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TIEMPO ORDINARIO, La Santísima Trinidad

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Pr 8,22-31
2ª lectura: Rm  5,1-5
3ª lectura: Jn 16, 12-15

 

La Sabiduría aparece hablando de sí misma en primera persona. El número de atributos que el autor atribuye a la sabiduría suma un total de veintiuno, o sea el resultado de tres por siete. (primera lectura). Los exegetas creen que se trata de un número elegido intencionadamente en orden a subrayar la suma perfección de la sabiduría, ya que en la Biblia los dos números, el tres y el siete, son frecuentes y ambos implican la idea de perfección. La enumeración de los atributos no parece seguir ningún orden lógico. La mayor parte de ellos están tomados de la filosofía griega y la intencionalidad del autor habría sido demostrar que la sabiduría divina tiene y sobrepasa las cualidades que los filósofos griegos atribuían a su sabiduría.

 

El pensamiento del  autor llega a su punto culminante cuando habla de las relaciones de la sabiduría con Dios. Los términos e imágenes empleados son más  o menos los que circulaban en los ambientes sapienciales y filosóficos, pero aquí están al servicio de nuevos contenidos y conceptos. La sabiduría es efluvio del poder divino. El texto original griego habla de hálito, es decir, la sabiduría procedería de la omnipotencia divina al modo como el  hálito sale de la boca del hombre. La misma expresión indica la sabiduría hablando de sí misma en Si 24,3: “Yo salí de la boca del Altísimo”. Esemanación genuina de la gloria del Omnipotente, al modo como los rayos proceden del sol o el agua límpida fluye de una fuente trascendente. Es reflejo de la luz eterna: san Juan dice que Dios es luz (1Jn 1,5) y envuelto en luz aparece en las teofanías del AT (Ex 24,17; Ez 1,27.28; Sal 50,3; 104,2). La sabiduría es como un reflejo esplendoroso de la luz divina.

 

La sabiduría es espejo nítido de la actividad de Dios: Dios no solamente es la fuente de la sabiduría, sino  que  además  la  guía en su acción y en su obrar (Sb 7,15); de ahí que la sabiduría sea un reflejo de la actividad de Dios. La sabiduría es imagen de su bondad: Dios difunde la sabiduría en la obra de la creación, especialmente en el hombre, llevado de su misericordia en orden a comunicar su bondad; consiguientemente, la sabiduría es imagen de la bondad de Dios.

 

A través de todas las imágenes se subrayan siempre dos ideas fundamentales: la estrecha unión entre la sabiduría y Dios y una cierta participación y comunión de la sabiduría con la naturaleza divina. Lo que aquí se dice de la sabiduría, lo aplica el NT, especialmente san Pablo y san Juan, al Verbo, al Espíritu Santo. Es decir, que tanto en el contenido como en las expresiones, nos encontramos ya muy cerca del dogma trinitario.

 

Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente podemos entender que Jesús es el Revelador, porque ha manifestado el Nombre, la realidad divina, su revelación , a los hombres (tercera lectura). La tarea del Paráclito, ¿añadirá algo a lo revelado por Jesús? La aportación del Espíritu no serácuantitativa, sino cualitativa. Su acción consistirá en que, bajo el impulso de su presencia y de su iluminación, quedará desvelado el misterio de Jesús y de su revelación. Por tanto, la aportación del Espíritu está en la línea de la verdad y del conocimiento de la palabra de Jesús. La verdad completa o plena se refiere a la revelación de Cristo entendida como una totalidad, como una magnitud única de sentido que ya ha sido dada y que es universal y trascendente.

 

¿Qué es la verdad completa? ¿Es distinta de la verdad enseñada por Jesús? ¿Existe otro nivel para ascender al cual se requiere la intervención del Paráclito? ¿Qué significa el “plus” que tiene que añadir el Paráclito a la revelación de Jesús? El “plus” del Paráclito o lo que éste tiene que añadir a lo dicho y hecho por Jesús  debe verse desde la perspectiva de la continuidad y pervivencia de la revelación en el futuro. Se trata, ni más ni menos, que de la existencia cristiana en el mundo. El futuro de la existencia cristiana estará condicionado por la palabra de Jesús captada desde la fe. Ahora bien, ¿cómo sería esto posible sin la acción del Espíritu?; Sólo desde la presencia operante del Espíritu Paráclito los discípulos de Jesús serán guiados hasta la verdad completa. Sin el Espíritu no hay otra cosa que una suma de muchas cosas que resultan absolutamente incomprensibles y, por lo tanto, inaceptables.

 

En los discursos de despedida, Jesús anuncia el Paráclito a los discípulos a los que está a punto de dejar. No nombra a unos dirigentes responsables de la comunidad. A diferencia de los demás autores del NT Juan no evoca el magisterio eclesiástico; subraya el don fundamental que marca (o debería marcar) a toda conciencia creyente. El texto transmitido tiene que ser interpretado continuamente, so pena de quedarse en letra muerta.

 

La verdad completa, considerada desde Dios, es camino, peregrinación, aprendizaje. Nunca meta definitivamente alcanzada. No latas de conserva de pescado capturado siglos atrás. Si consideramos la verdad completa desde la percepción humana, la incomprensión sigue haciendo patente el misterio. En este caso, el misterio del hombre. Su vida se constituye en la decisión de la fe o la incredulidad. Pero, ¿qué significa esta alternativa? Por supuesto, la opción por la salvación y la vida, que es lo que significa la decisión a favor de la fe. Pero las consecuencias extremas y supremas de la decisión de fe hoy son difícilmente aceptables, sobre todo cuando son presentadas como derivación de la fe “dogmática”. El lenguaje de los dogmas eclesiásticos y de la predicación tradicional le resulta tan extraño al hombre de hoy que ya no es adecuado, no sirve como medio de transmisión del mensaje evangélico.

 

La verdad nunca es completa aisladamente. La verdad “completa” se completa en la interrelación de los dos misterios, el de Dios y el de el hombre.  Para el cuarto evangelio la verdad esencialmente es una persona que revela a Dios al hombre, permitiéndole descubrir quién es él mismo y cuáles son sus razones para vivir. Esta verdad se llama Jesús de Nazaret. Toda la verdad o la verdad completa no es otra cosa que los hechos y los dichos de Jesús, su vida, doctrina, muerte y resurrección. Jesús de Nazaret, el revelador y la revelación de Dios. Guiar a la verdad completa caracteriza el libre movimiento vital de la fe en relación viva con Jesús de Nazaret, en una relación sostenida y colmada por el Espíritu, tanto a nivel individual como de Iglesia o de comunidad. Cuando la comunidad lucha con seriedad y celo por la causa de Jesús, tiene lugar o se está produciendo “el ser guiados a la verdad completa”.

 

La tarea específica del Paráclito es guiarnos a la verdad completa. En concreto esto significa:

 

Asegurar la conexión o vinculación con el pasado. La fe cristiana está centrada en el hecho de Jesús, que comprende lo hecho por él y lo hecho en él por los hombre que le mataron y por Dios, que le resucitó.

 

La maduración en la fe, liberándola de las adherencias culturales que “se pegan” a toda creencia transmitida a lo largo de los siglos.

 

La inculturación, conjugando del mejor modo posible la Tradición y la adaptación a los destinatarios actuales.

 

Guiar, no “llevar pasivamente”, sin que el llevado haga nada, a la confrontación aceptable de la realidad divina y la percepción humana.

 

Hacer constantes relecturas de la palabra de Dios desde las nuevas circunstancias de la vida del pueblo. La revelación, por el mero hecho de ir dirigida al hombre, tiene que mirar de modo irrenunciable al futuro. Jesús en cuanto revelador y revelación de Dios, abrió el tiempo último, el mundo escatológico y eterno. Pero esto es tan nuevo como lo son las generaciones que van irrumpiendo en la historia con el devenir del tiempo. Y estos hombres nuevos exigen que dicho futuro escatológico y eterno les hable en la lengua de la época a la que pertenecen. Y esto exige que los representantes o las personificaciones del mensaje evangélico lo comprendan, lo asimilen y lo traduzcan en lenguaje inteligible.

 

La intercomunicación de Dios y el hombre la expresa la Biblia en la nueva lectura de los acontecimientos que a ambos interesa: Se hacen constantes relecturas de la palabra de Dios recurriendo a todos los módulos humanos existentes: el histórico, con las características de la historia antigua, el profético, el poético, el legendario, fabulado o mítico... Distintas lecturas del éxodo liberador, de las plagas o signos de los tiempos, de la conquista de la tierra, laboriosa o victoriosa según interesaban en cada momento, incluso de la creación, de la aceptación o rechazo de la monarquía, de la alianza y sus diversas formas. Encontramos nuevas relecturas en todos aquellos temas en los que se expresan las relaciones entre Dios y el hombre y entre los miembros del pueblo de Dios.

 

En el NT el evangelio único llegó a nosotros en su forma cuádruple, en la que destaca la lectura profundamente interpretativa del de Juan; llegó en el género epistolar; en la forma de la monografía tal como entonces era conocida (Hechos de los Apóstoles); representado en la forma apocalíptica... Las diversas relecturas eran exigidas por la distinta mentalidad y cultura de los destinatarios y teniendo, por consiguiente, en cuenta las circunstancias histórico-culturales de cada momento.

 

Esta maravilla de las relecturas bíblicas constituye la mejor prueba de la riqueza inabarcable de la palabra de Dios, que puede adquirir tantas formas como son los tiempos a los que tiene que dirigir su mensaje..La Trinidad, los Tres en Uno o el Uno en Tres, nos ofrecen y exigen este esfuerzo constante, enorme, necesario, laborioso, complicado y gratificante. El Dios manifestado e interpretado por su Hijo bajo el soplo vivificador del Espíritu, lo que no quiere es repetidores, epígonos que, por serlo, renuncian a su misma dignidad humana.

 

San Pablo describe su tema mayor de la justificación por la fe, afirmando que  estamos en paz con Dios (segunda lectura). Reconciliación y paz definen la obra mediadora de Cristo entre Dios y nosotros. Su acción salvadora nos introduce en la esfera o ámbito divino. El segundo efecto de la justificación es la esperanza confiada. La actitud del hombre que se gloría en algo seguro está más allá de sí mismo, en la esperanza. Ahí se juntan la gracia y la gloria. Y esto tiene lugar incluso en las tribulaciones. Dicho de otro modo: La gracia o el favor divino como base de la esperanza cristiana es tan seguro que se manifiesta incluso en los problemas o dificultades,  que serían  una razón para separarnos de Cristo (Rm 8,35; 1Co 4, 11-13). La esperanza cristiana es tan fuerte que no puede quebrarse (Sal 22,8: “A ti clamaron, y fueron salvados; en ti confiaron y no fueron confundidos”. Sal 25,20: “Guarda mi vida y sálvame, no tenga que confundirme de haber acudido a ti”).

 

La firmeza de la misma tiene su garantía en el amor de Dios, es decir, en su amor por nosotros. Los textos sinónimos del AT sobre el particular lo traducen por “benevolencia” (Si 18,11); por “sabiduría” (Si 1,9); por “gracia” (Sal 45,3: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; en tus labios se ha derramado la gracia y te ha bendecido Dios con eterna bendición”; “efusión del Espíritu” (Jl 3,1-2); “ira sobre sus enemigos” (0s 5,10; Sal 79,6). El don del Espíritu no es sólo la prueba sino también el medio de la efusión del amor de Dios (Rm 8,15-17; Gal 4,6). Y esto significa la presencia divina  por excelencia sobre el justificado, sobre la persona a la que Dios ha convertido en justa, partícipe de su justicia salvadora.

 

Felipe F. Ramos

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