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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XX

Evangelio: Jn  6,51-58:

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

Comentario: La Liturgia nos lleva hoy a la contemplación del discurso eucarístico. No hay ningún relato tan profundo, tan elocuente, tan significativo, tan esperanzador de la obra que el Padre, en su segunda salida a deleitarse  en todo aquello que existe como consecuencia de su primera salida, el big bang inicial, encomendó realizar a su Hijo en el big bang cristiano. Presencia de Dios en el kosmos inmenso y en el amor  ilimitado. El discurso eucarístico es una síntesis maravillosa de las dos salidas de Dios al balcón de sí mismo, el de su Grandeza y el de su Insignificancia, el de la relatividad general y el de la mecánica cuántica. ¿Cuál de ellos le proporciona mayor satisfacción? No lo sé. Más aún, mis torpes cálculos profanarían aquello que no se puede disociar.

Hoy nos corresponde la contemplación del discurso eucarístico. Durante mucho tiempo fue considerado como la promesa de la institución de la eucaristía. Como razón justificativa se aducía la ausencia de dicha institución en el lugar adecuado, en el evangelio de Juan, que era la última cena. Esta explicación carece de todo fundamento: el discurso eucarístico tiene que proceder necesariamente de la última cena, no de Cafarnáun, aunque así lo afirme el versículo último;  sería impío hablar de este modo de la eucaristía antes de ser instituida; nos ofrece los pensamientos fundamentales que confluyen en la celebración del misterio salvador en las comunidades joánicas.

No lo leemos en la última cena porque al evangelista le interesaba en grado sumo narrarnos el lavatorio de los pies = símbolo y signo de la obra salvadora de Jesús; una vez introducido el “signo” del lavatorio de los pies, al evangelista no le quedaba espacio, considerado el problema desde el punto de vista literario, para contarnos más detalladamente lo que ocurrió en el Cenáculo; al no poder contarlo en el lugar adecuado, el evangelista, que en modo alguno quería omitirlo, buscó el lugar más adecuado. Sencillamente fue genial: no hay un lugar más propicio que el elegido: después del discurso sobre el pan de vida, de la multiplicación de los panes...

En esta pequeña sección el evangelista ha concentrado  toda su capacidad de interés. Se nos dice que la vida eterna no es el efecto de creer en Jesús, sino de comer su carne. El protagonista no es el Padre el que da el verdadero pan del cielo, sino Jesús, que da su carne y su sangre. El vocabulario es completamente distinto al que es utilizado en el discurso sobre el pan de la vida: “comida”, “alimento”, “bebida”, “carne”, “sangre”. La expresión “comer la carne y beber la sangre” tienen siempre, en nuestro lenguaje coloquial,  un sentido peyorativo de venganza. Si en nuestro texto tiene un sentido positivo, como ocurre en realidad, sólo puede explicarse desde el contexto eucarístico.

Tal vez el tono más acentuado lo tengamos en la expresión: el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo.(Jn 6,51). En lugar de “cuerpo”, la palabra “carne” nos acerca más a la realidad de las palabras utilizadas por Jesús en la institución de la eucaristía. Volveremos más abajo sobre ello.

Los pensamientos dominantes son los siguientes: La persona de Jesús, recibida por la fe, es el medio por el cual es dada y sostenida la vida eterna. Este pensamiento es propio del discurso sobre el pan de la vida; ahora afirma Jesús que es su misma carne la que es el pan de vida. Nótese un doble cambio: En cuanto a la persona: ya no es el Padre, sino el “yo” de Jesús el protagonista. En cuanto al tiempo: en lugar del presente, tenemos el futuro. El v. 51 alude a la encarnación, pero también a la muerte. Mi carne dada, entregada por la vida del mundo. El significado, no recogido en las traducciones, hay que verlo en relación con 1Cor 11,24. Se hace referencia a la muerte de Jesús. Por tanto, el significado eucarístico es inseparable del “sacrificial”. Hay que valorar el texto en la línea de 3, 15-16: la “elevación” del Hijo del hombre como expresión del amo supremo de Dios a los hombres.

El crudo realismo de las expresiones “comer la carne y beber la sangre” ha sido cuidadosamente elegido por el evangelista: la carne sustituye al “cuerpo” del que nos hablan los textos eucarísticos existentes fuera del evangelio de Juan. Ahora bien, el “cuerpo” ( =soma, en griego), no se refiere al cuerpo material, sino a la persona; designa la totalidad de la persona, que significa todo el ser y el quehacer de la misma, todo su valor, significado y proyección hacia los demás; la sangredesigna también toda la persona. Es otra expresión distinta y más plástica y visible del valor salvífico de la muerte de Cristo.

Al sustituir el evangelista el “cuerpo” por la sangre ha tenido buenas razones para ello: La “carne” (= Sarx, en griego) es la misma palabra utilizada para afirmar la “encarnación” (Jn 1,14:”El Logos se hizo sarx”). Así afirma el evangelista que la eucaristía es la continuación de la encarnación, del Cristo resucitado. Responde, además, a la polémica que ya había surgido en el tema de la celebración de la eucaristía. ¿Procedía de las discusiones con los judíos, con los judeo-cristianos o con otras tendencias o grupos existentes en la Iglesia?  Entre ellos destacaríamos a los gnósticos, que el cuarto evangelio y las cartas de Juan tienen siempre delante como adversarios. Ignacio de Antioquía afirma: “No confiesan que la eucaristía es la carne del Señor”. El evangelista Juan recurre ala expresión más clara y más cruda de todo el NT para expresar el realismo eucarístico de la presencia del Señor en ella.

La eucaristía es la presencia de Cristo. El evangelio de Juan acentúa la participación en la vida eterna, que se logra por la unión con el Cristo resucitado, poseedor de la vida, que la regala como el Padre se la ha regalado a él, no por la manducación y bebida materiales. Estas son signo del Señor exaltado, lo mismo que lo fue el hombre de cuerpo y sangre durante su permanencia en nuestro mundo; ahora lo son de manera distinta, mediante la presencia simbólica (que es más real y significativa que la materialidad de las especies sacramentales). En la cena del Señor se renueva incesantemente la verdad salvífica formulada por Juan al presentar la encarnación con la frase: El Logos se hizo carne.

Creemos que puede y debe hablarse de la presencia simbólica, que es real y significativa al mismo tiempo; el sacramento es un flecha indicadora del camino a seguir, un indicador, una señal ( =semeion, en griego), que simboliza, orienta, remite a... En el final del camino, en el cielo, ya no hay sacramentos; ya no son necesarios los indicadores; los sacramentos no son un fin, sino unas señales en el Camino. La prueba de que no hemos llegado a la Casa permanente nos la ofrecen las señales que nos marcan la dirección hacia ella.

El efecto principal de la eucaristía, la unión personal con Cristo, se expresa mediante la fórmula de la inmanencia mutua: Quien come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él (Jn 6,56). La presentación de Juan entraña mayor peligro que la de Pablo de dividir en dos la persona del Jesús histórico-salvífico por la acentuación mayor de cada uno de los elementos y de la eficacia de los mismos en orden a definir el ser y el quehacer de Jesús: la carne confiere la vida eterna y el mismo efecto consigue la sangre. Esta “excesiva” vinculación de su presencia a cada uno de los elementos constitutivos de la eucaristía ha sido la causa de graves errores a lo largo de la historia del misterio eucarístico.

La frase “yo le resucitaré en el último día” aparece en este evangelio a modo de estribillo. Se trata de una adición que pretende armonizar la concepción de Juan sobre la llegada de la salvación, la actualidad de la misma, la presencia de todo aquello que los judíos esperaban para “el último día”, con la visión más futurista de los Sinópticos. Los lugares en que es utilizado dicho estribillo (Jn 6,39.40.44.54; 12,48) demuestran que se trata de algo añadido. Las frases en cuyo contexto aparece tienen pleno sentido aunque se omita dicho estribillo. En este evangelio el que cree ha pasado de la muerte a la vida (Jn 5,24).

Felipe F. Ramos

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