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TIEMPO ORDINARIO, Domingo IV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1 lectura: Jr 1,4-5.17-17
2ª lectura: 2Co 12;13- 13,13
3ª lectura: Lc 4,21-30

 

 

La liturgia de hoy abre sus lecturas bíblicas con la presentación de uno de los hombres más grandes de todo el AT: místico, poeta, teólogo, político, enamorado de Dios y de su pueblo hasta el extremo, mártir por la causa de su enamoramiento en ambos frentes, singularmente elegido por Dios, al que se entregó incondicionalmente en su respuesta a pesar de una tremenda resistencia e incluso repugnancia ante las exigencias divinas (Jr 20,7-18) a las que, a pesar de todo, cedió como ante una voz irresistible (primera lectura).

 

Jeremías sintió la llamada de Dios a ser profeta, a hablar en su “nombre”, a ser su portavoz. Eso significa ser profeta. La llamada divina se convierte en principio determinante y regulador de su vida. El apóstol Pablo tuvo la misma experiencia y su cualidad decisiva (Ga 1,15-16). Existen diferencias  en la forma junto a la identidad en la fuerza irresistible. La experiencia fue tan real como el pan que comía y el agua que bebía. Y tuvo la conciencia inquebrantable de que su llamada se remontaba al tiempo en que todavía se hallaba en el seno materno: antes de haber nacido ya existía en el pensamiento divino como profeta. Fue un hombre “conocido de antemano”, “elegido”, “amado”, “consagrado”, “predestinado” e incluso, por seguir el esquema del Apóstol, “glorificado” (Rm  8,29-30); un yunque inamovible ante aquellos que lucharon contra él para silenciar su voz, porque Dios estaba con él.

 

Halagado por poco tiempo y destinado sorprendentemente a la muerte, como Jesús en su tierra (tercera lectura). Todos se hacían lenguas de él y se admiraban de las palabras llenas de gracia que brotaban de sus labios (Lc 4,22). Intentaron despeñarlo (Lc 4,29). Pasando por entre ellos se alejó (Lc 4,30). ¿Cómo puede unirse una tensión tan violenta en una unidad literaria tan breve como ésta que nos refiere el evangelista Lucas? Pasa de la admiración y el aplauso al desprecio y odio mortal. De la presencia entusiasta de Jesús entre la gente de su pueblo a su alejamiento de ellos.

 

La explicación de tan grave contradicción debe partir de que estamos ante el discurso programático de Jesús. En su estudio encontraremos la solución a estos interrogantes. Se nos habla de las palabras de gracia. El texto nos obliga a pensar en  “las palabras de salvación” que brotaban de su boca, no en palabras bonitas y elegantes pronunciadas por “el pico de oro” de turno. La idea se hallaba anticipada en el AT: “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). Las “palabras de gracia” se refieren al poder divino salvador personificado en Jesús. No se hace referencia al atractivo exterior de sus palabras, a su elocuencia admirable, sino a su contenido en cuanto predicación de la gracia. Es la misma línea en la que se sitúa san Pablo que no intenta expresarse “con palabra docta”, ni “con sublimidad de elocuencia o de sabiduría” ni “con discursos retóricos persuasivos”. La palabra de Jesús no se caracteriza por su belleza literaria sino por su poder liberador” ( Mc 1,27).

 

Jesús de Nazaret “desconcertó” a los que le oyeron; sus palabras y gestos son impropios del carpintero; la humildad de sus orígenes no suscitó entusiasmo, sino escándalo; no pudo hacer allí ningún milagro. Jesús se quedó extrañado de su incredulidad (Mc 6,1-6). ¿No es éste el hijo de José? Es el subrayado o la cursiva lo que nos da la razón de la admiración de la gente. ¿Cómo puede un hombre y, además, un hombre sin el más elemental relieve social, ofrecer algo tan por encima de las posibilidades humanas por desarrolladas que estén?.

 

Jesús responde con un  proverbio popular: Médico, cúrate a ti mismo. En él se expresa el significado de la persona de Jesús. Los nazaretanos no deben seguir pensando que se trata de un curandero como tantos otros que circulaban en su tiempo. Es  el Médico. Cuanto Jesús hacía en el terreno de los exorcismos y curaciones le acreditaban como el Médico divino. El refrán en cuestión es un argumento más del rechazo de Jesús por sus contemporáneos.

 

Jesús se presenta en Nazaret como el profeta rechazado. Correrá la misma suerte que sus ilustres antepasados, Elías y Eliseo. También seguirá su mismo ejemplo. Los oyentes de Jesús no se tomaron en serio sus exigencias. En medio de la burla y de la ironía le piden las garantías de las mismas, realizando allí los milagros que había hecho en Cafarnaún. Jesús contestó diciendo: la petición de milagros para creer es la prueba más palmaria de la falta de fe e incluso de la oposición a la misma. Jesús no hizo ningún milagro para provecho personal; siempre tuvo delante el servicio al reino de Dios y a todos aquellos que estaban dispuestos a aceptarlo; nunca accedió a divertir a los curiosos amantes de sensacionalismos y malabarismos. (Ni siquiera Herodes tuvo esa suerte, Lc 23,8).

 

Más aún, la actitud negativa de Jesús frente a los que pretendían divertirse a su costa, estaba apoyada en la Escritura. Este es el sentido que tiene el recurso que hizo a la historia de Elías y Eliseo. Un ejemplo que demuestra que, en la historia de la salvación, no pueden alegarse pretendidos derechos ante Dios. A través de la historia bíblica Dios mismo demuestra a los nazaretanos su error y les culpa de su falta de fe. La historia de Elías y de Eliseo da la razón a Jesús y responsabiliza a los nazaretanos de su actitud inadecuada.

 

Incluso mediante la mención explícita de la viuda de Sarepta y de Naamán el sirio, Jesús reafirma su seguridad de que, incluso allí donde el pueblo le niega su confianza, Dios abre nuevos caminos. Es el mundo de los paganos. Entre sus oyentes, enraizados y absolutamente fiados del pensamiento de la “elección”, estas palabras de Jesús fueron un rejón inesperado que produjo mucho daño. No sólo Jesús, sino Dios mismo se les ponía en contra. Esta reacción negativa de Jesús constituye una unidad con la aparente alegría del principio. Pero ahora, con los ejemplos de Elías y Eliseo, la oferta de la salvación se universaliza; caen las fronteras levantadas por el judaísmo.

 

El texto bíblico no puede ser más significativo: Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó. Jesús se aleja del judaísmo; anticipa, de este modo, el camino que seguirá la Iglesia. Imitaría el ejemplo de Dios que abandona a los que se alejan de él. Jesús continúa el camino hacia Dios según el plan previamente establecido por él. La oposición no le desconcierta ni le desanima. El sigue adelante.

 

Entre ambas lecturas bíblicas, el himno a la caridad (segunda lectura), nos viene como anillo al dedo. En ella, el Apóstol destaca tres puntos esenciales: 1º) Sin el amor, hasta las cosas más deslumbrantes y maravillosas se reducen a la nada (. V1-3); 2º) El amor es el manantial de todos los bienes (v.4-7); 3º) El amor es ya, aquí y ahora, lo que será eternamente. Para la composición de este canto, Pablo se inspiró en el amor de Dios, manifestado en Cristo: amor de entrega, desinteresado, ilimitado, hasta la muerte. El Apóstol refleja también en este himno su propia experiencia: el paso de la sequedad esterilizante de la Ley a la exuberancia fragante del amor que, después del encuentro con Cristo, se convirtió en palanca, en la fuerza motriz que impulsaba siempre su vida.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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