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Tiempo NAVIDAD, Vigilia de la Natividad

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is  9,1-3.5-6
2ª lectura: Tt 2,11-14
3ª lectura: Lc 2,1-14

La descripción de un pueblo que vive bajo el zapato opresor de una potencia extranjera suscita la imaginación adecuada para expresar su situación lamentable e insufrible: camina en tinieblas, e. d, no ve el sentido que pueda tener la vida para él; se halla sometido al yugo de trabajos forzados para un amo despiadado y lo hará bajo el látigo cruel de capataces halagadores y sin entrañas. Es la situación en la que vivía el pueblo de Dios bajo el poder de Asiria.

La esperanza exige la aparición de imágenes contrarias: la oscuridad desaparecerá con la aparición de la luz naciente y el yugo será quebrado y surgirá la libertad en el trabajo para beneficio propio. Pero, ¿quién será el autor del cambio? El creador de las imágenes mencionadas ve que un Niño, convertido en adulto, se ajustará a los planes liberadores de Dios: será un Consejero extraordinario; realizador  del gobierno del Rey verdadero; será Fuerte (capaz de derrotar a los que le han tenido esclavizado; el título es aplicado al Mesías en su gobierno); el rey debe ser padre Eterno o duradero, sin nuevos cambios perturbadores de la vida del pueblo; será Príncipe de la paz. De esa “paz” bíblica que es la síntesis y concreción de los bienes mesiánicos y el cumplimiento de las aspiraciones de la Biblia y del Judaísmo: el don de Dios, que garantiza la perfección y seguridad del hombre; su bendición creadora de justicia y de un estado de bienestar material y espiritual; la salud completa; las relaciones amistosas con Dios y con los hombres; la paz venidera o escatológica: las óptimas relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre sí, basadas en la plenitud de la gracia y de la verdad, de las que puede participar el hombre (Jn 1,16); consolidador del Reino en el que reine la justicia y el derecho.

Las imágenes descriptivas de la esclavitud son sustituidas por las que ponen de relieve la libertad y la paz. Es la esperanza originada por el Niño de Belén. Lamentamos que sus planes no se hayan convertido en realidad. Sabemos que a ellos nos vemos obligados. La renovación apetecida debe hacerla el pueblo viviendo en el derecho y en la justicia bajo una autoridad que las haga posibles. (Así lo describe y desea la primera lectura).

En su primera manifestación nació como un Infante,  que llegaba a nosotros como la manifestación de la gloria. Es sabido que “la gloria de Dios” es Dios mismo en cuanto se manifiesta de forma perceptible, de algún modo. Las palabras dirigidas a los pastores son similares a las transmitidas en las anunciaciones a Zacarías y a María. Su anuncio es un evangelio de buenas noticias y de alegría (que se hallan frecuentemente unidas en Lucas) (segunda lectura).

En la palabra “evangelio”, tan preferida de Lucas (1,19; 3,18; 4,18.43... y frecuentemente utilizada también en el libro de los Hechos) se halla incluida la presentación de Jesús como el Salvador (= sotér, una palabra típicamente griega, que es poco utilizada en el NT por su asociación al culto imperial). Cuando Lucas la utiliza lo hace contraponiendo a Jesús, el verdadero Salvador, al emperador romano que se había apropiado indebidamente dicho título (Hch 5,31; 13,23). El título de Salvador le corresponde a Jesús desde su nacimiento; en este momento le es aplicado de forma anticipativa, porque únicamente lo será en plenitud cuando entre en su gloria a partir  de la resurrección: ”Sepa, pues, toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Mesías a este mismo Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2,36).

Nació como el más pobre. Nos resulta casi imposible imaginarlo así. La ausencia lacerante de los medios más elementales para aterrizar en nuestro mundo necesita ser suplica por el amparo de la naturaleza que le ha prestado un hueco, una cueva utilizada a veces como establo. Esto justifica que hubiese allí un pesebre clavado fuertemente o adosado con firmeza a la pared. Allí buscaron la seguridad para el recién nacido, que no la hubiese tenido ni en la posada ni en una casa particular, compuesta por una única estancia donde hacía su vida toda la familia e incluso los animales que les procuraban el sustento. El trasiego existente en estas estancias no ofrecía la mínima seguridad para un recién nacido.

A fuerza de ser sincero Lucas resulta despiadado: no concede la mínima cabida ni al sentimentalismo ni a rasgos poéticos de ningún tipo. El rostro sonrosado del Niño y sus preciosos cabellos ensortijados, su boquita sonriente haciendo gracias y comunicando amor pertenecen a la leyenda piadosa, no a la seriedad del evangelio. Lo que no se le ha olvidado es decirnos que aquel Niño necesitaba pañales, como cualquier niño; su única seguridad eran sus padres que, a pesar de todas las dificultades, tenían la alegría extraordinaria de extasiarse ante el Niño, como todos los padres primerizos, y la que le daba aquel pesebre vacío y bien seguro.

Posiblemente en aquellas noches no hubiese ganado encerrado en aquella cueva, que servía a veces de establo. Las pretensiones de la realeza chocan violentamente con las circunstancias de los comienzos: Cristo, el Mesías, traía a oídos judíos los ecos del Rey ideal. ¿Un rey que ni siquiera podía ser acunado cuando lloraba porque su cuna era un pesebre inmóvil? (Jn 18,37; Mt 21,1ss y par.)  ¿Cómo  es  imaginable que  el Sol que viene  de lo alto  para iluminarnos (Lc 1,78), el hijo de David (Lc 1,36), necesite ser envuelto en pañales? Lucas ha querido cortar en su misma raíz todo posible brote de docetismo: no es la idea de un Dios lejano lo que nos presenta, sino al Dios tan cercano a nosotros que se hizo y es uno de nosotros.

Lucas ha sabido coordinar dos ideas fundamentales: la presentación de la patria de Jesús, que es Nazaret (Lc 2,4; 4,16ss.34; 18,37; 24,19), con las promesas hechas a David, que le vinculan a Belén mediante su nacimiento. Además, como el acontecimiento tuvo lugar durante el gobierno del imperio romano Lucas quiere poner de relieve el mesianismo davídico de Jesús a través de la línea de José. El tercer evangelista subraya fuertemente dos aspectos: que Jesús fue un rey davídico, el hijo de David y, al mismo tiempo, que fue un rey absolutamente alejado de toda ambición política.

Hasta aquí todo había ocurrido en secreto. Pero no existe un rey sin su corte. Y, por orden divina, la primera epifanía concedida a los pastores, tiene el significado de agrupar al pueblo en torno a su Rey. Esta primera epifanía ha sido vista desde distintos ángulos: Rechazamos el primero, que ve en los pastores los primeros adoradores mencionados en el mito de Mitra, dios de los pastores. Un mito que se habría introducido en el evangelio. Lucas marcha por otros caminos. El segundo enfoque centrará esta epifanía en el aspecto histórico. Al este de Belén, en el desierto de Judá, en la zona que hoy conocemos como “el campo de los pastores”, donde raras veces hace su aparición la nieve, podían encontrarse algunos pastores para proteger a sus rebaños de los ataques de las alimañas. Estos se convirtieron en el primer pueblo en torno a su Rey, por estar vigilando durante la noche sus reses. Es un motivo a tener en cuenta. No obstante vigilantes nocturnos había en el templo y en el palacio real de Jerusalén. No fueron ellos los elegidos para esta primera epifanía del Niño recién nacido.

En los evangelios de la infancia, tanto en Lucas como en Mateo, los ángeles juegan un papel importante. ¿Puede el hombre “moderno” aceptar, sin más, estas historias en las que intervienen los ángeles?  Notemos lo siguiente: Si aceptamos la existencia de Dios, no debiera ser más difícil contar con la existencia de “otros seres” que pertenecen a “ese mundo”; desde el pensamiento de la creación no puede excluirse la existencia de fuerzas o poderes que ejecutan el plan de Dios sobre la creación.

Lo que acabamos de decir puede no interesar. Lo importante, desde el punto de vista bíblico, es lo siguiente, ¿en qué se conoce a los ángeles? Los relatos en los que aparecen renuncian a su descripción; insisten únicamente en lo que dicen o en lo que hacen; su figura desaparece tras de su misión. Su misión e intervenciones son siempre flechas indicadoras del mundo de lo divino y de la revelación que se comunica a los hombres. Bien puede tratarse de figuras puramente funcionales.

Más importante nos parece el aspecto teológico: el ancestro más importante de Jesús fue David que, de pastor, se convirtió en rey, en el mejor rey de Israel (1S 16,11ss; 2S 7,3). “Y eligió a David, su siervo, y lo tomó de las majadas de ovejas, de detrás de las ovejas que cría le tomó, para que apacentase a Jacob, su pueblo, a Israel su heredad” (Sal 78,70-71). No puede negarse la evocación de David con los pastores y su vinculación con Belén elevada de categoría por el profeta Miqueas: “Y tú, torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sión, volveré a ti tu antiguo poderío y la realeza que es propia de la hija de Jerusalén” (Mi 4,8).

Otra razón no menos importante la tiene Lucas porque ve en ellos la personificación de su pensamiento teológico más importante: el Rey recién nacido es aceptado por los humildes, incluso por los marginados, por la gente sencilla y sin relieve social alguno, como eran los pastores en aquel momento. Los dirigentes de Israel no hicieron caso alguno a la revelación de Dios. ¡No era serio que Dios hubiese utilizado como profeta a un artesano sin haber pasado por la universidad y sin título alguno justificativo!.

En breves palabras la carta a Tito (segunda lectura) pone de relieve el significado más profundo del Niño anunciado y nacido: El realiza el plan salvador de Dios (es el sotér, al que nos hemos referido, que exige la limpieza moral en la vida de cada día, encarna la esperanza de un encuentro benevolente con el gran Dios y Salvador Cristo Jesús “el cual se entregó por nosotros para restaurarnos de todainiquidad”.

Felipe F. Ramos

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