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TIEMPO ORDINARIO, Domingo VI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas: Si 15,16-21; 1Co 2,6 10; Mt 5,17-37.

La liturgia de hoy comienza con un elogio a la libertad que el Creador, desde el principio, puso el manos del hombre. La primera lectura de hoy desarrolla esta convicción profunda:

 

Dios ha creado al hombre libre. La libertad le coloca ante opciones opuestas: agua o fuego, vida o muerte (Cfr. 37,18. Ambos pasajes son un eco de Dt 30,15). La libertad hace al hombre responsable, ya que el seguir una u otra opción radica en la voluntad, que sigue el dictamen de la razón. En realidad, la libertad del hombre es un don de la sabiduría infinita de Dios (v.19), a  la cual nadie se puede oponer, pues tiene poder para castigar a los que optan por el mal y premiar a quienes optan por el bien. Ninguna de las opciones humanas escapan al conocimiento de Dios, que todo lo ve. A pesar de todo, el hombre conserva su libertad, que le hace responsable de sus actos tanto buenos como malos. El autor se fija aquí en estos últimos para dejar bien claro que el pecado no procede de Dios (Sant 1,13-16).

 

Las antítesis

Estas reflexiones nos llevan a las consideraciones que nos ofrece la tercera lectura (Mt 5,17-34). Frente a la ley, que hoy nos ofrece el texto de Mateo, Jesús establece, en primer lugar,  el principio general: El no ha venido a abrogar la ley, sino a perfeccionarla (v. 17-19); un principio que aclarará con el recurso a las antítesis: oísteis que se dijo, pero yo os digo... Una frase que aparece seis veces a lo largo de este capítulo, no recogido en su totalidad en la lectura de hoy.

 

Considerado globalmente su enseñanza ética estaba claro que su punto de partida era precisamente el conjunto de leyes, reguladoras de la vida humana y que estaba  recogidas en la ley de Moisés y en los escritos de los profetas. Más que divergencias en relación con la normativa bíblico-judía había que hablar de perfección de la misma: no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Pero la ley puede minimizarse en casuística laboriosa, como hacían los fariseos, tergiversando y burlando así la ley misma. Esto era con comprender la ley. La ley, como expresión de la voluntad de Dios, debe ser aceptada en su totalidad. Sólo quien la entiende así es más justo que aquellos “justos” de la época de Cristo, los teólogos (los escribas),y los laicos piadosos (los fariseos); su justicia supera la de los escribas y fariseos.

 

Establecido el principio general vienen las ilustraciones concretas que se hallan contenidas en las antítesis mencionadas: oísteis que se dijo a los antiguos, pero yo os digo. La frase alude a alguna prescripción del Antiguo Testamento y prepara al lector pata una nueva Interpretación.

 

La primera antítesis está centrada en el quinto mandamiento. Jesús “completa” el mandamiento afirmando que la ira, el encolerizarse contra alguien, y el insulto grave deben situarse en el mismo grado que el darle la muerte. En teoría su afirmación sería fácilmente admisible por muchos de los rabinos de su época. En la práctica se establecía una gran diferencia, ya que el asesino era llevado a los tribunales, mientras que quien faltaba gravemente al prójimo con insultos... no estaba sometido a ningún tribunal. Jesús afirma que estas diferencias no existen a los ojos de Dios.

 

A continuación pone Jesús dos ejemplos arrancados de la vida diaria. El primero se refiere a lo que ocurría en el templo. Era frecuente ofrecer sacrificios, bien fuesen establecidos por la ley o arrancasen de la vida privada: acción de gracias, expiación por los pecados... Pues bien, más importante que ellos, dice Jesús, es la reconciliación con aquel a quien se ha ofendido.

 

El segundo ejemplo supone que existe una deuda que el acreedor reclama. Podría establecerse un proceso judicial, entrar en litigio... La moral enseñada por Jesús acentúa la necesidad de llegar a un acuerdo en lugar de comenzar el pleito.

 

En relación con el adulterio, Jesús, lo mismo que había hecho con el mandamiento anterior, elimina la distinción entre intención y acción, tan farisaica, y establece el principio de la unidad: adulterio del corazón, del ojo, de la mano se hallan igualmente prohibidos (son mencionados el ojo y la mano por la participación que tienen en los deseos del corazón). En relación con el libelo de repudio, Jesús admite una única excepción, el caso de fornicación-adulterio. ¿Es una excepción o debe entenderse que el divorcio no es permitido sino exigido por la ley judía en ese caso? El texto no ha encontrado todavía una explicación satisfactoria.

 

También en relación con el juramento, Jesús elimina la casuística que, para salvar la ley, permitía jurar por el cielo, la tierra, Jerusalén... Cuando el mundo está presidido y dominado por la mentira, es necesario poner a Dios por testigo de lo que afirma, pero el cristiano sabe perfectamente que Dios está siempre presente, no hace falta llamarlo como testigo. Bastan el “sí” o el “no” porque, al fin y al cabo, equivalen a un juramente, por estar pronunciados en la presencia de Dios.

 

El apóstol Pablo en la segunda lectura (1Co 2.6-10) nos introduce en la profundidad del misterio de la sabiduría divina. Pablo no se manifiesta como enemigo de los valores humanos. Relativiza éstos, calificándolos de incapaces para lograr la salvación y, en última instancia, la plena realización del hombre. La sabiduría humana – a la que Pablo llama prudencia de la carne- no puede salvar a nadie. Sólo la palabra de Dios es fuente de sabiduría, que equivale a decir fuente de salvación. Todo lo humano, para que tenga pleno sentido, debe ser integrado en Cristo. Así se convierte en sabiduría de Dios. (3,22s).

 

Felipe F. Ramos
Lectoral

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