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TIEMPO ORDINARIO, Domingo V

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 6,1-2a. 3-8
2ª lectura: 1Co 15,1-11
3ª lectura: Lc 5,1-11

 

 

Entre los relatos de vocaciones proféticas destaca la de Isaías por su escenificación, imaginación y recursos objetivos que tiene delante y que son utilizados como vehículo de expresión de la íntima experiencia que vivió el profeta cuando Dios invadió su corazón (primera lectura). Destaquemos los elementos más sobresalientes: la visión de Dios como rey. Para describirla se sirve de la parafernalia solemne utilizada por el rey de Israel  que se encontraba en el templo. Pero el profeta mejora la imagen: la elegancia del manto regio es superada por el que viste Yahvé, que cubría todo el templo. Y, con la orla del mismo, se extiende a  toda la tierra. La compañía regia se halla sublimada por los serafines que rodean el trono divino en el que está Dios sentado; reconocimiento de su trascendencia en el clamor del triple “Santo”.

La purificación de los labios del profeta, que siente su indignidad para ser portavoz de la palabra divina. Le son purificados por un serafín, como el oro en el crisol, con un ascua ardiente tomada del altar del incienso y los perfumes. El temor del profeta puede obedecer a la convicción generalizada en la época de que nadie puede ver a Dios sin morir o a no haber obedecido antes a la llamada profética. Entonces se siente preparado y dispuesto para cumplir la misión profética.  La descripción poética y metafórica no pueden ser más expresivas.

 

El evangelio que nos ofrece la liturgia de hoy (tercera lectura) tiene también su centro de gravedad en el tema de la vocación. ¿Hecho real o ficticio, escena ocurrida o inventada, historia o teología, acontecimiento sucedido o artificio literario, realidad o fantasía, verdad objetiva o leyenda adornada?. Desde el planteamiento radical que hemos hecho resulta prácticamente imposible la opción por una de las ofertas apuntadas. Por otra parte, las posibilidades enumeradas no son tan opuestas que unas se opongan con exclusividad a las otras. La complementariedad puede unir aquello que, aparentemente, se contradice. Que Jesús estuviese alguna vez en una barca debe ser tan cierto como que estuvo en su taller de trabajo. La diferencia está en que, en su taller de trabajo, realizaba su vida y profesión para atender a la supervivencia  suya y de la familia. Cuando sube a una barca abandona esta dimensión y se sitúa en lo que constituía la misión que tenía que realizar por encargo del Padre y a favor de los hombres. Jesús, al enseñar desde la barca, lo hace sentado. Había adoptado la postura de los maestros cuando realizaban su tarea. Jesús enseña como Maestro.

Si partimos del hecho que Jesús estuvo alguna vez en una barca podemos afirmar que esto fue un hecho real, una escena ocurrida, una historia o historieta, un acontecimiento sucedido, una realidad y una verdad objetiva. ¿No es esto compatible con la presentación ficticia del hecho, con la invención de lo dicho y hecho en la escena aludida, con la teología que el suceso lleva en su entraña, con el artificio literario de la presentación, con la fantasía desbordada del narrador, con la legendarización de un suceso con tantas posibilidades?.

 

Según el evangelio de Lucas -también conoce esta escena el evangelio de Juan; sin embargo, entre los Sinópticos, es Lucas el único que nos la cuenta- Jesús, después de haber anunciado la Palabra desde la barca, manda a Pedro que se dirija mar adentro para pescar. Lo hace a regañadientes y muy en contra de su voluntad. No era día de pesca. Y él lo sabía mejor que Jesús. No obstante, por agradarle y fiándose de su palabra, accede a la petición. Fue tan grande su sorpresa que cayó en la cuenta de que lo ocurrido no podía explicarse como algo natural. Él había comprobado que aquel día la pesca no acudía a las redes. Había ocurrido algo  a un nivel distinto  de aquél en el que él se movía. Y se dirige a Jesús -le llama Señor- reconociendo la distancia que le separaba de él. El pecador se dio cuenta de haber estado  junto al Santo. Le pide que se aleje de él. Y Jesús reaccionó como suele hacerlo en estos casos: “No temas, de ahora en adelante, serás pescador de hombres” (Lc 5,10b).

 

Lo milagroso está en que Lucas presenta la escena como un relato de vocación. La palabra anunciada desde la barca se ve continuada y confirmada  en lo ocurrido posteriormente en ella.  Y es que el milagro es otra forma distinta de predicación. El milagro o es palabra o no es nada. En cuanto relato de vocación debe servir para presentar al que llama, al que dirige la llamada-vocación, a aquel que es llamado. Si aquel que se siente llamado debe responder positivamente al Llamante tiene que informarse sobre quién es. Esa es la finalidad de lo milagroso. Ahí está la necesidad de que el milagro se magnifique lo más posible, que se legendarice, que salga de lo realmente ocurrido para impactar a aquella persona que se siente interpelada por ello.

 

Jesús, que era carpintero, conoce mejor que Pedro, que era pescador, los secretos del mar. ¡Algo prodigioso!.- La pesca fue tan copiosa “que las redes amenazaban romperse”; pidieron ayuda a otros compañeros que llegaron “y de tal modo llenaron las dos barcas que casi se hundían”.- Estos detalles no aparecen en el evangelio de Juan. A él le mueven otros intereses.- El final del relato se halla exigido por el guión: “Después de conducir las barcas a tierra, lo abandonaron todo y le siguieron”. Los lectores del evangelio deben tomar conciencia de que los discípulos de Jesús deben continuar su misión.- En el éxito de la pesca influyen otros factores distintos del conocimiento de las redes, del mar, de los bancos de pesca, de la especialidad psicológica y sociológica del hombre. Pedro lo formuló con  absoluta veracidad y de una vez para siempre: “En tu palabra (fiado de ella) echaré las redes”.

 

Pablo expone con una densidad insuperable lo que es el “objeto” de la misión y del Evangelio (segunda lectura). Para su eficacia salvadora debe ser aceptado en la inquebrantable adhesión de la fe. La síntesis de la misma la constituye lo que hoy llamamos el hecho pascual: muerte y resurrección. La primera es confirmada por la sepultura y la segunda por las apariciones. Las apariciones son a la resurrección lo que la sepultura a la muerte. Sirven, sobre todo, para enraizar el hecho cristiano en la historia. Y de ello dan testimonio los primeros elegidos de Dios para anunciarlo, los apóstoles, entre los que figura Pablo como el primer pez espada manejada, por supuesto, por la experiencia de la gracia que Dios le había concedido.

 

Felipe F. Ramos

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