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Tiempo ADVIENTO, Celebración II DOMINGO

 

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Ba 5,1-9
2ª lectura: Fl 1,4-6.8-11
3ª lectura: Lc 3,1-6

Después de la tempestad viene la calma. A la desolación suprema le sucede la gloria más esplendorosa. El profeta Baruc (primera lectura) resume poéticamente las dos fases contrapuestas de la historia de su pueblo: el vestido de luto es cambiado por el esplendor de la gloria de Dios (la “gloria” de Dios es Dios mismo en cuanto se manifiesta); la desnudez de su abandono (=la lejanía de Dios) es cubierta con el manto de su justicia (= la síntesis de la armonía, seguridad y prosperidad con que viven los ciudadanos entre sí y con Dios); el escarnio mofador desaparece cuando sus enemigos la ven coronada con la diadema de la gloria y redimidos por ella (“Pues como ahora ven los pueblos vecinos de Sión vuestro cautiverio, así os verán pronto redimidos por Dios, con redención espléndida y gloriosa del Eterno”, 4,24); el camino del desierto ha sido sustituido por una autopista que atraviesa el desierto de Arabia y llega a Jerusalén.

Dos frases duplicadas en su contenido resumen el futuro ideal: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”. La utopía del mundo nuevo soñado se traducirá en la armonía de la justicia, según el baremo de la acción salvadora de Dios y en una relación personal con el Dios cercano en una religiosidad auténtica.

La utopía soñada se convierte en realidad palpable en el anuncio del Bautista (segunda lectura): “Juan preparó su venida (Hch 13,24-25) predicando a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión. Al terminar Juan su misión decía: “Yo no sois el que vosotros os imagináis, sino que detrás de mí llega Alguien a quien yo no soy digno de desatar las sandalias de los pies”. La importancia de esta figura singular exige la confrontación de las dos coordenadas siguientes: por un lado, la presentación que nos hace de él Flavio Josefo como un hombre bueno que, en su predicación, invitaba a la conversión y, como expresión de la misma, a la recepción de un bautismo y, por otro, los motivos, más o menos sólidos, que le relacionan con los esenios, con el monasterio de Qumran. Este segundo aspecto estaría justificado, sobre todo, por lo que se deduce de su predicación, que tendría su base en el texto siguiente: “Abrid camino a Yahvé en el desierto; allanad en la soledad camino a vuestro Dios” (Is 40,3) que, de alguna manera, sería el texto programático de los monjes de Qumran.

Lucas nos describe la llamada del Bautista en el desierto. Lo presenta como una figura de gran relieve: es “más que profeta” (Lc 7,26-28), porque es “grande ante el Señor”, “está lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1,51), es “profeta del Altísimo” (Lc 1,76) y preparador inmediato del tiempo de la salud (Lc 1,17). Como Lucas se ha propuesto una narración “ordenada” de los acontecimientos originales (Lc 1,1-4), por eso comienza por el Bautista. El Precursor simboliza toda la fase histórica previa, que estaba ordenada a su culminación en Jesús. Según esto, la historia de Jesús no es solamente un episodio importante y significativo; es el centro de la historia; la única y verdadera historia planeada por Dios. De ahí el intento de Lucas de establecer una conexión con la historia universal (Lc 1,5; 2,15; 3,1). Este aspecto lo acentúa Lucas considerando expresamente al Bautista formando parte del plan de Dios, de la historia de la salvación, ya desde su concepción y nacimiento. La historia de Jesús, según Lucas, comienza con la historia del Bautista.

El aspecto profético lo destaca el aspecto evangélico de hoy afirmando que Vino la palabra de Dios sobre Juan. Esto tuvo lugar en el desierto, lugar predilecto del Bautista (1,80: “Y el niño crecía y se robustecía en su espíritu y vivía en lugares retirados hasta el día que se manifestó a Israel”). De ahí que se le aplique en este momento la célebre frase de Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos...” (Is 40,3). La frase de Marcos (1,4) “Apareció Juan el bautista en el desierto anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” la aprovecha Lucas y la constituye en el centro de gravedad de su evangelio. Juan anuncia prolépticamente o anticipa  lo que realizarán posteriormente Jesús y la Iglesia: “Pedro les respondió: Convertíos y haceos bautizar en el nombre de Jesucristo para conseguir el perdón de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Esto se manifiesta de manera especial durante el ministerio de Pablo (Hch 26,20).

La necesidad de destacar la utopía realizada la resuelve Lucas enmarcándola en la historia y en los personajes que entonces la regían. El año 15 de Tiberio César coincide con agosto-septiembre del 28-29. Poncio Pilato fue procurador romano del año 26 al 36 y en él se halla representada la autoridad romana durante toda la trayectoria de la vida de Jesús hasta su muerte (Lc 13,1; 23,1-6.11-13.20-24.52; Hch 4,27; 13, 28, en los que se destaca su crueldad, la pregunta irónica por la realeza de Jesús, su utilización inventada para restablecer la amistad entre Herodes y él, el triple intento – que obedece únicamente a razones apologéticas- por salvar a Jesús y que aparece reiterado en Hechos, la concesión de su cadáver a José de Arimatea...). Lisanias ha sido introducido en el texto para que el reino de Herodes el Grande pudiera ser dividido en cuatro partes (“tetrarquías”). Aquí la tetrarquía no es llamada así teniendo en cuenta su sentido etimológico; indica una provincia más pequeña dentro del Imperio. La precisión de este personaje es ambigua.

Roma dividió el reino de Herodes el Grande entre sus hijos: Herodes Antipas (4 a. C. al 34 d.C.). Lucas tenía mucho que decir de él y nada era bueno (Lc 3,19; 9,7.9; 13,31; 23,7-15), y Filipo, que fue el único bueno de la descendencia de Herodes el Grande. Su jurisdicción se extendía por el noroeste  del lago de Genesaret, Iturea, y Traconítide, al sur de Damasco.

Como representantes del mundo religioso son mencionados Anás (que cesó en su cargo de sumo sacerdote el año 15), y como suegro de Caifás siguió ejerciendo su influencia en el gobierno de la comunidad, que no pueblo, judía. El manejó muy hábilmente los hilos de la política para que su causa, la eliminación de Jesús, la tomase Roma como asunto propio. No es cierto lo que Lucas nos hace suponer: que ambos ejerciesen conjuntamente el supremo ministerio sacerdotal.

El Bautista es un predicador “penitencial”, que prepara al Señor un pueblo bien dispuesto (Lc 1,6-7). Se alegra de la venida del Mesías cuando aún está en el seno materno (1,44); no es constituido en “profeta” el año 15 del emperador Tiberio –porque lo era desde su nacimiento- sino que ese año es llamado a cumplir su misión (1,80); no es sólo profeta que anuncia el juicio (3,7ss), sino el mensajero del evangelio (3,18); su anuncio cristológico lo pone de relieve al final de su predicación “penitencial” (3,16-18). Este “final” es el más importante. Así lo acentúa la función de predicador itinerante (3,3) frente a la cual aparece como secundaria la de “baptizante” (3,7).

Lucas acentúa que es Dios el que está en acción. Esto lo pone de relieve el tercer evangelista cambiando los “caminos de los hombres” por el camino de Dios. Así lo habían entendido los monjes de Qumran que se aplicaban a sí mismos y se autocomprendían desde el texto de Is 40,3: preparaban el camino del Señor viviendo en el desierto, estudiando la Ley y separándose de “los otros”.

En la segunda lectura Pablo expresa la alegría inmensa de lo considerado como utópico acentuando lo siguiente: a) su acción de gracias porque ellos han vivido la koinonía o participación en la causa del Evangelio; b) su confianza de llegar a la meta garantizada por la acción de Dios en ellos; c) el amor mutuo y creciente por la oración que es creadora de unidad; d) finalmente el premio de la llegada al día de Cristo (de su plena manifestación) en el que, con él, darán a Dios la gloria y alabanza debidas.

Felipe F. Ramos

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