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Tiempo ORDINARIO, DOMINGO VIII

Evangelio: Mc 2,18-22

En aquel tiempo los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús. Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? Jesús les contestó: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio, aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.

Comentario: Tres prácticas intrascendentes cargadas de evangelio: “la inobservancia del ayuno, la inutilidad de los “remiendos” y los viejos odres inservibles”. Detrás de la anécdota se adivina fácilmente la intención cristológica. El evangelista presenta toda la escena como un recuadro para destacar el significado de la persona de Jesús. Los días mesiánicos se caracterizarían por esa alegría incontenible tan propia de las bodas. Esta era la esperanza y la convicción profunda ya desde el AT. Más aún, ya desde el AT se había recurrido a la imagen del matrimonio para describir las relaciones de Dios con su pueblo: Yahvé era el esposo e Israel la esposa. La única novedad de nuestra anécdota consistiría en que, a partir del momento en que Dios realiza sus promesas, el esposo se llama Jesús.

En la época de Jesús estaba mandado el ayuno una vez por semana, el jueves. Así lo regulaban y lo practicaban los fariseos. Posteriormente, esta prescripción fue ampliada. De la legislación judía contemporánea de Jesús tomamos el texto siguiente: “Nuestros maestros han determinado que se ayune el segundo y el quinto día de cada semana. Las razones de este ayuno son tres: la destrucción del templo y de la Torá, que fueron quemados, y la profanación del nombre de Dios”.

Según el texto judío que acabamos de citar la causa del ayuno era similar a la que provoca el luto, alguna desgracia nacional, religiosa  o algo parecido. Esto justifica la frase siguiente: “Pero vendrán días en que les arrebatarán el esposo; entonces ayunarán” (v.20). La partida de Jesús al Padre, ¿sería entonces la causa del ayuno cristiano?. La solución no nos convence en absoluto. ¿Cuál sería la razón de esta diferencia entre un tiempo, en el que los discípulos no pueden ayunar (el tiempo de la presencia del esposo) y el otro en el que ayunarán (cuando les haya sido arrebatado el esposo)?.

Fijándonos más seriamente en el texto nos sorprenderá que la pregunta no se centra en la conducta de Jesús ante la práctica habitual del ayuno.  El  interrogante estaría basado en lainobservancia por parte de los discípulos. ¿Es que no se atrevían a recriminárselo al Maestro directamente y, por eso, hacen el rodeo aplicándoselo a Jesús? Pero esta solución tampoco nos convence porque, en otras situaciones conflictivas, no tuvieron reparo alguno los enemigos de Jesús en presentarle cara a cara acusaciones mucho más graves.

Partiendo de la costumbre judía mencionada, habría que suponer que ni Jesús ni sus discípulos la observaban. Esto, ya lo hemos dicho implícitamente, es muy poco probable, ya que tanto Jesús como sus discípulos se atenían, normalmente, a las costumbres de su pueblo.

Creemos, al menos con mucha probabilidad, que la solución debe verse, en la distinción de dos tiempos: el de la vida pública de Jesús y el de la comunidad cristiana primitiva. En estos dos tiempos la práctica penitencial fue distinta. Y esta diversidad es la que se reflejaría en nuestro texto.En el primer tiempo, cuando los discípulos no ayunaban, se intenta acentuar la intención cristológica: Jesús es el esposo, el Mesías. Con él han llegado, por tanto, los tiempos mesiánicos, que son días de alegría. Ahora bien, según la mentalidad judía, la alegría excluía el ayuno. Ayunar durante este período sería tanto como no reconocer que Jesús era el Mesías. En el segundo tiempo, el motivo anterior ya no era necesario acentuarlo, puesto que la Iglesia vive precisamente de esa fe en Cristo. Ahora son otros los motivos. Motivos piadosos, no teológicos, como se deduce más claramente del evangelio de Mateo (6,16-18).

Además de la imagen del esposo, el evangelista Marcos, utiliza estas otras dos que exponemos a continuación, la del “remiendo” y la de los “odres viejos” para justificar los tiempos nuevos inaugurados con la presencia del Mesías.

En el antiguo Oriente, el manto simboliza el mundo, el cosmos. Este simbolismo pasó a la Biblia: “Desde el principio fundaste tú la tierra, y obra de tus manos es el cielo; pero estos perecerán y tú permanecerás, mientras todo envejece como un manto. Los mudarás como se cambia un vestido” (Sal 102,26-27). El N.T también utiliza este simbolismo: (“Tú, Señor, al principio fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos. Ellos perecerán, pero tú permaneces, y todos, como un vestido, envejecerán y como un manto los envolverás y como un vestido se mudarán” (Hebr 1,10-12). El apóstol Pedro vio en éxtasis un  gran mantel que bajaba del cielo (Hch 10,11ss; 11.5ss). Pedro lo interpreta como una imagen del mundo nuevo, de la nueva creación, de la intención renovadora de Dios en nuestra historia.

A la luz de este contexto, las palabras de Jesús adquieren toda la plenitud de sentido que quiso darles el Maestro. Cristo vino a sustituir el manto antiguo por otro completamente nuevo; el mundo antiguo manchado y desgastado por el pecado por una creación nueva, por el ser nuevo que surge de la gracia y de la fe. La religión de los tiempos de Cristo no podía ponerse al día con “un remiendo” que le pusiera el joven rabino de Galilea. El texto contiene también una dura crítica al judaísmo o al cristianismo palestinense en general por su conservadurismo particularista frente a la apertura del evangelio al mundo griego. A su luz debe juzgarse todo conservadurismo intransigente.

El mensaje de Cristo contiene una novedad absoluta, un espíritu totalmente nuevo, entrañas de misericordia, de caridad, de fraternidad universal. Universalismo que entendió el apóstol Pedro en la visión del mantel que descendía del cielo. Al presentar esta parábola dice el Señor: con mi persona y mi mensaje han comenzado los tiempos mesiánicos, ha llegado el Mesías esperado para enrollar el manto viejo por inservible y extender otro que no envejezca nunca. Ha comenzado la nueva creación.

La tercera imagen de extraordinaria importancia teológica es la del vino nuevo. Jesús se arroga una autoridad divina. La comparación implica su justa pretensión de presentarse como el portador de los bienes salvíficos, como inaugurador del tiempo de la salud. La imagen del vino apunta en esta dirección. Tenemos en la Biblia una serie de textos que justifican la importancia mesiánica de dicha imagen (Gen 48,9-12: la profecía sobre Judá se halla rodeada del vino; entre otras cosas afirma que “lavará en vino sus vestidos y en la sangre de las uvas su ropa. Brillan por el vino sus ojos”). Y como signo de la fertilidad extraordinaria de la “tierra de la promesa” destacan los exploradores los grandes racimos de uvas, la abundancia de vino (Num 13,23). El milagro que introdujo a Jesús en la vida pública fue la conversión del agua en vino (Jn 2,1-11).

Los odres viejos, gastados por el uso, no aguantan la fuerza del vino durante el período de su fermentación. El mensaje esencialmente nuevo aportado por Jesús exige también moldes nuevos para asimilarlo. El ejemplo aducido por Jesús demuestra la incompatibilidad entre la cualidad de sus discípulos y la adhesión fanática a unas prácticas insustanciales de las que se esperaba la salvación. Algo que no podían dar. El contenido del mensaje aportado por Jesús era radicalmente nuevo. Para aceptarlo era necesario también un continente nuevo, hombres nuevos, libres de prejuicios, no aferrados a un sectarismo peligroso e infructuoso. La adhesión fanática a los moldes viejos tuvo como consecuencia la ruptura entre la Iglesia naciente y la Sinagoga.

Felipe F. Ramos

Lectoral

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