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TIEMPO ORDINARIO, El Corpus

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Gn 14,18-20
2ª lectura: 1Co 11, 23-26
3ª lectura: Lc 9,11b-17

 

El pequeño relato que inicia los textos bíblicos de hoy (primera lectura) convierte en teología un suceso difícilmente histórico. El autor bíblico mira hacia atrás para descubrir la teología de Jerusalén y del rey David. Y encuentra sus raíces en la figura de Abrahán, en su paso por la ciudad. En ella recibe hospitalidad y la bendición de su rey-sacerdote. El significado de Jerusalén para Israel, la capital religiosa y política desde los días de David, explica el interés por esos precedentes. El hecho de que se los cree de artificio se trasluce en el lenguaje un tanto enigmático con que se presenta el episodio. Pero la creación no fuerza los datos más allá de lo verosímil.

 

Históricamente verosímil es la figura de Melquisedec, cuyo nombre coincide con  la  onomástica de  reyes   jerosolimitanos   atestiguada   en  las  cartas  de El-Amarna. El nombre divino El-Elión es, efectivamente, el nombre del Dios venerado en esa ciudad de los jebuseos. Al ser asumido por Israel, ese nombre deviene un apelativo de Yahvé, el Dios Altísimo. En el relato se lo encuentra en la ambivalencia: es el Dios alabado por Melquisedec, su sacerdote, y es también el Dios que protege a Abrahán. Este hace suya la alabanza de aquél.

 

La actitud de Abrahán ante el rey-sacerdote cananeo es amistosa, como lo es también a la inversa. El gesto de la oferta de pan y vino es gesto de hospitalidad y ofrenda al que vuelve de batalla; lo es también para los hombres de Abrahán, y éste la recibe para ellos. Abrahán, por su parte, paga a Melquisedec el diezmo, lo cual significa que reconoce su sacerdocio. Las circunstancias de la conquista de Jerusalén por David, la asimilación de su población y posiblemente la aceptación del sacerdote jebuso Sadot como sacerdote de Yahvé son razones de la actitud ante esos cananeos, tan diversa de la atestiguada en otros relatos.

 

Como hemos dicho, la oferta de pan y vino es gesto de hospitalidad y ofrenda al que vuelve de batalla. La liturgia de hoy lo entiende en relación con la eucaristía. La elección del texto evangélico (tercera lectura) para celebrar la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo puede resultarnos desconcertante. Sólo cuando se ha reflexionado seriamente sobre el conjunto, la sorpresa se convierte en comprensión. Jesús se retira con sus discípulos a un lugar solitario. ¿Buscaba el descanso -no perdamos de vista que la escena se halla en el contexto de la misión de los Doce- o la serenidad necesaria para la oración? ¿No podría tratarse de un recurso literario para acentuar el cumplimiento de la misión de Jesús? Ante la presencia de la gente, Jesús les anunciaba el reino de Dios y remedió sus necesidades. La palabra y el hecho. La palabra que es hecho y el hecho que es palabra. Ambos constituyen el reino de Dios.

 

Nos orienta en esta dirección la actitud del pueblo, su despreocupación por las circunstancias en que se encuentra. Sólo les interesaba Jesús, al que habían descubierto. Su palabra y sus hechos satisfacían sus necesidades. El contrapunto a esta actitud de la gente, que le buscaba, nos lo ofrece la reacción de los discípulos o seguidores más inmediatos, que prescinden de los intereses de la gente y afirman que aquella situación era insostenible. Dicha contraposición es intencionada: constatamos, por un lado, la confianza de la gente en Jesús, que encuentra su satisfacción en estar junto a él oyendo su palabra, el Evangelio, y, por otro, el deseo de los discípulos por resolver aquella situación que les creaba problema. A pesar de sus experiencias con Jesús no habían comprendido que su presencia era la mejor garantía para cualquier necesidad, incluida la del hambre.

 

Todo está preparado para que se produzca el milagro. La multiplicación de los panes se convirtió en la historia más difundida y que más profundas raíces echó en la predicación de la Iglesia original y en la fe que ella suscitó entre los discípulos. Los evangelios nos cuentan seis multiplicaciones del pan: Marcos y Mato nos ofrecen dos cada uno, Lucas y Juan se limitan a narrarnos una cada uno (la segunda multiplicación surgió sobre la base de las diferencias como era contada la primera y única. La importancia que los evangelistas dieron a estas diferencias, que ellos encontraron en la transmisión de la única que había tenido lugar, les motivó a narrar una segunda).

 

El lector de los relatos se preguntaba, y sigue haciéndolo, si su orientación fundamental iba destinada a la comida en el sentido normal de la palabra. Lo curioso es que, admitiendo los relatos de este modo, en realidad se había perdido  el verdadero sentido de los mismos, el por qué habían sido contados. Ahora bien, el sentido es contar que el reino de Dios, a cuyo servicio se encuentran llega a todos los necesitados, si todos comparten sus pequeños haberes con los que no tienen nada. Estamos ante un milagro pedagógico, únicamente comprensible desde la pedagogía de la fe.

 

La invitación de los relatos a participar en el amor universal a los pobres y a los necesitados arrancaba de la predicación del evangelio de Jesús, por parte de los ministros de la palabra, en tales historias de multiplicaciones milagrosas. Esta forma de presentar dichas historias no significa que nunca en la vida de Jesús se diesen  las reuniones masivas que ellas presuponen. Podría tratarse ciertamente de un puro relato de exhortación y de ejemplo; pero, dado que Jesús  vivía lo que enseñaba, personalmente pudo repartir entre todos lo que él tenía y lo que recibía. Y así obraron también los que le siguieron.

 

Como conclusión, nos parece obligado afirmar que aquel que quiera tomar esto hechos como realmente ocurridos e incluso en la forma como son presentados por los evangelistas, ni escucha ni comprende lo que enseñaron Jesús y los misioneros de aquella Iglesia original. De estas historias deben deducir todos que el milagro sólo consiste en repartir la propiedad, en “compartir” nuestroshaberes con aquellos que lo necesitan. Pero no olvidemos que este compartir equivale a compartir con Jesús. Este “compartir” ha sido interpretado muchas veces como una especie de contagio psicológico motivado por un “compartir” iniciado por Jesús e imitado por todos aquellos que habían llevado provisiones consigo. En esta dirección nos apunta la iniciativa de los discípulos que dicen a Jesús: “No tenemos más que cinco panes y dos peces...” (verso 13). Este detalle afirma lo contrario. El problema no puede ser resuelto desde semejantes puntos de vista. Más aún, el recurso a ese “compartir” equivaldría a la destrucción del milagro. El “repartir y el compartir” es un tema obsesivo del evangelio, pero hay que buscarlo donde está, no aquí.

 

La pedagogía del milagro pretende llevar al lector del evangelio al reconocimiento de quién es Jesús. Una intención claramente cristológica del mismo: desaparece la gente satisfecha, e incluso los discípulos, tan necesitados de conversión, también parecen haber entendido. El horizonte queda despegado para que el lector vea únicamente a Jesús, que participa del poder creador de Dios.

 

Otros puntos de referencia para la comprensión del relato serían los siguientes: el milagro no era necesario (Las palabras de Jesús son muy elocuentes: “dadles vosotros de comer”, v.13); no se produce ninguna reacción de asombro ante el mismo; los discípulos son colaboradores de Jesús en el reparto del pan (v. 15-16); todos quedaron saciados y sobraron doce cestos, lo cual apunta a queotros deben beneficiarse de este pan: el eco eucarístico de las palabras de Jesús es indiscutible: El, tomando los cinco panes y los dos peces, “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos” para que se los sirvieran a la gente (v. 16); también debe destacarse la acomodación en grupos de cincuenta, como el antiguo Israel (Ex 18, 21); mediante esta acción se apunta claramente al nacimiento del nuevo Israel.

 

¿Tiene algo que ver el relato evangélico con la fiesta a la que lo ha fijado la liturgia?. Por su medio “se ejerce la obra de nuestra redención, sobre todo en el divino sacrificio de la eucaristía...”; se considera la liturgia “como el ejercicio del sacerdocio de Cristo...”; la liturgia “es la cumbre hacia la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana su fuerza” (Vat. II, SC, 2.7.10). La liturgia como principio interpretativo de la Escritura tiene autoridad suficiente para desvelar el aspecto eucarístico de un texto descubriendo en él su verdadero sentido.

 

En principio, la liturgia y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes reunidos alrededor de Cristo para acercarse a Dios. Cristo está entonces “presente en su palabra, porque es él mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas en la Iglesia” (Vat II, SC, 7). El texto escrito se vuelve así, una vez más, palabra viva” (La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, ”Uso de la Biblia en la Liturgia”).

 

El relato es estrictamente milagroso. Todo intento de una explicación psicológica o histórico-salvífica, aduciendo ejemplos del AT (1R 17,8ss; 2R 4,1ss. 24ss: los profetas multiplicadores del pan, Elías y Eliseo), equivale a su destrucción. En todo caso lo importante no es la multiplicación de los panes, sino la multiplicación del pan, que seguirá realizándose en la mano de los Doce y de sus seguidores, y servirá para saciar a todos los que tienen hambre y buscan el alimento adecuado. Jesús es el Salvador del mundo, que enseña (Lc 9,2.11), cura a los enfermos (Lc 9,11) y sacia a los hambrientos.

 

Los pensamientos destacados por Pablo ante el misterio eucarístico, en la pequeña sección de la segunda lectura son los siguientes: a) La eucaristía se remonta, más aún, es la tradición apostólica(así lo afirman los verbos “recibir” y “transmitir”, que son los clásicos para hablar de la Tradición); b) En ella se acentúa el realismo de la presencia salvífica del Señor; c) La eucaristía es la fundación de la nueva alianza. Al decir “fundación de la nueva alianza” se entiende el nuevo orden de salvación, fundado por Jesús y gracias al cual nace una nueva comunidad; d) La eucaristía,  el Recuerdo de la muerte del Señor. Un recuerdo que no es simple evocación de algo ocurrido en el pasado. Es el recuerdo bíblico en sentido estricto. Pablo lo llama anámnesis, es decir, recuerdo-actualización. Quien lo “recuerda” debe verse “envuelto” en él; e) La eucaristía es Anuncio de la muerte del Señor. Se trata de un acontecimiento actual gracias al cual vive la comunidad. La eucaristía se halla íntima e inseparablemente unida a la teología de la cruz.

 

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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