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TIEMPO ORDINARIO, La Asunción

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Ap 11,19a - 12,1-14,10
2ª lectura: 1Co 15, 20-27a
3ª lectura: Lc 1,39-56 

(Nota: La coincidencia en esta fecha de la solemnidad de la Asunción de la Virgen  y delDomingo XX del Tiempo Ordinario, nos obliga a ofrecer a los lectores los dos comentarios correspondientes, aunque aparezcan aislados).

 

Comienza en esta sección la descripción de la Iglesia bajo la persecución y la cruz, al mismo tiempo que bajo la protección incesante y amorosa de Dios. (primera lectura). Estos capítulos constituyen el núcleo del Apocalipsis. Es donde la lucha y las fuerzas del mal se hace más encarnizadas. Satanás intenta imponer su soberanía sobre toda la tierra. El instrumento para lograrlo es la Roma imperial. El Vidente nos describe su fracaso en el intento ya que Dios, que ha vencido en el cielo, es la garantía del triunfo y de la victoria de la comunidad cristiana en la tierra.

 

La Mujer simboliza al pueblo de Dios, llamado en ocasiones “Hija de Sión”, que en el tiempo de la salvación plena se convierte en la Iglesia. Ésta, descrita  con imágenes procedentes del AT (Gn 3,15; Mi 4, 9-10), en medio de los dolores del testimonio fiel y permanente da a luz a Cristo (ver Ef 4, 13; Ga 4,19). Pero Cristo trasciende a la Iglesia. Es un Cristo pascual. La afirmación de su elevación junto al trono de Dios habla del triunfo de Jesús sobre la muerte; mientras que la “huída” de la Mujer al desierto, lugar tradicional de tentación, prueba y reencuentro con Dios, habla del tiempo de prueba que le espera a la Iglesia alimentada por el maná de Cristo (Ex 16). La visión de esta Mujer es un “signo”, es decir, un fenómeno celeste producido por Dios: una mujer vestida del sol. Es una figura rodeada de luz.

 

Junto a esto aparece el poder antidivino y hostil a la Iglesia, representado con imágenes procedentes del AT y de la mitología: un enorme dragón rojo... Detrás  del atuendo extraordinario de esta Mujer y del dragón que acecha para devorar al Niño que va a dar a luz se hallan varias representaciones mitológicas. El dragón Pitón acecha a la diosa Leto que va a tener un hijo, el dios Apolo, cuyo padre es Zeus. Le quiere matar porque, según la profecía, le derrotaría. El dios Zeus procura un lugar seguro a Leto para que Apolo pueda nacer.  Otro mito egipcio habla del nacimiento de Horus, hijo de Isis y de Osiris. El dragón Set-Tifón, pintado como un cocodrilo rojo del Nilo, mata a Osiris y persigue a Isis y a su hijo Horus, pero Isis logra escapar.

 

Nuestro profeta apocalíptico elaboró estas especulaciones para presentar la realidad cristiana. Partiendo del supuesto que lo ocurrido en la tierra ha sucedido primero en el cielo, afirma el nacimiento del Mesías de una madre celeste. Trasladando la escena a la tierra, la Madre del Mesías es el pueblo de Dios. A su vez, el nacimiento del Mesías  es inseparable de la Virgen María, de quien nació. Una figura colectiva puede tener también una dimensión personal.

 

Como puede deducirse de lo dicho, secundariamente en estos versículos se percibe una referencia a María, indisolublemente vinculada al nacimiento de Jesús. Puede, además, señalarse la conexión que Juan y Lucas establecen entre María, la Mujer dolorosa junto a la cruz (Jn 19,25-27), y la Hija de Sión (Lc 1,28-33 y So 3,14-17). Todo ello ha contribuido a la lectura mariológica que La Iglesia hace de este texto.

 

Ambientación. Realización. Transformación definitiva. Las tres expresiones se hallan plasmadas en el evangelio de Lucas que la liturgia de esta festividad ha elegido para ofrecernos un motivo de contemplación e incluso de éxtasis: el inicio histórico de la acción salvífica de Dios y su culminación metahistórica, la que tendrá lugar más allá del mundo controlable por la razón humana. Lucas lo ha estructurado de tal manera que el lector caiga fácilmente en la cuenta de la conexión existente entre los tres momentos. El primero nos lo ha ofrecido la liturgia del  adviento, que nos ofrece la magnificencia utilizada por Isabel para honrar a su prima, que sirve de paso para destacar el protagonismo de María y también la base sobre la que se construye el Magnificat.

 

La confesión de María como la madre de mi Señor es la expresión de la fe cristiana. Responde a la verdad. Pero no a la verdad “histórica”. Isabel no pudo manifestar en aquel momento y con tanta perfección el contenido profundo de la fe cristiana. Su formulación presupone la resurrección de Jesús. La verdad histórica, lo ocurrido y captado posteriormente, se traslada a estos orígenes tan incipientes del misterio cristiano y, en esta retrospección, la verdad teológica se convierte en verdadhistórica. Lo que Isabel afirma es consecuencia de lo que nos ha sido afirmado  hasta aquí: el tiempo mesiánico ha llegado, aunque todavía no se nos ha hecho visible. Isabel tiene un cierto protagonismo en esta llegada y el hijo que ha saltado en su vientre está destinado por Dios para preparar los caminos del Señor: Caminará delante de él (del Señor, su Dios)  revestido del espíritu y del poder de Elías, “para restablecer la concordia entre los padres y los hijos” e infundir en los contumaces la sabiduría de los justos “para preparar al Señor un pueblo debidamente dispuesto” (Lc 1,17).,

 

Nuestra ulterior reflexión se centrará en los otros dos tiempos, sin establecer una división entre ellos, porque constituyen una unidad. La única diferencia entre la realización y la transformación definitiva la establece la cronología impuesta por  nuestra existencia terrena que, en un momento, será impulsada a otra forma de vida en la que no encontrará limitación alguna. Ello nos obligará a tomar como único y suficiente motivo de referencia el cántico de María.

 

El Magnificat es el mejor cántico de alabanza que haya brotado del corazón humano. Su poesía, en forma de himno, sintetiza la acción salvadora de Dios de manera insuperable. La presentación que Isabel nos ha ofrecido de María ha hecho que el canto puesto en sus labios sea absolutamente digno del Amado al que puede ser dirigido  y puede ser utilizado por cuantos se sientan  estimulados a dirigirse a Dios cantando la alabanza que le es debida. En el Magnificat confluyen muchas ideas dispersas a lo largo y ancho del AT. Debe ser mencionado de modo especial  el himno de alabanza de Ana al ofrecer a Dios el fruto de su acción en ella, llamado Samuel (1S 2,1-10). El autor literario del Magnificat tuvo delante este canto de Ana, que le sirvió de fuente de inspiración.

 

El himno comienza con el reconocimiento gozoso de la experiencia profunda de Dios y de su acción fecundante en ella. Lo ocurrido en su propia persona se hace extensible en toda la amplitud inimaginable al pueblo elegido, a cuantos acuden a él. Tal vez fuese más exacto afirmar que María es la concreción o la personificación de la acción salvífica universal derramada por Dios sobre cuantos reconocen la necesidad que tienen de ella. Cuando María se regocija en Dios porque es su salvador, manifiesta la universal acción salvadora del Señor: “Yo siempre me alegraré en Yahvé  y me gozaré en el Dios de mi salvación (Ha 3,18). Así había sido anunciado por el Señor a sus antepasados: “como lo había anunciado a sus antepasados, en favor de Abrahán y su descendencia por los siglos” (Lc 1,55).

 

La faceta de la salvación le manifiesta como santo y misericordioso: “Porque ha realizado en mi cosas grandes el Poderoso, cuyo nombre es santo. Su misericordia  se transmite  de generación en generación sobre los que le temen (Lc 1,49-50). El himno no pierde de vista lo que ha sido ya afirmado sobre la acción de Dios en María: la plenitud de la gracia que le ha sido concedida. Al recordar la Anunciación se pone de relieve que María se auto-comprende como el instrumento humilde de la gracia. Más aún, su persona se esconde, desaparece, detrás de la realidad sublime para la que ha sido elegida por Dios: en ella Dios se revela, se da a conocer, se comunica en todo su poder y justicia. En el Magnificat se explicita el contenido profundo de la respuesta: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38; esclava, dulé en griego, significa servidora, persona elegida para realizar un servicio especial).

 

Hasta ahora no hemos dicho nada del misterio de la Asunción. Era necesario presentar el centro de interés del contexto mencionado para poder enmarcarlo debidamente. El himno del Magnificat es esencialmente escatológico. Pertenece a la realidad última, al Ésjaton iniciado con el nacimiento de Cristo, a la llegada de la plenitud de los tiempos (Ga 4,4). El hecho de que la realidad última sea descrita utilizando los verbos en el tiempo pasado no niega su dimensión futura. Al contrario, lo escatológico se halla incluido y anticipado  en ella: “Cantad, cielos, la obra de Yahvé; resonad, profundamente en la tierra; saltad de júbilo, montañas; cantad todos, árboles de la selva; que Yahvé ha rescatado a Jacob y ha mostrado su gloria en Israel” (Is 44,23). “Dios en sus palacios es conocido refugio. Habíanse aliado los reyes, y unidos avanzaban. Pero en cuanto la vieron (está hablando de la ciudad de Yahvé, de Sión), quedáronse espantados y, aterrados, se dieron a la fuga. Apoderóse de ellos el terror, una angustia como de mujer en parto. Como el viento solano, que hace pedazos las naves de Tarsis” (Sal 48,4-8).

 

El futuro esperado es presentado como cumplido en el presente. Su característica esencial es que Dios se manifiesta con todo su poder y elimina los poderes de este tiempo y de este mundo. La manifestación última de esta manifestación no es la destrucción, sino la concesión de la salvación a todos aquellos que tienen conciencia de necesitarla y miran con ansiedad al tiempo de las promesas divinas. El punto esencial de  referencia para su comprensión nos lo ofrece el evangelio de Juan :”Nada más salir Judas, dijo Jesús: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y la gloria de Dios se ha manifestado en él. Y si Dios va  a  se r glorificado  en  él,  Dios  mismo  lo  glorificará  y  lo  hará muy pronto (Jn 17,1-2).

 

La glorificación de Jesús tuvo lugar en el momento en el que Dios o su gloria, que es lo mismo, se hizo presente plenamente en él, en el momento de la resurrección. En ese momento Jesús adquirió un cuerpo “espiritual”; su corporeidad participó plenamente de la vida de Dios: “Dicho esto, Jesús levantó los ojos y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo pueda glorificarte a ti. Puesto que tú le diste el poder sobre todos los hombres, que él comunique la vida eterna a todos los que le has confiado (Jn 17,1-2).

 

La Asunción de María es el ensayo perfecto realizado en una pura criatura. Su cuerpo dejó de ser material y extenso para convertirse en “espiritual” y glorioso. Su “corporeidad”, cuerpo y alma, su cuerpo animado o “almado” (aunque los diccionarios no nos autoricen a utilizar este calificativo, lo hacemos por su fácil comprensión y por su elocuente expresividad) o su alma “corporeizada”, participa plenamente de la gloria de Dios. Su asunción coincidió con su resurrección. Como en el caso de Jesús. Sólo que en ella se hizo más palpable la gloria divina, la nueva existencia, la perfección de la comunión con Dios, el pleno conocimiento de Dios que una criatura puede alcanzar. Y se hizo más palpable porque todo esto  había sido participado por Jesús con mayor intensidad durante su vida terrena que por María. La Asunción es la mejor realización y el argumento más serio de la veracidad de las palabras de Jesús: “Quiero que estén donde yo voy a estar... para que vean mi gloria” (Jn 17,24: la visión y la gloria de las que habla el texto son inseparables de su participación en ellas).

 

La Asunción es la solución del problema de la muerte. Ésta ha desaparecido gracias al  misterio de la resurrección. Nuestra muerte ha sido eliminada, superada, dinamitada, destruida, por la muerte-resurrección de Cristo, que nos ha llevado, en nuestra muerte, a la plena participación en la vida de Dios. De ahí la afirmación y el interrogante paulino: “La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Gracias sean dadas a Dios que nos concede la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Co 15,54-55).

 

La Asunción de María es la culminación de la presencia de Dios en ella; la plenitud de la gracia en una mera criatura, la entrada definitiva en la Casa del Padre, que su Hijo la había anunciado en un momento en el que ella no podía entender su lenguaje (Lc 2,49-50).  La Asunción es el triunfo pleno de María y las arras anticipadoras del nuestro. No somos ajenos a nada de lo suyo.  Como plenitud de la comunión de amor con Dios, la Asunción que, en nuestro caso, llamamos vida eterna, hará que la comunión mutua se convierta en una realidad consoladora; más allá de la bella teoría nos alcanzará, como a ella, la perfección, derribando las fronteras externas –distancia en el tiempo y en el espacio-  y las internas –el exclusivismo egoísta y pecador-; nos llevará a una auténtica alteridad verdaderamente sentida, elevada y perfecta; más allá de los ensayos defectuosos viviremos la comunidad de la unión íntima y profunda de un Cuerpo cuya vida es comunicación sin ningún tipo de limitación a todos los miembros adheridos a él.

 

En la Asunción se anticipa de manera plena aquello que Lucas describe como aspiración y esperanza del futuro: la alegría desbordante del hijo pródigo al entrar en una casa donde no existe la tristeza (Lc 15, 11ss); la vida colmada del pobre Lázaro cuya plenitud se escenifica en el contrapunto de la gota de agua ansiada por el rico insensato (Lc 16,19ss); la participación en el Bien Supremo que demuestra la inutilidad de las riquezas amontonadas sin contar con el protagonista del drama humano (Lc 12,16ss); la ilusión inesperada por el publicano ante el rechazo del fariseo “devoto” (Lc 9,18ss); las bienaventuranzas cuyo reverso de malaventuranzas considera al afianzamiento en sus riquezas, el Dios Manmon, con la dificultad-imposibilidad del camello que intenta pasar por el ojo de la aguja  (Mt 19,24).

 

El apóstol Pablo nos da la oportunidad (segunda lectura) de comprender el misterio de la Asunción situándola en el marco de la resurrección de Cristo: “Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicias de los dormidos”. Solamente puede hablarse de primicias – en el terreno de la recolección- cuando después de la primera gavilla o de los primeros frutos  viene el resto de la cosecha.

La imagen de Cristo-primicias lleva a Pablo a concebir el proceso de la resurrección como algo jerárquicamente organizado, a lo largo de una sucesión cronológica: Cristo ya ha resucitado como primicias, como primera célula del mundo nuevo. Después vendrán “los de Cristo en su parusía”, y tras esto inmediatamente se pondrá punto final a esta historia humana. El último enemigo que habrá que destruir es la muerte. La Asunción de la Virgen es presentada como la gavilla inmediata, la primera que era depositada en el carro para llevarla a la era o a la Casa del Padre.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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