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SEMANA SANTA, Lunes Santo

Fidelidad  “infiel”: Mc 14,26-31. “Castillo de Naipes de Pedro”.

En este caso el calificativo descalifica al sustantivo. Dice lo contrario de lo que éste afirma. La unión que hemos hecho del adjetivo con el sustantivo constituye una contradicción incompatible. Ocurre lo mismo que con la lealtad del amigo que te clava un puñal en la espalda o con la conducta ejemplar contradi0cha por la perversidad de las acciones. Eso fue lo ocurrido con la adhesión inquebrantable de Pedro al Maestro, que éste había cuestionado en relación con sus discípulos y cuya veracidad  demostraría el breve tiempo trancurrido.

Infidelidad anunciada. La actitud tomada por los discípulos de Jesús ante el panorama tenebroso que se avecinaba, significa la ruptura total de un discipulado que había sido libremente aceptado, la desviación del camino verdadero por el habían comenzado a marchar, la infidelidad teóricamente inconsciente y prácticamente gravísima a la palabra de seguimiento dada al Maestro. El caso adquiere particular relevancia e interés a propósito de Pedro. No tanto por su categoría personal cuanto por tratarse de una figura verdaderamente representativa de aquel discípulado incipiente. Supetulante presunción de fidelidad inquebrantable se ve contrapesada por la palabra de Jesús que la desmiente, negando aquello  de lo que Pedro había presumido. Lo hemos subtitulado como “Castillo de Naipes de Pedro”. En realidad, en eso quedaron sus palabras de seguimiento incondicional a Jesús.

La propia valía y la autoafirmación arrogante no es la actitud adecuada para marchar tras las huellas del Maestro. El apóstol Pablo amonesta a los creyentes contra semejante actitud: “Por consiguiente, el que piensa estar firme, tenga cuidado no caiga” (1Cor 10,12). No es sólo cuestión de valentía y decisión personales, sino de ver éstas en la línea de la respuesta a la gracia que antecede a las mismas, las acompaña y las sostiene.

El evangelista Marcos ha precisado con mayor exactitud que ningún otro las palabras amonestativas de Jesús a Pedro. Al mencionar el “doble” canto del gallo -sólo él lo hace- pretendió considerar el primer canto como un recordatorio evocador de la amonestación que Jesús le había hecho. Si esto es así, co o creemos, este detalle añadiría más intensidad a la amonestación de Jesús.

Fidelidad restaurada. Cuando el evangelio constata la infidelidad humana, el centro del interés se sitúa en el contrapunto de la fidelidad divina. Así se expresa ya en uno de los himnos antiguos en los que la primitiva comunidad cristiana dejó cristalizada para nosotros y para siempre su fe: “Es verdadera esta palabra: si nos mantenemos firmes, viviremos con él; si le negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2Tim 2,11-13). Este himno primitivo ha roto la lógica literaria cuando llega al tema de la fidelidad: Dios siempre es fiel.

La proscripción, burlas y condenación del pastor lleva consigo la dispersión del rebaño. Al utilizar esta imagen, procedente del AT (Zac 13,7: “Álzate, espada, contra el pastor, el hombre de mi compañía, dice Yahvé Sebaot. Hiere al pastor, y que se disperse el rebaño, y yo volveré mi mano contra los pequeños”. Es una amenaza contra el rebaño, que pierde sus buenos pastores y dos terceras partes del mismo. El pastor, que es bueno, el hombre de confianza de Yahvé, traiciona su oficio por los malos consejos que recibe de otros del mismo oficio (Zac 11,15-17).  Es indiferente que sea Yahvé mismo o su “espada” la que los castigo: ”¡Ay de mi pastor inútil, que abandona el rebaño!. Hiera la espada su brazo y su ojo derecho y que se seque del todo su brazo y quede ciego su ojo derecho” (Zac 11, 17). El brazo fuerte y el ojo vigilante son dos órganos esenciales para que el pastor puede cumplir bien con su oficio. La amenaza contra los malos pastores significa, en claro contrapunto, una esperanza para el rebaño.

Al utilizar esta imagen tomada del profeta Zacarías, tanto Jesús como la comunidad cristiana a ejemplo suyo, quisieron mitigar o justificar de alguna manera el abandono y la huida de los discípulos, aunque no se omite la responsabilidad a la que habían sido llamados y de la que Pedro presume que cumplirá con absoluta fidelidad. No fue así. Se comunica de este modo a los lectores la “locura de la cruz”, que es lo más opuesto a los deseos y apetencias humanas. Lleva casi necesariamente al rechazo, al “escándalo”, a la no aceptación del Dios que Jesús nos presenta.

La palabra de Jesús no se regodea en la descripción ni siquiera en la simple afirmación de la fidelidad rota. El verdadero centro de interés es el de la fidelidad restaurada. Porque volverá el pastor a ponerse al frente del rebaño, a llamar por su nombre a cada una de las ovejas, a ir delante de ellas:Os precederá, iré delante de vosotros a Galilea. El “preceder o ir delante”, procedente del mundo pastoril y adecuadamente utilizado por el lenguaje religioso para describir al Salvador, indica el comienzo de la vida nueva que se hará posible a partir de la resurrección y con la superación del escándalo de los discípulos ante el camino desconcertante de Dios. Comienza así el seguimiento auténtico. Se inicia el camino de la fe verdadera.

Frente a la infidelidad deplorada en referencia a la actitud de los discípulos ante la pasión del Señor se canta la fidelidad divina, que nunca cambia de rumbo. Así lo expresa la frase “después de cantar los himnos”, que dice el evangelista al terminar la festividad litúrgica en el Cenáculo después de la celebración de la eucaristía. Los himnos a los que se refiere comprendían los Sal 115 al 118 conocidos como el gran “Halel” o alabanza, que era cantado como expresión de gratitud por las intervenciones de Dios a favor de su pueblo. Era un canto triunfal. Un canto de esperanza. Dios nunca abandona a los suyos.

Felipe F. Ramos

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