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TIEMPO ORDINARIO, La Natividad de San Juan Baustista

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Za 12, 10-11
2ª lectura: Ga 3,6-29
3ª lectura: Lc 9,18-24

 

(Nota: La Liturgia nos advierte que el primer Domingo es la fiesta del Bautismo del Señor y después de él comienzan las lecturas de los Domingos del Tiempo Ordinario)

 

La paz se valora mucho más cuando ha terminado la guerra. Paralelamente, destruida la potencia dominadora, la hazaña del liberador es celebrada con júbilo indescriptible. Esta doble experiencia la vivió frecuentemente el pueblo de Dios. Vivió esclavizado, bajo el talón de sus opresores, desde sus orígenes hasta los tiempos anunciadores del NT. La historia y la experiencia personal nos dicen que estamos ante una ley universal. La esperanza de vernos libres la fundamentamos en Dios que promete a los suyos liberarlos destruyendo a sus enemigos (primera lectura). La parte positiva produce júbilo mayor: El arrepentimiento y el pensamiento de la conversión, sin los cuales no es posible la salvación y la purificación interior, son presentados ya como la gracia impetrada y derramada por Dios sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén, sobre cuantos hemos experimentado la opresión resplandece la gracia liberadora. La nueva Jerusalén es la experiencia de lo divino.

 

El texto que tenemos delante nos sitúa ante un enigma: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito” (12,10). Quién sea la persona  que recibe el nombre de el  Traspasado y por qué la han matado, no podemos descubrirlo en este momento en el que nos sitúa el texto del profeta. Ciertamente es un inocente, que ha ofrecido su vida por el pueblo, como el Siervo de Yahvé (Is 53,4s.9). Alguien, por tanto, que todavía no pertenece a la historia. Se trata de una figura que pertenece al tiempo mesiánico, no Yahvé mismo ni tampoco el pastor mencionado en 11, 4-14 y en 13, 7: “Álzate, espada, contra el pastor, contra el hombre de mi compañía, dice Yahvé Sebaot. Hiere al pastor, y que se disperse el rebaño, y yo volveré mi mamo sobre los pequeños”.

 

Viene  inevitablemente  a  nuestra  mente  el  episodio de la lanzada (Jn 19,37). Como también las palabras de Jesús sobre el pastor y el rebaño. Estos datos son los que gozan de mayor probabilidad para que pensemos en lo que hicieron a Jesús en su agonía o ya muerto y en las palabras que él había anunciado comparándose con el buen pastor. Ante esta probabilidad debemos tener en cuenta también que si este episodio y estas palabras fueron anticipados en alguna persona salvadora a raíz de o después del destierro babilónico no podemos precisarlo.

 

Lo que sí es claro es que dicha predicción fue aplicada por el mismo Jesús al Hijo del hombre, a él mismo. Así lo afirma el evangelio de hoy (tercera lectura). ¿Pueden hablar Pedro y Jesús con la claridad que supone nuestro relato? ¿No será la Iglesia posterior la que está poniendo sus propias palabras en boca de los Protagonistas, como se ha dicho tantas veces?.

 

Para contestar adecuadamente a esta hipótesis, debemos notar lo siguiente: El evangelio de Lucas está ordenado desde el principio, desde su prehistoria, a la cruz (2,1ss; 3,24); parece incuestionable que Jesús se vio reflejado en el “siervo” de Yahvé (22,37/ Is 53, 12). Más aún, el título “Hijo del hombre” es el único que emplea Jesús para autodefinirse. Y lo hace con tanta frecuencia que, sólo en los cuatro evangelios –fuera de ellos prácticamente es silenciado- lo emplea 82 veces y siempre es puesto en sus labios; que el “Hijo del hombre” tenía que sufrir no es creación de la comunidad, sino enseñanza de Jesús (24,26ss. 44ss); la misma trayectoria de la vida de Jesús –su oposición a la clase dirigente del pueblo- hacía prever un desenlace fatal para él. No hacía falta ser ningún lince para pensarlo así.

 

La confesión de Pedro, representante de los discípulos, no significa que comprendiesen entonces todo el misterio. Esto ni siquiera era posible antes de la Pascua. Pero los discípulos habían llegado a descubrir en Jesús algo muy importante, que el tiempo posterior completaría. Nuestro texto de hoy, en el contexto del evangelio, es una cota elevada en la revelación de Cristo, que alcanzará una altura mayor en el relato de las transfiguración.

 

Los proverbios que vienen a continuación sobre las condiciones para pertenecer al discipulado de Jesús, que Lucas ha leído en Marcos (8,34-38) y, además, los ha perfilado con otra fuente ( ¿ Q ? ), van dirigidos a “todos”, no sólo a los Doce. Definen el discipulado cristiano como el seguimiento del camino de Jesús: “ir en pos de él”, “seguirle”, “ser su discípulo” son expresiones sinónimas e  indican la misma realidad. El primero de ellos lo establece a modo de tesis: se trata de la decisión u opción por Cristo, deduciendo todas las consecuencias que esto conlleva, incluida la cruz y el martirio.

 

Pablo sintetiza en breves líneas y con gran profundidad la “recreación” del hombre lograda por la acción del Traspasado (tercera lectura). El cristiano es una criatura nueva (Ga 6,15). La gran novedad, la nueva creación, que esperaban tanto los profetas como los apocalípticos para cuando llegasen los días del Mesías, ya ha tenido lugar con la presencia de Cristo: “Quien está en Cristo (es decir, quien cree en él) es criatura nueva; pasaron las cosas antiguas y aparecieron las nuevas” (2Co 5,17). Se nos afirma en el texto presente que “todos, judíos y gentiles, son hijos de Dios por la fe, en virtud de la unión con Cristo ratificada en el bautismo”.  Esta unión destruye las diferencias no sólo entre judíos y gentiles, sino también  las que habían sido establecidas  entre esclavos y libres, entre hombres y mujeres. Es el gran principio de la igualdad en los seres humanos, desde el cual debería juzgarse la acusación de “machismo” de la que ha sido víctima Pablo.

 

La afirmación anterior tiene sus antecedentes en el AT: en los temas de la nueva creación (Is 41,20s; 45,8; 48, 6ss; 11,6-9; 65, 25; Ez 36,35; 37); del nuevo éxodo (Is 43,19); de la esperanza en unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65, 1-7; 66,22); del nuevo templo Ez 40-43); de una nueva tierra santa ( Ez 47,13- 48,29); de la nueva Jerusalén, que será llamada con un nombre nuevo (Is 62,2; 65, 15); de la nueva alianza, basada en un corazón nuevo y en un espíritu nuevo (Jr 31,31ss; Ez 11,19; 18, 31; 34, 23ss; 36,26).

 

La teología rabínica designaba también como “criatura nueva” a todo aquel que se había convertido al judaísmo y al judío renovado, legalmente al menos, con motivo de la celebración de las fiestas del año nuevo y del gran día o del Yom Kippur, el día de la expiación.

 

El hombre nuevo es fruto de la fe. Pablo concibe la salvación como un diálogo entre Dios y el hombre. Un diálogo en el que Dios llama –es la gracia- y el hombre responde -es la fe-. Si Dios no hubiese llamado, el hombre no hubiese podido hacer nada para pasar el abismo que le separa de él. El ejemplo de Abrahán es definitivo (Ga 3, 6-9). De ahí la importancia que da el Apóstol  a la fe en esta carta (2,16-20; 3,2.5.7-9, 11. 25-27...). Esta fe produce frutos de buenas obras; es la fe actuada por la caridad (5,6); el hombre nuevo es el que realiza las obras del Espíritu –que designa el mundo divino y todo aquello que era considerado como bueno y honesto en la jerarquía de valores universalmente aceptada- y evita las obras de la carne, que designa el mundo antidivino y todo aquello que era considerado como malo e inhonesto, como condenable por los criterios universalmente aceptados en la época (5,16-25).

 

Felipe F. Ramos

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