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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXXIII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Pr 31,10-13. 19-20. 30-31
2ª lectura: 1Ts  5,1-6
3ª lectura: Mt 25,14-30

 

La liturgia de la palabra se inicia hoy con un poema alfabético que comprende los versículos que van desde el 10 al 31. Constituyen un acróstico de la mujer virtuosa. Este género literario es utilizado frecuentemente en la poesía hebrea (Sal 9-10; 25; 34; 37...). El poema alfabético que tenemos delante canta las virtudes y celebra las cualidades de la buena ama de casa. Fray Luis de León dedicó a estos versos un hermoso comentario, titulado “La perfecta casada”.

 

La mujer virtuosa es definida en los términos de la economía doméstica de aquel tiempo. Las exigencias antiguas serían inservibles para los tiempos modernos. Habría que adaptarla, por las exigencias de la “inculturación”, a un nuevo modelo en el que se expresase “la perfecta casada” celebrada por Fray Luis de León.

 

La mujer virtuosa celebrada en el libro de los Proverbios considera al ama de casa desde su iniciativa, inventiva, ingeniosidad y demás características industriales de un administrador previsor. En su calidad de ama de casa se la exigía un grado de independencia acorde con sus capacidades: “su marido se fía de ella y no le faltan riquezas”. Debe notarse que esta clase de cuidados y actividades es alabada en el contexto de una sociedad en la que los derechos individuales de la mujer legalmente estaban muy disminuidos. Esto significa que la motivación principal de “la mujer virtuosa” de entonces era el nombre o el prestigio de su marido y de su familia en general.

 

Con todo el autor no descuida otros aspectos más humanitarios, como es la caridad hacia los necesitados y los pobres. Más aún, el poema termina con una alusión al temor de Dios, que está por encima de la gracia natural y la hermosura, y que debe informar de sentido religioso toda la vida de la perfecta casada.

 

El evangelio nos sitúa hoy en el campo de una responsabilidad en orden a administrar los talentos que nos han sido concedidos por el Propietario a quien pertenecen (tercera lectura). La parábola de los talentos referida por Mateo es gemela de la que nos ofrece Lucas sobre las minas(19,12-27). Las dos proceden de la fuente Q. La finalidad fundamental de ambas es inculcar la responsabilidad de los cristianos y su formas de vida antes de que sean llamados al último encuentro con el Hijo del hombre. Cada evangelista ha reelaborado la parábola procedente de la fuente Q. No deben olvidarse, sin embargo, las referencias o vestigios sobre la necesidad de la vigilancia que son denominador común de la enseñanza de Jesús y de la Iglesia (Mc 13,34, donde tenemos el mismo tema y prácticamente el mismo esquema que en ambas parábolas). Las dos parábolas son el recuerdo de la tesis siguiente: al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado (Mc 4,35; la forma pasiva de la expresión indica que es Dios el autor de la acción).

 

La parábola evangélica se halla en la misma línea de la  del administrador fiel (Lc 12,41-46) o de la del siervo responsable (Mt 24, 45-51). Son términos prácticamente intercambiables. El siervo no es sólo un esclavo, sino todo aquel que ha sido elegido por Dios para una misión o un encargo de responsabilidad. En el caso presente se acentúa la responsabilidad personal de cada creyente en el cumplimiento de su deber. Debe tener en cuenta que sus “talentos” -la palabra que utilizamos en nuestra lengua “talento”, tiene su origen en esta parábola- constituyen un bien que le ha sido confiado, no una recompensa debida a su comportamiento excelente ni a sus méritos especiales.

 

La remuneración será proporcionada a la aplicación que haya puesto en la fructificación de los talentos recibidos. De ahí la implacable necesidad de acatar las órdenes del Señor, y cumplirlas, poniendo en ello todo el ardor y capacidad de trabajo que el mismo Dueño ha regalado a sus siervos. Sin pretendidas exigencias, pero con la esperanza consoladora y estimulante de que el Señor premia el esfuerzo personal desplegado en hacer fructificar el capital que nos ha confiado. Así lo enseña la parábola en cuestión sobre los “talentos”.

 

Originariamente, en labios de Jesús, fue un reproche al estancamiento religioso; un ataque al fundamentalismo saduceo, sobre todo, y el atrincheramiento en los postulados del pasado, que se opone a la evolución impuesta por el ritmo de la vida. Así lo hace suponer la expresión “les entregó”, “me entregaste”, repetida dos veces (v. 14.20.23), que pertenece al argot de la “tradición”. La parábola es, pues, plenamente actual.

 

Mateo la elaboró desde la necesidad de inculcar la vigilancia, ante el retraso de la parusía:Después de mucho tiempo, volvió el amo (v.19). No debe decaer la fidelidad y el esfuerzo exigidos a los “siervos” en su trabajo por la tardanza en la venida de su Señor. El Señor volverá y retribuirá a cada uno según su trabajo y fidelidad. Esta venida última, para cada creyente, tiene lugar el día de su muerte, en el momento de su último encuentro con el Señor en este mundo.

 

El reparto desigual que un hombre rico hace de sus talentos entre sus siervos pretendía ante todo, así lo cuenta la parábola, hacer que su capital fructificase en manos de sus criados. Para ello tiene en cuenta su capacidad de trabajo y su habilidad para negociar. Los dos primeros siervos de la parábola duplican el capital inicial que se les había confiado. No se nos dice cómo. Sencillamente porque no interesa para la lección de la parábola. El verbo “ganar” se aplica en el lenguaje religioso a la permanencia esforzada de los convertidos en el campo de la conversión.

 

El capital entregado a cada uno difiere en Mateo. A uno le encomienda cinco talentos, a otro dos y al tercero uno. Una cantidad enorme, equivalente al salario que se podría ganar en ciento cincuenta años, en sesenta o en treinta, respectivamente. (El talento equivalía a 60 minas; la mina a 100 dracmas; y la dracma de plata pesaba 66 gramos. Con la devaluación de la dracma, el talento de plata valía 10.000 dracmas).

 

Mateo pasa inmediatamente de la comparación a su significado. El reconocimiento de la habilidad desplegada y del premio proporcionado recibido es típicamente mateano. La recompensa descrita en la parábola implica una referencia claramente religiosa. Entra en el gozo de tu Señor. Este premio concedido a los siervos fieles, y precisamente por su fidelidad laboriosa a las consignas  de su Señor,   significa claramente  la vida eterna,  el reino de Dios (Rm 14,17). El calificativo “fiel” es sinónimo aquí de “digno de confianza”, “arriesgado” y también “creyente”.

 

El que así habla necesariamente debe ser el Hijo del hombre en su actitud de juez. Y únicamente por tratarse de realidades sobrenaturales, los talentos duplicados se consideran comopoco. El tercer siervo deja improductivo el capital de su señor. Y arguye, además, de una manera insolente buscando así disculparse. No se ha atrevido a correr el riesgo. El talento  no ha fructificado en sus manos, pero se lo devuelve íntegro. El Señor le responde duramente. Le ha defraudado. También él conocía el riesgo, pero contaba con la diligencia fiel y laboriosa de su siervo. Su holgazanería es la causa última de que el talento que le había sido confiado  haya quedado improductivo.

 

A continuación encontramos dos incongruencias en la parábola: el señor manda, sin decir a quién, que le quiten el talento y que se lo den al que tiene diez. Por otra parte la parábola supone que los dos siervos primeros han entregado ya sus talentos a su señor. Son dos rasgos parabólicos que intentan poner de relieve, en primer lugar, la condenación del siervo inútil, precisamente por su holgazanería y, además, la norma de retribución seguida por el juez divino: al que tiene se le dará y abundará, pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Es la norma de acción indicada otras veces por Jesús de Nazaret (Mt 13,12; Mc 4,25), que fue colocada por el evangelista en este lugar como resumen de la lección parabólica. El significado de la parábola tiene una validez permanente.

 

La preocupación de los Tesalonicenses (segunda lectura) no estaba centrada en el hoy de cada día. Miraban hacia delante, a un futuro ávidamente esperado al par que temido, al final del tiempo. ¿Qué les proporcionaría este final? La preocupación por ese tiempo incierto se había iniciado en tiempos de Daniel y las especulaciones “apocalípticas” sobre él habían llegado a los tiempos de Jesús y de Pablo.

 

El Apóstol desarticula esa clase de cuidados estableciendo unos principios tomados del evangelio: la repentinidad del acontecimiento, ilustrado con la imagen del ladrón que no pasa su tarjeta de visita cuando va a actuar; el día del Señor, tan preocupante para el pueblo desde el profeta Amós: “¡Ay de aquellos que desean el día de Yahvé!. ¿Qué será de vosotros? El día de Yahvé es día de tinieblas, no de luz” (5, 18), lo había convertido el NT en “el día del juicio del  Señor Jesús”; el “día” y la “noche”. En el primero viven los creyentes considerados como “los hijos de la luz”; en la noche viven los hijos de las tinieblas o del mal. El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a ser lo que ya son, a no cambiar de orientación ni perder la esperanza: “Y esto teniendo en cuenta el tiempo en que vivimos, porque ya es hora que os despertéis del sueño, pues nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y el día se avecina. Rechacemos las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Comportémonos dignamente, como en pleno día; nada de comilonas y borracheras; nada de prostituciones y desenfrenos; nada de riñas y envidias. Mas revestíos de Jesucristo, el Señor, y no os preocupéis de la carne para satisfacer las concupiscencias” (Rom 13,11-14).

 

Felipe F. Ramos

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