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TIEMPO ORDINARIO, Todos los Santos

Evangelio: Mt 5,1-12a.

Jesús, viendo tanta gente reunida, subió al monte, se sentó y se le acercaron los discípulos. Y, tomando la palabra les enseñaba, diciendo: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que están tristes, porque ellos serán consolados. Dichosos los mansos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán hijos de Dios. Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os insulten, cuando os persigan y levanten contra vosotros, toda clase de calumnias por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Comentario: Las Bienaventuranzas deben ser enmarcadas en un género literario amplio conocido por este nombre (macarismos, en griego; nosotros hemos optado por “dichosos”, atendiendo a la costumbre que se ha generalizado de traducirla así) tanto en el Antiguo como en el NT. Las Bien. o dichas hacen referencia exclusiva a la singular alegría que surge en el ser humano por su participación en la salud-salvación-vida-reino de Dios:

“Todas las generaciones me llamarán “bienaventurada” (Lc 1,48).

“Bienaventurado el seno que te llevó” (Lc 11,27).

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios...” (Lc 11,28).

“Bienaventurados, alegría suprema por haber recibido el mensaje salvífico” (Gal 4,15: los cristianos de Galacia hubiesen dado a Pablo como expresión de gratitud sus propios ojos por haberles anunciado las bienaventuranzas, que también puede decirse en singular).

“Bienaventurados los que padecieron, es decir los que se mantuvieron fieles, como Job. La paciencia es la permanencia en fidelidad a la palabra dada o al compromiso adquirido con Dios (Sant 5,11).

Las bienaventuranzas, tal como nos las refiere Mateo, están divididas claramente en dos grupos de cuatro. El criterio del discernimiento nos lo ha ofrecido el mismo evangelista al utilizar la palabra justicia tan estratégicamente: con ella se termina la cuarta bienaventuranza: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia...” (Mt 5 6) y la octava: “Dichosos los que padecen persecución por causa de la justicia...” (Mt 5, 10). En el primer grupo o bloque se beatifica o alaba la actitud adecuada del hombre frente a Dios (es como la ampliación del primer mandamiento, “amar a Dios”); el segundo bloque descubre y describe cuál debe ser la actitud correcta del hombre frente a su prójimo (es como la aplicación concreta del segundo mandamiento, “amar al prójimo”).

Los pobres de espíritu. La mentalidad moderna, lo mismo que la antigua, proclama la bienaventuranza de la riqueza. También la mentalidad bíblica y, de un modo general, la judía. Jesús no la beatifica, pero tampoco la proscribe. Únicamente condena a aquellos que las convierten en su dios, al que sirven en exclusiva, por encima de cualquier otro valor supremo; a los que las convierten en el principio determinante de su vida.

Para entender la bienaventuranza de la pobreza es necesario arrancar del AT, y de una tendencia dentro del judaísmo, donde la palabra “ani” = pobre o “anawin” = pobres, junto a su dimensión sociológica e incluso por encima de ella, tiene otra religioso-teológica. El pobre es el hombre honrado, piadoso y practicante de la justicia, que vive bajo el yugo del rico, del influyente y del opresor. Quien vive honradamente, practicando la justicia (que es la respuesta adecuada a la justicia de Dios o a su acción salvífica) y abierto a Dios, será retribuido por él. La injusticia y el compromiso con todas las caras es incompatible con la integridad exigida por Dios. De ahí que se habla del espíritu de pobreza o de los pobres de espíritu. La frase era frecuente en tiempos de Jesús, como lo han puesto de relieve los descubrimientos de Qumran. No se beatifica, sin más, la pobreza sociológica. Considerada en sí misma y como tal, sería un auténtico mal. La pobreza beatificada debe estar acompañada y determinada por la sencillez del corazón, por la convicción profunda de la necesidad que el hombre tiene de Dios, por la integridad de la vida, por la apertura a los demás.

Los afligidos. Una bienaventuranza que debe ser entendida desde el premio que la justifica: el consuelo. La necesidad, intensidad y categoría del premio, el consuelo, se halla justificado porque es una realidad mesiánica, traída por el Mesías, y comprende todo el dolor del que el hombre necesita ser consolado: el poder del dolor, de Satanás, del pecado y de la muerte (utilizando el lenguaje bíblico para expresar la causa de la verdadera aflicción en el ser humano). La bienaventuranza se esclarece en la victoria de Jesús sobre el pecado, el dolor, la muerte, particularmente en el momento de la resurrección. El Dios de la Biblia es el Dios del Consuelo (así es llamado esta parte del libro de Isaías llamado Deuteroisaías, que comienza precisamente con  estas  palabras:   “Consolad,   consolad   a  mi  pueblo,  dice  vuestro...” (Is 40,1ss).

Los mansos. No es fácil encontrar un adjetivo que califique debidamente a los beatificados en esta bienaventuranza. Nuestro querido P. Astete, decía que los mansos son “aquellos que no tienen ira ni aun movimiento de ella”. Como esto no es serio ni nadie podría aceptarlo, no puede ser evangelio. Debemos buscar, por tanto, por un camino distinto al marcado por el citado catecismo. Lo único que puede afirmarse con seguridad es que se trata de una actitud muy próxima a la beatificada en la primera bienaventuranza. Si respetamos la palabra “mansos” lo hacemos dándole el sentido de humildes, pobres, necesitados, pequeños, los que aceptan su situación humilde sin amarguras. Con la esperanza, eso sí, de la retribución. La herencia de la tierra es expresión sinónima a recibir el reino de los cielos. Pero el premio no es pensado sólo para el más allá. Se cuenta con el mundo mejor que puede ser hecho por el esfuerzo del hombre. La vida de Jesús es una ilustración práctica de esta bienaventuranza: luchó contra la enfermedad, el hambre, el dolor... y, al mismo tiempo, caminó con seguridad hacia la resurrección.

Los que tienen hambre y sed de justicia. Aquí se beatifica más que una actitud una tendencia, un deseo de recibir algo. El hambre y la sed significan en la Biblia la tendencia y añoranza hacia Dios (Is 55,1; Sal 42,2). Hombres que tienden hacia una justicia que Dios regalará a los que ahora se ven oprimidos por la injusticia. Pero la recompensa no se espera sólo al final de la vida. El hambre y la sed de justicia claman para que cese la actual injusticia. La esperanza se ve cumplida únicamente en la aparición del Mesías, que es llamado “Yahvé es nuestra justicia” (Jer 23,6; 33,36; Is 11,1-4).

Los misericordiosos La formulación farisaica de esta bienaventuranza sonaría, más o menos, así: bienaventurados los justos porque Dios tendrá misericordia de ellos. La Biblia, tanto el AT, como sobre todo, el Nuevo, piensa de manera bien distinta. Ante Dios nadie tiene consistencia por sí mismo. Lo sabían también los contemporáneos de Jesús que lo habían formulado así: quien no practica la misericordia, tampoco Dios la tendría con él. El Padrenuestro nos enseña a perdonar como somos perdonados. Los misericordiosos se hallan beatificados porque su conducta se halla en la misma línea que la de Dios: amor, compasión, perdón, comprensión, ayuda...

Los limpios de corazón. Probablemente el mejor comentario a esta bienaventuranza nos lo ofrezca el Sal 24,4: el acceso al templo, el acceso a Dios, está abierto al de manos limpias y corazón puro, al que actúa no sólo con  caridad  sino con claridad,  sin  torcidas  e inconfesables intenciones (Sant 4,8: pureza es lo contrario a la doblez). Se piensa normalmente en la limpieza de la castidad, pero no se refiere sólo a ella. Es la limpieza de la vida.

Los que trabajan por la paz. Quien trabaja por lograr la paz entre los hombres  actúa  como Dios  mismo,   porque Dios  es  el  Dios de  la  paz (Rom 15,33; 15,20; Ef 2,14), el que ha creado la paz entre él y los hombres. Se abarca aquí todo lo que el NT comprende con el nombre de “reconciliación”.

Los perseguidos por la justicia Tenemos aquí el eco de la primera bienaventuranza y la convicción generalizada de que el justo debe sufrir a causa de la injusticia. La suerte que corrió el Maestro alcanza también a los discípulos.

La carta magna del reino de Dios, como han sido llamadas las bienaventuranzas, termina con un tono menos universal y abstracto, más concreto y personal. Era la experiencia intensamente vivida por los discípulos de Jesús que, inmediatamente después de la muerte del Maestro, sufrieron calumnias, insultos, persecución e incluso la muerte por causa de Cristo. Eran las bienaventuranzas ya en acción, como seguirían y seguirán a lo largo de la vida de la Iglesia.

Además de las bienaventuranzas sistematizadas en esta pequeña sección que nos ofrece el evangelio de Mateo, hay otras dispersas a lo largo del NT  que, en parte, derivan de ellas y, en parte, las perfeccionan. Los ejemplos siguientes nos lo aclaran. Son bienaventurados:

> los que creen, como María (Lc 1,45); los que están abiertos a otra Palabra, que no es la suya (Mt 16,17); los que no se escandalizaron de Jesús (Mt 11,6; de que él sea la manifestación de Dios; los que aceptan la oscuridad de la fe sin exigir argumentos para probarla (Jn 20,29; 4,48: Jesús se indigna al encontrarse con esta actitud).; los que están abiertos a la palabra de Dios y dispuestos a cumplirla (Lc 11,28; por encima de otro interés argumentativo); los que son perseguidos incluso por hacer el bien (1Pe 3,14); en tales  casos la persecución garantiza la presencia del Espíritu (1P2 4,14).

El libro del Apocalipsis nos ofrece magníficos ejemplos. Son bienaventurados:

>los que mueren en el Señor (14,13, es decir, los que mueren en la fe y por la fe en Cristo; los que esperan la venida repentina del Señor, como la del ladrón (16,15); los invitados a las bodas del Cordero (19,9, que es el símbolo de la unión de Dios con su pueblo); los que prestan atención a las palabras proféticas de esta profecía (22,7, porque el Apocalipsis es palabra profética); los que lavan las túnicas en la sangre del Cordero (22,14; la imagen hace referencia a aquellos que han aceptado la obra salvífica de Cristo).

Felipe F. Ramos

Lectoral

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