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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Si, 3,19-21. 30-31
2ª lectura: Hb 12,18-19.22-24
3ª lectura: Lc 14,1. 7-14

El libro del Eclesiástico (primera lectura)  es una óptima preparación para la comprensión del evangelio de hoy. Los “sabios” de Israel conocían perfectamente las reacciones del hombre ante la vida. Jesús de Nazaret recurrió con alguna frecuencia al género literario sapiencial. Y en este género debe ser enmarcado el evangelio que nos ofrece la liturgia de este domingo.

 

El tema fundamental es la humildad. La actitud humilde del que no se valora por encima de nadie sino que sabe colocarse en el nivel que le corresponde es más importante en las relaciones sociales que la munificencia y la generosidad. El hombre consciente de su condición y de sus limitaciones piensa, habla, actúa en consecuencia y se granjea la estima y el afecto de sus semejantes.

 

Etimológicamente humilde viene del latín “humilis”, que deriva a su ves de “humus” (= tierra). O sea, el humilde es el que no se ensalza desmedidamente, sino que se mueve cerca de la tierra. La oposición que establece el texto entre “ser grande” y “hacerse pequeño” dice referencia por una parte a los valores personales o a la situación económico-social que un hombre tiene en la sociedad, y por otra a sus sentimientos internos. Es el contraste que existe entre el papel más o menos brillante que cada hombre desempeña en la sociedad y su realidad objetiva de criatura pecadora. Lo primero no debe hacer olvidar lo segundo, sino todo lo contrario: aun en medio de sus riquezas o de su rango social elevado, el hombre no debe olvidar nunca su condición de criatura sacada de la tierra. Esta era la actitud de Abrahán: “En verdad es atrevimiento el mío hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gn 18,27). El hombre se hará acreedor a la gracia y favor divinos en la proporción en que se abaje y se humille.

 

La actitud del hombre que se valora por encima de los demás, que se coloca en el nivel que no le corresponde, es calificada como cínica, soberbia, autosuficiente... y dice el texto que es inútil corregirlo porque es “brote de mala planta”.

 

En las celebraciones festivas del sábado los fariseos consideraban como un honor que distinguidos maestros de la Escritura aceptasen la invitación a participar en su mesa. Así lo constata el inicio del evangelio de hoy.  Es una manifestación más de la relación amistosa que los fariseos intentaban mantener con Jesús (Lc 7,36ss; 11, 37...). En esta ocasión el que invita es uno de los principales. Podría haber presidido el culto sinagogal de aquel sábado, al que  Jesús  había  asistido e incluso  en   el   que   podía  haber  participado (Lc 4,16ss; 4,32; 6,6; 13,10). Incluso pudiera tratarse de un miembro destacado del sanedrín. La finalidad última, en esta ocasión como en otras (Lc 6,6ss), era estudiar la mentalidad y el pensamiento ortodoxo o heterodoxo del Maestro en relación con la teología judía de la época.

 

En un primer acercamiento a las dos parábolas narradas en el evangelio de hoy recibimos la impresión de hallarnos ante dos ejemplos de la enseñanza sapiencial de Jesús. En ellas, particularmente en la primera, tendríamos una norma elemental de conducta. Aspecto que difícilmente justificaría  su presencia en el evangelio, puesto que no se refiere a la conducta moral, sino a la actuación cívica. El texto bíblico la llama parábola (=parabolé, en griego). Y aunque ya en el AT se aconseja no ocupar los primeros puestos, allí se hacía en el plano de la exhortación moral, mientras que en la parábola de Jesús adquiere los rasgos de la llegada del Reino: quien quiera entrar en él ha de hacerse pequeño.

 

La segunda tiene en sí misma un claro aspecto de parábola, aunque no sea llamada así. Jesús, que es el Invitante al banquete mesiánico, se convierte en el invitado a un banquete. Y aprovecha la conducta que observaban los comensales al mismo banquete al que él había sido invitado para elevarla a nivel de principio, estableciendo una relación con el Reino. Si su forma de proceder es grosera, inaceptable como norma de conducta cívica, la misma actitud frente al Reino es causa suficiente para ser excluido de él.

 

Los destinatarios inmediatos de los dos casos presupuestos en la parábola son los escribas y los fariseos. Por extensión, ambas parábolas son aplicables a todos aquellos que, incluso dentro del Reino, se conducen como ellos. Todos deben recordar que solamente aquel que se humilla será ensalzado (por Dios; la forma pasiva del verbo hace referencia a él; es el llamado “pasivo divino”). La primera de ellas condena la lucha por el prestigio. Se sitúa en el terreno tan “importante” de las cuestiones de precedencia. La segunda excluye el cálculo egoísta en las acciones humanas.

 

La actitud anormal, “extravagante”, recomendada por Jesús, se observa fácilmente si tenemos en cuenta que la actitud normal de los hombres marcha por caminos opuestos: nadie pretende ser el último y, menos aún, a nadie se le ocurre invitar a un banquete a los pobres, a los lisiados y a los ciegos. La presencia del reino establece una nueva jerarquía de valores.

 

En toda la sección en que se hallan enmarcadas nuestras parábolas, el verbo elegir-llamar (=keklémenoi, en griego), tiene entre nosotros el aspecto o la aceptación de “aparentemente elegido”. Debe tratarse, por tanto, de “aquellos que se consideran a sí mismos como los elegidos”. Así aparece con toda claridad en la parábola del banquete mesiánico (Lc 14,16-24), donde destaca el contraste entre aquellos que se consideraban como elegidos y los excluidos de la elección.

 

A la hora de la entrada en el banquete mesiánico se producirá un cambio radical. Dios exaltará a los que se han humillado. Frente al orgullo y al interés personal, Jesús proclama que la humildad es uno de los valores grandes del Reino. Los primeros, los escribas y fariseos, los de la estricta observancia, no ocuparán los primeros puestos en el banquete mesiánico. Será una gran decepción, porque se creían en perfecto derecho para ello.

 

La segunda parábola no es un canto a los pobres ni a su situación social. En ella se aborda el tema de la retribución. Se condena el cálculo egoísta de la conducta humana. En la nueva jerarquía de valores establecida por la presencia del Reino queda excluido el principio general del baremo humano, do ut des, te doy para recibir, al darte te estoy pasando ya la factura, mi generosidad es un pagaré... Esta es la mentalidad que pretende eliminar la descripción parabólica de los invitados, que reaparece en el banquete mesiánico: los pobres y los lisiados, los ciegos y los cojos no podrán compensarte la atención que has tenido con ellos. Tu “factura” no la pagarán ellos, sino el Padre celestial. Lo que está en juego, lo que la “extravagancia” pretende poner de relieve es el mandamiento del amor (Lc 6,27-38).

 

La parábola destaca la originalidad del pensamiento de Jesús, su ruptura frente al mundo judío y al grecorromano, que despreciaba a toda esta gente: pobres, lisiados, ciegos, cojos, impedidos... Una mentalidad que nos han descubierto los hallazgos de Qumran (“no pertenecerán a la comunidad mesiánica aquellos que tengan una enfermedad en la piel, (¿lepra?), aquellos cuyos pies o manos sean defectuosos, los ciegos, los sordos, los mudos, los que no pueden mantenerse en pie, erguidos, durante la celebración del culto”). Este era el pensamiento de la comunidad de Qumran. En el AT se les prohibía la participación en el culto del templo (2S  5,8; versión de los LXX).

 

La adición de los “pobres”, por parte de Lucas, puede haber sido causada por una fina ironía: tanto en la Biblia como en Qumran “el pobre” designa frecuentemente a Israel y especialmente a aquellos que habían sido elegidos con Israel o habían sido añadidos al pueblo de Dios.

 

Quien se comporte como debe hacerlo todo invitado, como lo hizo el Invitante, recibirá la recompensa en la fiesta mesiánica del reino de Dios, de la que serán excluidos los malvados, los obradores de la iniquidad (Lc 13,27).

 

El cristiano debe tener conciencia clara de su estado. El estado cristiano lo clarifica el autor de la carta a los Hebreos mediante la contraposición entre la revelación antigua -la que tuvo lugar en el Sinaí- y la nueva y definitiva, que nos ha llegado por mediación de Cristo. Se sirve de representaciones “espaciales”, simbolizando lo antiguo en el Sinaí y lo nuevo en Sión. (segunda lectura).

 

El antiguo pueblo de Dios se encontraba en un monte terreno, tangible con las manos (Ex 19,13), aunque estuviese prohibido tocarlo. En aquel momento hacían  su aparición las manifestaciones terribles y estremecedoras de la naturaleza: el fuego, el torbellino, la oscuridad, la tormenta. En el centro de este escenario terrorífico, la voz de la trompeta, la voz de Dios. Todo ello quiere decir  que aquella antigua experiencia de Dios estuvo dominada por el terror. ¿Cómo podía el hombre encontrarse a gusto ante esta experiencia abrumadora de Dios? La respuesta judía a esta dificultad había sido la siguiente: Dios había dado la Ley en el Sinaí; obedécela y no temerás el juicio de Dios. Pero esto difícilmente podía eliminar el terror.

 

El monte en el que los cristianos se hallan instalados no es un monte inhóspito, sino el monte Sión, es decir, el lugar de la presencia “graciosa” de Dios, el lugar de la salud (Is 2); no en un monte terrorífico, sino perfectamente habitable, la ciudad de Jerusalén (Jerusalén es un símbolo de la presencia de Dios y de su acción salvadora; los hombres de hoy la han convertido en el lugar del odio a muerte y de la guerra violenta e interminable) construida por el Dios vivo (Hb 11,10: una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios mismo). Tanto el monte como la ciudad son símbolos de la salud que nos viene de arriba, de Dios (Ga 4,26) Entre los habitantes de esta ciudad se cuentan las miríadas de ángeles, adoradores de Dios desde el principio.

 

Pero, ¿tiene el cristiano acceso a una ciudad tan gloriosa, poblada de habitantes tan distinguidos? ¿No resulta esta ciudad tan inasequible como el monte antiguo, el Sinaí? Al final de esta sección se nos da la razón por la cual el cristiano puede llegar, efectivamente, hasta este lugar tan maravilloso. La razón es que tenemos a Jesús, mediador de la nueva alianza. El es el medio a través del cual podemos llegar a Dios, a la verdadera comunión con él, a la ciudad del Dios vivo.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

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