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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XIV

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Is 66,10-14c
2ª lectura: Ga 6,14-18
3ª lectura: Lc 10, 1-12. 17-20

 

Jerusalén o Sión –como símbolo del pueblo de Dios- es comparada con una madre amable que deleita a todos sus hijos, que ahora están tristes y llorando (Is 57, 18; 61,2) con su sabrosa leche materna primera lectura). Ya no habrá tristeza en ella puesto que participa de las riquezas de las naciones: “Alza los ojos y mira en torno tuyo. Todos se reúnen y vienen a ti; llegan de lejos tus hijos, y tus hijas son traídas en brazos” (Is 60, 5.11; 61, 6). Los israelitas  disfrutan de  los  más  tiernos cuidados,  como  los  niños  de  teta (Is 49,22s; 60,4). El profeta Isaías o alguno de sus discípulos recurre a los consuelos maternos más tiernos para poner de relieve el amor de Dios por los suyos.

 

El evangelio de hoy (tercera lectura) es  una  magnífica yuxtaposición a los pensamientos amorosos de Dios manifestados en Cristo para cuantos aceptan su mensaje. Junto a la misión de los Doce, que Lucas toma de Marcos, nos refiere ahora la misión de lo setenta, de la que le informa Q. Unas veces se habla de los 70 y otras de los 72. Las dos cifras están bien atestiguadas en la transmisión del texto. En el judaísmo, el número 70 era simbólico: en este caso concreto designaría todas las naciones del mundo; el 72 lo tenemos precisamente en la traducción que hacen los LXX del texto hebreo de Gn 10 (todos los pueblos del mundo son 72) y Nm  11,24-26 (los 72 “ancianos” elegidos por Moisés para que le ayuden en el gobierno del pueblo). Jesús, como nuevo Moisés, crea un pueblo nuevo al que todos tienen acceso.

 

La misión por parejas tiene su justificación en la costumbre judía de aducir dos testigos o autoridades como garantía inapelable del asunto sobre el que debían dar testimonio (Dt 19,5; 2Co 13, 1). Fue una costumbre que siguió el cristianismo (Hch 8,14: Pedro y Juan; Pablo y Bernabé (Hch 13,2). Las parejas tienen aquí la misión de ser los heraldos del Mesías. Ellos anuncian que el Maestro va a llegar  a algún lugar, su proximidad y  la del reino de Dios.  El momento que están viviendo: la gran esperanza de la venida del Mesías subraya aún más el número de los mensajero. Teniendo en cuenta la costumbre y la convicción de la época, al mencionar los 70  ó los 72. Jesús manifiesta simbólicamente su pretensión sobre toda la humanidad fuera del judaísmo. Su decisión se convierte en la demostración del universalismo de su misión.

 

El mandamiento de misión fue dado repetidas veces y de distintas maneras. Así lo demuestra el estudio comparativo de los textos (Lc 9,3ss; Mt 10,5ss; Mc 6,8ss). La especialidad de Lucas está en su universalismo que rompe fronteras: tiene delante la anchura del mundo (Jn 4, 35); las mieses están en sazón y tienen que buscar segadores; el tiempo de la cosecha no depende de los apóstoles; lo establece el Dueño (Mc 4,26ss) y busca los obreros necesarios. Lo que Jesús quiere de sus seguidores es que trabajen por el reino de Dios realizando las tres peticiones primeras del Padrenuestro.

 

Las indicaciones dadas a los 72 para la misión coinciden fundamentalmente con las que recibieron los Doce (Lc 9,1ss). Lucas, como es habitual en él, se caracteriza por su mayor radicalismo: los enviados vivirán como “corderos en medio de lobos”; su trabajo se halla determinado desde el principio por el sufrimiento; ni el éxito ni el trabajo gratificante es ofrecido como estímulo en el inicio de la misión. Se excluye toda pérdida de tiempo y de ahí viene la prohibición del saludo que, en Oriente, dada la manera de ser y el estilo tan cumplidor, ritualista y ceremonioso de sus gentes, suponía un retraso  perjudicial para el trabajo que debían realizar, lo mismo que el andar cambiando de casa en casa, aunque no haya muchos muebles que trasladar. Debe desecharse todo aquello que signifique pérdida de tiempo.

 

Desde el radicalismo lucano debe quedar claro que la característica del apóstol de Jesús es su confianza en el Señor y la renuncia a buscar la seguridad de vida en las de este mundo (12, 22ss). Por eso su santo y seña será el saludo de la paz (¡paz y bien!, que diría san Francisco). En dicho saludo va implícito el discernimiento  de la “gente de paz” a la que se dirige directamente el mensaje evangélico (Lc 2,14). La paz es la propiedad que surge del favor divino; es el don de Cristo a sus discípulos; se refiere, por tanto, a “su” paz, la que él ha conquistado y concede como regalo y como don, no como premio que ellos hayan merecido. Esta paz se presenta personificada en Alguien que la ofrece; la aceptación de la oferta convertirá a quien la recibe en hombre de paz; el rechazo significa que quien lo hace prefiere vivir a la deriva, sin el don de la paz y sin el creador y dador de la misma.

 

La “gente de paz” se convierte en la estructura imprescindible para poder desarrollar desde ella el trabajo apostólico y en la casa donde viva dicha gente de paz encontrará el evangelizador lo imprescindible para sus necesidades vitales. Es una exigencia que nace del fundamento común de la misma fe. La oferta de la paz coincide con la del Reino. Son dos realidades sinónimas. Aquel que se dedica a ofrecerlas en nombre de Dios debe recibir la compensación necesaria para su subsistencia. La resistencia o rechazo significa y exige una actitud semejante por parte del anunciador. Porque el Evangelio, la Paz, el Reino, principios salvíficos por definición, tienen en su misma entraña una dimensión de juicio, que se manifiesta con la sacudida del polvo de los zapatos. En cualquier caso debe quedar constancia de la proximidad del Evangelio para todo aquel que, en el momento que sea, quiera alargar su mano hacia él.

 

Las exigencias impuestas por el cumplimiento de la misión encomendada tienen una doble recompensa: La primera ya la habían percibido los evangelizadores en la satisfacción experimentada por su tarea apostólica: hasta los demonios se les sometían. La sumisión de los demonios simboliza no lo que  podemos atribuir al hecho en sí, sino la presencia del reino de Dios. Dos señoríos contrapuestos no  pueden existir simultáneamente. No pueden coexistir el Bien y el Mal, Dios y el Demonio, el reino de Dios y el de Satanás. Los demonios son lo opuesto al reino de Dios. Cuando éste se instaura el anterior desaparece. Si los demonios se someten a aquellos que son y ostentan el poder de Jesús, es que los apóstoles tienen el poder sobre todo aquello que era atribuido al demonio: las enfermedades y demás perversidades que pueden destruir el “yo” del ser humano.

 

La victoria de Jesús significa la derrota de Satanás: “éste cae del cielo como un rayo”(Jn 12,31). Esta es la causa por la que se haya sometido a los apóstoles. Hasta ahora estaba Satanás en el cielo, ante el trono de Dios, como representante de sus derechos frente a su gracia (Jb 2,1ss; Rm 8,33). Un poder  que había  recibido de  Dios y  utilizaba  para  probar  a  los  hombres (Lc 22,31). A partir de la victoria de Jesús, Dios se manifiesta como el Dios de la gracia y, consiguientemente, despoja a Satanás de su poder: “lo lanza desde el cielo” (Jn 12, 31).

 

La segunda y más profunda causa de la  alegría de los evangelizadores --ahora es Jesús quien la organiza-  es que Dios les ha tomado como suyos y ha escrito sus nombres en el libro de la vida (Is 4,3; Ap 3,5; 20, 21ss). Dios ha concedido a los discípulos –a través de Jesús, que les ha dado todo el poder sobre el “reino” de su enemigo- que alcancen la vida eterna, el Reino que le piden a diario en la oración del Padrenuestro.

 

Los creyentes tienen motivos suficientes para gloriarse en Dios (segunda lectura). La “gloria” -que es Dios mismo en cuanto se manifiesta- que no se puede obtener por ningún prestigio mundano (riqueza, poder, nobleza: 1Co 1,26-29), ni por el mero hecho  de ser judío, ni  por el camino  de  las obras (Rm 4,2), se puede obtener como gracia por el camino de la fe: los cristianos nos gloriamos en Cristo Jesús (1Co 1,31; Flp 3,3), puesto que por Cristo tenemos sabiduría, justicia, santificación y redención (1Co 1,30), somos la verdadera circuncisión y damos a Dios el verdadero culto (Flp 3,3). Remedando la “gloria” del pueblo judío, se dice que nos gloriamos “en Dios” (Rm 5,11; ver 2,17), y en dicha “gloria” integramos un “gloriarse” en la esperanza y en las tribulaciones que conduce a ella (5,2s).

 

Como un caso concreto de la “gloria” cristiana, el apóstol presenta su “gloria” en la misión y en el trabajo apostólicos, por la que los éxitos logrados en la extensión del Evangelio representan una “gloria” en Cristo Jesús, que es quien actúa a través de él (m 15,17-19); esos mismos éxitos son presentados como una recomendación divina (2Co 10,18), que le conduce a “gloriarse en el Señor” (v.17) frente a la vacía autorecomendación de sus adversarios (versos 12-16).

 

Felipe F. Ramos

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