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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura:  Is 66,18-21
2ª lectura: Hb 12,3-7.11-12
3ª lectura: Lc  13,22-30

El relato de Isaías rompe las fronteras del particularismo judío (primera lectura). Establece el universalismo, al menos un universalismo relativo, ya que los lugares mencionados hasta donde va a llegar su gloria y su invitación a peregrinar a Sión para que allí la vean (la gloria, en este caso, significa el poder y grandeza de Yahvé) indican una limitación al situarlos geográficamente. Tarsis es España;Put y Lud están en Africa, cerca del mar Rojo; MeseqRosch y Tubal, en torno al mar Negro; Javan se refiere a los jonios o griegos. El libro de Isaías termina así con la repetición de la promesa con que se abre: “Pero sucederá al postrero de los tiempos que el monte de la casa de Yahvé será confirmado por cabeza de los montes, y será ensalzado sobre los collados, y correrán a él todas las gentes, y vendrán muchedumbres de pueblos, diciendo: Venid, subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob y El nos enseñará sus caminos e iremos por sus sendas, porque de Sión ha de salir la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahvé” (Is 2,2-3).

 

La diáspora se amplía a los lugares mencionados. Y de la diáspora serán devueltos a su tierra como ofrenda para Yahvé y con el recurso a los animales de trabajo, de tiro y de carga para los que se hallaban en la diáspora lejana. ¡Dios reúne en su Casa a los que vivían alejados de ella! Más aún, el universalismo llegará incluso a constituir y admitir en el sacerdocio a algunos de entre los paganos.

 

Esta salvación iniciada se desarrolla como alcanzable e incluso alcanzada en el evangelio (tercera lectura). La parábola de la puerta estrecha, que no tardará en ser cerrada, tiene su motivación en la pregunta, tantas veces repetida, sobre si serán muchos o pocos los que se salvan (Lc 13,24). No hay respuesta directa al interrogante. El principio a tener en cuenta se halla enunciado  al  comienzo del  desarrollo:  sin  conversión  no  hay   salvación (Lc 13,3-5).

 

La respuesta, tal como ha sido recogida por la pluma de Lucas, se sitúa en el terreno original del carácter escatológico actual y existencial de la llamada, que sería la que acentuaban las palabras de Jesús. La parábola pertenece, por tanto, al grupo de las que anuncian la urgencia del tiempo y la necesidad de la decisión. El futuro lo decide el presente. Ambos están incluidos en el “hoy” de Dios. Jesús formula las exigencias, la lucha actual en medio de las dificultades, utilizando el imperativo “luchad” (= Esforzaos), que es la palabra clave perteneciente a la ética helenista y a la cristiana (1Tm 4,10; 6,11-12; 2Tm 4, 7-8). La llamada original a la decisión implica la exigencia ética de la lucha como la única posibilidad para entrar en el Reino.

 

Jesús o el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se consideraba perdido  (Lc 19,10; 15, 3-7. 8-10. 11-32). Pero en la misión de Jesús  no se cuenta con “el tiempo de las rebajas”. Su oferta del Reino va acompañada de una exigencia de lucha y de una actitud clara de servicio (Lc 17,10). Son las condiciones esenciales para entrar en el reino de Dios. Este no será reservado para ninguna clase de personas o de grupos. Es ofrecido a todos los hombres dispuestos a afrontar la lucha requerida (Lc 13,30).

 

Jesús considera como el principio de salvación no el cómputo numérico, sino la actitud decidida del hombre (Lc 10,29-37). La puerta es estrecha. Parece intencionada la contraposición entre las amplias y solemnes puertas que dan acceso a las grandes ciudades y por las que pasan indiscriminadamente las multitudes y un acceso angosto, dificultoso, a otro tipo de ciudad.

 

Llamaron demasiado tarde. La puerta había sido cerrada definitivamente. Habían dejado pasar el tiempo oportuno, el tiempo de la decisión ante las exigencias del momento, de la llamada de Jesús. Cuando ya había comenzado el banquete llegan los rezagados. Alegan títulos que, aparentemente, acreditan su derecho a participar en él. Lucas se refiere a los judíos, a aquellos que, por tener por padre a Abrahán, se creían seguros ante Dios (Jn 8,39). Mateo, por el contrario, se refiere a los malos cristianos. A aquellos que dieron la impresión de trabajar por la expansión del reino de Dios.

 

El mismo señor de la casa se había levantado para cerrar la puerta. Su respuesta a los que habían acudido tardíamente al banquete mesiánico está anticipada en las palabras anteriores de Jesús. No habían luchado. Como consecuencia “muchos pretenderán entrar y no podrán”. Lo decisivo es la lucha, no el privilegio. Muchos tuvieron la prerrogativa de haber sido contemporáneos de Jesús, de haber comido y bebido con él, de haberle escuchado en sus plazas. Eso no sirve. Lucas tiene también delante a muchos cristianos que habían celebrado la eucaristía y, en ella, habían escuchado las palabras del Señor. Tampoco eso basta. No es justificación bastante para la entrada en el Reino, para la salvación. Les ha faltado el conocimiento amoroso. Y los arroja de su presencia utilizando palabras bíblicas: “Apartaos de mí todos los obradores de la maldad” (Sal 6,9). Todos los que han obrado la maldad, la injusticia, la adikía dice el texto griego, son rechazados en el mismo momento en que llaman a la puerta a raíz de su despedida de este mundo.

 

Ni la proximidad de la sangre ni la pertenencia puramente externa al Reino son títulos suficientes  para  entrar  en  la  vida.  No  sé  quiénes  sois (Lc 13,25). Nunca os conocí (Mt 7,22-23). Solamente aquel que se da cuenta de la seriedad del momento presente y de las exigencias ineludibles que implica la aceptación incondicional del Reino participará en el banquete que ofrece Dios a los elegidos.

 

El castigo implicado en el rechazo tiene una doble dimensión: la exclusión de su compañía con los patriarcas, el alejamiento de la vida divina, por un lado, y a participación en los mencionados gozos supremos de otros muchos procedentes de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, en el banquete mesiánico, por otro. Los no privilegiados, según la mentalidad judía compartida por muchos cristianos, son los verdaderamente privilegiados. Privilegio que les alcanza por su respuesta generosa al imperativo divino de la lucha.

 

La presentación que nos hace Lucas tiene su explicación en el acontecimiento histórico de la respuesta a la evangelización: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que volvemos a los gentiles” (Hch 13,46).

 

En la conclusión, Lucas introduce una variante. Su formulación: “Hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos” difiere de la que es considerada como normal en estos casos y que sería la siguiente: “Los últimos serán los primeros y los primeros, últimos” (Mt 20,16; 19,30; Mc 10,31). ¿A qué obedece la variante lucana? A que Lucas ha querido evitar la generalización  del principio establecido por esta clase de expresiones. Los rechazados no son identificados con los judíos ni los aceptados son sinónimos de los paganos. La línea de separación no la establece ni la raza ni la nacionalidad. Está trazada por la aceptación de la oferta divina y por la lucha para conseguirla.

 

Los “obradores o agentes de la injusticia” se separan de los luchadores por una vida justa. El esfuerzo por el establecimiento de la justicia o la indiferencia ante ella y la manipulación de las situaciones para el beneficio propio, quebrantando los principios de la justicia, son dos actitudes que levantan una frontera insalvable entre los dos grupos. Muchos desconocidos, procedentes de los cuatro puntos cardinales, luchadores de la justicia, se anticiparán  a los que se consideraron siempre como los primeros.

¿Queda contestada la pregunta hecha a Jesús sobre el número de los que se salvan? Se salvan los que quieren. Y quieren los que entran por el camino que se halla marcado por Jesús en el evangelio y, más en concreto, en la parábola que acabamos de comentar: “Sin conversión no hay salvación”, dijimos al comenzar. Digamos, para terminar: “La conversión es la que la hace posible”.

 

¿El sufrimiento por el sufrimiento? Sería absurdo, porque siempre es privación, algo negativo. Debe tener una finalidad más alta (segunda lectura). De esto nos habla el autor de nuestra carta en esta sección. Él quiere descubrir a sus lectores la finalidad de las dificultades y problemas. El punto de partida para ello se lo ofrece el libro de los Proverbios (Pr 3,1-12): Dios corrige al que ama  y aflige al que le es más querido. El dolor tiene una finalidad pedagógica en el designio de Dios. No verlo así hace que el dolor sea infructuoso y estéril.

 

El sufrimiento es una prueba de que somos hijos de Dios. Los hijos deben ser corregidos por el Padre; si nosotros somos corregidos por Dios, estamos ante la prueba de que somos sus hijos. Dios utiliza la pedagogía de la corrección y del dolor. El hecho de que venga de Dios no mitiga el sufrimiento que toda corrección implica. Se trata siempre de algo doloroso e incómodo. También para los cristianos el sufrimiento es sufrimiento. Sólo que ellos deben saber valorar el sentido positivo que tiene. Valorarlo como un medio que sacuda -y a veces lo hace con excesiva violencia- nuestra seguridad, comodidad y autosuficiencia en orden a aceptar las exigencias divinas. Es el fruto pacífico de la justicia. Y es que la paz interior del hombre se acrecienta en la medida  en que logra una mayor conformidad, en su querer y obrar, con la voluntad de Dios.

 

Como consecuencia esperaríamos algo así: sufrir con paciencia e incluso con aceptación gozosa. En lugar de eso, el autor exhorta a tomar en serio la responsabilidad por los más débiles de la comunidad. Esta preocupación por los demás, en orden a la edificación mutua, y el apoyarse y sostenerse mutuamente es una de las características bien  acusadas de la carta. El autor sabe también que esta invitación a la responsabilidad puede ser captada únicamente por aquéllos que tienen la preocupación por enderezar los propios pasos.

 

Felipe F. Ramos

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