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Tiempo OCTAVA DE NAVIDAD, EPIFANIA DEL SEÑOR

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 60,1-6
2ª lectura: Ef 3,2-3ª. 5-6
3ª lectura: Mt 2,1-12

 

El episodio de los Magos tiene todas las características de una leyenda. Naturalmente con una base sólida que la dio consistencia. En todos los países donde se cultiva la ciencia astrológica –y esto ocurría en todo el entorno de Palestina- existía la firme convicción según la cual cada niño nace en la coyuntura astral; de ahí que cada hombre tenga su propia estrella. Más aún, la aparición de una nueva estrella o la conjunción de dos hacía pensar inevitablemente en un acontecimiento que determinaría un cambio en la historia humana. Puede decirse de otra manera: la regularidad en la marcha de las estrellas garantizaba la normalidad en la marcha del mundo. Por tanto, un acontecimiento importante tenía que ser señalado de algún modo en la marcha de las estrellas. Ahora bien, como el nacimiento de Jesús era el acontecimiento más importante de la historia humana necesariamente debía ser anunciado por el mundo de los astros. Es en este punto donde se unen la leyenda y la teología.

 

La base histórica para nuestro relato –supuesta la mentalidad mencionada- es la siguiente: el año siete a.C. tuvo lugar, según los cálculos astronómicos (Kepler, en particular), la conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación Piscis. El planeta Júpiter era considerado universalmente en el mundo antiguo como el astro del Soberano del universo. Saturno era el astro de Siria y la astrología helenista lo designa como el astro de los judíos. Finalmente, la constelación Piscis estaba relacionada con el fin de los tiempos. Es lógico, ante la conjunción de Júpiter y Saturno, que se pensase en el nacimiento, en Judea, del Soberano del fin de los tiempos.

 

En Qumran ha aparecido también el oráculo del Mesías. Esto nos indica que, también los judíos, mezclaban las creencias astrológicas con las esperanzas mesiánicas y especulaban acerca de cuál sería el astro bajo el cual nacería el Mesías.

 

A pesar de todo lo dicho, no hay posibilidad alguna de identificar la estrella de los Magos con ninguna estrella del universo. Mateo (tercera lectura) pudo haberse inspirado en cuanto precede, pero el relato bíblico pretende hablarnos de una manifestación extraordinaria que, desde la oscuridad, guía a los Magos a descubrir al rey de los judíos y del universo.

 

Los Magos son figuras teológicas y funcionales, que vienen a ratificar la dignidad única del protagonista del evangelio,  a quien  Mateo ya ha presentado (Mt 1,1-25). De ahí que esta escena sea como el cumplimiento de la anterior. Más aún, estos hombres –que eran paganos, no judíos, y por tanto desconocían la revelación del AT- reconocen al Mesías y no se escandalizan de su humildad mientras que, por el contrario, los doctores de la Ley, especialmente versados en la Escritura, no lo reconocen.

 

Estamos ya ante una tesis que se hará general a lo largo del evangelio de Mateo: Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y es aceptado por los gentiles (se acerca a él un centurión para pedirle un favor, Mt 8,5ss; lo mismo hace una mujer pagana, sirofenicia, que le pide la curación de su hija ; Mc 7,24ss; el cuarto evangelio nos habla de los griegos que querían ver a Jesús, Jn 12,20ss. Si los suyos y su pueblo se apartan de Jesús se produce una grave contradicción ya que la humildad de sus orígenes y, posteriormente, la de toda su vida, había sido anunciada en el AT (Mt 11,6: “Dichoso aquel que no vea en mí una ocasión de escándalo”. Esta contradicción la experimentaría incluso la madre de Jesús, porque sus experiencias con el Niño confirmarían, en realidad, lo predicho por el AT. ¿Es ésa la razón por la cual María conservaba todo lo que estaba oyendo y viendo en su corazón? ¿No es ésta la línea de la fe impuesta en el evangelio?.

 

La verdadera contradicción entre lo anunciado y su cumplimiento había sido introducido por las especulaciones fantásticas del judaísmo que esperaban un Mesías poderoso, que impondría por la fuerza y mediante ejércitos invencibles su señorío sobre el mundo entero. Estas especulaciones habían falseado las promesas.

 

El texto los presenta como magos. La palabra es oriunda de Persia y con ella se designaba a los dirigentes religiosos. En el griego corriente se utilizaba para referirse a los magos propiamente dichos o practicantes de artes mágicas. ¿Qué significa en nuestro texto? Por supuesto que no eran reyes. Esta creencia surgió posteriormente bajo la influencia de algunos pasajes bíblicos (Sal 72,10; Is 49,7; 60, 10: vendrán reyes y adorarán a Yahvé. “Los reyes de Tarsis y de las Islas le ofrecerán sus dones, y los reyes de Seba y de Saba le pagarán tributo” (Sal 72,10). Posteriormente, en el siglo quinto, se concretó su número sobre la base de los dones ofrecidos. Finalmente, en el siglo octavo, recibieron el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar. Tampoco eran lo que hoy conocemos como sabios; tenían conocimientos de astrología. Hoy los llamaríamos astrólogos.

A las razones históricas y psicológicas deben añadirse las teológicas y bíblicas, para expresar las cuales el lenguaje más adecuado es el poético. El texto de Isaías (primera lectura) juega con las imágenes de la luz y las tinieblas, Jerusalén, invadida por densas tinieblas: ocupación extranjera, destrucción del templo, destierro babilónico, matanza de sus reyes y dirigentes... se convertirá en ciudad luminosa: brillará intensamente porque en ella se establecerá la gloria de Dios (Is 4,4-6; 24,23); se convertirá en el faro iluminador de los que viven en tinieblas (siempre es de noche cuando falta la luz); todos los pueblos con sus reyes se sentirán atraídos por su esplendor y belleza ; los israelitas dispersos por una diáspora inmensa acudirán a su patria sin esfuerzo (Is 49,22-23: “Así habla el Señor, Yahvé: Yo tenderé mi mano a las gentes, y alzaré mi bandera a las naciones, y traerán en brazos a sus hijos, y en hombros a sus hijas. Reyes serán tus ayos, y reinas tus nodrizas; postrados ante ti, rostro a tierra, lamerán el polvo de tus pies”.

 

La riqueza del mar llegará a Jerusalén y su pobreza se tornará en riqueza que, como es lógico, cambia el llanto en celebraciones festivas. Se repetirá algo tan fantástico e inesperado como lo ocurrido en los días de Salomón: la reina de Saba llegó a Jerusalén cargada de riquezas y regalos (1R 10,1-12). Lo de entonces se repetirá ahora en forma de caravanas procedentes de Madian y de Efa, de las tribus emparentadas con Israel, que vivían al noroeste de Arabia (Gn  25,4) y, más al sur-este, los de Seba, de Arabia (en el Yemen actual) que eran famosas por el oro (1R 10,2; Ez 27,2; Sal 72,15), por las cañas aromáticas y perfumes exquisitos (Jr 6,20).

 

¿Por qué el motivo teológico no ha eliminado los motivos legendarios? Ahí sigue la estrella, los astrólogos que la persiguen, la investigación basada en su descubrimiento... La explicación a este interrogante la tenemos también en razones teológicas: En Jesús se cumplen todas las esperanzas, no sólo las del pueblo judío sino las de todos los hombres. El es el Rey que todos esperamos, un rey humilde y oculto. Quien lo encuentra se alegra, le convierte en el rey de su vida y le rinde el más precioso homenaje. Como los Magos. Los regalos mencionados en el texto son los productos típicos de un país oriental.

 

Pablo se manifiesta personificando dichas esperanzas (segunda lectura). El se siente comodoctor gentium; le ha sido concedido el misterio de la revelación para abrirlo a todas las gentes más allá del judaísmo (se acentúa de este modo la universalidad del evangelio) como apóstol de los gentiles; y como él, todos aquellos a los que ha llegado el evangelio participan de la promesa en Jesucristo gracias a los instrumentos elegidos, iluminados e impulsados por la fuerza del Espíritu.

 

 

Felipe F. Ramos

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