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Tiempo ADVIENTO, Celebración III DOMINGO

 

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura:Sf 3,14-8a
2ª lectura: Fl  4,4- 7
3ª lectura: Lc 3,10-18

Sofonías es algo así como el precursor de Jeremías. Se encuentra con los mismos problemas de degradación moral y de apostasía generalizada por la política seguida por el rey impío Manasés, en las proximidades del siglo séptimo. La predicación recogida  en la primera lectura de hoy se centra en dos oráculos que invitan a la alegría por la esperanza de un cambio radical. El primero se justifica por la expulsión del rey de Asiria, que parece inminente. “El Señor será el rey de Israel”. Yahvé volverá a colocar su trono en Jerusalén, Israel o Sión después de haber expulsado a los enemigos de la fe del pueblo de Dios. Expulsada la potencia extranjera, Israel se volverá a su Dios y esto será causa de profunda alegría.

El segundo oráculo (v.16-18) presupone la misma situación. Es uno de los textos que han influido decisivamente en el evangelista Lucas para la composición del relato de la Anunciación: “No temas”. “El Señor está en ti, se goza, se complace en ti y renueva tu amor por ti”. Es como la alegría del amor primero, el que manifiesta el novio a la novia: “Como joven que se desposa con una doncella, así el que te edificará se desposará contigo. Y como la esposa hace las delicias del esposo, así harás tú las delicias de tu Dios” (Is 62,5).

El cambio anunciado por Sofonías sigue en labios del Bautista muchos siglos después. Jesús fue un hombre profundamente religioso. Por extraña que aparezca la afirmación anterior responde al contenido esencial de la fe cristiana que le confiesa como verdadero hombre. ¿Es extraño que un hombre tenga inquietudes religiosas? Nos congratulamos, ante estas inquietudes religiosas de Jesús porque en ellas encontramos la verdadera dimensión de la religión. Jesús buscó la esencia de la misma y descubrió que no puede ser formulada en definiciones precisas y absolutas y que hay que ver en ella la verdadera dimensión del hombre: “que todo tiene sentido”, que el hombre está religado con Dios, con lo trascendental. Tres definiciones de la religión, que pueden ser la matriz para encontrar otras: la primera de ellas es “antropocéntrica”; la segunda es “laica” y la tercera, la clásica de san Agustín, es “sacrosanta”. La legitimidad de esta pluralidad se encuentra en la entraña más íntima de la misma. La definición de la religión siempre entraña una relación con Dios, pero una relación con un Dios que es esencialmente desconocido. Dios no se puede decir ni pensar, afirmaba ya el catecismo del P.Astete.

Lo dicho hasta aquí justifica que la cuestión religiosa tuviese seriamente preocupado a Jesús. (tercera lectura). Era evidente que la trayectoria marcada por los “dirigentes espirituales” del pueblo judío no era la que Dios quería. Afortunadamente llegaron a Nazaret los ecos de un movimiento penitencial que había surgido en torno a la predicación, junto al Jordán, de Juan Bautista. Por lo visto él hablaba de un juicio inminente y exhortaba a recibir un bautismo para el perdón de los pecados. Un grupo de personas se decidieron a comprobar personalmente los comentarios percibidos. Y, efectivamente, Jesús y sus acompañantes comprobaron que la información recibida no solamente era correcta sino que se había quedado corta.

La gente que acudía a escuchar al Bautista era la misma que, posteriormente, se convertiría en el auditorio de Jesús: un doctor de la Ley le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna (Lc 10,25; 18,18: de buena o mala fe los doctores y la “clase alta” le consultaban). Era una maravilla  oir aquella voz que no exigía prácticas religiosas especiales, sino la atención al necesitado (“el que tenga dos túnicas...”); no salirse de los límites establecidos por la justicia y determinaciones legales (los publicanos-recaudadores); ejercer el poder dentro de los baremos establecidos (los soldados). La predicación del Bautista era una buena anticipación del anuncio del Evangelio y de la misión de la Iglesia.

La voz del Bautista sonaba como un trueno amenazador cuando hablaba de la ira divina que se cernía sobre  todos por igual. La intervención divina aplicaría el mismo rasero para todos. La “élite espiritual” del pueblo no tenía ningún derecho especial reconocido por Dios. Serían tratados incluso con mayor dureza que “las gentes de la tierra”, consideradas como malditas por su desconocimiento de la Ley, la gente sencilla del pueblo (Jn 7,49), precisamente por su “mejor” conocimiento de Dios y su mayor responsabilidad en la dirección equivocada de su pueblo (Mt 3,7-10). Era un inevitable e incontenible regocijo el oir la voz de aquel profeta singular que trataba a los más piadosos y devotos en apariencia con mayor rigor que a los que se encontraban en el grupo de los pecadores, entre los cuales estaba Jesús.

La ira de Dios se aplicaría únicamente mediante la aplicación de su poder salvador. Y éste suponía la decisión de aceptar la gracia salvadora manifestada en el bautismo de penitencia que el Bautista administraba y el consiguiente cambio de vida y de conducta que exigía a cada persona, teniendo en cuenta la profesión de cada uno. Además, esto era urgente. La predicación de Juan, en nuestras categorías, sería calificada de “escatología inminente”: Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego (Mt 3,10). Es Dios mismo quien tiene puesta el hacha a la raíz de los árboles.

Lo que más impresionó a Jesús al oir aquella predicación tan objetoiva, interpelante y comprometedora fue la sinceridad de una persona que era consciente de su papel anunciador del drama escatológico, pero que se consideraba a sí mismo como una figura de transición hacia alguien o hacia algo que sería el que o lo que llevase a la perfección aquello que él anunciaba. ¿Quién sería aquella persona “más fuerte que él”? Los lectores del Evangelio no tienen hoy dificultad alguna para establecer la identidad de la persona aludida. El “más fuerte” era Jesús mismo, pero, entonces, él todavía no lo sabía y, por supuesto,, la ignorancia del Bautista sobre el particular era patente. Juan únicamente sabía que él  no era la persona elegida  por Dios para llevar a su término la acción que había iniciado por su medio. Y, entre sus cálculos, figuraban los que eran presentados como candidatos más probables en otros niveles culturales más elevados. Podría ser Elías, el apocalíptico Hijo del hombre, Moisés, Melquisedec, alguande las figuras sacerdotales de las que se hablaba en Qumran y que, por lo mismo, eran conocidas por el Bautista.

Jesús entendió el bautismo de Juan como una invitación al compromiso de una vida nueva y como un acto simbólico que proclamaba, anticipaba y aseguraba la purificación del pecado que, por medio del “más fuerte”, el Espíritu Santo llevaría a cabo el último día, cuando fuese derramado como agua sobbre el pecador arrepentido. La presencia de Jesús en el Jordán y el bautismo que había recibido fueron una iniciación profunda en la dialéctica de la alianza. Por eso dice alguno de los intérpretes modernos que Jesús convirtió al Bautista en una especie de parábola, de enigma, de adivinanza. (J. A. Meier, Un Judío Marginal, II/1, p.187).

Lo que anunció Sofonías y esperaba como inminente el Bautista, es la vivencia más profunda de san Pablo (segunda lectura). Los diversos aspectos acentuados por el Apóstol hablan de una alegría que no se halla motivada por las circunstancias favorables de la vida. No olvidemos que Pablo habla de ella desde la cárcel. Esta alegría es obra del Espíritu Santo (Rm 14,17; 1Ts 1,6; Ga 5,25). Es la alegría de la vida cristiana o esta misma considerada como alegría (Jn 16,22s: es la alegría causada por la presencia del Resucitado. Nadie se la podrá quitar al creyente. Ella aclara el misterio oscuro de la existencia humana. Y sólo ella lo puede hacer). Es una alegría que ni siquiera la cárcel en la que se encuentra Pablo cuando la manifiesta como exigencia del cristiano, puede desaparecer.

Finalmente Pablo les anuncia la paz, que es mucho más que un saludo cordial. La paz bíblica es la síntesis y concreción de los bienes mesiánicos y el cumplimiento de las aspiraciones de la Biblia y del judaísmo: el don de Dios, que garantiza la perfección y seguridad del hombre; su bendición creadora de justicia y de un estado de bienestar material y espiritual; la salud completa; las relaciones amistosas con Dios y con los hombres; la paz venidera o escatológica: las óptimas relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre sí, basadas en la plenitud de la gracia y de la verdad, de las que puede participar el hombre (Jn 1,16).

Felipe F. Ramos

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