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TIEMPO ORDINARIO, Domingo II

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 62,1-5
2ª lectura: 1 Co 12,4-11
3ª lectura: Jn 2,1-12

 

 

El amor de Dios al hombre, sinónimo del que tiene a Jerusalén, es celebrado mediante la imagen matrimonial: “Sión decía: Yahvé me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede la  mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? (Is 49,14; puede verse también 54,1-8). La ciudad será agraciada con un nombre nuevo: de “abandonada” (así se llamaba Azuba, la madre del rey Josafat, 1R 22,42), pasa a ser  “mi favorita” (era el nombre de la madre del rey impío  Manasés, Jafsiba, 2R 21,1). Los nombres eran, por tanto, nombres propios. Son utilizados por su simbolismo. (primera lectura).

 

El mismo amor es descrito, desde el principio, con imágenes poéticas sobre la nueva Jerusalén. La ciudad santa es el punto de apoyo necesario para describir la acción de Dios sobre el hombre: en ella, y en todos aquellos simbolizados en ella, se hará presente la acción salvadora de Dios, lo que llama el poeta “la aurora de su justicia y su salvación”. Jerusalén es como la corona del rey, que Yahvé tiene en su mano y como la diadema real en manos de Dios. Ambas imágenes hacen referencia a la recuperación de la dignidad y autoridad perdidas.

 

La escena de la boda en Caná de Galilea (tercera lectura) nos es sobradamente conocida, frecuentemente comentada, entrañablemente vivida, deficientemente interpretada e incluso vulgarmente degradada trasladándola al terreno del chiste o de la leyenda inverosímil. La verdad es que el relato se presta a ello. Para evitarlo es necesario conocer las claves necesarias para llegar al verdadero significado y mensaje de un texto evangélico tan bello y denso de contenido.

 

En primer lugar debemos situarla en el terreno del “signo”. Llamamos así al indicador, a la señal extraordinaria (=  el  semeion, como se dice en griego), a la flecha indicadora de una dirección determinada, a la puerta abierta en la materia o en una narración centrada en una realidad material introduciéndonos por la cual podemos llegar hasta su mismo corazón, hasta lo inmaterial; allí situados descubriremos mundos nuevos, desconocidos, increíbles, que denominamos lo “sacro”, es decir, el mundo de la Realidad traducido o conquistado desde la materia. El cuarto evangelio llama “signo”,semeion, a los milagros porque, al leerlos, el lector se siente avisado para que no se quede en la realidad descrita, por bella que le parezca, sino que continúe leyendo hasta llegar al “cogollo”, a la verdad plena a la que la flecha le indica.

 

El presente relato evangélico es un milagro de epifanía o de revelación, y su categoría de “signo” se manifiesta en una serie de rasgos que el evangelista ha destacado precisamente con esa finalidad. Los enumeramos a continuación. El primero nos lo ofrece en la datación del suceso. Nos habla de “tres días después” (2,1). ¿Tres días después de qué? Los días anteriores los tenemos mencionados en el capítulo anterior. En él encontramos la frase “al día siguiente” repetida tres veces (1,43.35.29) a los que hay que añadir el día anterior al transcurrido antes de mencionar el primero “al día siguiente” (1,29). Son cuatro en total, a los que deben sumarse “los tres” con los que comienza este capítulo segundo. Esto nos proporciona el marco de la semana. De este modo nos dice el evangelista, de forma alusiva, a la que él recurre muy frecuentemente, que comienza un tiempo nuevo. Así como la primera creación se desarrolló en el plazo de siete días, así ahora, al mencionar los siete días, se nos estaría diciendo que la obra de Jesús es una nueva creación.

La historia nos es presentada en el marco de una boda. Este dato nos orienta en la misma dirección que el anteriormente mencionado. La imagen matrimonial es indicativa de las relaciones entre Dios y su pueblo desde el profeta Oseas. Esta precisión nos obliga a pensar en el comienzo de nuevas relaciones entre Dios y el hombre.

 

Esta novedad es particularmente acentuada mediante las tinajas de piedra, con su referencia al medio judío de purificación. Dichas tinajas eran de piedra, no de barro, como era lo usual. La razón está en que la piedra era considerada como inasequible a la impureza legal. Se está hablando, por tanto, de un  sistema perfecto de purificación. El evangelista afirma lo inadecuado de un  medio tan “perfecto” en el mismo número seis, siete menos uno (el número perfecto es el siete). Aquellas tinajas no pudieron cumplir la finalidad a la que habían sido destinadas. Por eso deben dar paso a un vino excepcional y abundantísimo (más de quinientos litros). El vino era una característica sobresaliente de los tiempos y de los bienes mesiánicos. En la misma línea apunta la afirmación de la madre de Jesús:No les queda vino. Ella representa al judaísmo, al AT y a la humanidad entera. Y constata la falta de algo que era esencial en los tiempos mesiánicos: la abundancia y exquisitez del vino. Así lo afirma después el organizador de la fiesta.

 

Desde el momento en que Jesús comienza su “ministerio público”, debactuar movido únicamente por la voluntad del Padre. No admitirá injerencias de nadie; ni siquiera de su madre. Esto es lo que justifica la respuesta “dura” que le dirige y cuyo contenido debe traducirse así: Mujer, deja de intervenir ya en mi vida. La hora que todavía no ha llegado no es la de hacer milagros, sino la de la cruz, pues la “hora” indica el momento supremo en el que Jesús se halla cumpliendo de forma plena su misión específica. Baste pensar que la “hora” llega en la segunda parte del evangelio, a partir del cap. 13, no antes. Es importante traer a la memoria el texto siguiente: “Me encuentro profundamente abatido; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Pediré al Padre que me libre de esta hora? De ningún modo, porque he venido precisamente para aceptar esta hora (Jn 12,27; se halla antes del cap. 13, que hemos considerado  como el punto a partir del cual comienza la “hora”. La justificación del presente texto la tenemos en que es una anticipación de dicha hora. El texto copiado debería figurar en el cap. 18, relato de Getsemaní y sería paralelo al de los sinópticos). Debe descartarse, por tanto, la interpretación habitual que entiende la hora como el momento a partir del cual Jesús comienza a realizar milagros. Téngase en cuenta, además, que el milagro no tiene ninguna hora prefijada para ser hecho.

 

Jesús, al dirigirse a su madre, la llama mujer. Lo mismo ocurre en el momento supremo de la cruz. La intención parece clara: se trata de sacar la escena del ámbito estrictamente familiar para afirmar que los lazos de la familia de Dios son más fuertes que los de la sangre. Se nota un progreso que va en la dirección siguiente: de María, persona privada y privilegiada, la madre de Jesús, a la “mujer”, que tiene un quehacer importantísimo en la historia de la nueva creación. La palabra “mujer” presentaría a María como la nueva Eva, que se halla junto al nuevo Adán en el nacimiento de la nueva humanidad. No deja de ser significativo que, después de las palabras “duras” que Jesús le dirige en Caná de Galilea, su madre desaparece de escena y no vuelve a aparecer hasta el momento de la cruz, que es “la hora”, el nacimiento de la nueva humanidad.

 

La conclusión del signo (2,11) puede ser considerada como la clave más importante: es el primero. Por consiguiente  debe ser considerado en relación con los que Jesús hará después. En él Jesús manifestó su gloria, es decir, la realidad divina presente y operante en él. Y los discípulos creyeron en él. La reacción del hombre ante  los signos es la fe. En esta última clave se pone de relieve, de forma muy singular, que la finalidad primera del relato está centrada en Jesús, no en María. El centro de gravedad es cristológico. La figura de María está subordinada a él. Esto no significa una infravaloración  de la madre de Jesús. El argumento va de menor a mayor: si cuando no había llegado la hora, Jesús actúa porque se lo pide su madre,¡cuánto más cuando haya llegado la hora!.

 

El tema de la historicidad ha sido cuestionado aduciendo el mismo motivo de la conversión del agua en vino llevada a cabo por el dios Dionisio, el dios del vino. Plinio nos habla de una fuente que manaba vino los primeros días de enero, el tiempo en el que los cristianos celebraban la epifanía. Dicha fuente “manaba” el vino que era depositado en unos recipientes que la alimentaban las vísperas de las fiestas.. El templo de Dionisio en Corinto contiene evidencias arqueológicas de “milagros” de este tipo. El culto es conocido por Filon, que lo aplica alegóricamente al Logos bajo la apariencia de Melkisedeq que “ofreció vino en lugar de agua”.

 

Comparando esta leyenda con el relato de Caná de Galilea debemos establecer las consideraciones siguientes: la analogía no supone la genealogía. El hecho de que dos personas o cosas se parezcan mucho no significa que una dependa o haya sido copiada de la otra. Por consiguiente, la analogía no resuelve todo el problema de la historicidad. ¿Fue atribuido este “signo” a Jesús para demostrar que era superior el dios Dionisio? La posibilidad se halla a bastante distancia de la realidad. Creemos que la cuestión debe plantearse de la forma siguiente: Que Jesús acudiese a una boda en un pueblo cercano al suyo es absolutamente verosímil. Que fuese acompañado de su madre y de sus hermanos no debe llamar la atención a nadie. No tenemos fundamento para suponer que fuesen parientes o amigos entre sí. Que llegase a faltar el vino y María se interesase por resolver aquel problema y acudiese a Jesús por razón de la gente conocida por él en aquel lugar no se sale todavía del marco de lo posible. A partir de ahí, es decir, sobre su base histórica, la escena pudo comenzar a “teologuizarse”.

 

Y en este proceso de teologuización pudieron influir muchos motivos: el nuevo medio de purificación sustitutivo de los recursos judíos: que el agua haya sido sustituida por el vino de la nueva alianza; la profundización en el significado de las relaciones familiares entre el Hijo y la madre, que se nos aclararán definitivamente cuando llegase la “hora” (Jn 19, 25-27); la consideración de la obra de Jesús como una nueva creación ; la utilización misma de la leyenda aludida sobre el dios del vino, haciendo referencia en nuestro caso a la eucaristía; la adición de los discípulos, que sería obligatoria posteriormente cuando Jesús ya los tenía: originariamente pudo haber hablado el texto de Jesús, su madre y sus hermanos. No olvidemos que lo importante en estos casos no es el rito sino el contenido del mismo. El rito bautismal cristiano se parece a los utilizados por los judíos, por los monjes de Qumran, y por todas las sectas baptizantes. Lo específico del bautismo cristiano es el contenido. Algo semejante podría haberse dado en el caso presente.

 

La nota dominante en la liturgia de hoy es el amor. Entre la primera lectura y la tercera se sitúa el apóstol  Pablo describiendo el amor en forma de carisma (segunda lectura): en el Cuerpo de Cristo no todos valemos para todo, pero todos valemos para algo. La diversidad de aptitudes para la edificación de la Iglesia es producida por el mismo Espíritu. Es una llamada fortísima a no considerar como el carisma más importante, y menos aún como el único, el del gobierno. Eso significaría “apagar el Espíritu” (1 Ts 5,19-20).

 

Esta unidad en la diversidad es tan necesaria a la Iglesia como la unidad de los órganos en un cuerpo físico. Para destacarlo Pablo tiene delante la fábula que el tribuno. Menenio Agripa contó a los plebeyos de Roma que, descontentos de su situación social inferior, habrían ido a la huelga retirándose al Monte Saro. Pablo la da otro sentido: no es tanto una rebelión posible de los miembros inferiores lo que él teme,  cuanto el orgullo de los “superiores” que, además, se disputaban quizá entre ellos la excelencia de sus dones respectivos (2 Co 11).

 

Felipe F. Ramos

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