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CUARESMA, DOMINGO II

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Gn 15,5-12.17-18
2ª lectura: Flp 3,17-4,1
3ª lectura: Lc 9,28b-36

 

La transfiguración de un hombre se realiza cuando Dios se hace presente en su vida. Como en el caso de Abrahán (primera lectura). La triple promesa recibida por el patriarca: descendencia, tierra y bendición constituyen su aspiración suprema: la descendencia numerosa era para ellos fuerza y poder; la tierra propia es el premio supremo a su andar errante; la bendición significa para ellos bienestar, riqueza y superación de toda angustia.

 

El rito que garantiza la triple promesa es llamado rito de pasaje o de alianza. Dios pasa por en medio de las víctimas sacrificadas cuyas mitades son colocadas mirando una a la otra. El significado acentúa la certeza del pacto: si no cumplo mi palabra que me suceda como a estas víctimas (Jr 34,18). El rito es una señal  que remite a la fidelidad de Dios. Abrahán, por la confianza, entra ya en posesión de lo que espera. Sus descendientes son testigos de que su fe no quedó defraudada.

 

La transfiguración de Abrahán es figura y anticipo de la que nos relata la tercera lectura de hoy. Dicho relato resulta absolutamente incomprensible considerado desde un historicismo literalista. Lo mandaríamos inevitablemente al campo de la fantasía o de la leyenda. Lo principal aquí es la teología y el mensaje contenidos en la narración. Teología y mensaje que han utilizado como vehículo de expresión una serie de creencias procedentes del mundo judío. Entre ellas es preciso enumerar la aparición de Moisés y de Elías, la voz oída desde la nube, el resplandor y la gloria. Una serie de detalles funcionales puestos al servicio de la finalidad perseguida por el evangelista: todo lo esperado para el futuro se ha hecho realidad en el presente, en la persona de Jesús.

Lucas ha elaborado a Marcos (9,2-10) introduciendo profundas modificaciones en su relato. Una elaboración muy profunda que se manifiesta en los detalles siguientes: la transfiguración tiene lugar mientras Jesús oraba (Marcos y Mateo desconocen este detalle tan importante, porque nos introduce en el contacto de Jesús con su Padre; este detalle subraya desde el principio la importancia de la escena); el sueño de los discípulos (alusión al de Abrahán) también resulta desconcertante (tampoco lo leemos ni en Marcos ni en Mateo; ¿es un detalle para poner de relieve su incomprensión, como en su sueño en Getsemaní, Mc 14,40; Mt 26,43?); el diálogo de Moisés y de Elías sobre su muerte (también se halla ausente en los relatos paralelos, que no precisan el tema de la conversación; se limitan a constatar su presencia); la propuesta de Pedro para que no se marcharan Moisés y Elías(Marcos y Mateo desconocen esta finalidad. Nos dan la impresión de que los discípulos se hallan muy a gusto y que quieren disfrutar de aquella situación); a la visión de la nube añade Lucas (sólo él) quelos tres discípulos se vieron envueltos en ella. Esto significa que se sintieron inmersos en el misterio de Dios. Y esta experiencia fue la que suscitó en ellos el temor (Marcos nos obliga a suponer que los discípulos estaban asustados por la visión, mientras que Mateo atribuye el temor a la audición: Este es mi Hijo...; Lucas menciona la prohibición que Jesús les impuso de no contar a nadie lo que habían visto (otro detalle silenciado también por los textos paralelos); menos sorprendente, aunque sí desconcertante, es que Lucas invierta el orden en que suelen aparecer los tres discípulos predilectos de Jesús al colocar a Juan delante de Santiago (Marcos y Mateo siguen el orden tradicional: Santiago y Juan).

 

Sin que sepamos el cómo o la forma los tres discípulos han debido tener una experiencia profunda del misterio de Jesús gracias a la cual descubren su pertenencia al mundo de Dios: “vieron su gloria” (v.32: la “gloria” es Dios mismo en cuanto se manifiesta de alguna manera en forma sensible).  Estamos ante una revelación de Cristo mediante la palabra venida del cielo. Dios presenta a Jesús como su Hijo. La visión de Cristo sólo es posible en la realización del verdadero discipulado (Lc 9,23-27: condiciones que se nos narran inmediatamente antes del suceso que nos ocupa), en la plena obediencia de la fe en él. El cambio visto en Jesús sólo es comparable con su cuerpo resucitado (Lc 24, 36ss; Jn 20-21) y su anticipación en el sentido de manifestar la otra forma (Mc 16,12: en etéra morfé, dice el texto griego, y que no es otra cosa que la forma “divina” frente a la humana). Jesús es otro y es el mismo.

 

Tal vez por eso la transfiguración tuvo lugar de noche. El calor del día aconsejaba la subida a la montaña de noche. Así lo supone el texto que sigue a nuestro relato, y que no está recogido en la lectura de hoy: “Al día siguiente, al bajar ellos del monte... Por otra parte, Jesús aprovechaba la noche para entregarse a la oración. Esta visión es descrita con rasgos singulares, que Lucas ha utilizado en la línea de una mayor racionalización del hecho: no dice que Jesús “se transfiguró” (como Marcos y Mateo), sino que el aspecto de su rostro se cambió; habla del “miedo” de los discípulos, que expresa, más bien, el temor reverencial que surge siempre como consecuencia del contacto con lo divino. ¿O pudo haber obedecido a que los discípulos pensasen que la nube elevaría a Jesús como había ocurrido con Elías (2R 2,11) o que se fuese en aquel momento con él? (Hch 1,9).

 

Moisés y Elías se convierten en flechas indicadoras que nos llevan al descubrimiento supramundano del contexto histórico-salvífico en el que se encuentra Jesús. Moisés y Elías, como testigos de la salvación venidera, anuncian que su papel se cumple al presentar a Jesús de Nazaret como el Mesías sufriente y, por ello, reciben la aprobación de Dios. Esto explica el silencio sobre la prohibición de Jesús de no decir nada a nadie de lo visto en el momento de la revelación. Por otra parte, ¿quién les hubiese creído, si no habían creído a Jesús cuando les anunció su pasión? (Mc 8,31ss).

 

Si nuestro relato conserva algún vestigio de la discusión existente en el cristianismo primitivo sobre la cristología de Elías (Lc 9,51ss), esto podía sonar aquí, en el verso 31: De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. Ello significaría que la muerte de Jesús y el modo de la misma demostraba su superioridad sobre el profeta elevado al cielo y también sobre Moisés. Ambos lo reconocerían y proclamarían el mesianismo de la muerte de Jesús. Verdaderamente Dios se había hecho presente en Jesús y su vestido luminoso así lo anuncia. Aunque dicha “luminosidad” tuviera que ocultarse momentáneamente durante la pasión. Esta es la gran enseñanza del relato.

 

La “transfiguración” del creyente la describe así el apóstol Pablo: “El transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso semejante (=sýmmorfon, dice el texto griego) al suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,21). La transfiguración esperada tiene su origen en el Transfigurado, retornado a su patria original que es el Padre, el cielo. El Transfigurado, en el que creen y esperan los creyentes                                              se convertirá para ellos en principio transfigurante. Obrará en ellos la metamorfosis-transformación. El creyente vive de esta esperanza y de la participación o derecho de ciudadanía que, por su filiación, por su unión con el Hijo, es ya una realidad incoada para él, y absolutamente segura (Flp 3,20).

 

Cuando nuestro texto habla del “cuerpo” (= soma, en griego) utiliza una antropología monista, no dualista. En ésta, el cuerpo es la parte material del hombre el contraposición al alma. Pablo no piensa así. Lo que Pablo entiende por cuerpo es lo que nosotros consideramos como la persona, la personalidad o la individualidad. El hombre se halla sometido a la muerte (Rm 7,24), privado de la gloria-doxa (Rm 3,23); lejos de Cristo (2Co 5,6-7). La bajeza-miseria-pobreza del cuerpo no es un concepto ético ni natural. Es un concepto metafísico. Se explica desde la contraposición entre el reino de la gloria, al que pertenecen los creyentes, y el reino de la tierra en que viven. La vida en este segundo reino es desde donde se califica al cuerpo como “mísero, de vileza...”Sólo puede ser llamado así en contraposición a la gloria-doxa. Dicha contraposición presupone una metafísica espacial, la confrontación entre lo de abajo y lo de arriba, expresada en la frase “somos ciudadanos del cielo”.

 

Felipe F. Ramos

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