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TIEMPO ORDINARIO, La Santísima Trinidad

Evangelio: Mt 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Comentario: La trayectoria seguida por Jesús en su viaje salvador la describen con exactitud sus mismas palabras:  Salí  del  Padre y vine  al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre (Jn 16,28). El retorno tuvo lugar en la Resurrección, con la que coincide la Ascensión. La introducción de los cuarenta días entre ambas pretende acentuar, mediante el simbolismo del número cuarenta, que apunta a una generación completa, a una actividad desarrollada con profundidad y eficacia, el nuevo tiempo que comienza. Al tiempo de Jesús sigue el de la Iglesia, que seguirá haciendo presente a Jesús de “generación en generación”.

Su venida del Padre y su retorno a él tienen una doble finalidad, de salvación para quienes lo acepten (Jn 3,18; 5,24) o de juicio para aquellos que renuncien a su oferta (Jn 3,1ss. 31 ss). La misión del Hijo preexistente a este mundo y su retorno al Padre es la mejor síntesis de la oferta que Dios hace al hombre. Quien cree en él tiene la vida (Jn 3,36; 5,24); quien no cree ya está juzgado (Jn 3,18). Lo que decide la salud o el juicio es el encuentro personal con él.

La resurrección-ascensión completa el círculo de la vida de Jesús. Sólo desde ella se explica en profundidad cuanto dijo e hizo en su vida anterior. Sólo cuando ella tuvo lugar, llegó la posibilidad de una revelación total accesible y, hasta cierto punto, comprensible por los discípulos. Sólo ante ella el riesgo de la fe dejó de apoyarse únicamente en su palabra reveladora y pudo descubrir que la palabra estaba respaldada por la realidad misteriosa de los hechos. La plena manifestación de Jesús tiene lugar en Galilea. Allí habían sido encaminados varias veces los discípulos (Mt 26,32; 28,7-10). ¿Por qué en Galilea? Probablemente para significar que Jerusalén había deiado de ser el centro del culto y de la religiosidad. Desde ahora el acceso a Dios, el verdadero templo, no se hallaba circunscrito a un lugar -ni aquí ni en Jerusalén, Jn 4,21- sino a una persona, a la persona de Cristo.

La plena revelación tiene lugar “en el monte que Jesús les había señalado”. Mateo no nos informa de este detalle en su evangelio. No sabemos de ningún monte que Jesús les hubiese indicado previamente. El monte es mencionado únicamente por razón de su simbolismo. El monte es el lugar de la revelación. La revelación de Dios en el Antiguo Testamento tuvo lugar en el Sinaí. La revelación de Jesús (nuevo Moisés; aspecto de Jesús particularmente querido y destacado por Mateo) tiene lugar también en el monte: en el de la transfiguración (donde manifiesta su verdadera naturaleza y dignidad); en el de las bienaventuranzas (donde manifiesta su enseñanza y sus exigencias morales) y en el de Galilea (donde da a conocer su autoridad y misión)

Los antecedentes de esta mentalidad nos los ofrece el Antiguo Testamento. La alabanza dirigida a Yahvé por medio de los salmos, celebra su presencia en el santuario, su caminar hacia él desde el Sinaí o el monte de la revelación -Dios se traslada desde la montaña del Sinaí a la montaña de Sión-Jerusalén-; acentúa su proximidad y la revelación de su poder y de su gloria. Todo ello, en unión con su teofanía o manifestación, constituye una unidad plasmada en diversas ocasiones: “Está Yahvé en su santo palacio; tiene Yahvé en los cielos su trono; ven sus ojos, y sus párpados escudriñan a los hijos de los hombres” (Sal 11,4). Es una alusión al santuario celeste desde donde Dios observa lo que pasa en la tierra (Sal 102,20).

La resurrección de Jesús es un misterio inasequible e increíble desde la lógica humana. Afortunadamente el temor y la duda -no sólo la alegría- fueron vividos en la carne misma de los que más cerca estuvieron de Jesús. Es maravillosa la acotación de Mateo: “al verlo lo adoraron, aunque algunos aún dudaron”. En relación con el “temor”, explícitamente mencionado en el versículo 8, debe destacarse que se trata del “temor de Dios”. Este “temor”, ya en los salmos, indica servicio, amor, una actitud y una vivencia profundamente religiosa: indica la obediencia a la voluntad de Dios. El que teme a Dios le conoce. Todo conocimiento recto de Dios nace de la obediencia. El principio de todo “conocimiento de Dios es el encuentro con él” (Sal 111,10).

La resurrección de Jesús introdujo un cambio radical en la relación de sus discípulos con él. Durante su vida terrena tenían frente a él la deferencia que el discípulo debe al Maestro. Ahora aparece la relación del creyente frente a su Señor. La postración -gesto reservado para el encuentro con los grandes monarcas divinizados o considerados con categoría divina- de los discípulos, significa claramente que los discípulos habían descubierto la divinidad en él (Hch 2,36). La duda de algunos es explicable, y hasta plausible. Mientras no llega la convicción profunda de la fe no resulta fácil, resulta imposible, descubrir a Dios en Jesús.

Este detalle de la duda de algunos resulta particularmente significativo en la pluma de Mateo que procura, siempre que puede, e incluso a veces forzando los textos, presentar a los discípulos como modelos perfectos. Tal vez porque, cuando se constata la duda, el modelo resulta más humano y atrayente. Aunque no es seguro que Mateo lo haya pensado así.

La autorrevelación de Jesús se centra en su autoridad y la misión que encomienda a sus discípulos. Su autoridad es la misma que la del Hijo del hombre. Y, para formularla, recurre a las mismas palabras de Daniel: “Se le dio imperio, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su imperio es un imperio eterno que nunca pasará, y su reino, un reino que nunca jamás será destruido” (Dn 7,14...). El siervo de Yahvé, doliente y humillado es el Hijo del hombre glorificado. Así se definía la verdadera categoría de Jesús después de resucitado. Pero, a continuación, se hace lo mismo destacando la naturaleza de su autoridad. Una autoridad no impuesta sino aceptada libremente por la inserción en su misterio, el misterio pascual, mediante la recepción del bautismo y manifestada en el esfuerzo permanente para asimilar sus enseñanzas y cumplir sus exigencias. Autoridad ejercida en el ámbito de un discipulado voluntario y comprometido.

Discipulado adquirido de entre todos los pueblos de la tierra. Si durante su ministerio terreno, Jesús  había  estado  limitado  por  el  tiempo y el espacio -particularismo- ahora caían todos las fronteras. Se inauguraba el universalismo total. De hecho, cuando Mateo escribe su evangelio, ya habían sido derribadas muchas fronteras. El poder concedido a Jesús es el poder que Dios había manifestado en él durante su ministerio: poder en hechos y palabras; en el perdón de los pecados y en el anuncio y comunicación de la salvación, en la victoria sobre el príncipe de este mundo. El poder del Hijo del hombre que es vivificador, decisivo y decisorio.

La actividad encomendada a sus discípulos se centra en introducir a los hombres en el misterio de Cristo mediante el bautismo -actividad sacramental- y en la enseñanza de cuanto el Señor dijo e hizo como norma vinculante del discípulo al Maestro, del siervo a su Señor. Puede llamar la atención que el mandato de administrar el bautismo se haga mediante la explicitación de las tres personas divinas. Es el único pasaje de todo el Nuevo Testamento donde esto ocurre así. Fuera de él el bautismo se confería “en nombre de Jesús o de Jesucristo”. Ante este hecho que hemos constatado debemos tener en cuenta que el bautismo y el Espíritu son inseparables (Hch 2,38; 10,44; 1 Cor 6,11).

Y no es coincidencia casual que, tanto en los textos citados como en otros que podían ser aducidos, se hace referencia a Dios y a sus hechos salvadores. El bautismo en el nombre de Jesús implica otras afirmaciones: que Jesús es la presencia de Dios en el mundo de los humanos; que es también el Espíritu (2Cor 3,17) y que lo comunica de forma activa y eficaz (Rom 8,11). No es, por tanto, cuestión de fórmulas. Se afirma que la voluntad de Dios, anunciada en el Antiguo Testamento, se cumple ahora: en el nombre de Jesús se anuncia la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos y a todos está destinado el Espíritu.

El evangelio termina como comenzó. Al principio nos fue anunciado el nombre de Emmanuel, Dios con nosotros, que había sido anticipado por el profeta Isaías (Mt 1 ,23). Ahora se nos asegura que aquella profecía se ha hecho permanente realidad: “Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. En otras palabras, sigue siendo Emmanuel, Dios con nosotros. “Estableceré mi morada entre vosotros y no os rechazaré. Marcharé en medio de vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lev 26,11-12). La revelación de Dios, ensayada de múltiples formas en el Antiguo Testamento, se convierte en una teofanía permanente en Jesús. El realiza en su persona la teofanía vinculada en la antigüedad a la tienda sagrada (Ex 35,5ss), que simbolizaba su venida, su adviento, su presencia cultual.

Felipe F. Ramos

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