Spanish Afrikaans Arabic Basque Catalan Chinese (Simplified) Danish Dutch English French Galician German Greek Hebrew Hindi Italian Japanese Korean Norwegian Polish Portuguese Russian Swedish
Imprimir

TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXIII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: Sb 9,13-18
2ª lectura: Flm 9b-10. 12-17
3ª lectura: Lc 14, 25-33

Nosotros estamos acostumbrados a considerar como sinónimos la ciencia y la sabiduría. Para la Biblia son dos conceptos radicalmente distintos e infinitamente distantes. Tanto como lo son los caminos del hombre y los designios de Dios (primera lectura). Partiendo de la experiencia humana el hombre ha llegado a alcanzar la sabiduría de la vida, los principios conforme a los cuales debe establecerse la ciencia de la sabiduría humana. Para llegar a la sabiduría de Dios le falta recorrer el camino de la revelación. El hombre no puede conocer el pensamiento y la voluntad de Dios: “¡ Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e irrastreables sus caminos! Porque “¿quién ha conocido el pensamiento del Señor o quién ha sido su consejero?” (Rm 11,33-34).

 

Teniendo esto en cuenta, el libro de la Sabiduría, expresa su inaccesibilidad a propósito de la oración de Salomón que afirma: “Comprendiendo que no podría poseer la sabiduría si Dios no me la daba, me dirigí al Señor y se la pedí” (Sb 8,21). La Sabiduría está con Dios, pues es uno de sus atributos, y conoce sus obras, puesto que estaba presente y le asistió en la obra de la creación: “Yahvé me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui moldeada, desde el principio, antes que la tierra. Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes... Antes que los montes fuesen asentados... Antes que las colinas... Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes... cuando asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí como arquitecto, y era yo todos los días  su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra” (Pr 8,22-31).

 

La sabiduría ha participado también en la obra de la revelación (Si 24, 23-34): de ahí que conoce también lo que es agradable a los ojos de Dios y conforme a sus mandamientos. Cierto, todo hombre lleva inscrita en su conciencia la ley natural y el israelita ha recibido la Ley mosaica. Pero las pasiones y limitaciones ajenas a la naturaleza humana y el clima enrarecido creado por el pecado en torno suyo ofuscan y oscurecen la mente del hombre. Además, como dice el Evangelio: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil”  ( Mc 14,38). Abandonados a nosotros mismos, apenas si llegamos, y esto trabajosamente , a ciertas conjeturas sobre las realidades terrenas y a lo que está al alcance de la mano.

 

El reino de los cielos es comparado con un banquete (tercera lectura). Así nos lo describe la parábola inmediatamente anterior (Lc 14, 15-24). El rechazo por parte de los primeros invitados hizo que otros se beneficiasen de la invitación recibida. Traducido a nuestro lenguaje esto significa que la pertenencia al reino de Dios depende de aceptar la llamada de Jesús, su invitación.

 

El actual pasaje evangélico describe la aceptación como una entrega total a él, que se manifiesta afirmando que es necesario “odiar” todo lo demás, incluso lo más querido y a los más queridos. El “odiar” (= miseo, en griego, que traduce el verbo original arameo subyacente, significa “amar menos”, posponer, como traduce la versión que nos ofrece el texto bíblico en la liturgia de hoy). Lo que Jesus pide a sus discípulos es la entrega ilimitada de su decisión por él, incluso teniendo delante como término de comparación a los seres más queridos; incluso cuando dicha decisión implica la renuncia o el sacrificio extremadamente doloroso ante la alternativa de ser o no ser discípulo suyo. Repite aquí lo ya formulado anteriormente: “El que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). Es una buena traducción del “odiar”. El evangelista lo repite más adelante: “Ningún criado puede servir a dos amos, Porque o bien amará a uno y aborrecerá (=misései) al otro, o bien se entregará al primero y no se preocupará del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

 

Este radicalismo extremo lo interpreta la sentencia siguiente sobre llevar la cruz. Originariamente la frase se refería al condenado a muerte que marchaba por el camino hacia el lugar de la crucifixión. Del mismo modo, la imagen utilizada por Jesús subraya su seguimiento como una renuncia total y una aceptación decidida de la muerte. Esto nos hace pensar en el  martirio. Pero existen, además de este sacrificio supremo, otras formas de vida simbolizadas en “llevar la cruz”.

 

En todo caso, Jesús no pide más de lo que el hombre puede dar. Las dos parábolas siguientes pretenden afirmar la necesidad de confrontarse con las  propias posibilidades a aceptar o rechazar unas exigencias radicales en orden a embarcarse en una aventura expuesta a tremendas decepciones. Las dos parábolas son literariamente diferentes  y conceptualmente gemelas. Aceptar el Reino es una decisión seria. Implica unas exigencias ineludibles y un continuo batallar hasta alcanzar el premio. Antes de optar por este mundo nuevo, tan contrapuesto a aquél en el que vivimos, se impone una reflexión seria, desapasionada y madura. Seria contraproducente volvernos atrás después de haber comenzado a caminar. El Maestro expone esta verdad en las dos parábolas siguientes, que tienen el mismo denominador común.

 

Aquel que comienza a construir una torre o, más bien, un gran edificio para explotar un negocio, sería objeto de burla por parte de todos, si no pudiera terminarla. Como el rey que, por no pensar a tiempo en sus posibilidades  frente al enemigo, tuviera que rendirse incondicionalmente. Las dos comparaciones  encuentran su aplicación en los espíritus constantemente volubles que toman una decisión tan seria, como es la de pertenecer al Reino, con una superficialidad condenable y absurda. Claudicar después de haber comenzado significa la pérdida de la salud espiritual y del prestigio social. Precisamente por esa volubilidad.

 

Lucas no quiere “dar facilidades”. El discipulado cristiano es una realidad muy seria para abrazarse alegremente a ella. El evangelista no pretende hacer propaganda para aumentar el número de discípulos. No se deja fascinar por el aspecto cuantitativo de los que aceptan la fe que él vive. Esto es propio de las sectas. Y Jesús lo había criticado duramente a propósito del judaísmo y su preocupación por conseguir  nuevos miembros para engrosar su discipulado (Mt 23,16): ¿conseguir nuevos prosélitos  para someterlos al mismo yugo esclavizante que llevan sobre sus duras cervices?.

 

Lucas quiere que la decisión por el Reino se tome con calma, después de un conocimiento serio de la oferta divina. Precisamente por eso expone el cristianismo con todas las exigencias que implica. El, procedente del paganismo,  describe su propia experiencia y la responsabilidad de su decisión enmarcada en la responsabilidad que impone una realidad que rompe con los baremos humanos y que es transformante de la vida, a la que impulsa en una dirección distinta a la que hasta entonces había orientado sus pasos. En ningún otro pasaje se expone con tanta radicalidad la seriedad e importancia del seguimiento de Jesús. Mientras que la realidad del seguimiento no tenga consecuencias, incluso en lo que se refiere a los bienes materiales, siempre podemos pensar que nuestras confesiones de fe son palabras vacías.

 

Estamos ante una composición específicamente lucana, que tiene como base de la misma la fuente Q (la fuente que es común a Mateo y a Lucas), a la que reproduce y reelabora. Al evangelista debe atribuirse el verso inicial “caminaba con él mucha gente” (verso 25), “una muchedumbre considerable de seguidores”, así como también el verso final sobre “la necesidad de la renuncia y el proverbio sobre la sal” (vv. 33-35; los dos versículos últimos no son recogidos en la liturgia de hoy).

 

Terminamos el comentario repitiendo lo que ya ha debido quedar suficientemente claro: las dos condiciones fundamentales para el seguimiento cristiano hacen referencia a la relación con la familia y a la propia conducta. ¡Demasiado fuerte!. Contradicción manifiesta e inadmisible, por tanto, con el cuarto mandamiento. El “odiar” no debe ser entendido en sentido emocional. Bíblicamente hablando significa hacer pasar a un segundo plano, a un segundo lugar, aquello que ocupaba el primero. ¡Ha aparecido un bien superior a la familia!. En caso de conflicto entre el Reino y la familia, ésta debe ocupar un segundo lugar.

 

Llevar la cruz no significa añadir una carga pesada a la que habitualmente llevamos. La expresión  hace referencia a un estilo de vida que obliga a vivirla a la luz de las exigencias del Reino, siguiendo las huellas de Jesús (pude verse Lc 9,23). El seguimiento de Jesús es inseparable del camino recorrido por él, aunque la forma exterior de vida sea diferente. No basta “ir tras él” (v. 26), sino seguirle hasta la pasión, hasta la máxima coherencia con la decisión tomada.

 

La tarjeta de recomendación dirigida por Pablo a Filemón (segunda lectura) pretende que el destinatario de la misma vuelva a recibir en su casa a un esclavo llamado Onésimo, que había huido de ella probablemente por haber robado a su amo. Este escrito ha motivado muchas acusaciones contra Pablo y contra el cristianismo en general. En lugar de liberar a Onésimo de la esclavitud, Pablo lo reenvía a su antiguo señor. Esto significa que la Iglesia siempre está al lado de los poderosos... Frente a esta acusación, y para hacer justicia a esta cuestión y al Apóstol, hay que tener en cuenta lo siguiente:

 

a) Filemón debe recibir a Onésimo no como siervo, sino como hermano (v. 16). Tenemos enunciado, por tanto, un cambio radical en las relaciones “señor-siervo”.  Pablo  establece  el principio de la igualdad de los hombres (Ga 3,28; Col 3,11). Es la condenación de la esclavitud. Esta es una conclusión que debía deducir la reflexión humana. Los anunciadores del evangelio de la libertad no podían imponer ésta por la fuerza. Bastaba, de momento, anunciar que el único Amo era Cristo. Tanto Filemón como Onésimo eran hermanos en la fe y esclavos del único Señor (v.16).

 

b) No puede juzgarse la actuación de Pablo desde nuestros presupuestos histórico-culturales, sin tener en cuenta los condicionamientos del siglo primero de nuestra era. Pablo no podía buscar para Onésimo una solución fuera de los cauces legales existentes. Por un lado, se hace solidario de los daños que hubiese podido causar a Filemón (vv.17s) y apela a la koinonía o comunión cristiana; por otro, se cree en la obligación de devolverlo a su dueño para que sea él  quien actúe conforme a las exigencias de la libertad. Las estructuras existentes en la época no facilitaban la vida a los que habían pasado de la esclavitud a la libertad. Aunque tuviesen esta oportunidad, muchos preferían el estado en que vivían.

 

c) Ningún cambio sociopolítico hará que el mundo deje de ser mundo, y el estado “paradisíaco” no vendrá por ninguna revolución de este tipo. La historia se ha encargado de demostrarlo. Naturalmente, que estos cambios son necesarios y nadie lo ha proclamado con mayor claridad y vigor que el cristianismo. Para darnos cuenta de ello debe tenerse en cuenta todo el NT y, en especial, el pensamiento paulino, no sólo una carta de recomendación.

 

Felipe F. Ramos

Lectoral

Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Al navegar o utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las 'cookies'. Sin embargo, puedes cambiar la configuración de 'cookies' en cualquier momento. To find out more about the cookies we use and how to delete them. Visita nuestra Politica de cookies.

Acepto cookies de esta web.