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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XIII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: 1R  19,16b. 19-21
2ª lectura: Ga  4,31b.- 5, 1. 13-18
3ª lectura: Lc  9, 51-62

 

Eliseo fue llamado al ministerio profético mientras se hallaba en el campo arando con los bueyes. Casi todos los llamamientos proféticos están refrendados por un  gesto externo, que viene a ser una especie de gesto sacramental. A Eliseo le echó Elías el manto encima; es un gesto un poco enigmático, pero su sentido está claro: se trata del llamamiento al ministerio profético, ya que a partir de ese momento Eliseo lo abandonó todo y siguió a su maestro Elías. Para unos el manto era un distintivo de los profetas; vendría a ser como el símbolo de la dignidad profética. Para otros, el manto, lo mismo que los vestidos en general, debido a su contacto directo con el cuerpo, participaba de la fuerza y personalidad de quien los llevaba. En uno y otro caso, lo que se quiere dar a entender es que Eliseo ha sido elegido para sucesor de Elías en el ministerio profético.

 

El gesto de Eliseo de ir a despedirse de sus padres contrasta con la exigencia más tajante del evangelio en circunstancias similares: “A otro dijo: Sígueme. El respondió: Déjame ir primero a enterrar a mi padre. Le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios. Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero déjame antes despedirme de  los de mi casa. Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9,58-62). Es posible que haya que admitir un margen de hipérbole en el estilo evangélico; en todo caso es sabido que las exigencias de Jesús eran más urgentes y más radicales.

 

Con más o menos prontitud lo cierto es que Eliseo abandonó sus campos, sus yuntas y su familia y entró al servicio de Elías. Este abandono y ruptura con el pasado están bien simbolizados por el sacrificio de su pareja de bueyes, celebrado en compañía de sus gentes como acto de despedida.

 

El evangelio de hoy comienza con lo que es, sin duda, la sección más característica de Lucas (tercera lectura) (Lc 9, 51-19,28). Antes de enjuiciar su significado y dar las razones del mismo, notemos lo siguiente: Tal como es presentado por Lucas, el viaje es artificial y ficticio. No porque Jesús no viajase a Jerusalén, sino porque Lucas vincula a este viaje sucesos y enseñanzas que tuvieron lugar en otras circunstancias. Podríamos decir que el viaje es a Lucas  lo que los discursos a Mateo. Se trata, en ambos casos, de un recurso literario en orden a la sistematización de la vida y enseñanzas de Jesús. Para comprobarlo bastaría con que nos fijemos en las distintas estaciones del viaje: después de la primera noticia, decisión de Jesús de subir a Jerusalén (Lc 9,51), las alusiones al viaje son frecuentes, pero vagas, se limitan a decir que Jesús está de viaje, para terminar con estas palabras: “Y dicho esto caminaba a la cabeza de todos, continuando viaje hacia Jerusalén” (Lc 19,28).

 

¿Por qué dio Lucas tanta importancia a este viaje? El gran viaje debe ser enmarcado dentro del “movimiento”, del “viaje” de Jesús en cuanto significativo de su misión (Lc 6,1; 7,11; 9,57; 13,22...). Es un viaje anticipado ya a la edad de 12 años (2,41-42) y que culminará con su Ascensión (Hch 1,10-11). Esto apunta a que estamos, no tanto ante un viaje geográfico cuanto ante un viaje “teológico”: Jesús no es sólo un “peatón”, un caminante entre los hombres o un predicador itinerante, sino también Alguien que tiene marcado el camino y la meta en que termina dicho viaje por disposición “superior” (Lc 22,22: El Hijo del hombre sigue su camino, según lo decretado; pero ¡ay del hombre por quien será entregado”! El viaje describe la marcha hacia la cruz. Es Lucas quien más acentúa que la vida de Jesús es un via crucis, una vía dolorosa, un caminar hacia Jerusalén.

 

Esta primera unidad literaria acentúa el inicio del viaje al que nos hemos referido. Y se hace utilizando una precisión cronológica: cuando “se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo”. La frase no se refiere al momento de la Ascensión del Señor al cielo. Abarca todo lo que va a ocurrirle y que es considerado como una preparación: los sufrimientos, la pasión, la muerte y la resurrección. Intencionadamente Jesús siguió la ruta más corta, en contra de la costumbre generalmente seguida que tomaba el viaje por la parte oriental del Jordán. La ruta más corta le obligaba a pasar por Samaría. Era lo que él quería. La intención es de nuevo teológica. Dentro de este marco constata inmediatamente el evangelista la hostilidad de los samaritanos. Jesús quiere pasar por la experiencia del  sufrimiento por parte de todos los judíos. Los discípulos encargados de anticiparse al viaje de Jesús para prepararle alojamiento, probablemente Santiago y Juan, fueron rechazados. La razón de esta repulsa fue religiosa: “porque se dirigían a Jerusalén”.

 

La enemistad entre judíos y samaritanos se remontaba a siglos atrás (tuvo como punto de partida la deportación del reino del Norte por Asiria el año 722). Este acontecimiento histórico hizo que, en la repoblación del país deportado, se produjese una mezcla o fusión de razas y, lo que era más grave, de religiosidad (2R 17,25ss). Samaría había perdido la pureza de la raza judía y de la religión yahvista. Tenía su propio templo en el monte Garicim e incluso después de su destrucción el año 128 a.C. seguían celebrando allí el culto y mantenían una firme esperanza mesiánica (Jn 4 ,20-25). En tiempos de la dominación romana dicha enemistad multisecular había aumentado.

 

Como reacción al rechazo los hijos del Zebedeo piensan en un castigo destructor. Se manifiestan como verdaderos “hijos del  trueno”, aunque únicamente los llame así Marcos (3,7), no Lucas. “El fuego del cielo” probablemente se ha inspirado en el castigo enviado por el profeta Elías contra sus perseguidores (2R 1,10.22). En caso afirmativo, que creemos muy probable, el evangelista intentaría presentar a Jesús como el segundo Elías. Siendo esto así, se establecería una contraposición intencionada: el viaje de Jesús es un viaje salvífico; no quiere aniquilar, sino salvar; él supera con mucho al profeta Elías: “El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

 

La siguiente unidad literaria consta de tres pequeños diálogos. Para su elaboración Lucas se ha servido de la fuente Q (Mt 19,22), aunque la ha colocado al principio del viaje para enseñar a los discípulos la seriedad del seguimiento en el viaje que deben emprender con Jesús. La exigencia de una total vinculación con Jesús pondría de relieve la superación de Elías, como acabamos de señalar.

 

En el primer diálogo (Lc 9,57-58) -que evoca el tenido por Elías y Eliseo (2R 2,1ss: que termina con la “ascensión” de Elías)- al entusiasmo inicial del seguimiento responde Jesús con sus exigencias: el discípulo correrá su propia suerte y, por tanto, debe tener la disponibilidad absoluta para abandonar patria y familia. En cuanto a su contenido se acentúa el pensamiento del seguimiento, en contra de la instalación. El seguimiento excluye el afianzamiento en uno mismo y acentúa el servicio que se presta a los demás. El no tener dónde reclinar la cabeza parece acentuar la misma idea:prioridad de la causa del Reino; todo lo demás se halla subordinado a ella.

 

El hecho de que se acentúe con tanta fuerza lo relativo al seguimiento vincula estrechamente la sentencia de Jesús, que es la persona a la que se sigue. Estamos ante una tendencia anti-rabínica: el seguimiento requerido por Jesús es distinto al impuesto por los escribas. Sus discípulos entraban en “lo oculto” de la casa de su maestro y, con ello, en la seguridad (en Mateo la pregunta la hace un escriba, no “uno” como en Lucas); el discípulo de Jesús entra existencialmente en el terreno de la inseguridad.

 

En el segundo diálogo (Lc 9,57-58) toma Jesús la iniciativa. El llamado está bien dispuesto y únicamente quiere cumplir con un deber que, entre los fariseos, era el más serio y grave de todos. La respuesta de Jesús acentúa que los deberes impuestos por el seguimiento son más serios y graves que el mencionado. Esta es la idea, que no excluye la obligación sagrada del cuarto mandamiento, que él inculca (18,20-21). Al mismo tiempo demuestra Jesús su gran libertad frente a la Ley y las costumbres. En todo caso, el acento recae no en el abandono de un deber serio y grave, sino en la dedicación del discípulo a la predicación del Reino. Finalmente, en la expresión “deja que los muertos entierren a los muertos” Jesús piensa en una vida sobre la que ya no tiene la última palabra el poder de la muerte: “No es un Dios de muertos sino de vivos, pues para él todos están vivos” (Lc 20, 38).

 

El tercer diálogo (versos 61-62) acentúa la incondicionalidad del seguimiento.  También  aquí tenemos  una  evocación  de   Elías  y   Eliseo (1R 19,20: Eliseo estaba arando cuando fue llamado por Elías). Se afirma la necesidad de mirar hacia adelante, al nuevo quehacer propio del discípulo; no se puede mirar hacia atrás, hacia lo que anteriormente determinaba la vida Podría el arador salirse del surco...

 

La reflexión serena y profunda de Pablo (segunda lecturase centra en la libertad. Sobre ella nos interesa muy mucho desarrollar su pensamiento, por lo que afecta al nuestro. Cuando Pablo habla de este tema no se refiere a la libertad psicológica o libre albedrío por el cual la persona humana puede elegir entre diversas opciones: la libertad de expresión, de religión, de militancia política... Pablo se preocupa en especial por la libertad interior del hombre: Frente a los poderes del mal, frente a los instintos e impulsos que lo esclavizan, no dejándole ser él mismo, alienándolo, inclinándolo al pecado. ¿Hay algún poder capaz de dar al hombre esta libertad interior, rompiendo las cadenas que lo aprisionan? ¿Cómo podrá el hombre realizarse plenamente? Pablo, que había hecho como nadie el ensayo de liberarse de todas las ataduras mencionadas mediante la observancia minuciosa de la ley mosaica, considerándola como medio  de salvación-liberación, descubrió su error al encontrarse con Cristo. El es el único Liberador.

 

En consecuencia, la libertad interior, por la que Pablo se preocupa, es la libertad cristiana. Ella pone de relieve la superación de la libertad ritual. El hombre contemporáneo de Pablo se refugiaba en ritos supersticiosos y mágicos para alcanzar la seguridad y la salvación: el culto a “los elementos del mundo” o las fuerzas procedentes de los astros, stoijeia (Ga 4,3.20; Col 2,9. 20), y que, de alguna manera, determinaban el destino de los hombres.

 

La libertad cristiana no es libertinaje. Pablo no era anomista ni justificaba la proclamación de una autarquía jurídico-moral que permita hacer a cada uno lo que quiere, sin ninguna clase de trabas ni limitación de ningún tipo. La libertad cristiana surge del amor: el hombre libre es el que actúa movido por el Espíritu; el que rechaza las obras de la carne; el que lucha contra todo aquello que le amedrenta y aliena, contra todo lo que es antidivino y únicamente contra ello.

 

La libertad cristiana tiene como fundamento nuestra inserción en el misterio pascual mediante el bautismo y la fe. Y lo mismo que el misterio pascual tiene una vertiente negativa: la liberación del pecado, de la Ley y de la muerte, y otra positiva: nos comunica el espíritu filial (3,26-28).

 

Felipe F. Ramos

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