5c- 10
3ª lectura: Mt 22,34-40

 

A los diez mandamientos -la Torá en su exigencia fundamental- le sigue una serie de prescripciones de tipo social que tienen la finalidad de proteger al indefenso. Todas ellas se hallan reforzadas por una dimensión religiosa. Las mencionados brevemente a continuación: el “forastero residente” (= ger), que serían, más o menos, los emigrantes de nuestros días o los desplazados de su tierra por muchos tipos de carencias o de problemas. Ante ellos los israelitas deben recordar su condición pasada antes de llegar a la tierra de la promesa.

 

Las “viudas y los huérfanos” son personas débiles en su condición; son incapaces de hacer sus derechos por sí mismos. La obligación de atenderles tiene su justificación en que Dios escucha su clamor y los defiende. En este apartado entran, de una manera general, “los pobres” que, por necesidad, se ven obligados a empeñar los bienes fundamentales para la subsistencia e incluso  a hipotecar sus personas a la esclavitud. El “código de la alianza” los defiende de la usura: dentro del clan, de la tribu o del pueblo no hay lugar para prestar dinero por interés ni a aprovecharse del necesitado en bien propio.

 

Al que ha tenido que dejar como prenda para recibir un préstamo su vestido, el manto... se le debe devolver cuanto antes, a ser posible el mismo día. Dos razones determinan esta exigencia: la primera es que no tiene con qué cubrirse para pasar la  noche y la segunda es que Dios es misericordioso y quiere que la misericordia se ejercite en el pueblo de la alianza.

 

Llama la atención que en este conjunto de normas sociales, se recoja la prohibición del maldecir al jefe del clan, de la tribu o del pueblo (el nasi) -aunque en la liturgia de hoy no figure explícitamente tal prohibición-. La razón de la misma es que él es el representante del clan, de la tribu o del pueblo y ejerce en nombre de Dios una función de servicio a la comunidad.

 

El evangelio de hoy (tercera lectura) es una buena ampliación y justificación de las normas sociales y religiosas recogidas en la primera lectura. Los saduceos mandaban más, pero sabían menos, como ocurre con frecuencia. Derrotados fácilmente los primeros en el terreno académico por Jesús, al que habían pretendido oponerse en el terreno decisivo de la resurrección, recurriendo a la ley del levirato expuesta en el caso concreto de los siete hermanos que había tenido sucesivamente la misma mujer -una parodia muy bien urdida- (Mt 22,23-32), los fariseos intentan apropiarse un tanto mas a su favor derrotando al que había dejado fuera de combate a sus oponentes. Su portavoz debía ser un primer espada en cuestiones legales. Es llamado con toda intención “un hombre de la Ley (=nomikós, en griego, como expresión de la persona que la encarnaba y se sentía determinado por ella). Es la única vez que Mateo utiliza esta término, por extraño que parezca. Lucas, menos familiarizado con el mundo judío y más cercano al griego, la emplea seis veces.

 

El “nomikós” sería el equivalente a los juristas o a los halakistas (los hombres del derecho o de la halaka). La única dificultad para identificarlos sería que esta terminología pertenece al tiempo posterior a Jesús. Ente sus contemporáneos no había adquirido esta cualificación especial. El “nomikós” era sinónimo de escriba normal. El que se dirigió a Jesús podía destacar sobre los demás por su mejor preparación y mayor especialización en el terreno de la Ley.

 

Si los árboles impiden ver al bosque, la multitud de prescripciones o prohibiciones imposibilita descubrir el principio supremo que las justifica y unifica. El hombre pierde su unidad y vive fragmentado. Disperso en múltiples compartimentos incomunicados a los que debe atender desde una conciencia atormentada. Sin un principio unificador, la vida se autodestruye por una múltiple división en parcelas insignificantes, que el hombre no puede cultivar debidamente. Ocurrió en los tiempos de Cristo con los 613 mandamientos que, según se decía, derivan de la Ley.

 

Efectivamente, la Sinagoga reconocía existencia de 613 mandamientos. La inmensa mayoría era considerada como preceptos mosaicos y, practicamente, coincidía con las letras que componen la palabra Torá: La T o  “la tau” designaba el número 400; la R o “la res”, el 200; La V o “la wau”, el seis y la “H” aspirada, el  cinco; en total 611. A ellos había que añadir los don mandamientos divinos: “Yo soy el Señor, tu Dios” y “No adorarás otro Dios fuera de mi”. En total resultan los 613. Entre ellos se establecía una subdivisión: 248 eran preceptos positivos: indicaban lo que había que hacer; los otros 365 eran preceptos negativos: indicaban lo que había que evitar. La suma de las dos clases también da el número de 613.

 

Más difícil era distinguir unos de otros teniendo en cuenta su importancia. Unos eran “leves” y otros “graves”. Los primeros se llamaban así porque el perdón de los mismos era fácil de obtener mediante el recurso a la penitencia. Se consideraban “graves” aquellos que podían ser castigados con la muerte, por ejemplo el homicidio, la impureza, la profanación del nombre divino o del sábado. Esta catalogación había creado otras designaciones: unos mayores o más importantes, otros menores o menos importantes; incluso se distinguía entre los más pequeños, los insignificantes (Mt 5,19) y el más importante, tal como leemos en el texto evangélico de hoy: el mayor es el amor a Dios; a él se le añade como segundo el amor al prójimo (Mt 22,36-39).

 

Lo que ocurrió en tiempos de Cristo, ocurre en todos los tiempos. ¿Cuál es el mandamiento supremo? La triple versión sinóptica del evangelio recoge esta cuestión que le fue planteada a Jesús. De buena fe, según el relato de Marcos (12,34: le fue planteada por un escriba “que no estaba lejos del reino de Dios”, según las mismas palabras de Jesús. De mala fe, según la narración de Mateo y también la de Lucas (Lc 10,25). No sabemos con exactitud en qué sentido podía ser una “prueba” para Jesús la cuestión planteada. ¿Se le negaba la habilidad o competencia para pronunciarse en estos asuntos? ¿Se pretendía provocar su decisión a favor de unos mandamientos que considerase más importantes que otros? Probablemente aquí estaba la encerrona, porque esto permitiría a sus enemigos acusarlo de hacer discriminaciones en los preceptos de la Ley y, en el fondo, de irrespetuosidad frente a ella.

 

Por principio, el planteamiento del problema era legítimo si tenemos en cuenta el  número y la división de los mandamientos atendiendo a su categoría. No había unanimidad a la hora de inclinarse por el más importante de todos. Podía haber diversidad de opiniones. Pronunciarse sobre el tema podía introducir al que se atreviese a hacerlo en un sinfín de problemas que comprometía  su categoría magisterial.

 

La respuesta dada por Jesús no era nueva. Está en la línea de la enseñanza constante (5,7-10. 21-26; 6,12-15: 7,1-2; 18,35). El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios. Jesús unifica dos preceptos que, en la Ley, se hallaban separados: el amor a Dios (Dt 6,5) y el amor al prójimo (Lv 19,18). En el tiempo de Jesús ya se habían unido y Jesús se pronuncia por la necesidad de mantenerlos así. Como principio elemental de la conducta moral (aspecto acentuado por Marcos) y como principio abstracto, casi en el terreno académico (según la versión de Mateo).

 

No obstante, la adición del segundo mandamiento al primero no se hallaba dentro de la pregunta que le había sido dirigida a Jesús.  Si él lo hace es para poner de relieve la categoría de su persona, que no duda en colocar el amor al prójimo al lado del amor a Dios. Aspecto que subrayará en la parábola sobre la auditoría general en la que Jesús se identifica con los que han creído en él y han manifestado su fe realizando las obras buenas consideradas como las más necesarias en la época (Mt 25, 40. 45).

 

Nos encontramos ante un reduccionismo necesario elevado a la categoría de principio general conforme al cual debe revisarse siempre la vida cristiana.  Los rabinos intuyeron con gran sutileza estos matices esenciales: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; éste el principio fundamental de la Ley” (R. Aquiba, hacia el año 135). Debemos alabar la habilidad de los rabinos que se manifestaba en sintetizar las diversas prescripciones de la Ley en fórmulas precisas y de permanente actualidad: “No hagas al otro lo que te desagrada a ti. Esto es toda la Ley, lo demás no es más que un comentario”. ¿No conocerían lo que nosotros llamamos la regla de oro establecida por Jesús? (Mt 7,12).

 

La Ley y los profetas penden, están como suspendidos de estos dos mandamientos. Como la puerta gira sobre su quicio. No se trata, por tanto, de establecer una distinción entre los mandamientos o prescripciones de la Ley. Si la Ley expresa la voluntad de Dios es imposible establecer distinciones. Jesús afirma que todo lo demás, que al hombre le es exigido desde la Ley, debe ser deducido de estos dos mandamientos. Estamos, por tanto, ante el necesario principio unificador que resuelve tanta dispersión legal o ritual. Nuestra más cordial gratitud al Maestro por haber establecido este reduccionismo unificador e iluminador.

 

Pablo se complace en recordar la eficacia de su predicación en la comunidad, la alegría con que la recibieron en medio de tantas luchas (segunda lectura). Dios y su Espíritu entraron en ellos con todo su poder. Fue una demostración del principio de las “elección” manifestado en Tesalónica. Donde los hombres pasan de las tinieblas a la luz es que se ha realizado un milagro de Dios. Porque la acogida cordial de la Palabra expresa la entrada en la imitación de Jesucristo. Y esto, a su vez, resulta contagioso; la experiencia personal y comunitaria se extiende por sí misma a cuantos entran en contacto con ellas.

 

El objetivo alcanzado por la predicación de aquel pequeño grupo de tres misioneros, Pablo, Silvano y Timoteo, produjo una completa transformación en sus vidas. El  Apóstol lo resume así: Paso de los ídolos al servicio del Dios vivo, es decir, aceptación auténtica de la fe cristiana, y, como consecuencia, la esperanza de la vuelta desde el cielo de su Hijo Jesús, cuya resurrección significa la liberación del castigo futuro.

 

 

Felipe F. Ramos

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