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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XVI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Gn 18,1-10a
2ª lectura: Col 1,24-28
3ª lectura: Lc 10, 38-52

La promesa que Dios hace a Abrahán de un hijo se halla revestida de muchos detalles legendarios (primera lectura). El relato se califica en su introducción como una teofanía: “El Señor se manifestó a Abrahán”. Pero esa anunciada manifestación de Dios se torna enseguida sorprendente. Lo que ve Abrahán son tres hombres, que al parecer pasan de camino. Abrahán los ve inesperadamente delante de su tienda. Les ofrece una comida de hospitalidad y conversa con ellos como un hombre con otros hombres. Por  momentos el relato supone que el interlocutor de Abrahán es sólo uno. Y al fin el que habla con el patriarca es nominalmente el Señor. El encuentro se verifica, efectivamente, como una teofanía.

 

El detalle de la hospitalidad no es, por tanto, una introducción que retarde el verdadero tema del relato. Quiere  retratar a Abrahán desde el punto de vista de las virtudes humanas. Pero, dado que los huéspedes son para el autor del relato y secretamente para Abrahán más que simples humanos, el gesto del patriarca con ellos se torna expresivo de actitud religiosa; la comida es como un acto de culto o un sacramento de comunión con Dios. Sin duda que este nivel está incluido en la intención del autor del relato.

 

Por el anuncio del hijo a Abrahán lo que realmente quiere proclamar el escritor es el carácter de don, que tiene ese hijo. La risa de Sara no es tampoco únicamente un dato entretenido de la narración popular; es el contrapunto de la imposibilidad humana en el nacimiento de ese hijo. Todo ello viene a proclamar que el pueblo de Abrahán es obra de Dios. Para incluir todos los datos que integran el episodio, se debe matizar que es obra de los hombres en mirada esperanzadora y obediente hacia el Dios que va con los hombres hacia su cabal realización.

 

En el relato evangélico (tercera lectura) también se entremezclan la hospitalidad y la teología. Marta y María son dos hermanas que aparecen unidas en los evangelios. Sería una osadía temeraria por nuestra parte intentar separarlas. Sería como si a dos siamesas mayores se las intenta separar para que vivan una vida independiente. Las dos dejarían de vivir. Aunque razones para intentar separarlas nos sobrarían. El respeto al texto bíblico nos obliga a presentarlas conjuntamente.

 

Es fácil que la reconstrucción de su árbol genealógico descubriese su hermandad. No lo es tanto que, desde él, nos veamos a extender su fraternidad a Lázaro (Jn 11,1; 12,1). Intentaremos descubrir en ellas sus características significativas. Son ellas las que nos las ofrecen como importantes, representativas, interpelantes y evangélicas. Y es yuxtaponiéndolas, exactamente como lo han hecho los evangelistas, como mejor puede destacarse su significado y simbolismo complementario. Son como dos maravillosos cuadros de un  artista extraordinario que los compuso para que el visitante pueda contemplarlos conjuntamente pudiendo pasar la vista del uno al otro y teniendo siempre a ambos delante.

 

Nos limitaremos a los tres momentos que consideramos como fundamentales: El primero nos lo ofrece el evangelio que acabamos de leer. Es su primer encuentro con Jesús en Samaría. Ante la queja de Marta, porque su hermana la ha dejado sola con todo el servicio, Jesús condena su actividad febril y, en ella, condena el activismo judío, que proclamaba como esencial las obras: obras, obras, obras... para obligar a Dios a que les premiase. Hemos entrado de lleno en el simbolismo de esta mujer que, en la mente de Maestro, representa, simboliza y personifica, la mentalidad del judaísmo,que multiplicaba en la medida de lo más razonablemente posible la abundancia de las obras que ellos consideraban como otras tantas facturas que presentaban ante Dios y, consiguientemente, que Dios tenía obligación de pagar. Es la presentación lamentable, que existió y sigue existiendo, de Dios como un financiero que quiere al hombre fijándose en las obras que hace en su honor.

 

Frente al activismo judío, representado y simbolizado en Marta, destaca la actitud de María que, sentada a los pies del Maestro, escuchaba la palabra de Dios. Y ante la recriminación de su “pasividad”, el Maestro sale en su defensa afirmando que la opción de María es la mejor. Se trata de resaltar como absolutamente necesaria la audición creyente de la palabra de Dios. María es presentada como la personificación del discípulo ideal: Conocemos los mandamientos de Dios a través de las palabras de Jesús. De ahí que la primera ocupación y preocupación del discípulo deba ser escuchar su palabra. La palabra de Jesús es la norma suprema y la última instancia del discípulo,lo único necesario. A Marta le tocó la representación del peor papel: simbolizar al judaísmo y a sus dirigentes, preocupados, obsesionados, con tantas minucias legales que les impedían aceptar “lo único necesario”.

 

La preocupación de Marta por las necesidades corporales, momentáneas y siempre pasajeras, tienen menos importancia que aquellas que centran el interés de María. Sólo nos encontramos con lo verdaderamente importante cuando miramos más allá de las realidades terrenas. La actividad de Marta es necesaria para atender las necesidades presentes; la de María es decisiva en el enfoque de lo presente con tal que se convierta en signo  o flecha indicadora de la necesidad permanente de lo trascendente, de la infinitud.

 

Aquí se manifiesta y escenifica la misma actitud frente a los bienes manifestada por Jesús en el inicio de su ministerio: Jesús le replicó (al “tentador”); “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre(Lc 4,4). Sobre este particular Jesús ofreció su conducta como ejemplo de la actitud que deben mantener los discípulos: “Lo mismo que el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). El servicio al prójimo tiene como primera exigencia escuchar a Jesús, su palabra, con una actitud creyente, como María. Esta actitud hizo brotar de los labios del Maestro la siguiente bienaventuranza: “Mientras decía estas cosas, una mujer, levantando la voz en medio del gentío, exclamó: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron. El respondió:  Dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,27-28).

 

La segunda intervención protagonizada por Marta y María tiene lugar a propósito de la resurrección de Lázaro (Jn 11).También aquí Marta es una figura representativa del pensamiento judío, que afirmaba que la resurrección de los muertos tendría lugar al final de los tiempos. Jesús está en total desacuerdo con esta convicción de los teólogos judíos, representados por Marta. Y lo manifiesta con la célebre frase: Yo soy la resurrección y la vida. Lo cual significa que la unión con Jesús, con la vida que Dios manifiesta y regala en él a los creyentes, a pesar del trance necesario de la muerte, no se interrumpe. Lo que Jesús promete es mucho más de lo que Marta espera. Para el creyente, la muerte ha sido relativizada. Dios, que es la vida, no puede abandonar a los suyos en el momento supremo de la muerte: les hará participar de su vida; les introducirá en su Reino, que es todo lo opuesto al llanto, al dolor y a la muerte. Esta es la razón por la cual el primer encuentro de Jesús es con Marta. Más allá del pensamiento judío expone  Jesús así su novedad radical frente a él.

 

Marta, además de su personalidad física, tiene otra representativa. Lo mismo que María. Esta tiene más importancia que Marta. Cuando Jesús va a realizar una acción cuya finalidad es demostrar la “gloria” del Padre y del Hijo, debe hallarse presente María, porque ella ha sintonizado perfectamente con las ondas emitidas por el Padre a través del Hijo. María simboliza a los creyentes que han descubierto lo que es necesario a su fe. Probablemente a ello se refiere la frase: El Maestro está aquí y te llama. Lo demás, las obras, vendrán como fruto y exigencia de la misma.

 

También se hallan presentes las dos hermanas en la unción en Betania (Jn 12,1-8). Marta “sirve” –es el punto fuerte de las obras- y María “unge” los pies del Maestro. La acción de María es interpretada por el mismo Jesús como una acción anticipadora de la sepultura (Jn 12,7). ¿Resulta excesivamente sofisticado pensar que María haya tenido delante esta finalidad tan profunda? Así lo creemos. Su acción se halla suscitada por un gesto de respeto, de gratitud y de amor. En un segundo plano, y a la luz de la Pascua, el gesto fue interpretado como una anticipación de la gloria de Cristo (Jn 12,28). El gesto de María, objetivamente considerado, tiene un significado que desborda con mucho su intención personal. Inconsciente e involuntariamente anunció la muerte-glorificación de Jesús.

 

No hemos mencionado el simbolismo que se ha hecho tradicional: Marta significaría la vida activa y María la contemplativa. Es una “acomodación piadosa” del texto. Entonces no existía ni esa división ni esa terminología. Surgieron muy posteriormente. Y lo posterior no puede ser interpretado como la causa de lo anterior. Finalmente, pongamos de relieve que en el centro de la escena se halla la figura de Jesús personificando la salud-salvación. En el fondo, no se habla en primer plano de las dos hermanas, sino de Jesús, porque lo verdaderamente decisivo es él mismo.

 

El pasaje del  himno a los Colosenses (segunda lectura) presenta la imagen del Apóstol personificando los sufrimientos de Cristo. ¿Cómo puede alguien completar los sufrimientos de Cristo? Según una primera hipótesis, se haría referencia a los sufrimientos de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo: La Iglesia debería seguir el camino doloroso de Jesús. En contra de esta solución hay que decir lo siguiente: Cuando el Apóstol habla de Cristo, sin precisión alguna, se refiere al Cristo personal, no a un Cristo “colectivo”. Otra hipótesis piensa en las tribulaciones del Cristo histórico. En contra de ella señalemos que Pablo nunca aplica la palabra “sufrimientos” (= zlipsis, en griego) a la pasión de Jesús. Con ella se refiere siempre a las tribulaciones de los creyentes o del mismo Apóstol.

 

La solución más probable interpreta este “complemento” como los sufrimientos del mismo Pablo. Dada la unión e interrelación entre Cristo y el Apóstol, los sufrimientos de éste son los de aquel. Se refiere a los sufrimientos del Apóstol por la causa de Cristo. Tendría aquí el mismo sentido que en 1Pe 5,1: ser testigo de los sufrimientos de Cristo significa haber sufrido por la causa de Cristo.

 

Desde su verticalidad, el himno desciende a la horizontalidad: con su obra, Cristo ha superado las diferencias y etiquetamientos humanos; ha creado una unidad entre ellos; ha superado las divisiones y sumisiones de unos a otros, y ha colocado esta unidad en la recta relación con Dios, en la que todos son hijos de Dios, con un único Amo, que es Dios.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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