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TIEMPO ORDINARIO, Domingo VI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Jr 17,5-8
2ª lectura: 1Co 15, 12.16-20
3ª lectura: Lc 6,17.20-26

 

 

La contraposición entre bendiciones y maldiciones es una característica mayor del género sapiencial. El ejemplo por excelencia nos lo ofrece el Sal 1, en el que se discierne el camino radicalmente distinto del justo y el del impío. El segundo en categoría sería el evangelio de la liturgia de hoy: bienaventuranzas-malaventuranzas. Esto nos ha acostumbrado a utilizar el orden mencionado. El profeta Jeremías (primera lectura) invierte el orden. La maldición recae en la persona autosuficiente, el que no necesita de nadie, ni siquiera de Dios. La explicación se hace sencillamente mediante una comparación: es como los arbustos raquíticos que aparecen de vez en cuando por las tierras desérticas de Palestina y que no sirven para nada, ni siquiera para dar sombra. Por el contrario la bendición convierte al hombre abierto a Dios en un árbol frondoso, plantado junto a las acequias por las que corre abundantemente el agua (Pr 3,18: “Es árbol de vida para quien la consigue, quien la abraza es bienaventurado”; se refiere a la Sabiduría; Si 24,18ss). Esa es la diferencia entre el que se fía de sí mismo y el que pone su confianza en Dios (Sal 40,5; 118,8-9; 146, 3ss).

 

La consideración antecedente de Jeremías nos introduce en las bendiciones y maldiciones recogidas por Lucas en su evangelio (tercera lectura). Estamos habituados a hablar del “sermón de la montaña”. Nos ha acostumbrado a ello el evangelista Mateo, que lo llama así (cap.5-7). Lucas, en cambio, lo define como el discurso de la llanura. Ambos evangelistas se han inspirado en la misma fuente escrita, que los técnicos llaman Q (por ser la letra inicial de la palabra alemana “Quelle”, que significa fuente). La utilizaron independientemente el uno del otro. De ahí las diferencias entre ellos, una de las cuales es el lugar donde sitúan a Jesús enseñando: Mateo en el monte, Lucas en el llano. Otra diferencia importantísima es que Lucas ha reducido a cuatro las bienaventuranzas y, tal vez para completar el número, las ha yuxtapuesto otras tantas malaventuranzas o desdichas.

 

El discurso, tanto el del monte como el de la llanura, se abre con la bienaventuranza de los pobres. La mentalidad moderna, lo mismo que la antigua, proclama la bienaventuranza de la riqueza. También la mentalidad bíblica y, de un modo más general, la judía. Para entender la bienaventuranza de la pobreza es necesario remontarse al AT y a una tendencia dentro del judaísmo, donde la palabra “ani” = pobre o “anawin” = pobres, junto a su dimensión sociológica, tiene otra religioso-teológica. El pobre es el hombre honrado, piadoso y practicante de la justicia, que vive bajo el yugo del rico, del influyente y opresor. Quien vive honradamente, practicando la justicia y abierto a Dios, será retribuido por él. La injusticia y el compromiso con sus diversas caras es incompatible con la integridad exigida por Dios. La pobreza beatificada debe estar acompañada y determinada por la sencillez de corazón, por la convicción profunda de la necesidad que el hombre tiene de Dios, por la integridad de vida, por la apertura a los demás.

 

La palabra “pobre”, usada de forma absoluta, sin artículo, en griego, se refiere más a una cualidad o estado que a los pobres considerados como personas individuales. El aspecto “social” debe ser enriquecido con el religioso: “los piadosos”. Personalmente nos inclinamos a ver en ellos a todos aquellos que la élite del puritanismo judío, y de cualquier pueblo, desprecia como “los malditos por su desconocimiento de la Ley” (Jn 7,49). Los ham-ha-ares (las “h” son aspiradas), el pueblo de la tierra, la gente sencilla, la sufrida y desdeñada “clase baja”.

 

La segunda y la tercera bienaventuranza: la de la hartura de los hambrientos y la del consuelode los tristes forman una unidad con la anterior. Para su comprensión es preciso tener en cuenta la situación en la que vivían los destinatarios. Se afirma que su suerte cambiará radicalmente. De ahí viene la acentuación del ahora, que implica en su misma entraña la referencia a un futuro muy distinto y mejor. El reino de Dios, además de lo que ofrezca para el futuro, exige ya en el presente que se atienda a los hambrientos, a “los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6) y a los que lloran  o a “los tristes” (Mt 5,4). La justicia divina eliminará la injusticia humana. Y su alegría y consuelo se derramará copiosamente sobre todos aquellos que lo necesitamos. El Dios bíblico es el Dios del consuelo.

 

La dicha anunciada a los pobres, a los hambrientos y a los que lloran no tiene su razón de ser en las carencias o dificultades en cuanto tales, sino en que son discípulos de Jesús.

 

La cuarta bienaventuranza sobre la marginación y persecución, así como la desdicha correspondiente, reflejan la situación de persecución en que está viviendo la comunidad cristiana, pero puede igualmente remontarse a Jesús, ya que es muy verosímil que las dificultades e incluso persecuciones de los discípulos fuesen anunciadas por el mismo Maestro. Correrán la misma suerte que él ha corrido. Y ya la estaban corriendo. Era la experiencia intensamente vivida por los discípulos de Jesús que, inmediatamente después de la muerte del Maestro, sufrieron calumnias, insultos, procesos, persecución e incluso la muerte por la causa de Cristo. Eran las bienaventuranzas ya en acción, como seguirían y seguirán siendo a lo largo de la vida de la Iglesia.

 

La contraposición de las desdichas a las bienaventuranzas pretende subrayar, con todo el vigor posible, lo afirmado en los anuncios de felicidad. Las desdichas futuras no son fruto de un revanchismo mezquino. Jesús no rechaza la riqueza, sino a aquellos que ponen su dios en ella, y las constituyen en su último y definitivo punto de referencia. Los que así piensan han alcanzado el máximo consuelo, la hartura deseada y la alegría suprema a la que aspiran en contraposición al dolor originante del duelo que deprime a cuantos padecen en esta vida y que es causado, en muchas ocasiones al menos, por los “ricos bienaventurados”.

 

El criterio de discernimiento es Jesús mismo. Si sus discípulos reciben riquezas, aplauso, elogios y alabanzas como su aspiración suprema, no representan ni encarnan la causa del Reino. Si el mundo  se les opone viven con la garantía amistosa y filial que Dios concede a los suyos. Los discípulos de Jesús tienen ensayada y anticipada su suerte en la que corrieron los profetas, remunerados generosamente en el cielo; y escaparán al destino adverso al que siempre son sometidos los falsos profetas.

 

La bendición de los creyentes se plenifica en la resurrección (segunda lectura). En Corinto era negada desde la mentalidad dualista, que despreciaba el cuerpo y sólo creía en el espíritu como constitutivo del hombre. Si esto respondía a la realidad objetiva era lógico pensar en la inexistencia de la resurrección de Cristo. Y, dada la inseparabilidad de la resurrección de Jesús y la de los cristianos, si se negaba ésta caía por su base la otra. La vida creyente terminaría con la existencia biológica. Y si ésta constituye el final del camino, “seríamos los más miserables de todos los hombres”. Afortunadamente para nosotros, la resurrección innegable de Cristo es para el creyente liberadora de la muerte, vencedora del pecado y plenificadora del que acepta el misterio cristiano gracias a su inserción en la vida divina.

 

Felipe F. Ramos

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